Dicen que el vacío más grande es no conocer a un padre. Yo creo que hay uno aún más profundo: conocerlo y descubrir que el amor también puede llevar tu misma sangre y, aun así, nunca elegirte.
Pasé años esperando un abrazo que nunca llegó y unas palabras que jamás fueron pronunciadas. Hoy entendí que no era yo quien debía ser suficiente. Fuiste tú quien nunca tuvo la valentía de convertirse en el hombre que yo necesitaba: mi primer héroe, mi refugio cuando el mundo me derrumbara y la mano que me enseñara a levantarme.
Pero Dios, en su infinita misericordia, nunca me dejó sola. Me regaló a una madre que fue madre y padre al mismo tiempo, y más tarde puso en mi camino a alguien que, sin compartir mi sangre, decidió quererme como si fuera suya. Él me enseñó que una familia no se sostiene por la sangre, sino por el amor; que padre no es quien engendra, sino quien permanece, quien protege y quien daría todo por la persona que ama.
Quizá nunca veas en quién me convertiré. Nunca verás cómo la niña que esperó ser elegida romperá su capullo y abrirá las alas. Pero ya no importa. Porque entendí que las raíces las da la sangre, pero las alas las da el amor.