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guadalupe

El almohadon tirado a un costado, como hizo el papa con el. eso me dolio mas que todos los gritos

El almohadon tirado a un costado, como hizo el papa con el. eso me dolio mas que todos los gritos

Contenido de la publicación

Psicodrama

 

Consultorio típico de un profesional de la Gestalt: colorido, ordenado (casi), sin escritorio, dos sillones, una coqueta alfombra y muchos almohadones. Terapia que apunta a no perder tiempo en el pretérito del paciente, sino anclarlo en el “aquí y ahora” para que comprenda lo que hace con su vida. En definitiva, si al pasado se le escapó y al futuro nunca lo va a alcanzar, para qué lamentarse de lo que le hicieron y de lo que nunca será. Para la mente fija en un hecho traumático, nunca habrá presente que disfrutar.

Mercedes es una excelente psicóloga. Su sola presencia irradia confianza, seguridad y esperanza en el doliente, quien se entrega embelesado a sus palabras como fiel enamorado. Pero en donde más se destaca, es en su don de percibir en lo profundo las causas del sufrir; desestimando, mil veces, lo que en superficie se cree sin dudar. Su técnica preferida (pero sólo en casos especiales) es el psicodrama, o situación donde invita al paciente a representar situaciones concretas, para recibir información de sus palabras, de los gestos y de su actitud corporal. Pero esta práctica a Mercedes le da cierto escalofrío, porque a veces es tan perfecta la actuación del sufrido, que pareciera desaparecer del consultorio, para transportarse a otra realidad.

Uno de sus pacientes es José. Hombre cuarentón y solterón. No es que a esa edad no pueda malgastar energías disfrutando la vida; pero en él, esa situación le pesa como elefante en la espalda.

Su principal queja es la compulsión al freno de mano (como él lo llama) donde se congela frente a una linda señorita; dejándose engañar por comerciantes (a sabiendas del mal trato); y no menos, en escenarios donde un “no” de su parte habría cambiado de manos la fortuna.

Para la profesional no caben dudas, él “no es dueño de sus acciones”. Existe un “otro” al que José culpa por no haberle entregado el manual de la vida; o aún peor: se culpa por haberlo rechazado al creerlo impropio; y por eso, ante el faltante de las reglas del actuar, es inseguro, y jamás… motor de cambios.

Si José es marioneta de los caprichos de un titiritero, seguro que este último es su mente, que debe ser analizada para entender el por qué decide llevarlo al eterno fracaso, para salvaguardarlo de “algo” que considera aun peor.

Mercedes intuye la raíz del problema, pero no basta con mencionarlo, debe lograr que el otro lo descubra por sí mismo… para poder enfrentarlo.

Lo invita a una silla, frente a otra (vacía) pero con un almohadón. Le explica que ese cojín viene a significar al padre fallecido con el que debe hablar.

José duda, luego se anima y el diálogo comienza a correr:

—Hola papá.

El hablante no mira al almohadón, sólo contempla el piso con vergüenza y su cuerpo se mueve con ciertos espasmos. Luego de exasperantes segundos, el docudrama continúa:

—¿Cómo estás?... hace mucho que no charlamos. Bueno… en realidad nunca fuimos de hablar mucho… ¿y cómo hacerlo? si poco estabas con nosotros. Mamá siempre se disculpó por ti… ¡Ella sí que era una santa!... pero tú ¡un borracho y pendenciero hijo de perra!

José continúa encorvado con los puños cerrados apretando el pecho. Su rostro se torna colorado cuando escupe “sus verdades”, y en ningún momento osa mirar el otro asiento. Está en claro que la figura paterna es su mochila de penas, y el recuerdo en su mente… su corona de espinas; pero hasta que no se independice de esos lazos, jamás actuará como adulto. Mercedes está exaltada, nuevamente esta técnica brinda sus frutos. Sigue con la escucha:

—Nunca jugaste conmigo a la pelota, jamás remontamos un barrilete, tampoco un consejo sobre la hombría, ni siquiera un “gracias” por mis cartas en el día del padre. Te apareciste ebrio en el funeral de mamá, y a ninguno de tus hijos le ofreciste consuelo. Así de simple nos entregaste a la tía Susana para que nos críe, y tú desapareciste hasta que supimos de tu muerte en un callejón, sujetando una botella de licor. Quisiera odiarte, pero no puedo… créeme, la última noticia de ti… me puso feliz.

El silencio se adueña del recinto, todo está dicho… por quien sólo posee el cincuenta por ciento.

Mercedes actúa como mediadora y le pide a José que cambie de silla y de rol: ahora debería esforzarse por ser el padre que responde con la otra mitad de la verdad.

El paciente no duda, se incorpora y con cierta cojera de pierna derecha (que nunca había manifestado) llega hasta su destino; quita el almohadón y se sienta. Al cojín (que ahora representa a José) no lo pone en la otra butaca, sino que lo arroja a un costado (como hizo su padre con él). Con la espalda en parábola, los antebrazos apoyados en los muslos y las manos con los dedos entrecruzados, se prepara a dar respuestas… con otra actitud. Eleva la cabeza hasta que la mirada queda en horizontal, y con gestos de seguridad y firmeza (dones que nunca tuvo) se calza los zapatos del padre y dice:

—¿No ves que estoy muerto? ¿De qué te sirve reclamar?

