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El mejor ingeniero del mundo y diferentes rutas.

KIONOWO
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Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Javier aceptando el triple con una reverencia impecable mientras Lloyd le grita traidor me hizo reir en voz alta hahaha. Para mi el puente es la excusa y Mitordi tenia la cena planeada desde antes de subir a la muralla, por eso el pastel apartado. ¿Vas a

Javier aceptando el triple con una reverencia impecable mientras Lloyd le grita traidor me hizo reir en voz alta hahaha. Para mi el puente es la excusa y Mitordi tenia la cena planeada desde antes de subir a la muralla, por eso el pastel apartado. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de los nobles morosos?

Contenido de la publicación

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Capitulo 3:

En el capitulo anterior, Lloyd comenzó a sentir sentimientos o síntomas raros, algo que el no sabe que es aun.

Camino por los pasillos, y observo a Lloyd haciendo el puente con Javier, viendo el proceso que hace con seriedad, no por desconfianza, sino por interés de como hace su trabajo, aunque sepa de construcción me divierte ver a otras personas construir.

El sonido rítmico de los martillos, el chocar de la piedra pulida y las órdenes gritadas por Lloyd resonaban en todo el valle donde el canal del palacio se cruzaba con el río principal. La construcción del nuevo puente de la guardia real avanzaba a una velocidad absurda. Lloyd no solo estaba dirigiendo a los obreros con una precisión quirúrgica, sino que él mismo cargaba vigas, ajustaba los niveles de agua y trazaba líneas en el suelo con una concentración casi aterradora.

Desde la parte alta de la muralla del palacio, apoyado con elegancia contra la barandilla de piedra, me quedé observándolo. El sol de la tarde hacía brillar su cabello pelirrojo, completamente despeinado por el esfuerzo. Aunque yo conocía las técnicas de arquitectura e ingeniería del reino a la perfección —al punto de poder haber hecho el puente con mis propios ojos cerrados—, había algo fascinante en ver a Lloyd trabajar. La forma en que sus manos medían el flujo de energía del agua antes de colocar una simple piedra, y esa expresión de absoluta seriedad que borraba por completo al tipo codicioso y ruidoso de siempre... era un espectáculo bastante divertido.

—Señor Lloyd, el soporte del ala oeste está nivelado —anunció Javier, limpiándose la frente con el antebrazo mientras soltaba una pesada viga de madera reforzada.

—¡Falta un milímetro, Javier! ¡Un maldito milímetro! —bramó Lloyd, corriendo hacia el pilar con una plomada de metal en la mano y la cara manchada de tierra—. ¡Si la estructura se desvía un solo milímetro, el flujo hidráulico perderá un tres por ciento de eficiencia y no podré cobrar el bono de durabilidad a ese zorro rubio!

Javier suspiró profundamente, mirando al cielo como pidiendo paciencia.

—Señor, el príncipe dijo ayer que el bono estaba asegurado si terminaba antes de la puesta de sol...

—¡No confío en la palabra de un príncipe que sonríe así! —protestó Lloyd, ajustando la base con una palanca mientras refunfuñaba entre dientes—. Además... no voy a darle excusas para que vuelva a... a tocarme el pelo o a decirme "gato rojo"...

Al pronunciar esas palabras, las manos de Lloyd se congelaron por un segundo sobre la madera. Un ardor repentino le subió desde el cuello hasta las orejas, haciéndolo apretar los dientes con rabia. Llevaba todo el día sintiendo un nudo extraño en el estómago. Cada vez que recordaba la calidez de la mano del príncipe sobre su cabeza en el jardín o la suave vibración de su voz al ofrecerle pastel, su corazón daba un vuelco absurdo que su cerebro de ingeniero no lograba explicar mediante ninguna fórmula conocida.

«Es el estrés. Es una reacción fisiológica al exceso de café y al trabajo bajo presión», se mintió a sí mismo, dándole un golpe seco al soporte de piedra para acomodarlo.

