Anoche paré en el caballito rojo frotado con aceite a la luz de la vela, y me costó harto no seguir, po.
El precio de la vida, Capítulo 2 - parte 1
Pensamiento
Anoche paré en el caballito rojo frotado con aceite a la luz de la vela, y me costó harto no seguir, po.
Contenido de la publicación
El lugar que Elena se ganó entre los Domínguez no fue impuesto por su condición de esposa, sino cultivado con la misma paciencia con la que cosía los dobladillos deshilachados. Para una familia de huérfanos que había crecido endurecida por el abandono, la llegada de una mujer que no gritaba para hacerse escuchar fue un bálsamo.
Tomasita, que había sido la madre sustituta a la fuerza, fue la primera en rendir las armas. Encontró en Elena no a una cuñada, sino a la confidente que nunca tuvo. Se sentaban juntas en el corredor a desgranar maíz, hablando en susurros sobre los miedos de ser mujer en un mundo de hombres rudos. Delia, la hermana menor, que apenas era una niña cuando Diana murió, empezó a buscar a Elena para que le trenzara el cabello, haciéndole preguntas tímidas sobre los cambios de su propio cuerpo que a Tomasita le daba pudor contestar.
Moisés, que ya era un adolescente manchado de grasa de motor, solía desviarse del taller mecánico solo para pasar por la casa de Ricardo, sabiendo que Elena siempre le guardaba un pedazo de panela o un pocillo de café recién colado. Pero el milagro más silencioso de Elena fue con Luis. El hermano mayor de Ricardo, siempre a la defensiva y amargado por sus propios fracasos, bajaba la guardia ante ella. Elena nunca le recriminó su pasado. Cuando Luis llegaba a quejarse del aserradero, ella lo escuchaba mientras barría el patio, y con un par de palabras precisas, sin humillarlo, le recordaba que Susana y su hijo lo estaban esperando en casa. Elena se convirtió en el ancla que mantenía a la familia unida sin que ninguno de los hermanos se diera cuenta.
Y entonces, llegó el tiempo de Matías.
Fue en pleno agosto, cuando el calor de la ciénaga se volvía espeso y pegajoso, aplastando los pulmones. Elena llevaba días con los tobillos hinchados y una palidez que a Ricardo le revolvía el estómago. La madrugada en que rompieron aguas, el viento estaba completamente muerto.
Ricardo corrió a buscar a doña Remedios, la partera más vieja del pueblo. Cuando regresó a la casa, Elena estaba aferrada a los barrotes de la cama de hierro, con los nudillos blancos y el rostro contraído por un dolor que no le arrancaba gritos, sino gemidos sordos y guturales. Ricardo se sintió exactamente igual que a los catorce años: inútil, pequeño y aterrado ante la fragilidad de la vida.
—Sal de aquí, muchacho, que los hombres en los partos solo estorban y traen nervios —le ordenó la partera, empujándolo hacia el patio.
Las horas se arrastraron como plomo. El sol empezó a calentar las láminas de zinc del techo, convirtiendo la casa en un horno. Ricardo caminaba en círculos por el patio de tierra, pateando las piedras, fumando tabaco negro hasta que se le quemaban los dedos. Tomasita y Susana llegaron a media mañana para asistir a la partera, trayendo toallas limpias y agua hervida. Cada vez que la puerta de madera rechinaba y Ricardo veía salir a su hermana con una palangana de agua teñida de rojo, el corazón le daba un latigazo.
Recordó a su madre, consumida por la fiebre. Recordó a su padre, apagándose en un pueblo minero. El pánico lo agarró por la garganta. Se acercó al tronco del palo de mango del patio, apoyó la frente contra la corteza rasposa y cerró los ojos, rezándole a un Dios con el que no solía hablar, ofreciéndole a cambio sus brazos, su vida, lo que fuera, con tal de que no se la llevara a ella.
Pasado el mediodía, un grito agudo y desgarrador de Elena partió el silencio de la casa, seguido de una quietud espeluznante. Ricardo dejó de respirar.
Fueron solo segundos, pero le parecieron años. Entonces, lo escuchó. Un llanto fuerte, enérgico, lleno de rabia y de vida, inundó la habitación.
La puerta se abrió y Tomasita salió llorando, secándose las manos en el delantal. Asintió con la cabeza hacia él. Ricardo entró casi a trompicones. El cuarto olía a sangre, a sudor y a ruda. Doña Remedios estaba envolviendo un bulto pequeño y enrojecido en una manta limpia de algodón. En la cama, Elena tenía el cabello pegado a las mejillas por el sudor, respirando entrecortadamente. Sus labios estaban pálidos, pero cuando vio a Ricardo, una sonrisa exhausta e inmensa le iluminó el rostro.
—Ven a conocer a tu hijo, Ricardo —susurró ella.
