Un sábado a las diez, estaba estresado: quería discutir, pelear o desquitar mi rabia con alguien que no tuviera la culpa. Todo era insignificante y molesto; discutía con mi hermano momentos antes, sobre cosas sin sentido. Miré a dos niños: una niña y un niño, el niño era pequeño.
La hija de la hija de mi tía; tendría unos cinco años. La veía y le sonreía, y ella me ignoraba —siempre lo hacía—, me miraba con asco. Yo la saludaba y ella me volteaba los ojos. Eso me molestaba.
—¡Estos niños ya nacen siendo malcriados! —pensé.
Uno de ellos estaba ahí, girando la rueda de un patín: un niño de más de un año, un año y medio tal vez.
Curiosiaba con el patín; era uno color rosa.
Su madre se acercó a quitárselo. No supe si porque era rosa y él era un hombre, o porque estaba incomodando al dueño del patín. El niño seguía mirando el patín; no lo usaba, lo tiraba al piso y le daba vueltas a una rueda que prendía.
Alrededor había gente, bastante. Era una fiesta; al parecer yo aún no me percataba, pero veía sonrisas y pasteles. Entonces creí que sí era una fiesta. El niño seguía dando vueltas a la rueda del patín. Su madre se acercó y se lo quitó una vez más, le dio un camión de bomberos, rojo, con una grande escalera que salía por encima de él.
Su madre se fue y el niño tiró el camión, sacó el patín de donde su madre lo había guardado y siguió jugando con él: con la rueda, le daba vueltas y lo miraba muy fijamente. Yo dije:
—Qué niño tan estúpido.
Y me pareció morderme la lengua; recordé que yo era aún más estúpido a su edad.
Después lo perdí de vista, unos quince minutos. La multitud de gente se abrió camino y pude verlo al fondo: estaba en el regazo de su madre, tomando biberón.
Yo estaba sentado viéndolo justo enfrente, filosofando en por qué el futuro y el pasado no eran importantes, y lo único que causaban eran tropiezos a la gente; solo importaba el presente, solo eso. Pero yo parecía desperdiciarlo: molesto, criticando y escribiendo.
Volví a ver aquel pequeño niño, chiqueado, lleno de amor y atención, y sentí envidia.
No sé a qué edad se deja de tomar leche; si yo fuera él, estaría tomando de las tetas de su madre, no de un biberón.
— Jorge Guzmán