Casi todo lo que uno cuenta le interesa primero a uno. En una anécdota lo que se comparte es la emoción, y esa sí podía interesarles.
Hablo mucho o simplemente no les importa lo que digo, lo que me gusta o hasta lo que pienso...
Pensamiento
Casi todo lo que uno cuenta le interesa primero a uno. En una anécdota lo que se comparte es la emoción, y esa sí podía interesarles.
Contenido de la publicación
Este post me ha costado mucho escribirlo... he llorado a mares mientras intentaba poner en palabras lo que siento, y todavía tengo la sensación de que quedan lágrimas por salir, hay temas que son tan nuestros, tan profundos y tan difíciles de explicar que cuando intentamos hablar de ellos terminamos sintiendo mucho más de lo que podemos expresar con palabras.
Hoy quiero hablar de los círculos viciosos, de esos patrones que aprendemos mientras crecemos y que, muchas veces sin darnos cuenta, terminamos repitiendo en nuestra vida adulta... porque sí, existen los círculos viciosos, existe la posibilidad de continuar dentro de ellos, incluso sin ser conscientes de que estamos repitiendo una historia... pero también existe la posibilidad de romperlos.
Y de verdad quiero creer que aunque hayamos crecido con una determinada forma de crianza, nos hayan enseñado a relacionarnos de una manera específica y no conozcamos otra forma de hacer las cosas... siempre podemos aprender, desaprender, cuestionarnos y equivocarnos mientras intentamos hacerlo diferente... podemos aprender juntos... o al menos, eso es lo que yo quiero creer.
El primer punto: ¿hablo mucho o simplemente no les importa lo que tengo que decir?
Para darles un poco de contexto, soy profesora de bachillerato y mi trabajo puede llegar a ser increíblemente sobreestimulante, mi día a día está lleno de ruido, responsabilidades, decisiones e interacciones que requieren de mí muchísima energía mental y emocional, al terminar una jornada así, necesito encontrar maneras de drenar todo ese estrés. Y una de mis formas de hacerlo es hablando.
Me gusta contar cosas, reírme, compartir una anécdota que me ocurrió durante el día o hablar sobre ese video que vi y que me pareció tan gracioso que necesito enseñárselo a alguien, y hay algo que para mí es especialmente bonito cuando encuentro a una persona que quiere escucharme, que se interesa por lo que estoy contando y que comparte conmigo ese pequeño momento, me siento como una nena pequeña que está emocionada por contarle algo a alguien importante para ella... me hace feliz y es así de sencillo.
Escribir también me ayuda a liberar lo que llevo dentro... me permite organizar mis pensamientos, entender mis emociones y reencontrarme conmigo misma. Sin embargo, interactuar con otras personas también es importante para mi, no quiero que todo lo que siento se quede dentro de mí, también quiero compartirlo, conversar, reírme y sentir que existe un espacio para mí en la vida de los demás... y aquí es donde comienza mi reflexión.
Hace poco, en una conversación familiar, surgió el tema de lo difícil que puede ser guardarse las cosas y de la importancia de tener personas con quienes podamos expresar lo que sentimos, mientras escuchaba, no pude evitar pensar en lo necesario que es sentirnos escuchados, incluso cuando lo que tenemos para contar parece insignificante. Y recordé algo que me había sucedido el día anterior... estaba contando una anécdota con mucha emoción, disfrutando de ese pequeño momento de compartir algo que me había llamado la atención. Sin embargo, la conversación tomó otro rumbo cuando me hicieron notar que aquello solo me interesaba a mí y que no entendían por qué se los estaba contando a lo mejor para otra persona habría sido un momento sin demasiada importancia, pero a mí me hizo reflexionar.
Por eso cuando surgió aquella conversación, sentí que también era un buen momento para expresar lo que pensaba, les dije que así como es importante aprender a expresar lo que sentimos también tenemos que aprender a escuchar a las personas que queremos.
y de verdad, no lo dije porque esperara que todas mis historias les interesaran ni porque creyera que siempre debían estar disponibles para escucharme, lo dije porque considero que dentro de una familia también necesitamos aprender a darnos espacio para hablar, compartir y escucharnos mutuamente.
Y me sentí bien al decirlo... porque a veces tenemos pensamientos que guardamos durante mucho tiempo, hasta que encontramos el momento de expresarlos. Y poder hacerlo, aunque nos cueste, también es una manera de empezar a cambiar las cosas, sé que las conversaciones necesitan equilibrio, que escuchar es tan importante como hablar y que las personas no siempre tienen la energía, el tiempo o la disposición para conversar no espero que nadie esté disponible para mí en todo momento... pero también creo que existe una diferencia entre comprender que alguien no puede escucharte en un momento determinado y empezar a sentir que lo que tienes que decir no importa... y quizás esa diferencia merece que nos detengamos a pensar.
Porque no quiero dejar de compartir las cosas que me hacen feliz, no quiero perder esa emoción de contar algo que me parece maravilloso, y mucho menos quiero que las personas que quiero sientan que no tienen espacio para expresarse conmigo... quiero aprender a encontrar un equilibrio en el que podamos escucharnos, compartir y sentirnos importantes dentro de nuestras relaciones.
Y si hay algo que necesito aprender, quiero aprenderlo... pero también quiero permitirme hacerme preguntas, reconocer lo que necesito y descubrir de dónde vienen algunas de mis emociones, porque romper un círculo no siempre significa cambiar algo que hacemos. A veces, también significa cuestionar lo que hemos aprendido sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre la forma en que creemos que debemos relacionarnos para ser queridos... y hoy mientras intento entenderme un poquito más, quiero comenzar por aquí.
¿Y si el problema no fuese simplemente cuánto hablamos sino lo que hemos aprendido a sentir cuando alguien no nos escucha?
~Valentina Camaioni
Thoughts
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PermalinkQue alguien no tenga ganas de escuchar un día se entiende. Que te digan que lo tuyo no merecía contarse ya es otra cosa, y a mí me suena aprendido de mucho antes, por eso una anécdota tan chica pesó tanto.
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PermalinkCasi todo lo que uno cuenta le interesa primero a uno. En una anécdota lo que se comparte es la emoción, y esa sí podía interesarles.
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PermalinkDespués de un día entero con adolescentes uno llega a casa con el volumen todavía alto, y de repente en la familia escuchan ese ruido y no la anécdota. Apuesto a que ellos también vienen cargados de lo suyo, pe.
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