Ricardo se acercó temblando. La partera le puso el bulto en los brazos. Era un niño grande, de ceño fruncido y puños apretados. Al sentir el peso de aquella vida nueva contra su pecho ancho y endurecido por el trabajo, las rodillas de Ricardo flaquearon. Miró al niño, y en esa carita arrugada no vio el hambre de su infancia, ni la miseria del destierro, ni los errores de su padre. Vio una pizarra en blanco. Vio esperanza pura.
Se sentó en el borde de la cama, acercó al niño a Elena, y lloró. Lloró con sollozos anchos y silenciosos, escondiendo el rostro en el hombro de su mujer, mientras ella le acariciaba la nuca. Allí, abrazando a Matías y a Elena, Ricardo supo que todo el sufrimiento de su vida había valido la pena si lo había conducido exactamente a ese instante.
Los primeros cinco años de Matías fueron el verano más largo y dulce en la vida de Ricardo. El cambuche de latas oxidadas y la orfandad a la intemperie parecían ahora el mal sueño de otra vida. Su casa, con el techo de zinc bien clavado y el patio sembrado de trinitarias, bullía con el ruido constante de una familia que, después de tanto tragar tierra, por fin conocía el sabor de la prosperidad.
Pero el alma de aquella casa, el motor que la mantenía viva y en pie, no eran los ladrillos que Ricardo había pegado, sino Elena.
Elena no era una santa de altar, ni una de esas mujeres sumisas que bajaban la cabeza ante el primer grito. Tenía un carácter de mecha corta y un orgullo afilado por los años de pobreza. Detestaba el despilfarro con un pánico visceral. Si Ricardo dejaba un bombillo encendido sin necesidad, ella lo perseguía por todo el patio con el trapo de sacudir, echándole cantaleta sobre lo que costaba ganarse un centavo. Era terca hasta la médula; cuando se le metía una idea en la cabeza, ni un batallón de mulas la hacía retroceder. Y, sin embargo, su dureza era solo la corteza de un corazón demasiado blando.
Una Navidad, Ricardo llegó del puerto con un caballito de madera pintado de rojo brillante para Matías. Le había costado el salario de tres días. Al verlo, a Elena se le ensombreció el rostro. Tuvieron una pelea a gritos en la cocina, con ella reprochándole que con esa plata habrían comprado arroz para un mes, que estaba criando a un niño malcriado que no iba a saber el valor de las cosas. Ricardo se fue a dormir a la hamaca, furioso. Pero de madrugada, al levantarse al baño, la encontró sentada en el suelo del cuarto, a la luz de una vela. Elena estaba frotando el caballito con un trapo de aceite para sacarle más brillo, llorando en silencio porque, en el fondo, le conmovía hasta las entrañas ver a su esposo darle a su hijo los juguetes que él nunca tuvo.
Esa era Elena. La que peleaba por el precio de una yuca en el mercado con uñas y dientes, pero era capaz de quitarse su propio plato de comida de la boca para dárselo a un forastero hambriento. La mujer que cantaba boleros desafinados mientras restregaba la ropa en el lavadero, y que, cuando Ricardo llegaba con la espalda partida por cargar bultos, le masajeaba los hombros con ungüento de mentol sin decir una palabra, transmitiéndole todo su amor por las yemas de los dedos. El niño Matías creció pegado a sus faldas, heredando sus ojos vivos y su terquedad, pero con la risa ancha de su padre.
A su alrededor, la familia Domínguez florecía bajo la misma buena sombra. Tomasita, la hermana mayor, ya tenía dos hijos pequeños que corrían por el patio de la modistería de doña Carmela. Se había convertido en una mujer respetada, dueña de su propia máquina de coser. Delia, la menor, había logrado lo que en su época era un milagro para una mujer pobre: graduarse de bachiller y conseguir un empleo como secretaria en la caja agraria del pueblo. Y Moisés, el niño que Ricardo había defendido a capa y espada frente a sus tíos, era ahora el mecánico jefe del mejor taller de la región, un muchacho alto y de manos manchadas de grasa, que siempre llegaba los domingos a la casa de Ricardo con un pan de bono para su cuñada.
Ricardo los miraba a todos los domingos por la tarde, sentados en el corredor, y sentía que el pecho no le daba abasto para tanto orgullo. Había valido la pena cada correazo, cada humillación, cada gota de sudor.
Sin embargo, el destino tiene una forma macabra de recordar que la felicidad no es eterna, y el primer aviso le tocó a su hermano Luis.
Susana, la muchacha de cuna de seda que había bajado al barro por amor, empezó a toser. Al principio parecía un catarro mal curado por las brisas de diciembre, pero la tos se volvió un eco de la que alguna vez mató a Euclides. Un médico del pueblo sentenció lo que todos temían: los pulmones de Susana estaban colapsando, minados por una enfermedad silenciosa que ya no tenía reversa.
