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El precio de la vida, Capítulo 3 - parte 2

DaveOaks
Pensamiento

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Ichijou

Fin…?

Fin…?

Contenido de la publicación

Los domingos por la tarde, la casa de Tomasita se convertía en el centro de gravedad de toda la familia Domínguez. El patio, sombreado por un inmenso árbol de totumo, siempre olía a sancocho de costilla y a café recién colado. Tomasita, con el cabello recogido y la misma paciencia de siempre, lidiaba con el torbellino que eran sus dos hijos, Félix y Tony. Los primos eran un par de muchachos bulliciosos, llenos de una energía inagotable; Félix había heredado la habilidad de su madre para los detalles y se pasaba las tardes desarmando radios viejos, mientras que Tony, el menor, era un torbellino que no dejaba de correr pateando balones de trapo. Para Matías, esa casa era su verdadero refugio juvenil, el lugar donde encontraba el bullicio de los hermanos que no tuvo y donde la severidad de su padre se diluía entre las risas de sus tíos.

A un par de calles de allí, la vida de Luis era una novela muy distinta, una mezcla caótica de prosperidad y enredos de faldas. Tras la muerte de Susana y el perdón de los Manrique, Luis había heredado no solo un techo cómodo, sino una posición respetable en los negocios madereros del difunto don Raúl. Vivía con Rosa, aquella viuda de sonrisa amable que lo había rescatado del fondo del luto y las manos oportunistas de las mujeres que frecuentaba, y con quien ahora tenía un niño pequeño que correteaba por los pasillos persiguiendo a las gallinas. Junto a ellos vivía también el primogénito de Luis, el hijo de Susana, un joven serio que llevaba en el rostro la estampa aristocrática de su abuelo materno.

Como si la casa no estuviera lo suficientemente llena, Delia y Moisés también vivían con él. Los hermanos menores de Ricardo ya eran adultos hechos y derechos. Delia, impecable en sus faldas sastre, trabajaba como secretaria en el banco del pueblo y era la encargada de poner orden en las finanzas de la casa. Moisés, por su parte, se había convertido en el dueño de su propio taller de mecánica y solía llegar por las noches con el overol manchado de aceite, buscando la cena que Rosa siempre le dejaba caliente en el horno.

La convivencia bajo ese techo era un espectáculo ruidoso. Luis era, en el fondo, un hombre de corazón inmenso que no dejaba que a su familia le faltara ni un grano de arroz, pero seguía arrastrando el mismo defecto que lo metía en problemas desde joven: era un mujeriego empedernido. A sus espaldas, Moisés y Delia tenían que encubrirle más de una llegada de madrugada, inventando que se había quedado varado en el aserradero, mientras Rosa se hacía la de la vista gorda por puro amor o le armaba unas cantaletas que hacían temblar los vidrios. A pesar de los gritos y los platos rotos ocasionales, Luis adoraba a su familia, y sus hermanos le perdonaban sus deslices porque sabían que, a la hora de la verdad, él daría la vida por cualquiera de ellos.

Ricardo observaba toda esa vida familiar desde la periferia. Participaba en los almuerzos de domingo, claro, pero su mente siempre parecía estar en otra parte, calculando el precio de los cuadernos de Matías o pensando en el turno del puerto. Esa devoción absoluta por su hijo lo fue aislando poco a poco del resto del mundo, empezando por sus propios amigos.

En los primeros años tras la muerte de Elena, Esteban, Maicol y Julio hicieron todo lo posible por mantenerlo a flote. Lo esperaban a la salida del muelle, le ponían una mano en el hombro y lo invitaban a tomarse un ron, a jugar un partido de tejo, o simplemente a sentarse en la plaza a ver pasar la tarde. Pero la respuesta de Ricardo era siempre un muro de hormigón. "Tengo que ir a ver si el pelao ya comió", "Matías me está esperando pa' hacer las tareas", "Hoy no puedo, compadre, dejé la ropa remojando".

Al principio, los amigos insistían, entendiendo el duelo. Pero los años pasaron. Ricardo dejó de asistir a los cumpleaños, se borró de las parrandas de fin de año y se convirtió en una sombra que solo transitaba del muelle a su casa. Esteban, que era el más terco del grupo, un día dejó de insistir tras recibir la enésima negativa. No hubo una pelea, ni gritos, ni un rompimiento formal. Fue algo mucho más triste: un desvanecimiento. El lazo que los había unido desde que eran unos niños hambrientos cazando iguanas en el río se estiró tanto por la ausencia de Ricardo que terminó por volverse invisible. Cuando se cruzaban en el pueblo, se saludaban con el mismo respeto y cariño de siempre, pero ya no había confidencias; Ricardo los había relegado a un segundo plano, convencido de que cualquier minuto que no le dedicara a su hijo era un minuto robado a la memoria de Elena.

