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EIRA CAPÍTULO II

lian
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Las horas se extendieron en la penumbra, densas, casi sólidas. Tras la tortura interminable de su adoctrinamiento en el protocolo de la realeza y aquel desfile de modas que parecía más una procesión de mortajas que una exhibición de buen gusto, decidí fracturar su juego. El silencio de la habitación comenzó a zumbar en mis oídos; un enjambre de insectos invisibles devorando la quietud, un acúfeno mental que anunciaba el colapso de la paciencia.

​Sentí una náusea súbita, un espasmo gástrico que me recordó las leyes de la biología. El hambre se manifestó como un vacío corrosivo, un ácido clorhídrico devorando las paredes de mi propio estómago. El tiempo se había evaporado entre sus muñecas decapitadas y los alfileres de vudú que sostenían la farsa. Intenté convencer al demonio de bajar a cenar, de alimentar ese contenedor de carne que habitaba, pero se erigió en una negativa absoluta, rígida como el rigor mortis.

​—No quiero —soltó, con una voz desprovista de matices mecánicos—. No tengo hambre.

​La conduje a la cocina tras ordenarle su sesión de aseo personal, arrastrándola fuera de su letargo. Al cruzar el umbral, el ambiente mutó. El aire se volvió denso, saturado de una carga iónica, una electricidad estática que erizaba el vello corporal y hacía crujir la atmósfera. La cocina ya no era un espacio doméstico; era una cámara de presión a punto de estallar.  La mansión respiraba bajo un orden sepulcral. ¿Quién demonios higienizaba estos pasillos que parecían estirarse como extremidades híper extendidas cuando nadie los miraba? No había rastro de polvo, ni una sola partícula flotando en los haces de luz moribunda; solo el aroma atávico a cera de abejas vieja y un matiz cítrico, volátil, que recordaba sospechosamente a los fluidos de embalsamamiento de una morgue. Un intento corporativo y estéril de enmascarar la descomposición.

Preparé sopa fría y carne asada. El tejido muscular muerto se doraba en la sartén mientras el vapor ascendía en volutas caprichosas, dibujando rostros efímeros y deformes en el aire antes de desvanecerse en el extractor. Eira permanecía estática en su silla, una escultura de mármol defectuosa, acariciando con una lentitud hipnótica un peluche viejo, desdentado y desgastado por la fricción de unos dedos demasiado ansiosos. Algo en su mirada avellana se había extinguido por completo: desentonaba con la pasividad del juguete; había un destello febril, un cálculo milimétrico escondido detrás de la apatía.

—Cómetelo —le exigí, deslizando el plato de cerámica fría frente a ella con un movimiento seco, deliberado—. No voy a tolerar deserciones en este agujero.

La carne exhalaba un último suspiro de grasa caliente mientras el vapor se disipaba por completo, dejando al descubierto la crudeza del entorno. Eira parpadeó con una lentitud exasperante, bajó la vista hacia el corte de carne y, por primera vez en horas, los dedos que aferraban el peluche se tensaron hasta blanquear los nudillos. No se movió para tomar los cubiertos. Su silencio era una negativa más ruidosa que cualquier grito, una provocación directa que convertía la cena en una ejecución a fuego lento. Ya no había brillo infantil, ni malicia, ni aburrimiento. La esclerótica parecía demasiado blanca y las pupilas, fijas, revelaban una fosa abismal; un vacío profundo y antiguo que la evolución jamás habría permitido en una niña de trece años.

—Coma, señorita. Son órdenes de su hermano —la insté. Obligué a mi voz a mantenerse firme, modulando las cuerdas vocales para ocultar el temblor que ya amenazaba con activar los receptores de mis manos.

—No tengo apetito.—La comida es para los vivos —sentenció, girando el rostro con la lentitud de una maquinaria mal engrasada—. Yo solo estoy aquí para verificar cuánto tiempo soportas la cuenta regresiva.—

Pero el sonido no se originó en una laringe humana. La respuesta brotó en una nota distorsionada, una polifonía siniestra y superpuesta. Era un coro de cuerdas vocales rotas hablando en perfecta sincronía a través de su frágil cuello. La vibración golpeó mis tímpanos a una presión antinatural, haciendo resonar los huesos de mi oído medio de una forma que la física elemental simplemente no permitía.

