En mi oscuridad, mi sufrimiento
me hace culparme de lúgubres ambientes,
soy esclavo y fiel sirviente
mientras oír ese leve golpe en mi pecho,
susurran a mis oídos
trágicos lamentos.
Y memorias de ayuda
que se vuelven una sátira.
En su lápida me refugio entre el misterio,
en sus pupilas que son dilatadas.
A veces pienso en detener el tiempo,
en huir del pasado y sus temores
que aterran mis emociones,
clavan recuerdos fríos de antaño,
como canciones que son de invierno,
con su magia
me hacen recordar
la cruda infancia.
Hoy el veneno de mi cuerpo
y de mis propias salivas
profesa mi espíritu dentro de la necrópolis,
santa, inmaculada,
un refugio de almas errantes
que lloran mi partida.
Las noches más bellas
y su luna estrellada
reflejan en mi alma
mi tristeza.
El ahogo de un vaso de agua
es silencio que brota en sus espejos,
fiel a la lectura y a un viejo libro
que respira en su lecho.
Hoy te puedo describir
desde mi propio infierno.
Es la sátira que se revela
entre lágrimas y penurias,
por este estremecimiento.
Como si fuese una novela,
el pasado siempre llega
y deprisa entre algún verso.
Su veneno rebalsa la copa
que aún no fue llena.
«Tengo miedo de la loba que soy, de la niña que fui, del silencio que me habita».
— Alejandra Pizarnik, Diarios.