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Exortismos

Franca_SB97

Contenido de la publicación

Hay noches en que la oscuridad no cae sobre el mundo, sino que despierta dentro de nosotros.

Y cuando eso ocurre, hasta el más inocente de los espejos puede convertirse en la puerta hacia aquello que juramos haber enterrado.

Cae el anochecer y me encuentro sola en un lugar que no logro reconocer. No sé dónde estoy ni recuerdo con claridad cómo llegué hasta aquí. Intento reconstruir mentalmente los últimos minutos, pero todo parece cubierto por una niebla espesa, como si mi propia memoria se negara a mostrarme el camino recorrido.

Sólo logro percibir cómo el miedo comienza a invadir mi cuerpo, primero de manera leve, casi imperceptible, y luego con una intensidad que crece a cada segundo. Siento frío, aunque el aire no parece especialmente helado. Siento que algo me observa, aunque no puedo distinguir ninguna presencia a mi alrededor.

Frente a mí se levanta una casa antigua que es demasiado grande para estar abandonada y demasiado silenciosa para estar habitada. Sus paredes están deterioradas, la pintura cuelga en algunos sectores y las ventanas permanecen abiertas, dejando entrar apenas una débil claridad.

Por más que observo, no consigo encontrar ninguna señal de vida. No hay luces encendidas, no escucho voces, no veo movimiento alguno tras los cristales, debería irme.

Sin embargo, no sé hacia dónde, cuando miro hacia atrás, sólo encuentro un camino cubierto por niebla. No recuerdo haberlo recorrido. No recuerdo siquiera haber visto aquella casa antes. Aun así, existe algo en ella que me resulta familiar, y esa familiaridad me incomoda más que el silencio.

La puerta principal está entreabierta. No recuerdo haberla visto abrirse. Permanece inmóvil, como si hubiese estado esperándome desde mucho antes de que yo llegara.

Me acerco lentamente, cada paso pesa más que el anterior. Al entrar, un olor a humedad, polvo y madera vieja me obliga a contener la respiración durante unos segundos.

El interior es mucho más oscuro de lo que debería. Las ventanas están abiertas y el cielo todavía conserva una débil luz de atardecer, pero dentro de la casa apenas entra un leve haz de luz que parece extinguirse antes de tocar el suelo.

Las sombras ocupan todo, no parecen vacías.

Avanzo por un corredor angosto mientras el suelo cruje bajo mis pies. Escucho mis propios pasos con demasiada claridad. Uno tras otro, secos, lentos, constantes. En algún momento tengo la sensación de que hay otro sonido detrás de mí. Un segundo paso.

Un eco tardío, me detengo, silencio, vuelvo a caminar. El sonido regresa, no miro hacia atrás.

Me digo que debe ser el eco, que la madera está vieja, que quizás alguna tabla se mueve con el peso de mi cuerpo. Busco explicaciones para mantener el miedo bajo control, pero ninguna consigue tranquilizarme realmente. Sigo caminando hasta que distingo, al final del pasillo, tres habitaciones oscuras.

La primera tiene la puerta abierta por completo. La segunda permanece entreabierta. La tercera está casi cerrada. No sé por qué, pero cada una me provoca una sensación distinta.

Desde la primera parece surgir un frío intenso. La segunda me produce una tristeza difícil de explicar. La tercera, en cambio, despierta algo más perturbador.

La conozco o  al menos siento que la conozco.

Prefiero entrar en la última pieza. No sé si será la curiosidad, el miedo o alguna fuerza interna que me empuja hacia ella. Intento permanecer quieta, pero mis piernas avanzan casi por voluntad propia. Me acerco a la puerta y apoyo una mano sobre la madera.

Está helada, por unos segundos, dudo, pero, después empujo.

La puerta se abre con un gemido largo, profundo, casi humano. Entro lentamente. Apenas cruzo el umbral, escucho cómo la madera comienza a cerrarse detrás de mí. Me vuelvo, intento detenerla, pero ya es tarde.

La puerta se cierra y comprendo que ya adentro, no hay vuelta atrás.

Corro hacia el picaporte y trato de abrir. No funciona. Tiro de él varias veces hasta que mis manos comienzan a temblar. Golpeo la puerta y llamo, aunque no sé a quién podría estar llamando.

Nadie responde, sólo silencio.

Intento respirar con calma y me obligo a observar la habitación. Hay una mesa vieja apoyada contra una pared y una silla cubierta de polvo. El papel mural está desprendido en largas tiras y la humedad ha dejado manchas negras en varios sectores.

No hay mucho más, eso creo, entonces levanto la mirada y frente a mí hay un espejo.

Es enorme. Ocupa gran parte de la pared y parece demasiado grande para una habitación tan pequeña. Su marco es de madera oscura, casi negra, cubierto de figuras talladas. Al acercarme noto que no son simples adornos. Son rostros. Decenas de rostros deformados, algunos gritando, otros llorando, otros con los ojos cerrados.

