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EL NIÑO PALOMA Y EL TEMIBLE OBISPO MARINO Sensible Spoiler

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Extraído de las Crónicas del Bajo Mundo

El niño paloma podía dirigir el rumbo de cualquier nave porque era completamente ciego. Fue el esclavo más caro de su época, y no solo por lo joven.

Durante siglos, los piratas blancos se tapaban el ojo derecho dizque para ver mejor de noche y conservar correctamente el rumbo. Pero, en verdad, era su pacto con la noche, como una cicatriz en el rostro. Lo que te mostraban orgullosos eran sus sombras del otro lado del parche.

Por eso le temían y le obedecían como a un pequeño dictador caprichoso. Los marineros son criaturas poco tontas: sabían que, sin el niño paloma, estarían completamente perdidos.

Les hacía bromas y, a veces, con sus demonios, los conducía a islas donde la pala y el montículo te llevaban directo a un viejo tesoro, repleto de EL DORADO, oro que tanto aman los marineros.

—«Les voy a decir mi secreto —gritaba—: en la oscuridad no se ve nada, hay que aprender a olfatear.»

Mas si se enojaba o enfermaba, podías terminar entre monstruos marinos de las profundidades, nunca antes bocetados.

Dicen que le bastaba tocar el borde de los mapas con los dedos para saber adónde ir.

Un día, por descuido de un grumete que lo cargaba, se golpeó el codo tan fuerte que el daño lo devaluó en la bolsa un dos por ciento de su valor original, lo que enfureció al capitán y a los inversores, quienes lanzaron al infeliz grumete por la borda, a la suerte del temido obispo marino y su cocofante.

Lo cual causó muchas risas entre sus amigos, que se divertían viendo la forma tan divertida como el cocofante lo destrozaba.


CRÓNICA DEL COCOFANTE Y DEL TEMIBLE OBISPO MARINO

Pergamino maldito que se escapó de las llamas, rescatado del fuego por un obispo mesmo.

Ruego al lector que non tenga por enteramente fabuloso cuanto aquí se refiere, pues en estas materias la verdad suele esconderse so las exageraciones, como fraile prudente so su capucha.

Que el Coco non es invención de nuestros días consta en antiguos testimonios de estas tierras. En el año del Señor de 1873, hallándose José María Gutiérrez de Alba en el Caquetá, un padre, non hallando otro remedio para el llanto de su hijo, convirtió a su escribente en Coco, con tan buen suceso que el muchacho dejó de chistar. El hecho quedó escrito, para vergüenza de los incrédulos, en los papeles del viajero.

Mas los tiempos mudan, y las criaturas de la noche, si han de conservar su oficio, han de mudar con ellos. El Coco engordó. Engordó de tal manera que ya non cabía so las camas.

Fue entonces al gimnasio. Primero, tres días por semana. Después, cinco. Finalmente, como acontece a ciertos hombres que comienzan levantando pesas y terminan levantando solamente sospechas, quedóse allí.

Non se sabe quién le enseñó semejante disciplina. Algunos atribuyen el prodigio a un entrenador venezolano; otros, a una equivocación con el suplemento. Lo cierto es que el Coco dejó de ser redondo por abandono y comenzó a serlo por naturaleza.

Sus brazos crecieron. Su espalda se ensanchó. Sus hombros adquirieron proporciones poco convenientes para criatura alguna destinada a esconderse so las camas.

Y así nació, entre patios, corredores y conversaciones de niños, un nuevo nombre: El Cocofante.

Nadie sabe quién lo pronunció primero. Pero todos supieron qué quería decir.

Aquella noche, un muchacho acostóse tarde.

Había recibido tres advertencias, dos amenazas y una orden que non admitía recurso. Non obstante, siguió jugando.

Al fin apagaron la luz.

La casa quedó en silencio.

Pasó un rato.

Entonces se oyó debajo de la cama:

Un gruñido.

El muchacho abrió los ojos.

Non miró.

Volvió a oírlo.

Esta vez más grave.

