Mis tres de siempre ya lo leyeron y una me contestó nada más con captura del mensaje de Nicolás, sin texto ni nada :')
EPÍLOGO.
Pensamiento
Mis tres de siempre ya lo leyeron y una me contestó nada más con captura del mensaje de Nicolás, sin texto ni nada :')
Contenido de la publicación
Dos años después, Elena estaba sentada en una cafetería.
Tenía una computadora abierta, un café que ya comenzaba a enfriarse y una lista interminable de pendientes.
Era una mañana cualquiera.
O al menos eso parecía.
Entonces escuchó una voz.
—Estoy cansada.
Levantó la mirada.
La mujer de la mesa contigua observaba su teléfono. Tenía los ojos húmedos.
—No puedo más.
Elena sintió que algo se detenía dentro de ella.
Durante un instante volvieron otras palabras.
Estoy cansado.
A veces quisiera desaparecer.
No sé qué hacer.
La mujer guardó el teléfono.
Permaneció inmóvil, como si esperara algo.
O como si ya hubiera dejado de esperarlo.
Elena bajó la vista.
Sintió miedo.
No el miedo de equivocarse.
El miedo de no hacer nada.
Se levantó.
Caminó hasta la otra mesa.
—Perdón.
La mujer levantó la mirada.
—¿Sí?
Elena señaló la silla vacía.
—¿Puedo sentarme?
La mujer pareció confundida.
Pero asintió.
Durante unos segundos ninguna habló.
Finalmente, Elena preguntó:
—¿Estás pensando en hacerte daño o en morir?
La mujer se quedó inmóvil.
Después comenzó a llorar.
No respondió inmediatamente.
Elena permaneció allí.
—No tienes que explicarme todo —dijo.
La mujer bajó la cabeza.
—Pero no tienes que quedarte sola con esto.
Y se quedó.
No porque supiera exactamente qué hacer.
No porque creyera que podía salvar a alguien.
Simplemente porque había aprendido que algunas personas necesitan compañía antes de encontrar palabras.
Muchos años después, Nicolás abrió nuevamente el cuaderno.
Las esquinas estaban desgastadas y algunas páginas comenzaban a amarillear.
Pero la letra seguía ahí.
Leyó:
Hoy alguien me preguntó si estaba bien.
Dije que no.
Debajo había otra frase:
Me dio miedo decirlo.
Y más abajo:
Pero lo dije.
Nicolás sonrió.
Pasó varias páginas.
Encontró una fotografía de su madre.
Otra de Lucía.
Otra de Sergio.
Otra de Elena frente a la maqueta.
Y una última fotografía: él mismo frente a una ventana, muchos años atrás.
En el reverso había escrito:
Aún quiero estar aquí.
Cerró el cuaderno.
Durante un momento permaneció en silencio.
Después tomó el teléfono.
Había un mensaje de Elena.
¿Ya llegaste?
Nicolás respondió:
Sí.
¿Todo bien?
Él miró la pantalla.
Sonrió.
Escribió:
Sí.
Y antes de enviar, añadió:
Pero si algún día no lo estoy, te lo voy a decir.
Envió.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Afuera comenzaba a oscurecer.
La vida continuaba.
No como una promesa de que nada volvería a doler.
Como la posibilidad de que, cuando doliera, alguien estuviera dispuesto a escuchar.
Y quizá esa sea la diferencia.
¿A quién estamos escuchando hoy?
Porque algunas personas no necesitan una respuesta.
Necesitan una segunda pregunta.
No mañana.
Hoy.
Thoughts
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PermalinkNi miré el reloj.
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PermalinkMis tres de siempre ya lo leyeron y una me contestó nada más con captura del mensaje de Nicolás, sin texto ni nada :')
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PermalinkLo leí en voz alta anoche y al llegar a la cafetería me salió bajar la voz sin querer, como si de verdad hubiera alguien llorando en la mesa de al lado. Me lo creí entero.
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PermalinkYo hubiera cerrado donde Nicolás deja el teléfono sobre la mesa y afuera oscurece. Lo que sigue le habla a quien lee, ya no a él, y ahí la serie deja de ser cuento y pasa a ser un pedido. Se entiende, después de ocho capítulos así, pero a mí me dejó fuera de la mesa.
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PermalinkOcho capítulos y todo termina en un sí mandado por mensaje. Me sirve así, sin más vueltas!
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PermalinkDos años después de la maqueta y Elena todavía con el café enfriándose. Apuesto a que reconoce esa voz porque ya la oyó en Nicolás, y por eso tarda tan poco en levantarse.
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PermalinkNicolás agrega una línea antes de mandar el sí, y en esa línea entendí que el cuaderno terminó siendo para Elena tanto como para él. En casa hubo un hermano que se fue lejos en 2002 y siempre contestaba que todo bien, y nadie le hacía la segunda pregunta. Me quedo con la duda de si Lucía y Sergio, los de las fotos, llegaron a leerlo alguna vez.
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PermalinkMira, la pregunta que Elena le hace a la mujer, así de frente, en mi casa no la hizo nadie nunca; lo más que se preguntaba era si habías comido. ¿A ti te la hizo alguien alguna vez, tal cual?
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PermalinkXe, lo del cuaderno con las esquinas gastadas me llevó a una libreta que hay en mi cocina, en el cajón de los cubiertos, con la letra de otra persona. Nunca la tiro y nunca la abro entera. Nicolás la abre, la lee y sonríe, y eso me pareció lo más valiente de todo el epílogo, más que lo de la cafetería.
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PermalinkChelo, una de las de mi club, diría que nadie se sienta con una desconocida a preguntarle eso de frente, y yo le pelearía que justo por eso vale, porque Elena tuvo miedo y fue igual.
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Nicolás descubrió que una persona puede pedir ayuda sin pronunciar jamás las palabras necesito ayuda.
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CAPÍTULO 6
Años después, Nicolás todavía tenía días malos.
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CAPÍTULO 3
Durante un tiempo, Nicolás mejoró.
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CAPÍTULO 4
La noche comenzó como cualquier otra.
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INTRODUCCIÓN
La primera vez que Nicolás quiso desaparecer, no imaginó funerales, ataúdes ni despedidas.
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CAPÍTULO 5
La recaída no llegó con estruendo.
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Una vez más
Una vez más.
Dos años después, Elena estaba sentada en una cafetería.