EL PARLANTE Y EL ABUELO
Chocheras de un Vago Viejo
Amigos, después de tantas chocheras, les debo una confesión: este es el texto donde empezó todo. El parlante de don Libardo, mi abuelo Juan Cancio, el miedo y el amor. Sin este texto, los demás no se entienden. Lo publico ahora, en los cinco idiomas de siempre, pero dosificados. Porque el abuelo me enseñó a masticar, y yo quiero que ustedes también mastiquen este. Un abrazo de Vago Viejo."
Chocheras de un Vago Viejo
Todavía recuerdo el olor a café recién colado y el canto de los pájaros en la vereda. Yo tenía seis años y la vida era un cuento hermoso. La noche anterior, mi abuelo Juan Cancio me había leído historias de su tierra, palabras que sabían a pan viejo y a monte, hasta que me quedaba dormido a sus pies, envuelto en la paz de su voz.
Despertar en esa casa era un milagro. El sonido de los pájaros le anunciaba a uno que el mundo era un lugar bello y seguro. Pero de repente, el paraíso se resquebrajaba. Mi abuelo encendía el parlante.
No era un radio cualquiera. No era de esos baratos que, como supe después, los regímenes totalitarios repartían a bajo precio para que la propaganda oficial llegara a cada hogar. Este era un parlante grande y potente, conectado a dos cables de cobre que recorrían toda la vereda hasta la tienda de don Libardo. Mi abuelo había tenido que vender una ternera para pagarlo. Desde esa tienda, don Libardo emitía lo que le venía en gana, pero creo yo que con asesores externos: los políticos de turno. Y los políticos de turno lo que querían era instalar terror en las mentes.
De esa bocina empezaban a salir las historias más espantosas que un niño de seis años pudiera imaginar. Hablaban de una isla llamada Cuba, de unos hombres barbudos que eran el demonio mismo, de paredones donde fusilaban a la gente, de monjas y curas asesinados sin piedad. Hablaban de un infierno en la tierra. Y yo, un niño que aún no había aprendido a leer, escuchaba aquello aterrado, sin entender nada, sintiendo que el mundo hermoso de los pájaros se caía a pedazos.
Ese era el cambio más brusco que pueda existir: del arrullo de la lectura al grito de la propaganda. Del amor del abuelo al odio del parlante. Era el miedo metiéndose en mi cuarto, en mi cocina, en mi alma. Era, como lo llamo ahora, la "Religión del Algoritmo" en su nacimiento. Una máquina de intoxicar mentes, pero con cables de cobre en lugar de fibra óptica.
Pero la suerte me dio un antídoto. Me dio a mi abuelo Juan Cancio, el filósofo artesanal. Él, que veía a mis tíos confundidos y asustados por lo que emanaba el parlante nos miraba con dulzura y autoridad y nos decía: "No sean bobitos, mijos, no crean en esas “guebonadas". Esa frase no era una orden, era una enseñanza. Era la semilla de lo que luego sería mi "Teoría del Estómago": no trague entero, mijo, mastique, digiera y separe la basura.
De esa mezcla de amor y terror, de la ternura de mi abuelo y el veneno del parlante, nació mi forma de ver el mundo. Aprendí que el miedo es la herramienta más vil de los poderosos, y que el amor de un viejo sabio es el escudo más fuerte. El parlante de don Libardo se fue con el tiempo, pero la lección del abuelo se quedó para siempre. Ahora, cada vez que enciendo una pantalla, la mastico y la digiero. Porque el abuelo me enseñó a escuchar, a ver, y luego a sacar conclusiones.
Chocheras de un Vago Viejo.