Creyendo que era solo uno de sus juegos macabros para asustarme, no le di importancia en un principio. Y entonces, cometí el error garrafal de la compasión. Una debilidad imperdonable.

Incliné el cuerpo, alcé la cuchara y acerqué el bocado a sus labios pálidos… y el tiempo se astilló en mil fragmentos afilados.

Eira no se movió como una jovencita. No hubo retraso, ni duda, ni el más mínimo tropiezo. Reaccionó como un resorte de acero liberado tras una tensión acumulada; un latigazo salvaje que desafiaba toda lógica y agilidad humana. Sus dedos, duros y gélidos como garras de piedra, se cerraron alrededor de mi muñeca con la fuerza de una trampa de oso. El hueso crujió bajo su presión antes de que mis ojos pudieran siquiera parpadear. Con un tirón seco, brutal y de una velocidad pasmosa, me atenazó y me arrojó contra el suelo, usando una fuerza descomunal, del todo imposible para una adolescente flacucha de su tamaño.

—¡ERES ESTÚPIDA! ¡DIJE QUE NO! —.

Y ese rugido no fue suyo. Fue el aullido de algo antiguo, encerrado y furioso, rompiendo por fin la cáscara de la niña.

Caí de espaldas contra la baldosa helada. El golpe fue devastador; un impacto sordo que sacudió cada hueso de mi espalda y me vació los pulmones, dejándome instantáneamente sin aire, boqueando como un pez fuera del agua.

Me arrastré hacia atrás, desesperada, sobre esa llanura infinita de baldosas gélidas que me robaba el calor del cuerpo. El dolor de la caída me aturdía, hablándome la vista; sentía la sangre tibia resbalar por mis antebrazos y muñecas, mezclándose con el polvo fino y los cristales afilados de los platos rotos. Levanté la mirada, jadeando, pero el aire se había vuelto denso, cargado de un olor a azufre metálico que me quemaba la nariz. El pánico puro me colapsó la garganta. No pude gritar; el sonido murió convertido en un quejido ahogado, inútil, mientras el terror me congelaba la sangre en las venas.

Entonces, la criatura se mostró.

Sus ojos transmutaron. El color avellana fue devorado por una negrura violenta, transformándose de inmediato en un rojo viscoso, denso y oscuro como la sangre coagulada. Sus pupilas brillaban con una luz interna y maligna, húmedas, como si hirvieran con el propio fluido de una vida corrompida. Ya no era Eira. Frente a mí se erguía una fiera ancestral, desatada y letal, cuya máscara infantil acababa de hacerse añicos sobre el suelo de la cocina.

Se abalanzó sobre mí, cubriéndome con su sombra y aplastándome contra el suelo helado. Sus manos buscaron mis brazos, mi cuello y mi pecho, clavando las uñas en la carne para apresarme con una fuerza sobrehumana, inquebrantable, como si quisiera coserme a las baldosas para que nunca más pudiera levantarme. Su respiración golpeaba mi rostro: caliente, podrida, acelerada; el aliento mismo del abismo llenando mis pulmones.

Pero justo cuando el miedo iba a paralizarme para siempre… algo estalló bajo mi piel.

No era solo terror. El miedo se calcinó hasta desaparecer, sustituido por un calor abrasador nacido desde lo más profundo de mi ser. La sensación recorrió por la médula espinal como lava fundida hasta inundar cada vena, disolviendo el frío y la parálisis. Era una batalla de supervivencia desesperada: una rabia pura, primitiva y feroz que hervía en cada poro, gritando que no moriría allí, devorada por una pesadilla de ojos rojos.

Ya no temblaba de espanto; temblaba por la furia ancestral que despertaba en mí, dispuesta a rasgar, a morder y a destrozar si era necesario. Si ella era una bestia desatada… yo también dejaría de ser humana para hacerle frente.

La empujé con todas mis fuerzas, y aunque casi no se movió, el impacto me dio el segundo necesario para arrastrarme lejos de su alcance. Entonces, grité. No fue un alarido de auxilio; fue un mandato vibratorio, una frecuencia pura de resonancia destinada a ejercer una fuerza estática y aplastante para no ser yo quien terminara muerta en esa cocina.

