Siempre pensamos que el mayor obstáculo para alcanzar nuestros sueños es la falta de talento, de dinero o de oportunidades. Nos convencemos de que la vida sería distinta si fuéramos un poco más inteligentes, si hubiéramos nacido en otro lugar o si alguien nos hubiera abierto la puerta correcta en el momento indicado. Pero Good Will Hunting propone una idea mucho más incómoda. ¿Y si el mayor enemigo no fuera el mundo? ¿Y si el verdadero problema fuera creer, en el fondo, que no merecemos aquello que tanto deseamos?
Creo que esa es la verdadera película.
A simple vista, la historia parece girar alrededor de un joven con una inteligencia extraordinaria. Will Hunting trabaja como personal de limpieza en el MIT, pero posee una capacidad única para resolver problemas matemáticos que desconciertan incluso a los profesores más prestigiosos de la universidad. Sin embargo, cuanto más avanza la película, más claro resulta que su inteligencia nunca fue el conflicto. Es apenas el escenario donde se desarrolla otro problema mucho más profundo.
Will no tiene miedo de fracasar. Tiene miedo de descubrir que puede ser feliz,y, sobre todo, de descubrir que merece serlo.
Hay una frase que escuché alguna vez y que volvió a mi cabeza mientras veía la película: Las personas no siempre arruinan aquello que aman porque no les importe; muchas veces lo hacen porque creen que tarde o temprano lo van a perder de todas formas. Creo que Will vive exactamente desde ese lugar. Antes de que alguien pueda abandonarlo, él se adelanta y se va primero. Antes de aceptar una oportunidad, encuentra una excusa para rechazarla. Antes de enamorarse por completo, convence a la otra persona de que no vale la pena quedarse.
Es una forma de protegerse, pero también es una forma de condenarse.
La película entiende muy bien cómo funciona ese mecanismo. La inteligencia de Will no aparece como un don liberador, sino como una armadura. Cada chiste, cada respuesta irónica y cada demostración de superioridad intelectual funcionan como un muro. Mientras nadie consiga acercarse demasiado, nadie podrá volver a lastimarlo. Resolver una ecuación es mucho más sencillo que confiar en otra persona.
Y creo que ahí aparece Sean Maguire.
Robin Williams construye uno de los personajes más humanos que vi en el cine. Sean nunca intenta impresionar a Will con conocimientos ni demostrar que sabe más que él. Tampoco busca salvarlo como si fuera un héroe. Hace algo muchísimo más difícil: decide quedarse. Lo escucha. Lo enfrenta cuando hace falta. Le permite equivocarse. Entiende que algunas personas no necesitan respuestas, sino alguien que permanezca a su lado el tiempo suficiente como para que dejen de sentir que están solas.
Por eso la escena del "No es tu culpa" funciona tan bien, no porque la frase tenga algo de mágico. Sino porque Sean entiende que hay dolores que no desaparecen cuando los comprendemos racionalmente. Hay heridas que uno puede explicar durante años sin haberlas sentido realmente. Will sabe que no fue responsable de todo lo que vivió cuando era chico. Lo sabe intelectualmente. Lo que todavía no consigue es creerlo.
Y esa diferencia cambia todo.
Matt Damon hace un trabajo extraordinario porque nunca convierte a Will en un genio inalcanzable. Debajo de toda su brillantez siempre vemos a un chico asustado. Alguien que aprendió a sobrevivir desconfiando de todo el mundo. Muchas veces alcanza con un pequeño gesto, una mirada o un silencio para entender cuánto esfuerzo le implica simplemente dejar que alguien se acerque.
Robin Williams, por su parte, logra algo todavía más difícil. Sean también carga con sus propias pérdidas y frustraciones. La película nunca lo presenta como un hombre que tiene la vida resuelta. Lo muestra como alguien que aprendió a convivir con el dolor sin permitir que ese dolor defina toda su existencia. Quizá por eso puede ayudar a Will. No porque sea perfecto. Sino porque entiende exactamente qué significa sentirse roto.
También me gusta mucho la relación que la película establece entre el talento y el miedo. Solemos pensar que descubrir aquello para lo que somos buenos automáticamente nos hace libres. Good Will Hunting demuestra lo contrario. A veces el talento también pesa. Porque una vez que descubrimos de lo que somos capaces, ya no podemos escondernos detrás de la excusa de que nunca tuvimos la oportunidad. A partir de ese momento aparece otra responsabilidad mucho más difícil: decidir qué vamos a hacer con ese potencial.
Visualmente, Gus Van Sant apuesta por una dirección muy contenida. No necesita grandes recursos para emocionar. La cámara permanece cerca de los personajes, acompañando las conversaciones con una naturalidad que hace que todo parezca profundamente real. Boston deja de ser un simple escenario para convertirse en una extensión del propio Will: un lugar del que cuesta irse porque, aunque limite el futuro, también representa todo aquello que conocemos.
Hay otro aspecto que me parece fundamental y es la amistad entre Will, Chuckie, Morgan y Billy. Muchas películas habrían utilizado a esos personajes únicamente como alivio cómico. Acá ocurre exactamente lo contrario. Son el recordatorio permanente de quién fue Will y del lugar del que viene. Y, sobre todo, son quienes entienden antes que él que quedarse significaría desperdiciar una vida llena de posibilidades. La escena en la que Chuckie le dice que el mejor momento de su día es caminar hasta la puerta de su casa esperando que algún día ya no esté ahí me parece una de las declaraciones de amistad más hermosas que vi en el cine. Porque no nace del egoísmo. Nace del deseo sincero de ver crecer a alguien que uno quiere.
Al terminar la película entendí que Good Will Hunting nunca habla realmente de la inteligencia. Habla del merecimiento. De esa voz que muchas veces nos convence de que no somos suficientes. De la costumbre de rechazar oportunidades antes de comprobar si realmente éramos capaces de aprovecharlas. Del miedo a construir una vida distinta porque, en el fondo, sentimos que nunca nos perteneció.
¿Cuántas oportunidades dejamos pasar porque creemos que no las merecemos?
Porque, a veces, el problema nunca fue encontrar nuestro lugar en el mundo, fue convencernos de que teníamos derecho a ocuparlo. Y quizá crecer no consista en tener todas las respuestas, quizá consista, simplemente, en bajar la guardia por primera vez y aceptar que también merecemos ser felices.