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ENOCH, Capítulo 6 Sensible

DaveOaks
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EL CUADERNO Y LA PAGA

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EL CUADERNO Y LA PAGA

El monasterio de St. James se erigió rápidamente en el corazón administrativo y espiritual de Castleberry. Bajo la apariencia pulcra de Elena Miller, la entidad conservaba la imagen de una viuda de alta cuna, severa y de una belleza magnética e intemporal que sometía sin esfuerzo a sus seguidores. A su alrededor se tejió la nueva red de los gestores: hombre y mujeres prominentes del municipio que vendían la vida de sus vecinos a cambio de prosperidad, estatus e impunidad.

En el ayuntamiento, la servidumbre al pacto le garantizaba al director Tillstoy una vida de lujo burocrático. Pasaba sus tardes en un despacho con suelo de caoba, saboreando vinos importados mientras firmaba actas de defunción falsas, archivaba denuncias de personas desaparecidas e inventaba epidemias locales para justificar los vacíos que generaba el censo. Para Tillstoy y los inspectores municipales que patrullaban las calles con arrogancia, el pacto no era una condena, sino un privilegio.

Pero la pieza más metódica de la secta seguía siendo la señora Hildegard.

A sus setenta y dos años, Hildegard mantenía una imagen inmaculada de matrona aristocrática. Nadie en el ciudad sospechaba la podredumbre que escondía en el alma desde su juventud. Cuarenta años atrás, cuando aún era una mujer consumida por una avaricia ciega, se disputó el amor de Alphonse Vance —el hombre más acaudalado de Middletown —con su mejor amiga, Sarah O'hara. Hildegard no dudó: durante semanas compartió tés de media tarde con Sarah mientras disolvía dosis microscópicas de arsénico en su taza, contemplando con frialdad cómo la vida de su rival se apagaba entre vómitos de sangre.

Aquella noche, mientras celebraba en secreto la muerte de Sarah, la sombra de Enoch se le manifestó por primera vez. Hildegard no sintió terror; aceptó de buen grado la alianza para asegurar su matrimonio, su fortuna y el esplendor permanente de su linaje.

De aquel matrimonio nació su único hijo, a quien Hildegard envió lejos, a la capital, aterrorizada por la idea de que la entidad reclutara a su propia sangre. Allí creció su hijo, se casó y nació el pequeño Samuel.

Para Hildegard, los niños de Castleberry no eran seres humanos; eran simple ganado sacrificable, fichas de cambio. Podía ver a las madres del pueblo llorar la pérdida de sus hijos en la plaza central y sentir una indiferencia absoluta, casi mecánica. Su única obsesión, el motor enfermizo de us días, era su nieto Samuel.

Cada noche, en la penumbra de su sótano, la ancian hojeaba el registro infantil del vivero. Mojaba la pluma de ganso en tinta negra y anotaba los nombres de los hijos de sus propias conocidas, entregando la carne joven del pueblo como cuota fija para que la entidad mantuviera las flores de su jardín floreciendo en invierno y sobre todo, para garantizar que la lista jamás llevara el nombre de su amado Samuel.

Pero si la vida de Hildegard representaba la recompensa del pacto, la casa de Carter mostraba su rostro más implacable.

Llovía sobre la heredad arruinada de los Carter. En el pequeño dormitorio, iluminado apenas por la brasa agonizante de la chimenea, Clarissa, la esposa de Carter, dormía con una respiración débil y pausada, ajena al infierno que se cernía sobre su techo. Carter, consumido por la culpa y el cansancio de los años, le acomodó la manta de lana sobre los hombros con un temblor en las manos. Sus tres hijos habían muerto en extraños accidentes de pozo y sus nietos habían sido devorados por fiebres repentinas; el pacto ya se había cobrado casi todo su árbol genealógico.

Un crujido seco resonó en el pasillo. La puerta de la alcoba se abrió sin producir ruido.

Elena Miller entró en la habitación. Su vestido negro no tenía una sola gota de lluvia y su rostro e porcelana reflejaba la calma gélida de una jueza sin piedad.

Carter se puso de pie torpemente, interponiéndose entre la intrusa y la cama donde su esposa descansaba.

—N...nueva líder... —balbuceó Carter, ahogando un sollozo —. ¿Qué hace aquí a estas horas?

Elena caminó despacio hacia la ventana, observando la lluvia caer sobre los campos muertos.