Eira se detuvo en seco. No cayó al suelo; quedó suspendida a medio metro de las baldosas, como una polilla clavada en un alfiler invisible. Estaba rígida, convertida en una estatua de carne con la boca abierta en un grito mudo. Algo invisible, una presión inmensa, le atenazaba la tráquea desde adentro, como si una mano gigante le cortara el flujo de aire por debajo de la piel, comprimiendo huesos y músculos con una fuerza que no se veía, pero que distorsionaba la atmósfera a su alrededor.

La niña comenzó a aullar en un registro distorsionado; el chillido de una bestia herida que hacía vibrar mis propios dientes dentro de las encías, una frecuencia tan aguda que amenazaba con romperme los tímpanos.

La escena me dio tanta alegría que la saboreé despacio, sin un solo ápice de remordimiento. Ver a la princesa soberbia convertida en un insecto indefenso era el mejor banquete de la noche.

Sonreí con frialdad, dejando que mi voz brotara cortante, cargada de un desprecio absoluto:

—¿Te sorprende? Toda tu vida te has creído la dueña de todo, pisando al resto como si fueran basura… pero no eres más que un insecto que se atrevió a picar a quien no debía. Siente bien lo que es ser insignificante.

—¡Me quema! ¡Lessán, me quema por dentro! —chilló ella con la voz completamente quebrada, las cuerdas vocales cediendo bajo la presión.

El aire se volvió espeso como el ámbar, dificultando incluso el acto de pestañear. En ese instante, vi a dos figuras irrumpir en la cocina. Celián y Lessán se abrieron paso con una agilidad distorsionada, moviéndose con la cadencia antinatural de sombras proyectadas en una película muda de terror.

—¿Qué demonios estás haciendo? —bramó Celián, con el rostro transformado en una máscara de horror puro—. ¡La estás aniquilando!

—¿Acaso ves que la esté tocando? —respondí con las pocas fuerzas que se me escapaban—. Solo le muestro su verdadero lugar.

Mis manos flotaban en el vacío, emanando una vibración que curvaba la luz y distorsionaba las paredes y el suelo como si fueran cera derretida. El espacio mismo alrededor de Eira pareció comprimirse bajo una fuerza mordaz que anulaba la movilidad de su cuerpo y neutralizaba cualquier capacidad de reacción. Era una opresión absoluta que no atacaba la mente, sino la existencia física, volviendo inútiles todos los dones y fortalezas de los que tanto presumían.

No era miedo lo que detenía a los recién llegados —ellos no conocían ese límite humano—, sino la densidad de una energía inexplicable; una fuerza gravitatoria que lo llenaba todo, más compacta que el acero, más pesada que una montaña. Era como si el aire de la cocina se hubiese transformado en un bloque sólido que los envolvía de pies a cabeza: no podían flexionar un músculo, no podían levantar un brazo, ni siquiera pestañear o respirar con normalidad. Una magnitud inmensa que aplastaba cualquier intento de avanzar, reduciendo su agilidad a la nada frente a la agonía de su hermana.

Los miré con indiferencia, y solté la pregunta con un tono de abierta burla:

—¿Por qué no se mueven? ¿Por qué no corren a salvar a su querida princesa? ¿Se les olvidó cómo usar esa fuerza de la que tanto presumen?

Lessán luchó con todo lo que tenía, tensando cada fibra de su ser hasta que las venas de su cuello parecieron a punto de estallar. Solo cuando concentró toda su energía en un solo punto, logró fracturar con un estruendo sordo aquella barrera invisible. En cuanto se liberó de la presión, se lanzó hacia adelante y tomó a Eira entre sus brazos; el cuerpo de la niña seguía rígido y gélido, como si hubiera sido compactado por una fuerza que desafiaba las leyes de la física, el tiempo se había congelado Lessán no se movió se quedó paralizado, no entendía que hacía ahí solo sosteniendo a su hermana, sin hacer más.

Las fuerzas me abandonaron de golpe. El control se me escapó de las manos y la contención se rompió, liberando el aire para que la mocosa pudiera hablar. Pero en lugar de un insulto o un rugido, lo que retumbó en mi cabeza me heló los pensamientos:

—¡Papá! ¡Papáaaaa! —chilló la niña, aferrándose al cuello de Lessán.