Más próximo.

El colchón pareció hundirse ligeramente.

El niño cubrióse hasta la nariz.

—«¿Quién está ahí?»

Non hubo respuesta.

Sólo una respiración lenta, pesada, animal.

El muchacho reunió valor y sacó apenas un ojo por encima de la sábana.

Nada.

Pero el gruñido volvió a escucharse.

Y entonces comprendió que el verdadero peligro non estaba en ver al Cocofante.

Estaba en non verlo.

El niño gritó.

Hubo pasos en el corredor.

La puerta abrióse.

Y apareció el Obispo Marino.

Venía sin prisa.

Traía su báculo, su cruz pectoral y aquella serenidad propia de los hombres que han pasado demasiados años tratando con cosas que otros prefieren non nombrar.

Miró al muchacho.

Luego miró la cama.

El gruñido cesó.

El Obispo acercóse.

—«Dormid.»

—«Pero, señor Obispo…»

—«Dormid.»

El niño obedeció.

El Obispo sentóse junto a la cama.

Pasaron unos minutos.

La respiración del muchacho hízose lenta. Luego regular.

Finalmente quedó dormido.

El Obispo permaneció allí un momento más.

Después levantóse.

Ordenó sus papeles.

Acomodó el báculo.

Guardó la cruz bajo el manto.

Y cuando estuvo a punto de salir, detúvose.

Miró hacia la oscuridad del cuarto.

Llevó dos dedos a los labios.

Y silbó.

Del corredor llegó entonces un ruido de uñas sobre el suelo.

Después otro, más rápido.

Y otros, torpes y nerviosos.

El Obispo tomó una bolsa de plástico que había dejado junto a la pared.

Púsole una correa.

Y salieron a la caminata nocturna.

O, como diría el Cocofante:

—«A cagar, y que te recoja la mierda el Obispo.»

Non diré qué clase de criatura caminaba junto a él, porque para estas cosas el testimonio de los cronistas suele llegar tarde.

Sólo diré que era muy, muy peluda.

Muy peluda.

Nota del maestro

Los perros son los mejores pastores que podáis hallar.

Y si alguna vez, lector, encontráis a vuestro pastor en la noche paseando feliz, non os apresuréis a preguntarle el nombre del obispo que lo lleva ni lo toquéis, y non olvidéis nunca:

DO NOT PET.

Decidle solamente:

—«Jehová es mi pastor; para desembrujarlo, non sea que te aparezca un Cocofante debajo de la cama.»

Y non os quedéis mirándolo al Obispo mientras levanta las miserias de su mascota; menester es guardar decoro ante ciertas cosas que Dios permitió ver, pero non necesariamente comentar.


El niño paloma, por su parte, era hermosamente ciego.

Él nunca vio al obispo marino ni a su cocofante con los ojos, pero reconocía perfectamente el sonido del jadeo del cocofante o del obispo cuando se escondían debajo de tu barca.

Después de un mes comenzaron a notar que el niño paloma no era ciego.

Era profesional.

Profesional en matar a los malos como en HOME ALONE (Mi Pobre Angelito), colocando trampas chistosas a los más crueles y bellacos para que desaparecieran gritando, y en medio de las carcajadas de sus amigos.

Hubieses querido que te matara con tal de ver en persona una de sus exquisitas y elaboradas bromas.

Era brillante.

Cuentan que en la escuela domaba al viento para que se llevara su sombrero en momentos incómodos del aprendizaje, como cuando tu propia maestra te fusila de forma cruel y divertida frente a la clase, o cuando está muy aburrida.

—«La escuela siempre debe ser peor que la guerra —me decía mi señor don Carlos—. ¿Entonces pa’ qué entrenas?»

Pero se estaba quedando sin provisiones de malos, y el público cada vez exigía más creatividad y trama.

Solo quedaba el más malo:

Un bellaco, un poquitín pasadito con las niñas esclavas.

Su debilidad era justamente esa.

Le obsesionaba lo joven.