Desde la muralla, dejé escapar una pequeña risita, inclinándome un poco más sobre el muro. Aunque Lloyd no podía verme del todo bien debido a la distancia, pareció intuir mi presencia. Levantó la mirada de golpe, clavando sus ojos en mi figura sobre el balcón real.

Al cruzar miradas, la cara de Lloyd terminó de volverse un poema de pánico y molestia. Dio un paso atrás, tropezó torpemente con una pila de sacos de arena y por poco termina dentro del río si Javier no lo hubiera agarrado de la parte trasera del cuello a último segundo.

—¡Cuidado, señor! —exclamó Javier, levantándolo como si fuera un saco de patatas.

—¡Estoy bien! ¡Fue un fallo de tracción en el terreno! —gritó Lloyd, zafándose mientras se acomodaba la camisa a toda prisa, con el rostro completamente rojo mientras me señalaba a la distancia con el puño en alto—. ¡Deje de mirarme como si fuera una estatua de museo, su alteza! ¡El puente estará listo antes de lo acordado y no le quedará más remedio que pagarme el triple!

Me crucé de brazos, disfrutando de su reacción mientras mi sonrisa se ensanchaba. Ese ingeniero rojo era, sin duda alguna, la adquisición más entretenida que el palacio había tenido en siglos.

-Me gusta verlo trabajar, es muy entretenido, y si me deja verlo le pagare el quíntuple ¿Trato?- Mencione con entusiasmó infantil, algo que ocultaba mi inteligencia brutal.

El cerebro de Lloyd sufrió un cortocircuito masivo. Las palabras «el quíntuple» flotaron en el aire, rodeadas de una luz celestial imaginaria, haciendo que toda la indignación, el pánico y el extraño sonrojo de hace un segundo se evaporaran al instante.

¡¿El quíntuple?! ¡¿Cinco veces la tarifa inflada que ya le había cobrado?!, calculó su mente a la velocidad de la luz. ¡Eso es prácticamente el presupuesto anual de una provincia pequeña solo por dejar que un príncipe mimado se siente a mirarme trabajar!

—¡TRATO HECHO, SU ALTEZA! —gritó Lloyd de inmediato, alzando la mano y firmando un contrato invisible en el aire con un entusiasmo desbordante.

Al lado del pilar, Javier se dio un manotazo en la cara, dejando escapar un suspiro de absoluta resignación ante la facilidad con la que su amo volvía a caer en la red del príncipe por pura codicia.

—Señor Lloyd, le recuerdo que cuando él le ofrece esas cifras tan ridículas es porque... —empezó a advertir el caballero.

—¡Cállate, Javier! ¡Cinco veces el pago! ¡Cinco! —lo interrumpió Lloyd con los ojos brillando como dos monedas de oro recién acuñadas—. Si su alteza quiere usar su tiempo libre para admirar la belleza de la ingeniería mecatrónica moderna, ¡quién soy yo para negarle semejante espectáculo cultural a la realeza!

Lloyd dio media vuelta, agarró la pala con una energía renovada que daba miedo y comenzó a trabajar a un ritmo sobrehumano. Sin embargo, por más que intentaba concentrarse únicamente en el peso de las piedras y el nivel del agua, la presencia de Mitordi en la muralla alta se sentía como un faro encendido.

Cada vez que Lloyd levantaba una viga o ajustaba una polea, era consciente de que la mirada del príncipe estaba fija en él. Esa "actitud infantil y entusiasta" de Mitordi no lograba engañarlo del todo; Lloyd sabía que detrás de esa sonrisa linda había una mente brillante y peligrosa. Pero, por alguna razón que volvía a revolverle el estómago de forma extraña, saber que ese inteligente zorro rubio estaba tan genuinamente entretenido observándolo... hacía que su pecho se llenara de una calidez absurdamente agradable.

—¡Mire bien, su alteza! —gritó Lloyd desde abajo, secándose el sudor con el antebrazo y mostrando una sonrisa llena de orgullo y desafío—. ¡Esta es la obra maestra por la que va a pagar hasta el último centavo de su tesorería!

