Una mujer que aparece de la nada, sin fe de bautismo, y el pueblo entero sin preguntar de dónde salió. Así llegó más de un pastor a mi barrio
ENOCH, Capítulo 8 Sensible
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Una mujer que aparece de la nada, sin fe de bautismo, y el pueblo entero sin preguntar de dónde salió. Así llegó más de un pastor a mi barrio
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LOS QUE EMPIEZAN A VER
En Castleberry, la gente común no caminaba con los ojos abierto; caminaba bajo un velo. La bruma constante que descendía de los cerros no era simple humedad, sino un sedante místico que adormecía la curiosidad de los vecinos. Cuando un niño desaparecía o un comerciante no abría su local, la comunidad reaccionaba con una apatía enferma. En la comisaría central, el director Tillstoy enviaba órdenes directas para que cada denuncia fuera archivada bajo etiquetas como "huida voluntaria" o "accidente en el bosque".
Sin embargo, Elena Miller aplicaba una regla sutil y perversa con la que mantenía cautivos a sus colaboradores más leales: la mejor manera de evitar que un prisionero escape es asegurarse de que nunca sepa que está en prisión.
A diferencia de las primeras décadas, cuando las brujas imponían un encierro físico estricto, desde que Enoch vistió la carne de Elena había permitido que los gestores y sirvientes salieran de los linderos de Castleberry. Les daba la ilusión de libertad, enviándolos a las provincias del sur y a los pueblos vecinos a captar nuevas víctimas y negociar con incautos. Pero la libertad era un espejismo. La prisión no eran los muros de piedra de la ciudad, sino la memoria. Mientras esos hombres y mujeres conservaran el menor recuerdo de Castleberry, una calle, la sombra del vivero o el rostro de Elena, la entidad habitaba en sus mentes. En el plano astral, jamás salían de la ciudad. Enoch aprovechaba esos pensamientos como un puente para visitarlos en sus sueños fuera del valle, recordándoles que el pacto era una cadena invisible que cruzaba cualquier frontera.
Solo unos pocos en el pueblo habían logrado romper la neblina mental.
El exdetective Michael Rhodes pasó diez años escuchando el golpe metálico en su cabeza —Clang, Clang, Clang —antes de desaparecer en la laguna. Su hija Liney Rhodes, guardaba sus libretas de notas, llenas de garabatos, y monstruos espeluznantes y estrellas de cinco puntas. A ella se le habían unido Daniel Wetherbee, el joven ingeniero que descubrió la geometría sospechosa de las calles, y el oficial Dario Tapia, el único policía que jamás aceptó los sobres con dinero de Tillstoy y que cargaba con la culpa de haber tratado a Rhodes de demente.
Horas antes, Daniel y Liney habían intentado ejecutar una acción directa: destruir uno de los nodos periféricos ubicado en el cementerio antiguo. Sin embargo, el intento terminó en desastre. Al acercarse a la base del sello en las tumbas subterráneas, la protección mística que cubría la estrella reaccionó. La tierra y las estructuras de piedra se derrumbaron por orden de Enoch al sentir la presencia de los intrusos, bloqueando por completo el acceso y demostrando que los nodos periféricos estaban blindados por el soporte mágico global.
Cubiertos de barro y respirando con dificultad por el esfuerzo, Daniel y Liney regresaban al refugio del Hogar San José tras el fallo en el cementerio.
Al doblar la esquina, Liney se detuvo en seco al notar una patrulla de la policía estacionada frente a la entrada.
—¡Daniel, la policía! —susurró Liney, retrocediendo hacia la sombra de un edificio.
Daniel la tomó del brazo con firmeza.
—Tranquila, Liney. Es la patrulla de Tapia... pero no conozco a la mujer que viene con él.
Una mujer de rostro cansado y mirada febril descendió del vehículo junto al oficial Tapia. Era Cassandra, la vidente que había viajado desde Middletown siguiendo el rastro de una tragedia provocada por un objeto maldito. Con la última pieza del grupo subieron apresuradamente las escaleras y se reunieron en el apartamento.
Meses atrás, en Middletown, la vidente Cassandra presenció el horror de cerca. Una familia local, una madre y su pequeño hijo, regresaron de un breve viaje a Castleberry trayendo consigo un caballito de palo. A los pocos días, la casa de esa familia se convirtió en un infierno de fiebres, gritos en la noche y muertes repentinas, primero fue el niño, luego la madre, más tarde el padre, la abuela, los tíos, los primos, todos los de la familia. Cassandra intentó intervenir, pero fue tarde: la maldición pegada al juguete consumió la vida de todos, uno a uno. Finalmente, tras ayudar a exorcizar y destruir el caballito de madera, el cual desprendió un olor a azufre y ceniza rancia al arder, Cassandra quedó atormentada por la culpa. El dolor de no haber actuado a tiempo para salvar a los pequeños la persiguió en sueños, obsesionándola con el origen de aquel objeto. Siguió el rastro del viaje de la madre hasta que todas las pistas apuntaron a un solo lugar en el mapa: Castleberry.
