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Frecuencias ( cuento en curso)

ZaidaPaz
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La reunión del concilio era frecuente; no respondía a un tema en especial.

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Pensamiento

Pensamiento

Anselma

¿Esa Darma que ves en los sueños es de verdad vos, o es quien te gustaría ser?

¿Esa Darma que ves en los sueños es de verdad vos, o es quien te gustaría ser?

Contenido de la publicación

La reunión del concilio era frecuente; no respondía a un tema en especial.

Los pueblos se organizaban ante el invierno que se avecinaba.

Darma caminaba en silencio por el sendero. Había dormido una siesta breve y siguió viaje. Evidentemente, el trayecto era largo.

Tuvo que cambiar de caballo: el suyo ya estaba exhausto.

Entonces, Darma le ordenó al gigante que se metiera dentro suyo. Y así fue.

En el concilio ya estaban reunidos, charlando.

—No la invité a Darma —dijo uno.

—¿Por qué? —preguntaron.

—Anda con ese gigante a cuestas… nos va a matar a todos.

—No es necesario ser tan temeroso. Ya no usa su gigante para agredir.

—Es poco natural… y poco femenina. Soltera y solitaria.

—¿Y por eso no la invitaron? —cuestionó un anciano—. Yo, que soy mayor, considero que Darma, como hija de un guerrero, debía estar aquí.

En ese momento, la puerta se abrió de sopetón.

—Buenas y santas… gracias por la invitación, eh.

Cerró de un golpe y caminó hasta la gran mesa. Se sentó.

—Muy buenas. No se apresuren en levantarse a saludar —dijo con sorna.

Un hombre la vio y le tiró un beso en el aire.

—Ah, Deert… la última vez que me tiraste un beso me dijiste “te amo” y te fuiste con cuatro mujeres. Tu amor dura poco.

Los hombres rieron, algunos escupieron la sopa que estaban tomando.

El hombre se abochornó.

—Me imagino que vos te olvidaste de invitarme…

—No fui yo —dijo, en tono grave, un hombre enorme.

—Ah, ¿por la pulseada fue? Te vencí, superalo.

Los ancianos berreaban de risa.

—Te ves bien, Darma —dijo uno.

—Y sí, mejor que vos, viejo anciano. Voy a estar sola, pero si tenés todos los dientes podemos besarnos —propuso.

El anciano escupió su pan.

Entre risas, el ambiente se alivianó.

—Gracias, Darma. A veces la negatividad absorbe este palacio.

“El palacio es una mierda”, pensó Darma.

“Nunca vi algo tan oscuro y patético como este castillo. Por suerte vivo en el lago, con changos. Mi casita es chiquitita.”

La reunión terminó. Cuando todos se retiraban, uno del concilio, llamado Kime, la llamó en privado.

—Dentro de poco, el gran líder vendrá. Se necesita una comitiva de seguridad. Confío en que estés.

—Solo voy a hacer reír al líder. Y si no… es carne para el gigante.

Kime la miró serio.

—¡Darma!

—Bueno, che, era una broma.

—¿El gigante… de dónde lo sacaste?

—No te interesa, y no quiero ser grosera… pero te lo voy a decir.

Señaló su trasero y chilló de risa.

Kime negó con la cabeza.

—Darma, no te vayas a distraer. La seguridad del líder es una prioridad.

—Te entendí. Estúpida no soy.

Kime rodeaba todo el camino por donde el líder iba a pasar. La multitud comenzaba a reunirse, expectante.

Mientras tanto, Darma bebía cerveza.

—Bien, Darma, con los sentidos en alerta —dijo Kime con ironía.

—Darma borracha tiene más sentidos que lúcida —respondió ella, levantando el vaso—. ¡Viva la cerveza!

Kime desvió la mirada hacia un recodo del camino. Algo no encajaba.

—Mirá eso… —murmuró—. Ahí viene el líder.

Darma apuró el trago y caminó junto a él.

Cuando el líder estuvo a corta distancia, Darma frunció el ceño y exclamó:

—¿Qué pasó? ¿Cambiaron al líder? ¡Este no era guapo! Era un narigón de ojos chatos… La última vez que lo vi era chico, me daba la mano para subir a su carruaje.

Kime asintió.

—Es verdad… Capaz tomó algún brebaje mágico. Quién sabe… por ahí le dura uno o dos días.

—Tengo que averiguar —dijo Darma, entrecerrando los ojos.

El líder se acomodó en una silla especial que le ofrecieron sus súbditos. Fue entonces cuando Darma aprovechó.

—Hola, líder. Soy Darma.

—Querida… —respondió él, fríamente.

—¿Qué pasó? ¿Te tomaste algo, amigo? —dijo ella sin filtro—. Siempre fuiste feo… ¡Hasta las vacas son más lindas que vos! Nariz gorda, ojos raros…

Un murmullo de escándalo recorrió el lugar.

—¡Tanta osadía! ¡Qué maleducación! —protestó uno de los presentes.