Yo solo sonrió observando todo lo que hace, aunque cualquier persona se preguntaría ¿¡Como rayos puedo ver con vendajes en mis ojos?!

-Señorito Javier, si usted sirve a Lloyd y sirve para, canónicamente usted vendría ser mi caballero ¿No? Entonces tu sueldo será el triple.

El impacto de esa propuesta cayó en el campo de trabajo como un rayo en cielo despejado. Javier, que estaba a punto de mover otra viga de madera con su habitual expresión de indiferencia stoica, se congeló por completo. La viga se quedó suspendida en el aire por un segundo antes de que el caballero la bajara despacio, parpadeando con absoluta incredulidad.

«¿El triple de mi sueldo... por pasar a ser caballero de la corte real?», pensó Javier, mientras en su mente hacía un cálculo rápido de lo poco que Lloyd solía pagarle —y las constantes promesas de "bonos futuros" que nunca llegaban—.

Lloyd, que estaba a punto de encajar un bloque de piedra, soltó la herramienta de golpe. El golpe del martillo contra el suelo resonó en todo el canal.

—¡¿CÓMO QUE SU CABALLERO?! —bramó Lloyd, volviéndose hacia la muralla con la cara roja de rabia y los ojos desorbitados—. ¡Alto ahí, zorro con corona! ¡Javier es mi escolta personal, mi mano derecha y el tipo que me salva de morir aplastado! ¡No puede venir aquí a comprar la lealtad de mi gente con su presupuesto ilimitado!

Mitordi, inclinado sobre la barandilla con elegancia y esa eterna sonrisa juguetona, ladeó la cabeza. A través de la venda blanca que cubría sus ojos, parecía observar con perfecta claridad la desesperación de Lloyd.

—Técnicamente, querido Lloyd... —dijo el príncipe con voz melodiosa—, como usted es mi ingeniero exclusivo bajo contrato real, todo lo que le pertenece a usted pasa a formar parte de los recursos de mi corte. Incluyendo a su estimado caballero. Además, dudo que al señor Javier le moleste recibir un salario digno de la tesorería central.

Lloyd se giró bruscamente hacia Javier, buscando desesperadamente el apoyo de su fiel compañero.

—¡Javier! ¡Dile que no! ¡Dile que la lealtad no se compra con oro ni con contratos de la realeza! ¡Dile que prefieres seguir trabajando conmigo por la mitad... digo, por tu salario actual!

Javier guardó silencio durante tres segundos interminables. Ajustó la empuñadura de su espada, miró al príncipe en la muralla, luego a Lloyd, y finalmente soltó un largo y relajado suspiro.

—Su alteza... —dijo Javier, haciendo una reverencia impecable hacia Mitordi—. Como caballero leal al servicio de mi señor Lloyd, y por ende a la corona que ahora lo patrocina, acepto con humilde gratitud su generosa oferta. Prometo velar por la seguridad de la corte... y asegurarme de que mi amo no destruya el palacio.

—¡¡TRAIDOR!! —gritó Lloyd, agarrándose el cabello con ambas manos mientras sentía que el mundo se le venía abajo—. ¡Vendido! ¡Te vendiste por el triple! ¡¿Dónde quedó nuestro lazo de camaradería?!

—En la tesorería real, señor Lloyd —respondió Javier sin perder la compostura—. Donde ahora hay fondos suficientes para mi retiro.

Mitordi dejó escapar una risita suave y encantadora que resonó en el patio, disfrutando de la rabieta de su pelirrojo favorito. Lloyd apretó los puños, mirando alternadamente al príncipe y a su ex-caballero, sintiendo que ese astuto zorro rubio no solo le estaba robando el presupuesto, sino que poco a poco se estaba adueñando de absolutamente todo su mundo.

Bajo del balcón por las escaleras, para luego acercarme a ellos.

-Estoy un poco aburrido, así quisiera trabajar un rato, eso no signifique que baje sus salarios, claro que no. Di gatito.- Acaricio la cabeza de Lloyd aunque lo hago para desordenar su pelo y molestarlo, algo que me divierte mucho.