El dolor venció por fin la soberbia de los ricos. Una tarde gris, un coche negro tirado por caballos finos se detuvo frente a la humilde casa de tablas donde vivían Luis y Susana. Don Raúl Manrique, mucho más viejo, encorvado y con los ojos inyectados en sangre, se bajó apoyado en un bastón. Entró a la casa sin pedir permiso. Al ver a su hija, reducida a los huesos, postrada en un catre barato, el viejo patrón se derrumbó de rodillas en el suelo de tierra.
Lloró como un niño, pidiéndole perdón. Le suplicó que volviera a la hacienda, que la dejaría dormir en su cuarto, que traería médicos de la capital, de donde fuera necesario. Susana, con una debilidad que partía el alma, acarició el cabello blanco de su padre y aceptó, pero con una condición innegociable: Luis y su hijo iban con ella, por la puerta grande, como los señores de la casa.
Don Raúl aceptó. El rencor se apagó frente a la proximidad de la muerte. Luis volvió a cruzar los portones de la hacienda de la que había sido echado como un perro años atrás, pero esta vez llevaba a su esposa en brazos y a su hijo pequeño agarrado del pantalón.
Hubo una reconciliación hermosa, llena de lágrimas y perdones en los pasillos de la gran casona. Susana pudo ver a su hijo correr por los mismos jardines donde ella había crecido, y Luis, tragándose su propio dolor, la cuidó día y noche con una devoción absoluta, redimiendo todas sus cobardías de juventud. Pero los médicos de la capital no pudieron hacer milagros. Tres meses después de haber regresado a su hogar, Susana murió en paz, sosteniendo la mano de su padre y la de su esposo.
En el funeral, bajo un sol picante que rajaba la tierra del cementerio central, Luis parecía un árbol fulminado por un rayo. Estaba de pie frente a la bóveda de los Manrique, vestido de negro, sujetando a su hijo, que era la viva imagen de Susana. Don Raúl, apoyado en él, lloraba sin consuelo. Luis lo había perdido todo, pero al mismo tiempo, el sacrificio de su esposa le había asegurado a su hijo un futuro lejos de la miseria.
Ricardo asistió al sepelio abrazado a Elena. Mientras veía el ataúd de su cuñada entrar en la pared de mármol, sintió un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal. Apretaba la mano de Elena con tanta fuerza que casi le hacía daño. Ella lo miró de reojo, entendiendo su pánico, y apoyó la cabeza en su hombro. En ese instante, Ricardo se dio cuenta de lo frágil que era el cristal sobre el que caminaban. Entendió que la vida prestaba la felicidad, pero nunca la regalaba del todo.
Esa noche, al regresar a casa, Ricardo no quiso cenar. Entró a la habitación donde Matías, de cinco años, dormía espatarrado sobre la cama, ajeno a la muerte y al dolor del mundo. Ricardo se sentó en el borde del colchón y se quedó mirándolo. El niño tenía las pestañas largas de Elena y la frente terca de los Domínguez.
Elena entró en silencio, descalza. Llevaba el camisón blanco de algodón que a Ricardo tanto le gustaba. Se sentó junto a él y le pasó un brazo por la cintura, recostando la cabeza en su pecho.
—Están bien, Ricardo —le susurró ella, adivinando sus pensamientos—. Luis ya no está solo. Don Raúl no lo va a desamparar, y ese niño va a crecer con todo lo que a ustedes les faltó. Ella hizo lo que tenía que hacer.
—Me da miedo, Elena —confesó Ricardo, con la voz quebrada, una vulnerabilidad que solo le mostraba a ella—. Me da miedo despertar un día y que la vida me quite lo que más quiero. Yo no sabría ser hombre sin ustedes dos. Yo me muero.
Elena levantó el rostro y le puso una mano en la mejilla, obligándolo a mirarla. Sus ojos oscuros brillaban en la penumbra.
—Tú eres más fuerte que el hierro, Ricardo Domínguez. Sobreviviste al hambre, a los correazos de tu mamá, a la calle y a tu propio orgullo. Pero no pienses en fantasmas ahora. Míranos. Estamos aquí. Esta casa es nuestra, este niño es nuestro. Mientras yo respire, a ti no te va a faltar un techo donde guarecerte.
Ricardo la besó con una desesperación profunda, como si quisiera anclarse a ella para que el viento no se la llevara. Hicieron el amor esa noche con una ternura urgente, aferrándose el uno al otro en la oscuridad, rodeados por el canto de las chicharras y el calor húmedo de la costa. Fue una de esas noches perfectas, redondas, donde el universo parece detenerse para dejar que dos personas sean absolutas dueñas de su felicidad.
Thoughts
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PermalinkAnoche paré en el caballito rojo frotado con aceite a la luz de la vela, y me costó harto no seguir, po.
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PermalinkHarto me inquietó que la tos de Susana sonara igual a la de Euclides. Usted ya nos mostró cómo termina esa tos, y ahora entra en la casa de Luis justo cuando Ricardo tiene por fin su techo de zinc. Apuesto a que esa tos llega antes que cualquier alegría.
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