Las calles se tornaban azules, porque así se manifestaba; las bocinas de los autos se despejaban cuando se empezaba a morir y yo, en esa avenida, me desmenuzaba por la despedida final de cada miércoles.
Quién hubiese dicho que yo, especialmente yo, un hombre joven, cerrado y perdido, sería tan afortunado por el simple abrazo de esa chica, o chica ya hecha mujer. Yo, en cambio, un hombre hecho chico.
Nuestros pechos se unían y ella, azul, me obligaba a destruir cualquier paradigma secreto que mi cabeza pudiese abarcar, en ese momento, en ese abrazo.
Bruno apuesta a que fue un abrazo exageradamente corto y que, lógicamente, debía recordarlo como una magnánima porque se trataba de ella.
¿Por qué sabía Bruno de la magnanimidad del abrazo si nunca fue a buscarla a su casa? Por suerte mía y desgracia de otros, Viviana vivía cerca de la casa de mi tía.
La vida se tornó azul y quizás solo recién podía notarlo esos miércoles, caminando por las largas cuadras de su casa.
Quizás nunca deje de pensarla cada que una azul noche aparezca en mi cielo.
Los miércoles de cada semana, a eso de las dieciséis horas, por la Avenida Rivadavia en un verano solidario, era el color que pintaban mis sueños de los martes a las noches. Por ella, por Viviana.
Este es un pedazo de una novela mía. Espero les guste. Los leo.
Lieri.