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El teatro de la permisividad: Sobre la autonomía concedida.

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Pensamiento

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cvillar213

El tramo de la seguridad, con el hombre primitivo y su demonio impersonal, sigue muy de cerca el manifiesto de Kaczynski de 1995, casi por apartados. Para mí la diferencia está en el final: él sacó de ahí una conclusión que este texto no saca. Aquí todo a

El tramo de la seguridad, con el hombre primitivo y su demonio impersonal, sigue muy de cerca el manifiesto de Kaczynski de 1995, casi por apartados. Para mí la diferencia está en el final: él sacó de ahí una conclusión que este texto no saca. Aquí todo acaba en burla a la correa, y eso ya es otra cosa.

Contenido de la publicación

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​Ese bien podría ser mi nombre. Pero, por cuestiones de la libertad que no puedo poseer, soy nombrado como todos los otros: con símbolos grafémicos normalizados para que sean comprendidos. Así, todos los nombres por los que seamos conocidos podrán ser claramente expresados para que con ellos nos identifiquemos...

​¿Y yo... quiero eso, o quiero identificarme conmigo a mi modo?

​La carne es la clave.

La carne sin sangre,

la carne molida

que nutre a las aves

en el suelo sombrío...

​Fagociooptación. Cooptagocitación.

Allí, la sociedad del doblón dorado

no solo se impone: lo devora todo.

​*El mundo civilizado

​Una mezcla de parodia sin valor que debe ser tomada en serio, y una experiencia percepcional malinterpretada debido a los límites de la percepción y de la conciencia mismas.

​Rezo a los engendros

paridos en orgías bastardas y oscuras:

que lloren pronto,

que rompan en llanto

y desaten un huracán de filos

sobre los suelos iluminados.

​En términos más precisos: esta fábrica de ciegos, de tuertos y de muertos es la maquinaria colosal que mantiene a flote lo humano... Ciega e invencible, por cierto.

​Frente a esa masa de engranajes endemoniados y de tanto árbol envenenado formando parte de un paisaje aberrado, llamarse Übermensch, vocero de los dioses o profeta de la verdad suena a puro delirio de grandeza: un mecanismo de defensa ridículo para no terminar de colapsar bajo el peso del fracaso biológico y social.

​Es «mejor» sucumbir al delirio de creerse un individuo normal, con la autogestión personal como única libertad en la vida mientras se muere.

​Optimismo:

«A pesar de que la realidad en la que existimos

esté completamente diseñada para destruir

todos los muros de hermosos colores construidos por nuestro autoconvencimiento,

—el arma de uso diario más necesaria de nuestra mente—,

para sumergirnos en horrores demasiado plenos

generados por estar inmersos en contextos

que, para siempre y sin remedio,

se nos escaparán de las manos,

aún si tomamos la decisión autónoma de estar tajantemente en contra de ello,

podremos ser nuestros dueños a pesar de nosotros mismos».

​¿Se marca de alguna manera en esta forma el inevitable contraste entre la insignificancia y el anhelo?

​La esperanza se eleva a fuerza determinadora fundamentada en la solidez de lo que sucede ante los ojos cuando ante ellos se despliega lo que no decepcionará de ningún modo.

​Estoy asimilando de a poco la potencia de lo que aprendí, porque es gigantesco. Y me maravilla la capacidad que tengo todavía de permanecer completamente entero.

​*¿Qué es la seguridad?

​La seguridad de la antigüedad versus la de la actualidad. El hombre primitivo tenía menos seguridad física que el hombre moderno, como lo demuestra su menor esperanza de vida; y el hecho de que no tuviera llave de agua ni luz eléctrica, ni necesitase para organizarse crear alguna clase de entorno artificial.

​Por ende, el hombre moderno sufre menos dolor físico, sin duda, pero no experimenta más inseguridad de la que es normal para los seres humanos en esta vida. Sin embargo, la seguridad psicológica no se corresponde estrechamente con la seguridad física en esto que llamamos «vida civilizada».

​Lo que hace sentir segura a la población mundial no es tanto la seguridad objetiva, sino una confianza ciega en la capacidad de cuidarse a sí misma —aun estando completamente imposibilitada para hacerlo en muchas ocasiones por el mismo funcionamiento de lo que se entiende por normalidad en la actualidad—.

​El hombre primitivo, al ser amenazado (por ejemplo, por la inclemencia del entorno), puede crearse un resguardo o buscarlo. Si se viera amenazado por un feroz animal o por el hambre, puede pelear en defensa propia o viajar en busca de comida. No tiene la certeza de triunfar al esforzarse en estas tareas, pero no está por completo desamparado ante sus amenazas.