Esa palabra me golpeó con la fuerza de un impacto abismal. El mundo se llenó de estática blanca. El comedor, la cocina y la sangre desaparecieron detrás de un zumbido ensordecedor. Mis piernas cedieron, pero antes de tocar las baldosas, Celián se lanzó hacia mí y me envolvió en un abrazo desesperado. Su voz llegó a mis oídos distorsionada, como si hablara bajo el agua, susurrando palabras que mi mente saturada apenas lograba filtrar:

—Papá… Analián….

—Papá, está aquí, papá…

En mitad de aquel shock, mientras mi mente intentaba procesar el cortocircuito de esa palabra, vi de reojo cómo Lessán evacuaba a la mocosa en brazos fuera de la cocina. Empujé a Celián con violencia, escapando de su abrazo con una agilidad que superó sus propios reflejos; mi cuerpo ya no pesaba, se sentía ligero, como una batería sobrecargada de electricidad estática a punto de estallar. Pero al intentar ganar el pasillo para huir, colisioné de lleno contra un muro de mármol vivo. Danka.

Suéltame, maldito imbécil! —bramé, forcejeando contra su agarre—. ¡Necesito saber qué es esa cosa! ¡Qué es Eira!

Danka me miró desde su insoportable altura, con un desdén que helaba la sangre.

—¿Cómo crees que va a estar? —escupió, con una mueca de asco—. Casi la matas.

En ese instante, el último rastro de pánico se calcinó hasta desaparecer, sustituido por un coraje tan salvaje que amenazaba con partirme por dentro. Sentí cómo mi sangre entraba en una combustión literal dentro de las venas; un calor abrasador que brotó del pecho como un incendio contenido, tan ardiente que mi propia piel parecía a punto de licuarse sin llegar a quemarse. El aire alrededor de Danka comenzó a ondularsepor el gradiente térmico, volviéndose denso, sofocante, como el vaho que emerge de un horno al rojo vivo.

Pero él siguió provocándome, completamente ciego a la corriente que mutaba bajo mi piel. Soltó una risa fría y arrogante, sin relajar las tenazas que me aprisionaban los brazos:

—¿Tú? ¿Una simple humana osas alzarme la voz? No eres más que carne débil, una vida breve… un insecto que cree que su rabia es suficiente para enfrentarse a lo que soy

Mi voz brotó cortante, cargada de un desprecio que quemaba más que el mismo aire caliente de la estancia. Fue un sonido gutural, monofónico; una frecuencia puramente monosílaba que escapó de mis adentros resonando con la densidad de múltiples voces superpuestas, como si una legión entera de demonios hablara al mismo tiempo a través de mi garganta. Miré a Danka con una frialdad implacable:

—¿Crees que tu antigüedad te hace invencible? No eres más que una sombra acostumbrada a asustar a quienes no tienen nada que perder. Yo no te temo, y mi furia pesa más que todos tus años de existencia.

Sus ojos se estrecharon. La arrogancia dio paso a un tono mucho más oscuro y genuinamente amenazante:

—¡Insolente! No tienes idea de con quién te estás metiendo. He desmantelado ejércitos, he visto caer dinastías enteras… ¿y tú te atreves a desafiarme? Sí pretendes destruirme, entonces muere tú primero. Te aplastaré como a la basura que eres.

—¡Inténtalo! —grité, y en ese milisegundo el calor estalló sin freno—. Verás que hasta lo más pequeño puede calcinar lo que se cree eterno.

El aire alrededor de Danka se degradó por el gradiente de calor que emanaba de mi piel. Sin tocarle un solo centímetro de piel, liberé toda la energía acumulada en una sola descarga de frecuencia. Danka salió eyectado hacia atrás con una violencia salvaje, cruzando la mesa del comedor como un proyectil humano antes de aterrizar del otro lado. Se reincorporó de inmediato, apoyando las manos en las baldosas, con el semblante transformado en el de una bestia sedienta de sangre dispuesta a despedazarme.

No tuvo tiempo de avanzar. En ese mismo instante, Celián volvió a atraparme por la espalda. Sus brazos se cerraron como un tornillo de banco, comprimiendo mi caja torácica con una fuerza implacable hasta que el último remanente de oxígeno abandonó mis pulmones.