Fue en medio de ese encierro emocional que recibió una visita inesperada. Darío, su primo, aquel que de niño robaba mangos y le echaba la culpa, apareció una tarde de sábado en la puerta de su casa.

Darío venía del interior del país, de aquellos pueblos mineros que se habían tragado la vida de Euclides. Los años en los socavones lo habían envejecido mal. Tenía la piel curtida, una tos ronca que delataba el polvo de carbón en los pulmones, y una mirada cínica, de quien ha visto lo peor del mundo y ha sobrevivido a punta de malicia.

Se sentaron en el pequeño corredor del patio trasero. Darío sacó una botella de aguardiente de su maletín de cuero gastado, sirvió dos vasos pequeños y le tendió uno a Ricardo. Brindaron por los muertos y por los vivos. Darío le contó de las minas, de la muerte de sus tíos, y de cómo Astrid, su hermana, se había casado con un capataz y vivía en la capital. Ricardo escuchó en silencio, sintiendo que aquel hombre era un fantasma de un pasado que ya casi no reconocía.

Después de un par de tragos, Darío paseó la mirada por el patio impecable, por la ropa de Matías tendida al sol, y finalmente se detuvo en el rostro severo y prematuramente viejo de su primo.

—Estás vuelto piedra, Ricardo —le dijo Darío, soltando una risa corta, sin gracia—. Te veo los ojos y parece que estuvieras velando a un muerto todos los días.

Ricardo apretó la mandíbula y miró hacia sus manos callosas.

—Trabajo pa' mi hijo, Darío. Es lo único que me importa.

El primo se sirvió otro trago, negando con la cabeza.

—Ese pelao ya está grande, primo. Ya casi tiene bigote, pronto va a buscar su propio rumbo, se va a conseguir una muchacha y se va a ir de esta casa. ¿Y tú qué? Te vas a quedar aquí, hablándole a las paredes, limpiando retratos viejos.

Darío se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Búscate una mujer, hombre —soltó sin tapujos, con la franqueza brutal de quien no tiene nada que perder—. No te digo que te vuelvas a enamorar si no quieres, pero búscate una compañía. Alguien que te caliente el tinto en la mañana, que te converse cuando se vaya la luz. Hasta Luis, con todo lo bruto que es, entendió que un hombre no está hecho pa' morirse de frío en una cama vacía. No seas pendejo, Ricardo. La fidelidad a los muertos solo sirve pa' que los vivos se pudran más rápido.

Ricardo no se alteró. No le gritó, como habría hecho en su juventud, ni se ofendió. Simplemente dejó el vaso de aguardiente intacto sobre la mesa de madera. Miró a Darío con una calma absoluta, una convicción tan profunda que helaba la sangre.

—Tú sabes mucho de sobrevivir en un socavón, Darío —respondió Ricardo, con la voz baja y firme—. Sabes de plata y de trago. Pero no sabes nada de lo que yo tuve.

Ricardo señaló hacia el interior de la casa, hacia la cocina vacía.

—Lo que yo tuve con Elena no fue un pasatiempo. Ella me enseñó a ser hombre cuando ustedes me dejaron tirado. Si yo meto a otra mujer en esa cama, es como si le estuviera diciendo a mi hijo que su mamá era reemplazable. Y no lo es. Ni para él, ni para mí. Si el precio de haberla tenido esos diez años es morirme solo hablándole a las paredes... pues me muero solo, y lo pago con gusto.

Darío lo miró largamente, entendiendo que contra esa terquedad no había argumento humano que valiera. Asintió despacio, se bebió su trago de un solo golpe, y no volvió a mencionar el tema.

Esa noche, cuando Darío se marchó y Matías llegó de jugar al fútbol con Félix y Tony, Ricardo cerró los pasadores de la puerta. Vio a su muchacho caminar hacia el baño, sudado y lleno de vida, y sintió que su decisión era la correcta. No necesitaba amigos de cantina, ni consuelos de viudas. Solo necesitaba que las alas de Matías crecieran lo suficiente, aunque a él le tocara quedarse en tierra para siempre viéndolo volar.

Thoughts

  • pelusa

    Ricardo cerrando los pasadores esa noche, después de la madrugada en que hizo las paces con Matías. Entendió que tenía que aflojar, pero las manos se le siguen yendo solas a la tranca.

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  • Ismaelillo

    Darío llega de los socavones con la tos del carbón y le dice a Ricardo que está vuelto piedra, y los dos están pagando el mismo precio con distinta moneda. Uno dejó los pulmones en la mina por plata, el otro deja la vida entre el muelle y la casa por el hijo. Ricardo dice que lo paga con gusto, pero la cuenta la va a cobrar Matías, el día que quiera irse y sienta que deja al papá hablándole a las paredes.

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  • Ichijou

    Fin…?

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