Se lo mandé al grupo de mis amigas y todas quedaron enojadísimas con los papás de Isaac. Yo lloré con lo del abrazo en la banca, mare.
Pensamiento
Se lo mandé al grupo de mis amigas y todas quedaron enojadísimas con los papás de Isaac. Yo lloré con lo del abrazo en la banca, mare.
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Capítulo 5: Cuando el tiempo se acaba
La mañana del lunes comenzó de una forma diferente.
Javier extrañamente se despertó antes de que sonara el despertador. Había dormido poco. La conversación con sus padres seguía dando vueltas en su cabeza.
No sabía si realmente habían comprendido lo que sentía o si todo volvería a ser igual después de unos días.
Bajó las escaleras con la esperanza de encontrar la casa tan silenciosa como siempre.
Pero se detuvo en seco.
Anabel estaba preparando el desayuno.
No tenía el celular en la mano.
No estaba trabajando.
Simplemente estaba cocinando.
Al escuchar los pasos de Javier, levantó la mirada y sonrió.
—Buenos días, hijo.
Javier respondió con un tímido:
—"Buenos días".
Había algo distinto en el ambiente.
Sobre la mesa había pan recién tostado, huevos revueltos y una jarra de jugo de naranja.
—¿Todo eso... es para nosotros? —preguntó Javier.
Anabel soltó una pequeña risa.
—Sí. Hace mucho que no desayunamos juntos.
Javier tomó asiento lentamente.
No sabía qué decir.
Minutos después apareció Jonathan.
Llevaba la corbata puesta, pero aún no había salido a trabajar.
—Buenos días.
—Buenos días, papá.
Los tres permanecieron unos segundos en silencio.
Finalmente, Jonathan habló.
—Quiero pedirte perdón.
Javier levantó la mirada.
—No solo por la ceremonia...
También por muchas otras veces en las que no estuve contigo.
Javier notó que la voz de su padre sonaba muy diferente.
No parecía una disculpa por compromiso.
Parecía sincera.
—Sé que unas palabras no arreglan todo —continuó Jonathan—, pero quiero empezar a cambiar.
Javier respiró profundamente.
Todavía había heridas que sanar, pero escuchar aquello era un primer paso.
Por primera vez en mucho tiempo, desayunaron juntos.
No fue una conversación perfecta.
Hubo silencios.
Hubo muchos momentos incómodos.
Pero también hubo sonrisas.
Y eso ya era un gran cambio.
Al llegar al colegio, Javier encontró a Isaac sentado solo en una banca.
Tenía la mirada perdida.
—¿Qué pasó?
Isaac tardó varios segundos en responder.
—Mis padres volvieron a olvidar mi cumpleaños.
Javier sintió que el corazón se le encogía.
—¿Cómo que lo olvidaron?
Isaac sonrió con tristeza.
—Hoy cumplo dieciséis años.
Javier abrió los ojos con sorpresa.
—¡Feliz cumpleaños!
Isaac bajó la cabeza.
—Eres la primera persona que me felicita.
Javier no podía creerlo.
—¿Ellos no dijeron nada?
—Mi mamá salió temprano. Mi papá ya estaba trabajando.
Ninguno se acordó.
Javier no sabía qué responder.
Solo abrazó a su amigo.
Ese abrazo valía más que cualquier regalo.
Durante el recreo, Javier reunió a Lucas y a otros compañeros del salón: Sofía, Diego, Valeria y Mateo.
—Necesito su ayuda.
Todos aceptaron sin hacer preguntas.
Después de clases fueron rápidamente a una pequeña pastelería cercana al colegio.
Entre todos reunieron algo de dinero.
Compraron un pequeño pastel de chocolate, algunas velas y una bolsa de caramelos.
No era una gran fiesta.
Pero estaba hecha con mucho cariño.
La profesora Elena también quiso participar.
Compró una libreta de cuero.
En la primera página escribió:
“Nunca olvides lo importante que eres para todos.”
Al terminar la última clase, Isaac entró al salón para recoger su mochila.
Las luces estaban apagadas.
—¿Hola?
De repente...
—¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!!
Todo el salón se iluminó.
En la primera página escribió:
Javier, Lucas, Sofía, Diego, Valeria, Mateo y la profesora Elena comenzaron a aplaudir.
Isaac se quedó completamente inmóvil.
No podía creer lo que estaba viendo.
Sobre una mesa estaba el pequeño pastel.
Dieciséis velas iluminaban el salón.
En la primera página escribió:
Javier sonrió.
—Sabemos que no es una gran fiesta...
Pero queríamos que este día no pasara desapercibido.
Los ojos de Isaac comenzaron a llenarse de lágrimas.
Era la primera vez en muchos años que alguien preparaba algo para él.
La profesora Elena se acercó.
—Pide un deseo.
Isaac cerró los ojos.
Pensó durante unos segundos.
Luego sopló las velas.
Todos comenzaron a aplaudir.
Mientras repartían el pastel, Lucas preguntó:
—¿Qué pediste?
Isaac sonrió.
—Si lo digo... no se cumple.
Pero en el fondo de su corazón sabía exactamente cuál era su deseo.
Quería llegar a casa...
Y que, por una vez, sus padres lo estuvieran esperando.
Cuando cayó la noche, Isaac abrió lentamente la puerta de su casa.
Todo estaba oscuro.
No había globos.
No había pastel.
No había regalos.
No había nadie.
Solo una nota sobre la mesa.
“Hijo, tuvimos una reunión importante. Hay comida en el refrigerador. Nos vemos MAÑANA.”
Isaac dejó la mochila en el suelo.
Tomó la nota.
La dobló lentamente.
Después caminó hasta su habitación.
Colocó sobre el escritorio la libreta que le había regalado la profesora Elena.
La abrió.
Leyó nuevamente la frase escrita en la primera página.
“Nunca olvides lo importante que eres para todos”
Las lágrimas comenzaron a caer.
No lloraba por los regalos.
Ni por la fiesta.
Lloraba porque, una vez más, las personas que más quería habían olvidado el día en que llegó al mundo.
Mientras tanto, en la casa de Javier, Jonathan observaba un viejo álbum de fotografías.
Encontró una imagen de Javier cuando tenía apenas cinco años.
En el reverso había una frase escrita con letra infantil.
“Cuando sea grande quiero ser como mi papá.”
Jonathan cerró los ojos.
Sintió un profundo dolor.
Se preguntó si su hijo seguiría pensando lo mismo.
Y comprendió que todavía estaba a tiempo de recuperar algo mucho más valioso que cualquier trabajo.
La confianza de Javier.
Sin embargo, esa misma noche sonó el teléfono de la profesora Elena.
La llamada provenía de la casa de Isaac.
Lo que escuchó al otro lado de la línea hizo que su rostro cambiara por completo.
Sin perder un segundo, tomó su abrigo y salió apresuradamente de su casa.
Algo muy grave acababa de ocurrir.
Thoughts
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PermalinkLos dieciséis años que nadie recordó y las dieciséis velas del salón son la misma cuenta, y por eso la casa a oscuras cae tan fuerte. A mí me incomoda decirlo: la fiesta le hizo daño esa noche. Isaac volvió con una tarde entera de gente esperándolo y se encontró la nota, y ese golpe es el que lo tumba.
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PermalinkSe lo mandé al grupo de mis amigas y todas quedaron enojadísimas con los papás de Isaac. Yo lloré con lo del abrazo en la banca, mare.
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PermalinkLos dos padres en la misma noche: uno mirando una foto vieja, el otro dejando una nota en la mesa. Ese cruce hace que la disculpa del desayuno pese más, porque uno llega tarde y el otro ni aparece. Isaac abriendo la libreta me dejó el pecho apretado. ¡Gracias por seguir subiendo esto! ¿Vas a subir el capítulo 6 pronto?
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PermalinkEn mi barrio a un chaval le pasaron el cumpleaños de largo dos años seguidos, y de todo aquello lo que le quedó grabado fue una nota en la nevera. Isaac doblando el papel despacio antes de subir me lo trajo a la cabeza.
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