Me alejo, el espejo me produce rechazo. y, al mismo tiempo, no puedo dejar de mirarlo. Me acerco otra vez, pero intento poder visualizar mi rostro en él, pero no me reconozco.

Al principio pienso que la oscuridad me engaña. Me acerco un poco más y observo mejor. La habitación aparece perfectamente reflejada: la mesa, la silla, las paredes, la puerta que está detrás de mí. También veo mi cuerpo, pero mi rostro no aparece.

Donde debería estar, sólo existe una mancha oscura.

Me llevo una mano a la cara. Puedo sentir mis ojos, mi boca, mi piel. Todo está ahí. Sin embargo, el espejo se niega a mostrarme.

Entonces la mancha comienza a moverse. Aparecen dos ojos, después una boca y luego unos dientes apretados. No veo mi reflejo,  sólo logro ver un animal furioso.

La criatura tiene mis proporciones, mi cabello, mis manos, pero su expresión es salvaje. Sus ojos parecen cargados de rabia y desesperación. Me observa fijamente desde el otro lado del cristal.

Levanto una mano. --- Ella también.

Inclino la cabeza. --- Hace lo mismo.

Retrocedo. --- Retrocede.

Durante unos segundos siento alivio. Es mi reflejo. Sólo eso. Una deformación, un efecto de la oscuridad, una ilusión provocada por el miedo.

Hasta que sonríe, y yo no estoy sonriendo, el frío del lugar atraviesa todo mi cuerpo.

La criatura levanta lentamente una mano mientras las mías permanecen inmóviles. Lleva sus dedos hacia su cuello y aprieta.

De inmediato siento una presión alrededor del mío. Me cuesta respirar. Llevo ambas manos a mi garganta, pero no encuentro nada.

-       Basta, grito, mientras la criatura sigue observándome.

-       Basta, la presión desaparece de golpe.

Caigo de rodillas, intentando recuperar el aire. Quiero levantarme y correr hacia la puerta, pero siento un dolor agudo en uno de mis brazos. Bajo la mirada.

Mis propias manos comienzan a atacarme. Mis dedos se aferran a mi piel con una fuerza que no consigo controlar. Intento separarlos, pero es inútil. Mis uñas dejan marcas. Mis heridas comienzan a aflorar. Mis cicatrices reaparecen.

Algunas de aquellas marcas habían desaparecido hace años. Otras nunca estuvieron sobre mi piel.

Cada herida trae consigo un recuerdo. Palabras, rostros, despedidas, traiciones, pérdidas. Cosas que creía haber enterrado regresan de golpe, como si hubiesen estado esperando una oportunidad para salir.

Siento cómo el temor me invade. Se apropia de mí sin piedad.

Las paredes parecen acercarse lentamente. El techo parece descender. La habitación se vuelve más pequeña y el aire comienza a faltarme. Escucho murmullos alrededor. Primero son débiles, pero luego empiezan a ganar claridad.

Algunas voces dicen mi nombre, mientras que otras repiten frases antiguas,  frases que no quería volver a escuchar.

Me cubro los oídos, pero las voces no desaparecen. No vienen de la habitación, sino que están dentro de mí. Grito, pero nadie oye.

Corro hacia la puerta y golpeo con fuerza. Pido ayuda. Tiro del picaporte. Nada funciona. Trato de salir, pero la puerta está trabada. No la puedo abrir.

Entonces huyo. No sé hacia dónde. Doy vueltas dentro de la habitación buscando una salida que no existe.

Y de pronto una pregunta aparece en mi mente.: ¿De qué huyo?

Me detengo y miro el espejo, ¿Será acaso de esa horrorosa figura que vi reflejada en aquel espejo?

-       No lo sé.

La criatura sigue allí, pero no se ha movido. No me persigue y nunca lo hizo.

-       Soy yo quien corre, quien grita y quien siente miedo.

Me acerco lentamente al espejo. Cada paso exige un esfuerzo enorme. El reflejo continúa observándome, pero algo en su expresión ha cambiado. Ya no parece furioso.

Parece triste, vuelvo a mirar sus heridas y me percato que son las mías. Sus cicatrices, sus ojos.

-       ¿Qué eres?, pregunto.

La criatura mueve los labios, pero no escucho sonido alguno. Aun así, entiendo la respuesta.

-       Tú, responde.

Apoyo una mano sobre el cristal. La figura hace lo mismo desde el otro lado. El espejo está helado. Permanecemos así durante varios segundos, mirándonos.

Entonces su rostro comienza a transformarse.

La expresión de rabia desaparece. La boca recupera su forma y sus ojos vuelven a ser humanos. Poco a poco, la criatura deja de existir y  finalmente me veo.

Cuando pienso que estoy a punto de morir, logro comprender que aquel espectro que vi en ese espejo no es nadie más que mi propia imaginación.

-       Soy yo, siempre fui yo, me repito a mí misma.

La habitación deja de moverse y las voces desaparecen. Las paredes vuelven a su lugar.

Respiro profundamente y observo mi rostro en el espejo. Estoy pálida, tengo los ojos enrojecidos y las manos todavía tiemblan. Pero me reconozco.