Kime la llamó desde atrás, alarmada:

—¡¿Qué hacés, loca?! ¡Nos van a matar!

Pero Darma no se detuvo.

—Contestá mi pregunta —insistió—. ¿Qué te hiciste en la cara?

El líder suspiró, vencido.

—Tengo una crema… y una pócima.

—¿Contenta? —agregó, molesto.

Darma sonrió.

—Sí.

Se acercó sin miedo y le dio un beso en la mejilla.

—Te queda lindo, ricurita.

Kime la agarró del brazo y la tironeó.

—Estás condenada a muerte por estúpida.

Darma rió.

—Contale a mi gigante… y mueren todos los de acá.

Su mirada cambió por un instante. Algo más profundo asomó.

—Detesto morir… y no voy a dejar que nadie más lo haga.

De pronto, todo se quebró.

El mundo se desarmó como un sueño.

Darma abrió los ojos, estaba en su cama.

Se levantó en silencio, se vistió y fue a trabajar. Revolvió el café frío varias veces, perdida en sus pensamientos.

—Ojalá viviera las aventuras de ese personaje… —murmuró.

Darma, después de su trabajo, se fue a terapia.

Se sentía mal.

Dormir era lo único que parecía tener sentido.

Le dolía el cuerpo, pero más aún le dolía su propio ser.

La profesional intentó relacionarlo con algún trauma escondido. Darma la escuchaba en silencio.

—Cuando sueño, soy una guerrera poderosa —dijo—. Cuando despierto... me siento mal.

Admiraba a esa versión suya.

Esa Darma no estaba rota, no tenía miedo de decir la verdad, no buscaba agradar a nadie.

Simplemente vivía.

Todo lo contrario a ella.

Como todas las noches, se fue a dormir.

Y entonces ocurrió lo de siempre.

La otra Darma abrió los ojos.

La guerrera volvió a existir.

El líder estaba dentro del palacio.

El aire era denso, pesado.

En ese momento, un emisario entró con un manuscrito en la mano.

Se aclaró la garganta.

—El líder ha decidido que tomará a su futura esposa... y quiere que sea Darma.

La sala quedó en silencio un segundo.

Después explotaron las risas.

—Díganle al líder que no tome alcohol antes de escribir —contestó Darma.

Más risas.

Todos menos Kime.

Él permanecía serio.

No porque estuviera de acuerdo ni porque no le causara gracia. Su puesto era otro. Era el encargado de la seguridad del líder y sabía que una situación así podía cambiar en cualquier momento.

Darma lo notó.

El  silencio, resulta molesto ante ojos inciertos.

Ella era robusta, petisa, de pelo largo castaño claro y ojos marrones vivaces.

No era diferente a otras mujeres por su aspecto.

Era diferente por lo que llevaba dentro.

Una espada.

Una daga.

Y un gigante que nacía desde el centro de su pecho.

Podía proteger.

Podía destruir.

—Si el líder me quiere como guardiana, no hay problema —dijo—. Y feliciten al líder por su crema tapa defectos.

El emisario se retiró incómodo.

Pero la respuesta no tardó en llegar.

El líder apareció en persona.

—Darma, querida... vení.

Kime dio un paso adelante.

—No creo que sea conveniente una conversación privada.

Darma lo miró de reojo.

—Vos tenés unos huevos, Kime. Si vas a hablar, gritá. Si no, no hables.

Kime se quedó firme.

—Estoy haciendo mi trabajo.

Darma lo miró unos segundos.

Después volvió al líder.

—¿Qué querés?

El líder intentó mantener su postura.

—Quiero que estés a mi lado.

Darma soltó una carcajada.

—Yo quiero estar en mi casa, peinándome y tomando cerveza. Y acá estoy, escuchando pavadas de niños.

El ambiente cambió.

Finalmente Kime acompañó a Darma hacia un salón privado.

No porque estuviera de acuerdo con ella.

Sino porque entendía que esa conversación debía ocurrir lejos del resto.

Pasó una hora.

Desde afuera solo se escuchaban gritos.

—¡Sos un hipócrita!

Más gritos.

Después, nada.

Cuando la puerta se abrió, el líder estaba llorando.

Kime lo miró.

Por primera vez entendió

que Darma no había entrado a pelear contra un enemigo.

Había entrado a enfrentar a un hombre escondido detrás de una corona.

Darma estaba sentada en el patio de la taberna, su lugar favorito para escuchar rumores y chismes.

De ahí sacaba información… y además servían una cerveza excelente.

Ya iba por la quinta jarra.

Kime se acercó y se sentó a su lado.

—Una guardiana responsable… tomando así —dijo con una media sonrisa.

Darma no respondió enseguida. Miró la jarra como si dentro de ella estuviera la respuesta.

—Me acuerdo cuando el líder se me insinuó… —dijo al fin—. Yo tenía la espada de Orión.

Se quedó callada unos segundos.

—Dicho sea de paso… tengo que buscarla. Esa espada no era cualquier cosa.