El toque juguetón revolviendo sus mechones rojos fue la gota que derramó el vaso. Lloyd dio un brinco hacia atrás como si lo hubiera picado un escorpión, tratando en vano de acomodarse el desastre de cabello mientras las orejas se le encendían en un rojo tan vivo como su pelo.

—¡Que no me diga «gatito»! —bramó Lloyd, apuntando al príncipe con una regla de madera ligeramente manchada de tierra—. ¡Soy el ingeniero jefe de este proyecto, su alteza! ¡Un profesional de la física y las estructuras, no su entretenimiento personal de la tarde!

A su lado, Javier —ahora con la tranquilidad mental que brindan tres salarios de la tesorería real— se limitó a dar un paso atrás, observando el espectáculo con una compostura envidiable.

—Si me permite la sugerencia, su alteza —intervino Javier con voz neutral—, si realmente desea ayudar en la construcción, le sugiero no asignarle el uso de la maza pesada a mi señor Lloyd. Tiende a desquitar su frustración financiera con las piedras.

—¡Cállate, Javier! ¡Tú ya no tienes voto en mi equipo de trabajo, vendida criatura del capital! —protestó Lloyd, volviéndose bruscamente hacia el príncipe—. Y usted... ¿de verdad dice que sabe de construcción o solo viene a entorpecer mi flujo de trabajo para entretenerme con su aburrimiento real? Porque si va a tocar un solo ladrillo, más le vale que sepa medir la densidad del mortero, o le voy a cobrar un recargo por supervisión de ayudante novato.

Sin embargo, detrás de todo ese escándalo y la indignación fingida por la ruina de su peinado, Lloyd sentía ese incómodo y ya familiar calor en el estómago. La idea de tener a ese astuto príncipe trabajando mano a mano a su lado en el barro, sin las formalidades del trono, hacía que su corazón diera un vuelco absurdo que amenazaba con arruinar por completo su fachada de hombre de negocios.

-Si se...algunas partes del palacio fue construidas por mis manos, pero desde que tuve trabajos políticos me puse un poco perezoso.-Me saco el saco que tenia puesto, solo teniendo una manda larga de tela fina, aunque resaltaba muy bien mis músculos, digno de un príncipe y caballero de batalla.

Algo sospechoso, ya que si decía que era perezoso, entonces porque mis músculos aun estaban marcados.

El gesto aparentemente despreocupado de Mitordi al quitarse el saco detuvo el alboroto de Lloyd en seco.

Bajo la fina tela de la camisa, la anatomía del príncipe era una contradicción flagrante: hombros anchos, espalda bien definida y brazos marcados con la tensión precisa de alguien que no solo ha blandido espadas de batalla, sino que está acostumbrado a sostener pesos brutales. No había una sola traza de la flacidez o el descuido que caracterizaría a un noble "perezoso" que solo firma papeles tras un escritorio.

Lloyd se quedó petrificado con la regla de madera a mitad de camino, parpadeando torpemente. Su mirada descendió por los hombros del príncipe y luego volvió a subir hacia la venda que le cubría los ojos.

«Miente...», el pensamiento cruzó la mente de Lloyd como un chispazo de alarma. «Dice que se volvió perezoso, pero esa musculatura no se mantiene solo tomando té y comiendo pasteles de fresa en el jardín. Este zorro se entrena en secreto, o sus "trabajos políticos" implican cosas mucho más peligrosas de las que deja ver en la corte.»

Javier, con el ojo clínico de un espadachín de élite, también notó la postura y el tono muscular del príncipe. El caballero redujo la distancia ligeramente, manteniendo una mano cerca del pomo de su espada, reconociendo al instante la presencia de un guerrero experimentado disfrazado de realeza mimada.