En la actualidad, reunida en el refugio de Liney en el Hogar, Cassandra observaba las notas de Michael Rhodes sobre la mesa de madera.
—No vine a Castleberry por casualidad, oficial —dijo Cassandra, con una voz rasgada por el cansancio y los ojos empañados por el recuerdo —. Vi morir a niños y madres en Middletown por culpa de un juguete traído de este valle. Se los tragó una sombra que olía a cera rancia. Si no detengo lo que sea que está enviando esas cosas fuera de la ciudad, jamás volveré a dormir en paz.
Tapia sacó de su abrigo una carpeta con documentos del registro civil del municipio que había logrado sustraer de la oficina central sin que Tillstoy o sus cómplices lo notara.
—Si buscamos al responsable, miren esto —dijo Tapia, desplegando las hojas sobre la mesa —. Llevo semanas revisando los libros de la comisaría. En Castleberry todo el mundo tiene una fe de bautismo, una escritura o un registro de llegada. todos excepto una persona.
Liney se inclinó sobre las hojas.
—Elena Miller... —leyó en voz alta.
—Así es —asintió Tapia, señalando el vacío en las fechas —. La mujer que lidera la abadía de St. James apareció de la nada. No hay un solo registro de su nacimiento, ni de sus padres, ni de su llegada a Castleberry antes de hace diez años. Es como si hubiera caminado hacia el centro del pueblo habiendo nacido ya como una mujer adulta. Tillstoy protegió su expediente bajo sello administrativo, pero los libros de impuestos viejos no mienten: Elena Miller no existía antes.
—Una mujer sin pasado que controla la orden religiosa y a la que Tillstoy rinde cuentas ...—murmuró Daniel, cruzando los brazos —. Si ella es el centro de todo, la respuesta no está en el ayuntamiento. Está bajo el monasterio.
El acceso a la cripta de St. James no fue sencillo. Esa misma tarde, aprovechando la penumbra del servicio religioso, Tapia usó su placa y una palanca de hierro para forzar una entrada trasera durante el cambio de guardia.
Descendieron por las escaleras de piedra en silencio. El aire olía a moho, cera rancia y a sangre vieja.
En el pasillo subterráneo, dos sirvientes de rostro demacrado y una monja de la orden los interceptaron desde las sombras. No hubo advertencias ni discursos: los siervos atacaron con una ferocidad ciega, movidos por el trance que los unía al lugar. Tapia tuvo que usar su arma, y el estruendo de los disparos retumbó en las bóvedas de piedra al derribar a los agresores en un forcejeo que dejó a Daniel con contusiones en el rostro y a Tapia con el uniforme rasgado.
Avanzaron hasta el altar subterráneo. Daniel utilizó el cincel de hierro bendecido para fracturar el candado. El cincel no era una herramienta común: era una reliquia traída por Cassandra desde Middletown que conservaba la consagración requerida para actuar sobre las estructuras que estuvieran bajo un pacto demoniaco.
Avanzaron entre el humo de la polvora hasta llegar al nicho del altar subterráneo, donde reposaba un cofre de piedra sellado. Cassandra le indicó a Daniel, que rompiera el sello del cofre. Daniel usó el cincel para fracturar el candado, de allí extrajeron un viejo cuaderno.
Al momento en que los dedos de Cassandra tocaron la piel del libro para examinarlo, una descarga violenta recorrió su columna.
No fue un conocimiento infinito ni una revelación divina; fue un trance doloroso y fragmentado. Cassandra cayó de rodillas, soltando un gemido sofocado mientras un hilo de sangre le brotaba de la nariz. En su mente se proyectó una visión confusa: vio la silueta de una niña escribiendo a la luz de una vela la palabra ENOCH, vio la sombra de una criatura deforme escondida detrás de la figura elegante de Elena Miller, y sintió la vibración de una trampa que se cerraba sobre la ciudad entera.
Cassandra se llevó las manos a la cabeza, jadeando, apoyándose en el hombro de Liney.
—No es una viuda ni una religiosa... —susurró Cassandra con la voz temblorosa por el pánico de la visión —. La mujer que llaman Elena Miller es la fachada de algo muy antiguo... una entidad que la niña del libro llamó Enoch (/e'nok/). está usando este monasterio como su altar.