Estaba embrujado por el espejo viejo, que le hizo creer que la belleza era virtud, cuando es tristemente pasajera.

Todos le ayudaban a planear la macabra broma.

Debía terminar decapitado, a lo menos amputado, quemado, mojado en miel, luego plumas, trampolín y al mar.

Había que conseguir un tiburón actor para el cierre con broche.

Impotente, lloraba como un condenado al ver las velas negras unirse a la broma.

Sus heces y orines hicieron que se resbalara, intentara sujetarse de una escoba y cayera a las olas entre risas, lo que activó una operación de rescate muy seria y difícil.

El mar estaba ferozmente embravecido.

Tocaría resucitarlo en caso de que se ahogara.

Nadie ha visto enojada a Majdalena, hasta ahora.

—«Por lo menos ya no huele a mierda —dijo el capitán, mirando a su protagonista.»

Le aplicó perfume de su loro en el hombro, mientras el ave le picoteaba los ojos sin lograr sacárselos.

Pocos entendieron el chiste.

Era algo exagerada la actuación del ave y la mierda se desperdició toda en el ensayo.

Cuando abordó Majdalena, gritó:

—«¡Sargento!»

—«¡Misión cumplida, su majestad! —dijo el niño paloma.»

Y se puso un pasamontañas negro.

Los marineros que quedaban estaban petrificados al ver que el mar, por fin, estaba calmado.

Rindieron armas en formación de escuadra perfecta, hicieron reverencia a su nueva reina, cargaron al desmayado y adoptaron las velas negras para siempre.

Arrodillados.


BREAD BOY

...Bread boy is here...

...No need to fear...

...He feeds the world...

...And bakes the baaaaaaaaaaaad,

(KILL WATER KILL SALT KILL FLOUR)

...When trouble is near, dont be sad, bread boy is baking THATS NOT BAD...

...see you next time, stay warm and glad..

(3 veces)


CODA

Solo de chelo melcochudo y llorón que termina asonante en coda.

Entra la guitarra:

...just fresh water flour and saaaaaalt...

Guitarra pica como paloma hasta el tapping explosivo.

[SOLO]


FINAL

QUEDAN BAJO SECO Y LIMPIO Y VOZ SOLOS:

...When trouble is near, dont be sad, bread boy is baking THATS NOT BAD...

...see you next time, stay warm and glad..

(3 veces)

...When trouble is near, dont be sad, bread boy is baking THATS NOT BAD...

(2 veces)

...see you next time, stay warm and glad..

(3 veces)

FIN?

FINAL INTENCIONAL (NO ES PECADO USAR IA SI LA IDEA ES BRILLANTE Y QUIERES DARLE MAS LUSTRE)

Te lo dejé con una estructura más Seavien/Markdown, sin convertirlo en una prosa nueva: títulos claros, respiraciones, bloques de diálogo y la parte musical separada como si fuera una escena final.

Thoughts

  • nombredeusuario

    «yo lo vi, no me jodan».

    Aquí el escribano se detiene, porque yo he visto con ambos ojos esos obispos marinos en la mitad del océano nocturno, paseando sus enormes cocofantes cafés, peludos, del peor café: café como el abdomen de una tarántula pollera lista para saltarte en la cara.

    Es normal asustarse al ver un obispo, sin despeinarse, caminando como un papa sobre el agua a las dos de la mañana, a doscientos metros de tu barca, y preguntarte:

    —¿Lo he visto o no lo he visto?

    Y lo peor: los que lo ven quedan discutiendo:

    —¿Era un diablo o era un ángel?

    Lo que sí todos concuerdan es en que el cocofante es enorme y te podría tragar como un enorme Pac-Man de carne y pelo.

    Es un monstruo de las profundidades auténtico.

    Pero el obispo...

    Al obispo no lo moja el agua.

    Eso es lo raro.

    Y si eres grosero y no lo saludas persignándote, puede esconderse debajo de tu barco, ponerse azul como ballena y rugir como leviatán mientras te ahoga.

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