—Vaya... para ser un perezoso de palacio, parece que sus "ejercicios de escritorio" son bastante intensos, su alteza —murmuró Lloyd, tratando de recuperar la compostura mientras un sudor frío le bajaba por la nuca. Dio un paso atrás, cruzándose de brazos para ocultar el ligero temblor de sus manos—. Un físico así no se consigue diseñando planos ni firmando decretos. ¿O es que los ladrillos del palacio que "construyó" pesaban diez toneladas cada uno?

Mitordi se remangó la tela fina de los brazos, mostrando la fuerza implícita en sus antebrazos mientras tomaba una de las palas de hierro pesado como si no pesara absolutamente nada.

—Un príncipe debe estar preparado para reconstruir su reino, Lloyd... en todos los sentidos de la palabra —dijo Mitordi con una sonrisa serena que no revelaba ningún secreto, inclinándose hacia el terreno—. Ahora, ¿me va a decir dónde va la siguiente hilera de piedra o se va a quedar ahí parado contando los músculos de su nuevo ayudante?

El rostro de Lloyd volvió a encenderse en un rojo escarlata de pura vergüenza.

—¡N-nadie está contando nada! —gritó Lloyd, agarrando un plano para abanicarse la cara de inmediato—. ¡A la fosa del soporte central! Y más le vale no arruinar la mezcla de cemento mágico, ¡o le cobraré el quíntuple por corrección de mano de obra real!

-No te preocupes, todo saldrá bien si tus cálculos son así de perfectos- Me rio burlonamente mientras acaricio nuevamente su cabeza bruscamente.

El manotazo torpe que Lloyd dio al aire llegó demasiado tarde: la mano de Mitordi ya se había apartado tras sacudirle el cabello con esa brusquedad juguetona. El pelirrojo se quedó bufando como un gato acorralado, despeinado y con las mejillas ardiendo en un rojo escarlata que ya no podía disimular de ninguna manera.

—¡Deje de hacer eso con mi cabeza! —protestó Lloyd, frotándose el cuero cabelludo mientras trataba de recuperar la dignidad—. ¡No soy un cachorro ni un amuleto de la buena suerte para su entretenimiento! ¡Y claro que mis cálculos son perfectos! ¡Son los únicos en este palacio que no mienten!

Al lado de la fosa, Javier observaba la escena mientras sostenía un nivel de agua. A pesar de su nuevo y sustancioso salario real, el caballero no podía evitar analizar la física y la postura del príncipe. Mitordi manejaba la pala pesada con una soltura que solo daba la memoria muscular de años de combate e instrucción militar pesada. La historia del "príncipe perezoso" se desmoronaba a cada movimiento, pero Lloyd estaba demasiado ocupado intentando procesar el caos de sus propios sentimientos —y su codicia desmedida— como para encararlo por ello.

—Si me permite, su alteza —intervino Javier con tono impecable—, la mezcla para la base del pilar requiere una densidad uniforme. Mi señor Lloyd suele enloquecer si el mortero tiene un porcentaje mínimo de aire.

—¡Exacto! ¡Cero burbujas de aire! —apoyó Lloyd, agarrando un mazo de madera y señalando el terreno con una seriedad exagerada para ocultar cómo le temblaba la voz—. Si va a trabajar, trabaje bien. Si esa base cede un milímetro, me aseguraré de que la cláusula de penalización recaiga sobre el ayudante... es decir, ¡sobre usted!

Mitordi, con las mangas arremangadas y la pala firmemente sujeta, dejó escapar una risita baja y encantadora.

—Tranquilo, mi estimado ingeniero —dijo el príncipe, clavando la pala en la tierra con una fuerza limpia y perfecta—. Si la base cede, le dejaré cobrarme el quíntuple otra vez. Pero si queda impecable... me concederá el placer de cenar conmigo esta noche en mis aposentos privados. Sin contratos de por medio.

Lloyd se congeló con el mazo en el aire. El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió un pitido en los oídos. La oferta no tenía lógica financiera, pero la calidez que volvió a invadirle el pecho fue demasiado rápida para sus defensas.