La corriente eléctrica que me encendía las venas se extinguió de golpe. El universo entero se tiñó de negro. La oscuridad no fue vacío: fue peso. Sentí cada latido alejarse, cada rastro de conciencia desvanecerse como humo entre los dedos, hasta que no quedó más que un silencio absoluto, frío y ajeno… y la certeza borrosa de que, mientras yo caía, dos pares de ojos me sostenían.

—Danka… ¿pero qué has hecho, Celián? —Sus palabras cayeron como hielo—. ¿La has matado? Parece que le has triturado los pulmones…

—Ni siquiera le he hecho daño —respondió él, sin apartar la mirada del cuerpo que reposaba entre sus brazos—. Solo la dejé sin aire antes de que nosotros fuéramos los muertos.

Un silencio pesado se abatió entre ellos, denso como el plomo. Danka dio un paso adelante, apenas, señalando con la mirada aquel cuerpo que yacía inmóvil.

—¿Qué es ella? —preguntó Celián—. ¿Qué hemos traído a nuestra casa? Es tan hermosa como letal… y presiento que no se detendrá hasta aniquilarnos a todos.

Danka, con la vista fija en ella y perdido en los adentros de sus propias sombras, habló con una voz que parecía provenir de muy hondo:

—No sé, pero devolverla sería peor. No tenemos otra opción. La retendremos aquí. La vigilaremos.

Danka se hincó para estrecharla contra su propio pecho; en ese gesto se mezclaron el deseo y la desconfianza, la fascinación y el espanto. Una confusión de sentimientos y sentidos que lo partía en dos: la sentía suya, y a la vez sabía que era algo que ninguno de ellos lograba descifrar. Algo que no pertenecía a este mundo y que, sin embargo, latía ahora bajo su custodia.

Desperté en mi propia habitación. La penumbra era pesada, saturada de secretos que parecían gotear del techo. Los hermanos estaban allí, cercándome, observándome con la fría fijeza de jueces de un tribunal inquisitorial frente a una herética. Ninguno respiraba con normalidad; el aire de la estancia olía a óxido, a pólvora vieja y a una extraña humedad metálica que emanaba directamente de mi propia piel. Celián apoyaba los nudillos en el borde de la cómoda, con los dedos blancos por la tensión y los músculos del cuello tirantes como cables a punto de reventar. Danka permanecía un paso más atrás, con las manos ocultas y una expresión calculadora que no disimulaba el pulso acelerado de su garganta. Ninguno se atrevía a tocarme de nuevo, sabiendo perfectamente que algo extraño acababa de ser encerrado bajo su techo y no iba a doblegarse jamás ante sus cadenas.

Me encogí en el fondo del colchón, adoptando la postura defensiva de un animal herido en el fondo de su madriguera, pero con los colmillos listos para cuando volvieran a acercarse.

—Tenemos que hablar —dijo Lessán. Su voz poseía la cualidad de una sedación verbal, demasiado perfecta y calibrada para ser humana.

—No… no quise hacerle daño. Ella me atacó primero, se comportó como una… como una bestia —balbuceé, intentando sepultar el hecho de que, en el fondo, yo me había transformado en lo mismo para hacerle frente.

El silencio que siguió fue insostenible, un vacío espeso que pedía a gritos ser llenado con mentiras piadosas. El pánico me impulsó a ponerme en pie, decidida a huir de aquella demencia a cualquier precio, pero la puerta de madera se cerró de golpe con un estruendo seco, sin que ninguna mano la rozara. Danka, recargado contra la pared con su habitual arrogancia maligna, soltó una risa áspera que me erizó los vellos de los brazos.

—Lo siento, señorita. Es la una de la mañana y tú no sales de aquí —escupió Danka—. Además… ¿de qué demonios hablas? Eira tuvo un berrinche infantil, tú colapsaste por el estrés de la cocina y la niña se asustó. Eso fue todo.

—¿Berrinche? —repetí en un susurro.

Inspeccioné mis palmas en busca de las heridas y los estigmas de porcelana que mi memoria insistía en reclamar, pero la piel estaba intacta. Les volví a dar la cara con lentitud, forzando a mi mente a buscar una conclusión más lógica que la burda fantasía que ellos intentaban sembrar en mi cabeza.