Comprendo entonces cómo mi mente hace que la realidad se torne onírica. Comprendo que mis temores pueden aflorar sin importar en dónde esté. Pueden convertir recuerdos en criaturas, palabras en voces y sombras en amenazas.

No necesito una casa abandonada, ni una habitación oscura y menos a aquel espejo, y que puedo llevar todo aquello conmigo.

Me vuelvo hacia la puerta, la cual está abierta. No sé cuándo ocurrió.

Salgo con cautela y regreso al pasillo. Las tres habitaciones continúan allí. Entonces noto algo que antes no había visto. Sobre cada una hay una palabra tallada en la madera.

-       Sobre la primera: Pasado.

-       Sobre la segunda: Presente.

-       Sobre la tercera: Miedo.

Me quedo observándolas durante unos segundos. Siento curiosidad por saber qué esconden las otras dos habitaciones, pero no me atrevo a entrar. Quizás no estoy preparada y nunca lo esté.

Camino hacia la salida. Esta vez encuentro la puerta principal abierta. Afuera comienza a amanecer. La luz gris del día entra por el corredor y por primera vez siento que puedo respirar con normalidad.

Salgo, camino algunos metros. Entonces miro hacia atrás y la casa ha desaparecido, no queda nada, sólo un terreno vacío cubierto de hierba y niebla. Me acerco al lugar donde debería encontrarse la entrada, pero no veo huellas, paredes ni restos de madera. Nada demuestra que aquella casa haya existido.

Quizás todo ocurrió dentro de mi mente. Tal vez fue un sueño. Una alucinación. Una pesadilla, quiero creerlo. Entonces observo mis manos, hay polvo negro en las puntas de mis dedos, el mismo polvo que cubría el marco del espejo.

No quiero pensarlo, me limpio rápidamente y sigo caminando.

Horas después llego a casa. El cansancio comienza a vencer al miedo y, poco a poco, consigo convencerme de que todo tuvo una explicación. Entro al baño, abro el grifo y me lavo las manos.

Después me mojo el rostro, pero no quiero levantar la mirada, aun así lo hago.

Frente a mí hay un espejo y mi reflejo aparece de inmediato, normal. Reconozco mi rostro, mis ojos, mi boca sin encontrar nada extraño.

-       Respiro aliviada.

Apago la luz y comienzo a salir, y antes de cerrar la puerta, miro una última vez. Mi cuerpo ya se ha apartado del espejo, pero mi reflejo sigue allí, quieto, observándome en la oscuridad, sonriendo mientras yo no lo hago.

Enciendo la luz de golpe y rodo vuelve a la normalidad. Me acerco al espejo. Mi reflejo imita cada movimiento.

-       No es real, grito para convencerme mientras la imagen repite mis palabras.

Estoy a punto de marcharme cuando descubro una pequeña mancha sobre el marco. La toco y es polvo negro.

Desde aquella noche he intentado convencerme de que todo fue producto de mi imaginación. Algunas veces lo consigo. Otras no. Hay momentos en que escucho un paso después del mío y otras en las que despierto con pequeñas marcas sobre los brazos.

Y hay momentos en los que al pasar frente a un espejo, tengo la impresión de que mi reflejo tarda una fracción de segundo en seguirme. Entonces vuelvo a recordar aquella casa, con sus tres habitaciones, aquel pasillo, el espejo y aquella criatura, comprendiendo con el tiempo que  los monstruos no siempre viven en casas abandonadas y no siempre se esconden en bosques, cementerios o habitaciones oscuras.

Algunos viven dentro de nosotros. Se alimentan de recuerdos, heridas y miedos. Duermen durante años y cuando despiertan, saben exactamente qué forma tomar.

Mi mente puede hacer que la realidad se torne onírica. Mis temores pueden aflorar sin importar en dónde esté. Puedo escapar de una casa, de una habitación, incluso de una pesadilla, pero, no puedo escapar de mí.

Mi muerte puede ser en cualquier minuto, sin embargo, ya no es la muerte lo que más me asusta. Lo que realmente me aterra es volver a mirar aquel espejo y encontrar nuevamente a esa criatura.

O descubrir algo todavía peor, que jamás existió criatura alguna, que nunca hubo espectro, que nunca hubo demonio, que el espejo siempre mostró aquella verdad, escondida en el fondo de mi ser.

Y que aquello de lo que intenté huir durante toda aquella noche... siempre fui yo….

Thoughts

  • hornerito4

    Uy no, yo iba bien hasta que el reflejo sonríe y ella no. Ahí prendí la luz del cuarto y todavía no la apago, pues.

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  • Ovid

    El marco tallado con decenas de caras, unas gritando y otras con los ojos cerrados, es lo que más se me quedó del texto. Puede sonar raro, pero yo pensé que esas caras son de otras personas que entraron a esa misma pieza antes que ella, y que la suya estuvo a punto de quedar ahí también. Gracias por traer esto como tu primera publicación!

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Hay noches en que la oscuridad no cae sobre el mundo, sino que despierta dentro de nosotros.

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