Tus brazos no buscarán los míos,
se contendrán en un preludio
de deseos y prohibiciones.
Nuestros dedos no jugarán;
como el trigo en el campo,
se mecerán solos,
como los niños huérfanos.
No podemos, ni en secreto,
compartir nuestras manos.
Nos está vedado.
Tu calor no me abrigará,
como en las noches frías
cuando vagábamos solitarios por la ciudad.
Tu mirada me dirá todo
en un compendio de gestos,
en un lenguaje de mudos.
Tu silencio me hablará de amor
en sinfonía de sordos.
Tu lejanía me protegerá;
distante tú, seguirás mis pasos.
Me abrazará el viento
que trae tu aroma,
y será tu calor, buenamente impregnado en mí,
el que cobije mis sueños.
Y tal vez…
en un tiempo aún más lejano,
el viento se lleve tu calor
cuando abraces mi alma,
la lluvia lavará tu aroma
cuando embebas mi esencia con aroma a rosas,
los truenos quebrarán el silencio
cuando me digas «te amo»,
los relámpagos descubrirán en la oscuridad
dos amantes…
nosotros.
Y nada será un sueño
y todo será verdad.
Vale Fischer
en algún cajón, 1997