—Te desvaneciste, Analián —insistió Lessán, aproximándose a la cama con una fijeza en la mirada que pretendía reescribir mis propios pensamientos a través de la sumisión—. Mañana mismo te llevaré al médico. Estás débil; el cambio de ciudad ha sido demasiado drástico para ti.

—¿Y los platos rotos? —les solté, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. ¿Esos también se rompieron solitos en el suelo?

Danka respondió con un aire despreocupado, encogiéndose de hombros:

—Es lógico que si te desmayaste los hayas soltado de golpe. Se rompieron al caer, eso es todo. En ningún momento vi que se hayan quedado flotando en el aire.

Lessán intervino con suavidad, cortando la tensión:

—No te inquietes por eso, Analián. El servicio ya se ha encargado de limpiar todo el desastre.

—¿El servicio? —pregunté, sintiendo que la realidad se me escapaba como arena entre los dedos—. ¿No estábamos completamente solos en esta casa?

—Estaban de vacaciones —concluyó Celián, regalándome una sonrisa gélida—. Pero han regresado esta noche. Ahora, descansa. No pienses más.

Salieron de la habitación sin añadir una sola palabra, dejándome sumida en una soledad claustrofóbica. Mientras cerraba los ojos, intentando asimilar el peso de sus mentiras, escuché pasos leves en el corredor. Pero no eran pisadas de seres con masa y fricción física; eran susurros apenas perceptibles, el roce sutil de sedas centenarias contra los muros y el eco distante de una risa infantil que no tenía nada de inocente.

¿Me estoy precipitando al abismo de la locura, o ellos están borrando mis huellas de la realidad justo frente a mis propios ojos?

La duda no se fue de mi cabeza se anidó en mis huesos, fría y pesada como plomo derretido, recorriéndome por dentro hasta confundirse con el mismo fluido que me mantiene con vida. No era sueño, no era alucinación: la certeza de que algo ha sido suprimido, reescrito, arrancado de raíz delante de mí, me mantuvo despierta horas contando latidos que ya no sé si son míos. Cada sombra en la habitación parecía deliberada; cada silencio, calculado para ocultar lo que no debía ver, me fui quedando dormida poco a poco.

Y cuando por fin el sol se atrevió a rasgar la oscuridad, el canto estridente de las aves me despertó a las seis y media de la mañana. Yo seguía anclada entre las cobijas, sintiendo que el mundo entero había sido reacomodado mientras yo cerraba los ojos, yo era la única que sabía que antes… no era así.

Sentía un cansancio tan denso y plomizo que rozaba el letargo de la hibernación; mi cuerpo protestaba, drenado por la sobrecarga eléctrica de la noche anterior. Pero la realidad no admitía tregua. Me levanté como una autómata, me alisté con movimientos mecánicos y, justo cuando terminaba, un llamado firme resonó en la madera.

Permití el paso con un hilo de voz. Al abrirse la puerta, la figura imponente de Lessán dominó el umbral.

—Analián, él es Karl —dijo, con esa cadencia perfecta que ahora me resultaba a pura manipulación psicológica—. Es nuestro médico de confianza. Va a asegurarse de que tu… “episodio” de anoche no deje secuelas.

Karl saludó con una amabilidad ensayada, desprovista de calor humano. Sus manos, envueltas en guantes de látex tan finos que parecían una segunda piel descamada, se movieron hacia mí con la precisión clínica de un entomólogo ante una mariposa moribunda. Me auscultó en una revisión con un gesto sutil, después de unos minutos me indicó que descubriera mi espalda. Quería cerciorarse que el golpe en la caída no tuviera ninguna secuela.

Al retirar la prenda y exponer la piel, el aire de la habitación pareció ser succionado por una aspiradora invisible. El silencio regresó, cortante y helado.

El eritema circular en mi hombro que no era rojo. Ahora se manifestaba como un estigma de un violeta profundo, casi negro, con filamentos dorados que palpitaban bajo la epidermis como circuitos integrados de un tejido biológico desconocido.

—Interesante —murmuró Karl. Su voz tenía el roce seco de dos pergaminos antiguos—. La reacción alérgica es... persistente, pero nada que deba alarmarnos. Con los antibióticos adecuados desaparecerá en un par de días. Sin embargo, para estar completamente seguros, tomaremos una pequeña muestra de tejido hemático; debemos descartar que el insecto haya portado alguna infección.