—Los caminantes, Carter —dijo Elena con una voz aterciopelada que hizo que la temperatura del cuarto descendiera violentamente —. Los dos forasteros que anotastes en el libro del censo la semana pasada.

Carter sintió que el corazón se le detenía. Las sudorosas palmas de sus manos se apretaron contra la tela de su pantalón.

—Le prometo que... que yo los encerré en el granero como siempre —suplicó el anciano, cayendo de rodillas sobre la madera gastada —.Alguien cortó los barrotes... usaron un hacha de mano... lograron cruzar la cerca del norte antes del amanecer. ¡Salí a buscarlos con los perror, se lo juro por Dios! Pero la bruma los cubrió...

Elena se giró lentamente. Sus ojos grises fijos en el anciano no mostraban rabia, sino una frialdad administrativa espeluznante.

—Él no aceptaba disculpas sobre cercas rotas o brumas desaprovechadas, siervo. Las leyes de la masa son sencillas: el censo exige dos almas. Si el mundo exterior no las entrega, el contrato se equilibra con la sangre del firmante.

—¡Ya se han llevado a mis hijos! —gritó Carter en un susurro desesperado, mirando de reojo a Clarissa, que se agitó levemente en sueños sin despertar —. ¿Mis nietos se secaron en sus cunas! ¡Les he entregado mi vida! ¡No me queda nada!

Elena se inclinó sobre él, tomándolo del mentón con dedos que se sentían como varas de hielo.

—Te queda tu esposa, Carter —susurró Elena al oído del anciano, provocándole un escalofrío que le heló la médula —. Clarissa duerme tan plácidamente ...Sería una lástima que su corazón dejara de latir antes de la primera campanada de la mañana. O sencillamente venga él con los perros por la mañana, no lo sé.

—¡A mí... no, no, no... mi Clari! ¡Llévame a mí! —imploró Carter con lágrimas corriendo por las arrugas de su rostro, besando el dobladillo del vestido de Elena —. ¡Cóbrese conmigo! ¡Déjela a ella! ¡Es lo único que me queda en este mundo!

Elena sonrió con un desprecio infinito y le soltó el rostro.

—Tu vida ya pertenece al vivero desde el día en que firmaste, viejo tonto. Tu muerte no paga deudas; tus pérdidas, sí. Tienes hasta el amanecer antes de navidad para traer dos nombres nuevos que reemplacen a los fugitivos, para realizar los sacrificios en el vivero. Si el sol sale y el censo está incompleto... Clarissa no volverá a abrir los ojos.

Elena se dio vuelta y se disolvió en las sombras del pasillo como un aliento de humo negro.

Carte en la habitación, se quedó solo en el suelo, sollozando en silencio sobre la madera fría, escuchando únicamente el pulso lento y frágil de su esposa Clarissa durmiendo en la penumbra, sabiendo que el cobro final del demonio esta a punto de ejecutarse.

Thoughts

  • NoeliaBastida

    Carter de rodillas pidiendo que se lo lleven a él y dejen a Clarissa. La gente muy vieja pide eso mismo, que el golpe caiga del otro lado, y lo dice con una calma que asusta. Ya perdió hijos y nietos y todavía le queda algo que entregar, que es la peor parte del trato. Y ella durmiendo al lado sin enterarse de nada, que es como suele pasar.

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  • Amortes22

    Conseguí a la prima de Alecha: "Sra. Hildegard mantenía una imagen inmaculada de matrona aristocrática" pero su pasado...

    @DaveOaks

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  • Marisolita

    Adiós, la Hildegard anotando a los hijos de sus propias conocidas. Esa señora les sonríe a las madres en la plaza central y en la noche las está entregando.

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  • Sabina

    Los gestores del pueblo entregando vecinos a cambio de estatus e impunidad. En mi cuadra eso pasó sin ninguna entidad de por medio, con permisos y firmas

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  • Ovid

    Tillstoy inventando epidemias locales para justificar los huecos del censo me hizo pensar en cómo se tapan las cosas de verdad, con papeleo aburrido. La sombra hace el trato y el ayuntamiento hace el archivo. Apuesto a que Carter no llega al amanecer con dos nombres y que el pueblo va a mirar para otro lado igual.

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  • Yeray

    Chacho, el viejo tiene plazo hasta el amanecer y ni fuerzas para levantarse del suelo. ¿De dónde saca dos nombres en una sola noche?

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