Las nubes lo inspiraban a regresar a sí mismo; el canto de las aves apagaba sus pensamientos tristes, que le provocaban momentos agotadores.
Maximino, un hombre elocuente, capaz de vencer adversidades, hoy estaba recostado en la pradera, mirando al cielo y esperando una respuesta. Era el momento en que se había rendido de forzar, de luchar, de buscar por su propia mano una solución.
Tenía en la cabeza miles de cosas por resolver. Primero, la traición de una mujer que había amado entrañablemente; una traición entre líneas, pues ella le había avisado sobre su nuevo romance.
Además, estaba la enfermedad de su madre y el factor económico. Todo eso lo golpeaba; parecía como si las nubes blancas se fueran y aparecieran las negras, que iban y venían.
Cada día surgía una situación adicional sin una solución clara. Ya habían pasado años y Maximino seguía esperando una oportunidad. Era creyente y no dejaba su fe a pesar de toda la ola de situaciones que asumía.
Sus amigos se habían alejado porque él ya no era un hombre empoderado y se sentía cansado.
Ese día, en la pradera, mirando al cielo, reflexionó. Las palabras eran tantas que permanecía en silencio, con la mirada perdida en lo alto.
De tanto estar allí, con un resplandor suave, se fue adormeciendo y, en un momento dado, no supo si era un sueño o era verdad. A su lado, sentado en el prado, apareció un hombre anciano que le dijo:
¿Tú crees que no eres capaz? ¿Y crees que tu Dios, ese que te trajo aquí, no existe ahora? ¿Tú crees que tus problemas son graves?
Maximino se quedó absorto ante las palabras del anciano, que hablaba muy pausado, y le respondió:
¿Quién eres?
El anciano dijo:
No es tan relevante quién soy. ¿Me puedes responder mis preguntas? Vengo a traerte un mensaje de poder.
Maximino se incorporó y dijo:
Sí, creo que no soy capaz. He intentado tanto una cosa y otra que ya dudo de mis capacidades para salir adelante.
Y por momentos creo que Dios se ha ido, que no volverá o que no merezco su compañía.
Y también creo que mis problemas son graves.
El anciano le dijo:
Hijo, recuerda que cuando estabas pequeño pasabas por momentos como este, pero volvías a creer por la fantasía que rodea a un niño. El niño sueña y cree que todo sigue siendo posible, a pesar de lo difícil que pueda llegar a ser.
Dios está dentro de ti. ¿Cómo se va a ir? Tú tienes una parte infinita de Él. Te da vida y te puede llevar a conquistar el sueño más inverosímil, pero tienes que regresar a ti, a tu corazón, a tu niñez, a tu fe.
¿Pero ¿cómo? —agregó Maximino—. Ya lo he hecho todo.
No lo has hecho todo. El poder está en soltar. Es un término complejo, pero significa tener certeza en eso que aún no se soluciona y llevar tu alma a la paz. Este mensaje viene para ti porque soltaste una parte de ese peso al recostarte y pensar en la paz que necesitas.
Maximino, pensativo, miraba al anciano y comprendía.
El anciano agregó:
En cuestión de problemas y pruebas, hay unas que son casi imposibles de atravesar, pero muchos las enfrentan. Si miras cada una de tus situaciones, puedes reconstruirlas. En la de tu pareja, puede llegar alguien si dejas ese espacio abierto y entiendes que así debía ser.
La de tu madre, si comprendes que en esa elección también está la libre elección de ella, en la cual no puedes intervenir, solo ayudar.
Y lo económico es cuestión de venir más veces a la pradera y recostarte, en lugar de hacer la guerra y buscar todos los días con resistencia.
Maximino lo miró y señaló:
He escuchado y leído sobre eso, pero me he llenado de carga negativa con el tiempo. Sin embargo, estoy dispuesto a volver a empezar.
El anciano comentó:
Solo necesitas querer; el resto llega por sí solo. Hay ocasiones en que esa solución que crees fantástica no es la mejor. Deja que el flujo de la vida te lleve sin dormirte. Haz tu parte, pon a funcionar todo lo que sabes y el resto deja que lo haga Dios o el mismo universo.
Maximino se despertó y vio que había pasado un tiempo largo y que estaba muy descansado. Mientras caminaba a su cabaña, se le ocurrieron muchas ideas para negociar, para buscar un remedio a su madre. Y pensó que, con el tiempo maravilloso que existe, llegaría alguien tarde o temprano a su corazón.
Cuando llegó a la cabaña, estaba un compadre que no había vuelto en meses. Lo saludó y dijo:
¡Max, tengo el negocio de nuestras vidas! Ahora sí vamos a trabajar por largo tiempo.
Su madre, que se encerraba en la cabaña, sonreía sentada en una silla de madera en la parte de afuera.
Muchas cosas estaban por llegar para Maximino, mientras él confiaba en la pradera y en ese anciano que nunca supo de dónde llegó.
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