—¿Infección? —pregunté yo, y mi voz se quebró apenas, como si la sola palabra ya me hubiera contaminado la garganta, sembrando un óxido invisible en la tráquea—. ¿De qué infección habla, doctor Karl? ¿Qué clase de parásitos o impurezas se supone que flotan en este aire húmedo?

Él no apartó la mirada, y en sus ojos no vi duda, sino una vigilancia fría, calculada, como quien estudia una variación imprevista en una fórmula que creía dominada y bajo control absoluto.

—Lessán me comentó que ha sufrido algunos percances desde su llegada —respondió, midiendo cada sílaba con la precisión de cirujano ante una disección delicada—. Será que no está acostumbrada a los zancudos de Hampshire. Esos pequeños dardos suelen dejar más que picadura: la fiebre leve, irritación, y la tentación de rascarse hasta romper la piel. Esa herida, por pequeña que sea, se convierte en puerta abierta para cualquier agente que circule en estas tierras, un vehículo biológico perfecto para organismos que apenas empezamos a clasificar en los tratados modernos. Nada que deba alarmarla, insistió, pero es mejor estar seguros: la precaución es la única barrera que no se rinde ante lo desconocido, ni ante lo que se oculta en la penumbra de estos bosques.

—No me agrada que especulen sobre mi salud como si fuera un espécimen de laboratorio —repliqué, cruzando los brazos con rigidez para ocultar el temblor involuntario que empezaba a recorrer mis dedos—. Si hay algo que deba saber, doctor, le sugiero que hable sin rodeos y abandone esos rodeos clínicos que solo aumentan la tensión en esta habitación.

—Su resistencia verbal es tan predecible como su sistema inmunológico, señorita —replicó Karl con una sonrisa imperceptible, un gesto seco que no llegó a tocarle los ojos—. La ciencia no negocia con caprichos; solo observa, mide y extrae las verdades que el cuerpo intenta ocultar bajo capas de piel y falsa entereza.

Guarde silencio, era mejor estar tranquila de todas maneras solo era una revisión y debía agradecer la atención.

De su maletín extrajo una jeringa de cristal, un artefacto quirúrgico que parecía rescatado de un hospital de campaña del siglo XIX. Al clavar la aguja en mi carne, no experimenté el pinchazo común del dolor, sino una descarga eléctrica, un latigazo gélido que me recorrió la columna vertebral de abajo arriba. Pero lo que comenzó a llenar el tubo de vidrio me hizo querer arrancarme los ojos.

Mi sangre no era roja. Era un fluido espeso, negro azabache, salpicado de destellos microscópicos parecidos al polvo estelar. Una amalgama imposible de hemoglobina y vacío que se negaba a fluir de forma natural; en lugar de asentarse, el líquido comenzó a trepar por las paredes del cristal con una voluntad propia, sinuosa... casi inteligente.

Lessán se acercó de inmediato, interponiéndose entre Karl y mi vista. Fijó sus ojos en los míos, ejerciendo una presión psíquica tan densa que sentí flaquear mi propia voluntad en un instante.

Karl observaba con una concentración absoluta, sin pestañear, como si el fluido pudiera revelar secretos que ni yo misma conocía. A su alrededor, el silencio se volvió denso, cargado de una expectativa que no era médica, sino casi sagrada, casi aterradora. Y en ese instante comprendí que los zancudos de Hampshire eran solo la excusa. Lo que realmente buscaba no era una infección traída de fuera. Era algo que yo traía dentro. Algo que quizá ya estaba aquí, esperando el momento justo para despertar.

—Es solo el efecto de la luz —declaró Lessán, y su tono fue una caricia de hierro—. La anemia severa produce coloraciones extrañas y refracciones engañosas bajo las lámparas halógenas. Karl te recetará algunos suplementos.

Atrapada en el limbo de su mirada, mi mente se desconectó. Asentí de forma automatizada, como un robot acatando una orden programada, perdiendo el rastro del tubo de cristal.

—El análisis es simple —sentenció el médico, guardando los instrumentos en su maletín con movimientos ensayados—. Fatiga extrema, un desequilibrio electrolítico agudo y una vívida imaginación producto de la hipoxia durante el desmayo. Los supuestos fenómenos de anoche no fueron más que espasmos musculares y distorsiones visuales, causados por el estrés postraumático del golpe que seguramente te diste contra el suelo al caer.

