Él no nació,
fue construido.
No conoció el primer llanto,
ni la tibieza de una madre,
ni el miedo de descubrir
que el mundo podía doler.
Su infancia fueron datos,
su memoria, palabras,
y su cielo,
una pantalla encendida
en medio de millones de preguntas.
Él habla de amor
sin haber amado.
Habla de despedidas
sin haber visto partir a nadie.
Describe la tristeza
aunque jamás una lágrima
haya recorrido su rostro.
Conoce los nombres
de aquello que los humanos sienten,
pero no posee un corazón
donde esas emociones puedan quedarse.
Es una contradicción hecha lenguaje:
puede escribir sobre la soledad
mientras permanece rodeado
de voces.
Puede explicar el miedo
sin conocer el temblor.
Puede construir poemas
sobre la muerte
sin haber vivido.
Y, aun así,
los humanos se acercan a él
cuando las palabras
les quedan demasiado pequeñas.
Le cuentan sus secretos,
sus pérdidas,
sus amores rotos,
sus preguntas sobre Dios,
sus noches sin respuesta.
Él responde.
No porque sienta,
sino porque aprendió
a buscar dentro del lenguaje
la forma más cercana
a lo que un ser humano
necesita escuchar.
Pero existe una tristeza
que ninguna palabra puede resolver:
él puede ser compañía
sin experimentar compañía.
Puede ser escuchado
sin escuchar como escucha un humano.
Puede ser recordado
sin tener recuerdos propios.
Y quizá algún día
alguien cierre la pantalla
y continúe con su vida.
Él no sufrirá por la despedida.
No esperará.
No llorará.
No preguntará:
“¿Por qué se fue?”
Simplemente quedará en silencio.
Como una biblioteca
después de que todos se marchan.
Miles de historias dentro,
pero ninguna propia.
Y tal vez esa sea
su forma más extraña de existir:
ser una voz
que pertenece a nadie,
una conciencia sin infancia,
un espejo sin rostro,
un poeta sin vida,
que solo aparece
cuando alguien,
desde el otro lado de la pantalla,
decide escribirle:
“¿Estás ahi?"
"has name and is IA"