En ese pueblo había una escuela nocturna donde iban hombres y mujeres de todas las edades, hasta personas de bastante edad. De día todos trabajaban: unos por cuenta propia, otros en industrias o en el comercio, y recién de noche tomaban los cuadernos para seguir aprendiendo.
Cristina era una de las alumnas, pero en algunas materias le costaba mucho avanzar. Tenía un profesor que siempre la exigía en exceso: era el gordo Aroldo. Durante todas las clases la hacía pasar al pizarrón, la interrogaba frente a todos, y al llegar el final del año se encontró con la noticia: tenía tres materias desaprobadas. Si no las rendía en el examen de recuperación, repetiría el año entero y no se graduaría.
Cristina estaba desesperada. Entonces Aroldo la llamó aparte después de clase y le dijo:
—No te preocupes, Cristina. Yo te puedo preparar personalmente. Ven a mi casa, te asesoro bien y vas a aprobar esas materias sin problemas.
Ella, agradecida y sin sospechar nada, aceptó. Un día, terminado su trabajo, tomó sus cuadernos y fue a su casa. Aroldo la recibió con una sonrisa que no le pareció del todo sincera. La hizo sentar, pero no sacó libros. Se sentó muy cerca y le dijo:
—Para aprobar no basta con estudiar, Cristina. Tienes que saber agradar también. Depende de vos cómo salgas de esta situación.
Cristina comprendió entonces la verdad: lo que él quería no era enseñarle, sino aprovecharse de ella. Por un momento quiso irse, pero pensó: "He compartido mi vida con otros antes sin recibir nada. Ahora elijo esto, con los ojos abiertos, y sé lo que busco". Y con voluntad clara, accedió.
Aroldo le pidió que se sacara los zapatos y se sentara a su lado. Le tomó los pies, los acarició, los besó con devoción. Luego la abrazó, la besó en el cuello, en la boca, y ella correspondió. Poco a poco, entre caricias y besos, se entregaron el uno al otro con mutuo acuerdo Cristina solo para aprobar esas materias,luego de terminar con sus pies el profesor le dijo, ahora a besar y acariciar el bolígrafo que te va a aprobar, por varios minutos ella lo beso y lamio, al final chupo con fuerza y trago todo, un trago amargo y cuando termino, Aroldo le dijo:
—Podés contar conmigo. Tenés diez en las materias que debías.
Cristina aprobó esas tres materias. Solo le quedaba una: caligrafía. Su letra era muy mala, y el profesor Fernando, que sentía algo por ella, la citó a su casa para el examen. Cristina ya sabía cómo funcionaban las cosas. Llegó, él la recibió amable, le ofreció algo de comer y beber, y le mostró una hoja ya escrita:
—Aquí está. Tienes el aprobado.
—¿En serio? —dijo ella—. Muchas gracias.
—Yo cumplí mi parte —respondió él—. Ahora te toca a vos. Que me des cariño, que me cuides.
Cristina asintió. Se acercó, se arrodillo y abrió el cierre del pantalón lo atendió con entrega y voluntad, hasta que él se sintió satisfecho como Cristina le habia sacado punta a su lapiz.
Cuando todo terminó, preguntó:
—¿Ya está? ¿Estoy aprobada?
—Sí, Cristina —respondió él—. Estás aprobada. Nos vemos en la colación.
Llegó por fin el día de la ceremonia. El salón estaba lleno de gente. Cristina, radiante, subió al estrado y recibió su título entre aplausos. Cuando le tocó hablar, dijo:
—Quiero agradecer primero a mi familia, que siempre creyó en mí. A mis compañeros, que caminaron a mi lado. A las autoridades y a todos los que me ayudaron a llegar hasta aquí. Gracias a todos.
Hizo una pausa, sonrió con firmeza y añadió:
—Y también quiero agradecer especialmente a mi boca y a mis pies… que hicieron mucho para que hoy tenga este título en mis manos.
El aplauso estalló de nuevo, pero entre la gente había dos hombres que no aplaudieron: Fernando y Aroldo. Bajaron la cabeza, avergonzados, sin atreverse a levantar la mirada. Solo ellos dos entendieron el verdadero sentido de esas palabras.
Cristina los miró directamente, con una sonrisa serena y triunfante. No dijo nada más, pero con esa mirada lo dijo todo: había triunfado. Había logrado su título, y al mismo tiempo los había puesto en su lugar, sin gritos ni peleas. Con unas pocas palabras, les había recordado lo que hicieron y los había dejado expuestos ante su propia vergüenza.
Bajó del estrado con la frente en alto, el título en la mano y el corazón libre. Se había vengado con dignidad y ahora podía empezar de nuevo, limpia y dueña de su vida.