EL ESTANQUE DE LA LUNA ROJA
El bosque de Middletown no siempre fue un lugar de pesadilla. Alguna vez, sus senderos fueron dorados por el sol y sus arroyos cantaban con agua clara. Pero bajo la sombra de la mansión de Akeldama, la tierra estaba empezando a enfermar.
Akeldama caminaba hacia el claro del bosque, su túnica arrastrándose sobre hojas que se amrchitaban a su paso. Ya no era la joven que había matado a su madre; su piel se veía tirante, casi como papel pergamino, y sus ojos tenían un brillo febril. El frasco de obsisian colgaba de su cinturón, vibrando con una impaciencia hambrienta.
—Es aquí? –preguntó, deteniéndose ante un estanque cuya superficie era tan negra y quieta como un espejo de luto.
"Es aquí, mi reina marchita", susurró el demonio en su mente. "El agua de este estanque no fluye hacia el mar, fluye hacia el ayer y hacia el mañana. Pero para que el tiempo se detenga para ti, debes anclar tu alma a la madera y a la roca."
Vespera, la sirvienta muda, llegó jadeando detrás de ella, cargando un pesado baúl de plata. Akeldama la miró con asco.
—Ábrelo, Vespera. No tenemos toda la noche, ya va a amanecer. La luna roja no espera a los mediocres.
Vespera abrió el baúl con dedos sangrantes. Dentro había reliquias de las mil brujas asesinadas por Malicia: mechones de pelo, dientes y frascos con suspiros embotellados . Akeldama comenzó a recitar un cántico en una lengua que hacía que los árboles se retorcieran de dolor.
—¡Yo, Akeldama, reclamo este bosque como mi cuerpo!¡Que mis venas sean raíces y mi aliento sea la niebla! —gritó, lanzando las reliquias al estanque.
El agua empezó a burbujear con violencia. De repente, una luz carmesí descendió del cielo. La luna roja de otro mundo se reflejó en el centro del estanque, tiñéndolo de un color que recordaba a una herida abierta.
"Ahora, el vínculo final", siseo el demonio. "Derrama sangre llena de terror en las raíces del Gran Roble. Haz que el bosque entienda que, si tú mueres, él arde."
Akeldama tomó la daga y, con crueldad metódica, obligó a Vespera a extender el brazo, tajándole la carne sin piedad.
—Tu silencio ha sido útil, Vespera —dijo Akeldama mientras le abría la piel —, pero tu sangre es lo único que realmente necesito de ti ahora.
Mientras el ritual alcanzaba su clímax a kilometros de allí, en los campos soleados de Middletown la vida era muy distinta.
Recién amanecía y Elena corría por el campo, riendo mientras el viento despeinaba su cabello castaño. Detrás de ella, un joven Silas, con los brazos fuertes de trabajar la tierra y una sonrisa, intentaba alacanzarla.
—¡Es trampa, Elena!¿Llevas ventaja! —gritó, deteniéndose para recuperar el aliento cerca del linde del bosque.
Elena se detuvo y lo miró con ojos llenos de amor puro. Se acercó y le arregló el cuello de la camisa.
—No es trampa, Silas Miller. Es que eres demasiado lento para una chica de campo —bromeó, antes de acariciar su mejilla ——. ¿De verdad crees que podremos tener esa granja propia algún día? Lejos de las deudas de tu padre...
Silas la tomó por la cintura y la levantó un poco del suelo.
—Te lo prometo, Elena. Trabajaré hasta que mis manos no sientan nada, pero te daré una casa con un jardín lleno de rosas. Y tendremos hijos que correrán por estos campos sin saber qué es el hambre.
—Solo quiero que estemos juntos, Silas. El resto no importa —susurró ella, apoyando la cabeza en su hombro.
—Siempre lo estaremos. Te amo más que a mi propia vida.
Jugando y coqueteando , los dos adolescentes se adentraron en el bosque, alejándose del camino principal. No sabían que la atmósfera estaba cambiando. El aire se volvió pesado. Los pájaros dejaron e cantar.
—Hace frío de repeente, ¿no crees? —preguntó Elena, mirando las copas de los árboles, abrazándose a sí misma.
—Sí... es extraño. Volvamos. Este camino no me gusta.
Pero Elena se congeló. En el fondo de la espesura, una luz violeta y cristalina vaciló entre las sombras. No era solo por la sed repentina y antinatural; era una tracción magnética, un murmullo sin voz que resonaba en lo más profundo de sus entrañas, llamándola con la dulzura de un canto de cuna invertido.
—Mira, Silas. Un claro. Y hay agua —murmuró Elena, avanzando como en un trance leve.
—Me muero de sed —agregó Elena.
—¡Elena, no! Espera —dijo Silas, sintiendo un escalofrío en la base de la nuca —. El agua se ve... demasiado quieta. No parece real.
—¡Es solo agua, Silas —respondió ella con una sonrisa distante, atrapada por el espejismo que el demonio proyectaba en su mente.
Elena se arrodilló ante el estanque. El agua, que en el plano espectral era sangre de ritual, a sus ojos parecía el manantial más puro del mundo. Ahuecó sus manos, tomó el liquido y bebió.
En el preciso instante en que el líquido cruzó sus labios, un chispazo helado le recorrió la garganta hasta posarse en su vientre. No fue un dolor, sino una siembra: la magia viva y la esencia del demonio se fijaron en la matriz de la mujer.
A kilómetros de allí, en la mansión, Akeldama sintió un tirón en su propio corazón. El frasco de obsidiana brilló con un pulso purpúreo casi violento. El demonio dentro del cristal soltó una carcajada que hizo retumbar las raíces de la casa.
"Está hecho", susurró la entidad. "La semilla de Adana ha sido plantada en el vientre de esa mujer. No será una niña mortal cualquiera, Akeldama; será carne nacida de mi propia sustancia. Por eso ella no se marchitará con la magia como tú. Ahora, solo tenemos que esperar. El bosque se encargará de que la vida de ellos se pudra hasta que no tengan más remedio de correr hacía nuestras manos"
—¿Por qué no secuestrar esa mujer? —preguntó Akeldama.
"Porque tu recipiente debe forjarse del fruto del amor, para mantenerse puro hasta el momento del trasvase de almas. Así lejos de aquí la magia dentro de su cuerpo, no se activará antes del momento indicado." Contestó el demonio.
Akeldama se miró en charco de sangre. Sus arrugas habían dejado de avanzar, pero su piel tenía un matiz grisáceo y rudo, como la corteza de un árbol viejo.
—¿Cuánto tiempo debo esperar? —preguntó con voz de ceniza.
"Años. Décadas. Pero para alguien que ahora es parte de la raíz de este bosque, el tiempo es solo una estación que cambia. Prepárate, bruja. La tragedia de los Miller acaba de comenzar."
En el claro, Silas ayudó a Elena a levantarse. Ella se puso de pie, parpadeando como si despertara de un sueño profundo, tocándose el vientre por un segundo con una extraña sensación de plenitud.
—Vámonos a casa, Silas –dijo, sonriéndole de nuevo a su novio —. Tengo ganas de empezar nuestro futuro.
Silas la tomó de la mano y salieron del bosque.