Liney abrió el cuaderno. En la primera página, escrita con caligrafía infantil, solo se leía esa palabra solitaria: ENOCH. Al pasar las páginas, encontraron glifos angulares y extraños que ninguno de los hombres, ni Liney podía descifrar.
—Son palabras de contención... —dijo Cassandra, escudriñando las grafías con ojos febriles –. Pero es una lengua muerta. Si intentas pronunciarlas sin entender su sonido exacto, te destruirá la mente.
—¿Puedes traducirlo? —preguntóTapia, sosteniendo su arma con las manos sudorosas mientras el suelo de la cripta comenzaba a vibrar suavemente.
—No puedo leerlo como un libro común —respondió la vidente, mirando a Liney —. Pero mi don me permite servir de canal. Si sostengo tus manos mientras lees, puedo proyectar en tu mente la pronunciación que vea en el trance. Pero te va a doler... sentirás que el aire se vuelve fuego en tu garganta.
—Mi padre murió buscando la verdad de este pueblo —respondió Liney con firmeza —. No voy a dar un paso atrás ahora.
En ese instante, los guardias y monjas que yacían derrotados en el suelo de la cripta comenzaron a convulsionar. Como marionetas impulsadas por una fuerza externa, se levantaron lentamente con los ojos vacíos. sin embargo, no atacaron de nuevo: se dieron la vuelta y comenzaron a marchar en trance hacia las salidas que conducían a la superficie, dirigiéndose al vivero.
—¡Miren el suelo! —exclamó Daniel.
La sustancia negra y viscosa del nodo se había movilizado, corriendo por las canaletas en direción a la mansión Castleberry.
—Están concentrando toda la energía en el vivero —dijo Cassandra –. Las catacumbas van a colapsar. ¡Tenemos que salir!
Con este cincel podemos destruir el nodo de aquí —gritó Daniel. Quien se dirigía a la cámara del nodo.
Daniel detente y mira hacia abajo —gritó Cassandra señalando una rata muerta en la entrada a la habitación del nodo, que rebosaba en un líquido negro. —Si das un paso hacia el nodo, morirás sin remedio. ¡Tenemos que salir! — insistió Cassandra con una autoridad que no admitía objeciones, pero que ya estaba en los límites de la desesperación.
Al emerger a la superficie, se encontraron con una escena desoladora. El cielo de Castleberry se había tornado de un color violeta oscuro. El aire se sentía denso y un temor profundo mantenía a la población encerrada: todas las casas del barrio tenían las puertas y ventanas atrancadas con listones y cerrojos. Nadie salía a las calles. La gente intuía que algo malo pasaba, pero no sabían que era.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Liney con la voz trémula, mirando las caras desencajadas del grupo.
—No lo sé —susurró Daniel, apretando el cincel de hierro bendecido hasta que los nudillos se le pusieron blancos. hizo una pausa y, reuniendo el último aliento de valor, alzó la mirada —. Pero de algo estoy seguro: tenemos que clavar esto directamente en el nodo central.
Cassandra sabía que el cincel por sí solo no bastaría y que irrumpir en el vivero para encarar a Enoch rozaba el suicidio. Sin embargo, guardó su propio pánico y le dio un par de palmaditas suaves en la espalda a Liney para transmitirle calma.
—Debemos contenerlo primero —le dijo al oído con un hilo de voz, señalando con un gesto firme el grimorio de Adana que la joven sostenía entre las manos temblorosas —. Tienes que estar lista.
—Demos movernos, Daniel. Chicos, vamos —ordenó Tapia con tono de urgencia —. Hay que ir por la patrulla y salir directo a la mansión antes de que sea tarde y lo que sea que esté ocurriendo nos alcance.
El oficial señaló hacia el firmamento, donde las nubes se arremolinaban en un torbellino violáceo y amenazante, justo cuando una bruma espesa y fría comenzaba a envolverlos.
Thoughts
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PermalinkMe costó más la parte de Middletown que la cripta. Una familia completa cayendo uno por uno por un juguete que trajeron de un paseo, y Cassandra llegando tarde. Con eso se entiende por qué no se va del valle aunque ya no le queda cuerpo: viene cargando a esos niños. Me gustó la rata muerta en la entrada del nodo, porque Daniel iba decidido y fue ella la que vio el detalle. Me da que Cassandra no sale viva del vivero, y que lo sabe desde que se subió a la patrulla.
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PermalinkUf, el caballito.
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PermalinkUna mujer que aparece de la nada, sin fe de bautismo, y el pueblo entero sin preguntar de dónde salió. Así llegó más de un pastor a mi barrio
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PermalinkTapia se lleva la carpeta del registro civil delante de Tillstoy y nadie lo nota. Yo no me fío, ¿de verdad nadie en la comisaría se entera?
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