Mercedes registra las palabras, pero aún más… la escenificación de José, interpretando al recio y duro padre, como lo había descripto a lo largo de la terapia.

El paciente continúa mirando fijo la silla vacía, pero por encima del tope del respaldar, donde deberían estar los ojos del otro. Luego resopla y baja la vista en señal de molestia con la situación. Nuevamente eleva la visual y se explaya:

—Eres grande… hijo, deja de lamentarte. Me juzgas como si mi obligación hubiera sido ser perfecto… pero sólo fui un hombre, no la personificación de tus deseos. Te quejas del presente culpando tu infancia; que si bien recuerdo… no fue tan mala. ¿De dónde crees que salió la comida, la ropa y tu cama? ¡Sí! De este ignorante que jamás llegó a escribir, pero que nació con dos manos que se congelaban en invierno y sudaban en verano, para que a ti y a tus hermanos nada les faltara. ¿Dónde crees que estaba cuando los demás remontaban barriletes o jugaban en la plaza? ¡Sí!, nuevamente acertaste… trabajando duro hasta el anochecer. No me critiques por mi forma ser: hubo bebidas y peleas, es cierto, pero fue lo que encontré en el camino que heredé... y del que evité que recorrieras. Y en esa miseria de vida que recibí sin pedirla, supe que mi mayor legado era romperme la espalda por ustedes, y alejarlos de mi bruta presencia, para que pasaran mayor tiempo con su dulce madre… que como dices tú ¡era una santa! Discúlpame que no te diera las gracias por tus regalos; pero, a decir verdad, creí no merecerlos; pero da por seguro que los guardé con orgullo en mi caja de herramientas, que tú nunca abriste por falta de interés en mi oficio.

Mercedes está deslumbrada. Otra vez, uno de sus pacientes logra un excepcional insigth de su trauma irresuelto; y otra vez más, un estremecimiento recorre su piel al contemplar la escena sub realista de dos personas separadas por siempre, que se funden para aclarar y saldar cuentas.

Pero no todo se reduce entre paciente y difunto; sino que lleva claridad a la propia psicóloga, que siempre ha lamentado la pérdida de su madre a los siete años. Quizás eligió esta carrera, en busca de explicaciones del por qué se es cómo se es, y cómo influyen los faltantes añejos.

Mercedes se distrae en un parpadeo, suficiente para respirar y regresar de su melancolía. Nuevamente contempla a José, al que ve cómodamente sentado. Tiene una sonrisa y por su mirada se lo nota cansado.

—¿Cómo te sientes? –dice ella.

José no responde, sólo la observa como si dijera “cuánto tiempo sin verte, estás bella”. Mercedes vuelve a preguntar:

—¿Estás bien? ¿En qué piensas?

No es José el que responde. De su boca salen palabras con tono afinado que confunden a la terapeuta:

—Hola mi niña… ¡qué grande estás!

—¿Quién eres? –consulta Mercedes.

—Tu mamá…

—¿Mamá? –pregunta con temblores en el cuerpo y en la voz.

—Sí… mi princesa. Sólo deseaba pedirte perdón por los miles de besos y abrazos que me perdí de regalarte en vida; pero como ves… rara vez los deseos se cumplen por completo. Quiero que valores aquel tiempo compartido, donde te amé más que a mí. Te pido que lo tomes como ejemplo, del cómo debes querer en la vida: sin frenos ni egoísmos. Adiós mi pequeña… vive con amor, no en su búsqueda.

Mercedes cierra los ojos, junta las pestañas y las vuelve a separar. José permanece sentado con el almohadón entre sus manos, apretándolo con cariño… con paz en el corazón.

Cree la psicóloga que por un instante se ha dormido, y lo vivido… sólo un caprichoso sueño; o tal vez, que José exhiba personalidades múltiples; o quizás, ella misma se ha ubicado como paciente creando su propio psicodrama; porque cualquier hipótesis sería más aceptada, que reconocer que ella no sea realmente una eximia terapeuta, sino una médium muy avezada.

Thoughts

  • poetadelmetro

    Las cartas del día del padre guardadas en la caja de herramientas que el hijo nunca abrió. Eso me dejó quieta un buen rato.

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  • pnavarro64

    La cojera de la pierna derecha que José nunca había tenido. ¿Eso ya lo tenías pensado como la primera pista de que no era él?

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  • pelusa

    Mercedes prefiere pensar que se durmió antes que aceptar lo de médium, elay. Seguro que la semana que viene vuelve a poner las dos sillas igual, con escalofrío y todo, pues.

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  • Ovid

    Me quedé con un eco entre las dos puntas del cuento: José llega a terapia por su freno de mano, y la madre de Mercedes se despide pidiéndole a su hija que quiera sin frenos. El consejo que José necesitaba cae en la terapeuta. Apuesto a que igual él sale de esa sesión más suelto que nunca, aunque el mensaje no fuera para él!

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  • guadalupe

    El almohadon tirado a un costado, como hizo el papa con el. eso me dolio mas que todos los gritos

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