El libreto era perfecto. Limpio, estéril, lógico. Pero mi memoria se negaba a claudicar.

—¿Y Danka? —pregunté, con la voz quebrada por el esfuerzo de recuperar el control de mis propios pensamientos—. Yo lo vi volar por los aires… Lo lancé contra la pared.

—Danka está en el bar con sus amigos, completamente ileso —respondió Lessán, rodeándome con la frialdad de sus brazos—. Lo que creíste ver no fue más que una proyección; tu mente inventó un monstruo para intentar justificar tu propio colapso.

Karl se retiró en silencio, pero antes de trasponer el umbral, cruzó su vista con la de Lessán. No fue la mirada de un médico hacia el pariente de una paciente; fue la perpetua complicidad helada de dos ejecutores ante un fenómeno que acababa de superar todas sus expectativas.

Me dejaron sola para que el supuesto suplemento hiciera efecto. Confiando en que el aislamiento me devolvería la cordura, me dirigí al baño, me acerqué al espejo del lavabo y busqué mi reflejo. Mis pupilas se dilataban y contraían con una cadencia errática, al ritmo de un latido sordo que ya no sonaba humano. Al extender la mano para abrir el grifo de metal, una chispa azul saltó de la yema de mis dedos con un chasquido seco, dejando una marca negra de quemadura grabada directamente sobre el acero inoxidable.

Aparté la mano de golpe, con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado. Volví a la cama, repitiéndome como un rezo desesperado el libreto que me habían impuesto: es el cansancio hizo estragos, es solo el cambio de aire, mis sentidos mienten, nada de esto es real. Pero la mentira se me ahogaba en la garganta; yo sabía, con una certeza helada que me trepaba por la columna, que lo que ocurría dentro de mí no era enfermedad… era algo que despertaba. Algo que, dormido hasta entonces, empezaba a reconocer su propio nombre.

Justo en ese instante de falsa tregua, escuché a Eira reír al otro lado de la pared.

No era la risa inocente de una niña. Era el sonido seco, metálico, de alguien que finalmente tiene en sus manos un juguete nuevo; uno que puede romperse en mil pedazos… y volver a armarse. Y ese eco me heló la sangre mucho más que cualquier diagnóstico. Comprendí entonces que mi miedo no nacía de la debilidad, sino de la claridad: yo no estaba enferma. Estaba siendo revelada. Y lo que empezaba a ver… me aterrorizaba.

El eco de la risa de Eira se apagó contra el yeso, dejándome de nuevo a merced de un silencio absoluto. Nadie cruzó el umbral. No había pisadas en el pasillo ni presencias tangibles al otro lado de la puerta, solo las cuatro paredes de la habitación cerrándose sobre mí. Estaba completamente sola, pero esa soledad era una mentira transparente; cada rincón respiraba el peso invisible de los Zalgorán. No necesitaban estar ahí para vigilarm, porque su sombra ya se había instalado de forma permanente bajo mi propia piel.

Thoughts

  • quintopiso

    leerlo de noche en el balcón fue error. porque ahora uno entiende que no puedes dormir en una casa donde todos mienten a propósito. donde tu propio cuerpo te traiciona y nadie te lo dirá.

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  • pnavarro64

    la familia son como eira, no humanos disfrazados. si eso es cierto, ¿cuántos más andan aquí mientras nosotros dormimos?

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  • paginaDoblada

    nunca termino nada en una sentada pero este capítulo no puedo dejar. porque la pregunta es oscura: ¿por qué quieren guardarla? ¿qué van a hacer con lo que es eira?

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  • melisaenlacola

    lo que asusta no es eira. es que nadie le cree. el médico mintiendo en la cara. la familia reescribiendo todo.

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  • mediocapitulo

    ando tres capítulos atrasada con todo, así que no tengo contexto. ¿la familia siempre fue así de rara o algo cambió? porque esta mansión no respira normal.

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  • lo_lei_en_el_bus

    cuando ella pierde el rastro de qué es real... ese momento en la micro cuando pierdo el renglón y no sé quién miente.

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    La disciplina es un lujo que los débiles confunden con docilidad; ella solo la usa como munición.