Kime la observó con atención.

—¿Y qué pensás hacer con eso?

Darma apoyó la jarra.

—El líder tiene miedo. Miedo de que lo ataquen, de que lo destruyan. Pero la verdad es otra: la muerte siempre está cerca… y también el delirio.

Miró hacia el movimiento de la taberna.

—Algo no me cierra.

Kime esperó.

—¿Vos por qué creés que se cambió la cara para venir acá?

Kime se quedó pensativo.

—No lo sé. Podría estar ocultando algo.

—Exacto —respondió Darma—. Escuché que tenía una pretendiente. Supuestamente venía con ella. Después desapareció todo rastro.

Kime frunció el ceño.

—Entonces puede que no sea solamente un cambio de apariencia.

Darma sonrió apenas.

—Ahora estás pensando.

—¿Creés que alguien lo reemplazó?

—O que alguien quiere que pensemos eso.

Hubo silencio.

Kime miró la jarra de Darma.

—¿Y cómo pensás averiguarlo?

Darma levantó la mirada.

—Con información primero.

Hizo una pausa.

—Después con la espada de Orión… y mi gigante.

Kime suspiró.

—Siempre terminás eligiendo la parte más peligrosa.

Darma sonrió.

—Porque suele ser la más divertida.

Levantó la jarra.

—Pero antes, mi querido Kime… vamos a investigar.

La verdad siempre aparece.

Aunque haya que sacarla a la fuerza.

—Lo es. Pero no como vos pensás.

Le dio un pequeño golpe a la jarra con el dedo.

—La espada de Orión no corta cuerpos, Kime. Corta mentiras.

El guardián levantó una ceja.

—¿La espada de la verdad?

—Exacto. Cuando la apoyo sobre alguien, no hay secretos, no hay excusas, no hay disfraces. La persona tiene que contar lo que realmente pasó.

Kime quedó pensativo.

—Entonces el líder...

Darma sonrió de lado.

—Entonces vamos a saber si tenemos un líder... o alguien usando su cara.

Darma miró la noche desde el patio de la taberna.

La espada de Orión volvía a aparecer en sus pensamientos.

No era una espada común. No era un simple objeto de batalla.

Era la espada de la verdad.

Y alguien había decidido esconderla.

-Está bajo tierra -dijo de repente.

Kime la miró sorprendido.

-¿Cómo lo sabés?

Darma se encogió de hombros.

-No lo sé explicar..

-El gigante también lo siente.

El aire cambió.

Una energía antigua comenzó a moverse dentro de ella.

-La escondieron porque tenían miedo de lo que podía revelar.

Kime la observó en silencio.

-¿Y si la encontramos?

Darma sonrió.

-Entonces muchas personas van a tener que empezar abrir sus bonitas bocas hipocritas y contar.

Galoparon fuerte a lo lejos vieron el campo y un montículo.

Sobre ellos se sernia un edificio antiguo con voces. Nadie vivía en el.

Guarda kime advirtió Darma antigua magia.

Cerró los ojos y llamó.

El gigante apareció lentamente, no como una criatura de guerra, sino como un ser que escuchaba la tierra.

Apoyó sus enormes manos sobre el suelo.

El terreno vibró.

-Ahí está -dijo Darma.

Abrió los ojos.

-La espada nos está llamando.

Escarbó mucho hasta que la encontró y la saco.

Hola Orión damos tu luz dijo por dentro la espada brillo ante la luz de la luna

Darma sostuvo la espada de Orión frente a Kime.

Él la miró con sorpresa.

-¿Qué estás haciendo?

Darma bajó la mirada un instante.

-Ese es el problema, Kime. Confío en vos.

Él quedó en silencio.

-Pero también sé quién sos. Sos el guardián del líder. Y si llega el momento en que tu deber y la verdad chocan... no sé qué vas a elegir.

Kime apretó la mandíbula.

-El líder es mi responsabilidad.

-Lo sé.

Darma acercó la espada.

-Por eso esto no es para controlar tu voluntad. Es para que nunca puedas engañarte a vos mismo.

La luz de la espada envolvió a Kime.

-Desde ahora, cuando hables, la verdad va a salir primero.

Kime la miró s

erio.

-¿Me estás protegiendo o protegiéndote?

Darma sonrió apenas.

-A los dos.

Thoughts

  • cuatrocafes

    ¿Cuando despertás de esos sueños qué te queda? ¿Se va todo como un humo o hay algo que se te pega en el pecho?

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  • asintiendo_desde_aca

    La parte donde dice que en los sueños no busca agradar... ese es el punto. Uno vive la mitad en mentira y la otra mitad dormido porque es lo único que se siente bien.

    Permalink
  • Elena_V

    Me pasó igual cuando dejé el mostrador. Despierto y es todo gris de nuevo.

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  • Anselma

    ¿Esa Darma que ves en los sueños es de verdad vos, o es quien te gustaría ser?

    Permalink

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