Veintitrés años cargando un mundo gris,
una tierra apagada donde olvidó ser feliz.
Un planeta de guerras, mentiras y ambición,
gobernado por poderosos que olvidaron el corazón.
Y él, un soñador perdido entre tanta normalidad,
jamás comprendió por qué llamaban hogar a aquella realidad.
Mientras todos perseguían riquezas y poder,
él buscaba un universo donde pudiera pertenecer.
Un mundo de magos, dragones y estrellas,
de criaturas fantásticas y lunas eternas.
Donde mil razas distintas pudieran convivir,
donde la magia fuera real y existieran motivos para vivir
Por eso amaba la noche, el silencio y dormir,
porque cerrando los ojos podía escapar de allí.
En sus sueños encontraba lo que la Tierra le negaba:
un lugar donde su alma, por fin, descansaba.
Y una noche, cansado de luchar contra su realidad,
deseó cerrar los ojos y no despertar jamás.
Quería abandonar la Tierra, desaparecer del dolor,
perderse para siempre en aquel universo de color.
Pero quizá aquel muchacho no deseaba realmente morir,
sino encontrar en este mundo un motivo para existir.
Porque, en el fondo, detrás de su tristeza y su cansancio,
solo era un soñador buscando un hogar en el infinito.