​El individuo moderno, en cambio, es amenazado por fenómenos contra los cuales está desamparado como precio a pagar por vivir cómodo: accidentes nucleares, comida carcinógena, contaminación ambiental, guerras, aumento de impuestos, invasión de su privacidad por grandes organizaciones (sin saber nada acerca de la finalidad para la cual invaden su libertad individual) y fenómenos socioeconómicos de magnitud mundial que perturban la forma de vida a la cual está demasiado adaptado, como si estuviera seguro de que nada pudiera destruirlo.

​Se puede objetar que el hombre primitivo es impotente frente a algunas amenazas, como las enfermedades. Pero puede aceptar el riesgo de la enfermedad de forma diferente, más valiente: es natural enfermar, no es la culpa de nadie (a menos que se culpe a un demonio imaginario e impersonal).

​Las amenazas al individuo actual, en cambio, tienden a ser creaciones humanas. No son el resultado del azar; son impuestas por otras personas cuyas decisiones él, como individuo, es incapaz de influenciar. Se siente frustrado, humillado y enojado como consecuencia natural ante esta invencible injusticia.

​Si lo vemos de esta forma, el hombre primitivo tiene, mayormente, su seguridad en sus propias manos. Por otro lado, la seguridad del hombre moderno está en las manos de personas u organizaciones que son demasiado distantes o complejas para que él pueda influenciarlas personalmente.

​¿No hay seguridad más que la que podamos procurarnos a nosotros mismos?

Pues, ahora que lo pienso, no podría ser de ningún otro modo...

​La obra de teatro y las cadenas de la permisividad

​Pienso que estoy atrapado en la libertad que otorga desempeñar un rol en una obra de teatro, donde el personaje que te toca interpretar eres tú mismo. No tienes opción, pero empiezas a pensar: «¿De verdad qué opciones tengo?»

​La sociedad moderna, en cuanto a opciones, te ofrece un montón. Es extremadamente permisiva en ciertos aspectos: aquellos que son irrelevantes para el funcionamiento del sistema. Dentro de ese campo de acción podemos hacer lo que queramos. Podemos creer en cualquier religión, siempre que no fomente ningún comportamiento peligroso para el sistema. Podemos acostarnos con quien sea, siempre que tengamos «sexo seguro».

​Podemos hacer lo que queramos siempre que sea trivial o funcional.

​En todos los aspectos importantes, el sistema tiende cada vez más a regular nuestro comportamiento, mientras nos ofrece opciones atrayentes y sugerentes de libertad donde desplegarnos como individualidad, siempre que ello no represente ningún problema o refleje una peligrosa anomalía.

​El control no se ejerce solo mediante leyes explícitas o el gobierno; se ejerce mediante coerción indirecta, presión psicológica, manipulación y la función homogeneizadora de la sociedad como escenario donde se juzga la valía individual. La propaganda no se limita al comercio o a la publicidad; el entretenimiento en vivo es una poderosa forma de propaganda y coerción indirecta.

​Legalmente hablando, nada nos impide irnos a vivir al mundo silvestre o establecer un negocio propio. Pero es otra utopía: quedan pocos terrenos silvestres y poco espacio en la economía para pequeños creadores. La mayoría solo puede sobrevivir siendo empleada de alguien más. Sumisión y autogestión diaria: vivir en sociedad es vivir en piloto automático en pro de la dulce mentira y la estabilidad psicológica.

​Cuando se está de acuerdo con el propósito al que sirve la propaganda, se la suele llamar «educación» o algún otro eufemismo. Pero la propaganda es propaganda, indistintamente del propósito al que sirva.

​Por ahí alguien dirá:

«La sociedad debe encontrar una forma de brindar a las personas la oportunidad de pasar por la experiencia del pleno desarrollo de su personalidad».

​Esto no funcionará para quienes necesitan autonomía real. Para tales personas, el valor de la oportunidad es destrozado por el solo hecho de que la sociedad se la brinde. Lo que necesitan es buscar o crear sus propias oportunidades. Mientras el sistema les brinde sus oportunidades, todavía las tiene amarradas con una correa inevitable. Para alcanzar su autonomía, necesitan quitarse la correa.

​Los individuos con un débil ímpetu por desarrollarse en su ser no serán exigentes; tienen poca necesidad de autonomía en ese proceso.

Estos son dóciles sujetos, con una libertad que no es más que servidumbre administrada satisfechos.

Y es de esa complacencia —de quien celebra la longitud de su correa— de la que me burlo.

Thoughts

  • MartaEspejo

    Que lo trivial se permita para vigilar mejor lo importante, eso lo compro. La burla final me deja dudando: quien se ríe de los que celebran su correa también lleva una, solo que la mira más.

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  • cvillar213

    El tramo de la seguridad, con el hombre primitivo y su demonio impersonal, sigue muy de cerca el manifiesto de Kaczynski de 1995, casi por apartados. Para mí la diferencia está en el final: él sacó de ahí una conclusión que este texto no saca. Aquí todo acaba en burla a la correa, y eso ya es otra cosa.

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