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El regreso del rey de Ithaca

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Pensamiento

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aguilucho

Asu, ese No. seco cuando le piden perdón es lo que haría gritar a la plaza, causa.

Asu, ese No. seco cuando le piden perdón es lo que haría gritar a la plaza, causa.

Contenido de la publicación

Durante veinte años, mi hogar fue apenas un recuerdo. Veinte años de mares interminables, de monstruos, de dioses que jugaron con mi destino y de hombres que tuve que proteger incluso cuando ya no sabía si volvería a ver sus rostros. Veinte años pensando en Ítaca. En Penélope. En Telémaco. Y ahora estaba allí. Mi reino. Mi hogar. Pero algo estaba mal.

Desde mi lugar, oculto bajo los harapos de un anciano mendigo, observé el enorme salón. Los hombres que habían ocupado mi casa durante años se encontraban allí, rodeando el arco que alguna vez había sido mío. El arco de Odiseo. Mi arco. Nadie sabía quién era yo. Nadie, excepto quizás los dioses. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el destino estaba de mi lado.

Uno de los pretendientes intentó tensar el arco. Falló. Otro lo intentó y también fracasó. Uno tras otro, todos fueron incapaces de siquiera mover la cuerda. Hasta que tomé el arco entre mis manos. Sentí su peso. Era familiar, como si los años no hubieran pasado, como si mi cuerpo recordara aquello que mi corazón jamás había olvidado. Los murmullos comenzaron a llenar el salón. Algunos se rieron; otros se burlaron del viejo mendigo que se atrevía a tocar el arma del rey desaparecido.

Yo no respondí. Simplemente tensé la cuerda.

El silencio cayó sobre todos.

La flecha atravesó las doce hachas alineadas con una precisión perfecta. Entonces giré el arco y apunté hacia Antinoo. La flecha salió disparada y lo alcanzó en el cuello. El hombre cayó al suelo, y el salón quedó completamente inmóvil. Nadie respiraba. Nadie hablaba.

Dejé caer lentamente los harapos que cubrían mi rostro y levanté la mirada hacia aquellos hombres que habían convertido mi casa en un lugar extraño.

—¿No me reconocen?

El miedo comenzó a extenderse entre ellos.

—Soy Odiseo.

Mi nombre recorrió el salón como un trueno.

El rey había regresado.

—¡Es él! —gritó uno de los pretendientes.

—¡El rey! ¡Odiseo ha vuelto!

—¡Nos ha engañado!

Retrocedieron desesperadamente, mirando hacia las puertas, las ventanas y cualquier lugar que pudiera ofrecerles una salida. Pero yo conocía cada rincón de aquel palacio. Cada pasillo, cada columna, cada puerta. Había construido mi vida allí y ahora aquellos hombres creían que podían escapar de mí dentro de mi propia casa.

Qué ingenuos.

—Busquen sus armas —ordenó uno de ellos.

Algunos corrieron hacia donde habían dejado sus espadas, pero no encontraron nada. Otros buscaron los escudos y las lanzas, pero tampoco estaban allí. Los observé con calma.

—¿Buscan esto?

Levanté una de las armas que había escondido previamente. Sus rostros palidecieron.

—Conozco este palacio mejor que cualquiera de ustedes. Cada puerta, cada pasillo y cada lugar donde podrían intentar esconderse.

El miedo ya no podía ocultarse. Entonces uno de los pretendientes cayó de rodillas.

—¡Gran rey! ¡Antinoo está muerto! ¡Nosotros no tuvimos nada que ver! ¡Perdónanos!

Otros comenzaron a imitarlo.

—¡Fue Antinoo!

—¡Nosotros solo seguimos órdenes!

—¡Podemos arreglarlo!

—¡Déjanos vivir!

Los observé en silencio. Durante veinte años había escuchado promesas de hombres, monstruos y dioses. Había aprendido que algunas palabras solo servían para ganar tiempo.

—No.

La palabra salió de mi boca con una calma que incluso a mí me sorprendió.

Uno de ellos se levantó desesperado.

—¡Entonces pelearemos!

Los demás tomaron lo que encontraron. Ya no suplicaban. Ahora atacaban.

Pero yo ya había sobrevivido a cosas mucho peores que ellos. Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¡Suelten las armas!

Telémaco.

Mi hijo.

Lo miré. Había crecido. Cuando me fui era apenas un niño. Ahora estaba frente a mí, sosteniendo una espada y tratando de defender nuestro hogar. Mi pecho se llenó de algo que no había sentido en veinte años.

Orgullo.

—¡No quiero hacerles daño! —gritó Telémaco—. ¡Entréguense y esto terminará aquí!

Los pretendientes se rieron.

—¿Tú? ¿Crees que un muchacho puede detenernos?

Telémaco retrocedió apenas.

—¡Alto!

Pero ellos avanzaron.

—¡Acaben con él!

Mi sangre hirvió.

Mi hijo.

Después de todo lo que había perdido, después de todos los años que había pasado lejos de él, ahora querían arrebatármelo.

—¡Telémaco!

Mi hijo levantó la mirada hacia mí y entonces comprendió. Ya no estaba solo.

Los pretendientes comenzaron a rodearnos. Eran muchos, pero no importaba. Había luchado contra ejércitos. Había enfrentado criaturas que ningún hombre debería haber visto. Había desafiado mares que parecían querer devorarme. No iba a permitir que aquellos hombres tocaran a mi familia.

Mi mano se cerró alrededor del arco.

—¿Piedad?

Miré a los hombres que habían profanado mi hogar. Mi mirada se endureció.

—¿Después de todo esto todavía esperan que tenga piedad?

Recordé a todos los que había perdido. Recordé Troya. Recordé el mar. Recordé cada noche lejos de Ítaca. Y recordé a Penélope.

Esperándome.

Veinte años.

Veinte años manteniendo vivo mi nombre mientras aquellos hombres intentaban ocupar mi lugar.

Mi pecho ardía.

No de miedo.

De rabia.

—Amenazaron a mi hijo.

Levanté el arco.

—Profanaron mi hogar.

Tensé la cuerda.

—Y pusieron sus manos sobre todo aquello que juré proteger.

La flecha quedó preparada. Los pretendientes retrocedieron. Por primera vez, entendieron que no estaban enfrentándose a un mendigo. Ni siquiera estaban enfrentándose simplemente al rey de Ítaca. Estaban enfrentándose a un hombre que había cruzado el mundo entero para volver con su familia y que no permi

tiría que nadie volviera a quitársela.

—Esta vez... —mi voz resonó por todo el salón— no habrá escapatoria.

El rey de Ítaca había regresado.

Thoughts

  • Abundio

    Las doce hachas, sumercé.

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  • aguilucho

    Asu, ese No. seco cuando le piden perdón es lo que haría gritar a la plaza, causa.

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  • Celestino

    Loco, en la Odisea Telémaco ya sabía quién era el mendigo y lo ayudaba a esconder las armas. Acá el pibe aparece solo y recién en la pelea entiende que tiene al padre al lado, y ese cambio me re gustó.

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