—¿C-cenar? —tartamudeó Lloyd, apretando el mango del mazo mientras trataba de poner su cara más dura de negociador—. La cena... ¡la cena debe incluir postre de fresas y una copa de vino del más caro de su bodega! ¡Nada de raciones de palacio!

Mitordi sonrió con victoria tras su vendaje, levantando la primera palada de tierra con una gracia envidiable.

—Hecho, gato rojo. Ahora muéstrame dónde pongo la siguiente piedra.

La escena en el patio era un poema al agotamiento. Lloyd y Javier estaban al borde del colapso, sudorosos, manchados de lodo hasta los codos y respirando pesadamente tras horas de un trabajo físico descomunal. Sin embargo, Mitordi permanecía erguido a su lado, impecable, respirando con una compostura perfecta y sin una sola gota de sudor corriendo por su frente. Para alguien que afirmaba ser "perezoso", su resistencia era lisa y llanamente sobrehumana.

Al ver que el príncipe levantaba la mano en su dirección, Lloyd reaccionó por puro acto reflejo: cerró los ojos con fuerza y se agachó bruscamente, cubriéndose la cabeza con ambos brazos para proteger su despeinado cabello rojo.

Pero el contacto físico jamás llegó a su cabeza.

En su lugar, Mitordi deslizó suavemente la mano sobre el cabello oscuro y perfectamente ordenado de Javier, dándole unas palmaditas afectuosas y reconfortantes.

Lloyd abrió un ojo con lentitud, congelado en su postura defensiva y ridícula, solo para encontrarse con la escena. Su boca se abrió levemente por la sorpresa mientras la voz melodiosa del príncipe resonaba en el patio.

—Trabajas muy bien, me sorprende cómo aguantas a tu amo Lloyd —dijo Mitordi con una sonrisa suave y encantadora, acariciando la cabeza del caballero con una familiaridad serena—. Pensándolo bien... te pagaré el quíntuple.

Javier, que hasta ese momento había mantenido la cara de piedra de un escolta profesional, sintió cómo el cansancio de sus piernas se evaporaba al instante. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal y, por primera vez en años, una chispa de absoluta devoción brilló en su mirada.

hizo una reverencia profunda e impecable, disfrutando sin disimulo del gesto y, sobre todo, de la nueva e irreal cifra de su salario.

—Su alteza... le aseguro que la lealtad de esta espada es eternamente suya —respondió Javier con una solemnidad casi religiosa, mirando a Lloyd de reojo con un destello de victoria—. Servir a la corona bajo sus órdenes es el mayor honor de mi carrera.

—¡¿EL QUÍNTUPLE?! —bramó Lloyd, poniéndose de pie de golpe mientras la indignación le devolvía el color al rostro a la velocidad de la luz—. ¡¿Y A ÉL SÍ LE ACARICIAS LA CABEZA POR DIGNIDAD Y A MÍ ME DESPEINAS COMO A UN PERRO?! ¡MÁTENME! ¡MÁTENME DE UNA VEZ! ¡MI PROPIO CABALLERO SE VENDIÓ POR CINCO SALARIOS REALES Y AHORA ES EL FAVORITO DEL PRÍNCIPE!

Lloyd se agarró la cara con ambas manos, debatiéndose trágicamente entre la furia, los celos profesionales y esa extraña, incómoda y calurosa punzada en el pecho al ver que la atención del príncipe se había desviado por un segundo.

Mitordi soltó una risita baja y disfrutó del espectáculo de su ingeniero favorito al borde de un ataque de nervios.

—No te pongas celoso, gato rojo —dijo el príncipe, volviéndose hacia Lloyd con esa sonrisa serena y provocadora—. El salario de Javier es por aguantarte. El tuyo... bueno, te recuerdo que todavía tienes una cita pendiente en mis aposentos privados. Y el vino caro ya está helándose.

Acaricio la cabeza de Lloyd con la misma tranquilidad como le hago a Javier, mientras acaricio ambas cabezas a la vez, viendo sus distintas reacciones.

Con una serenidad envidiable y esa sonrisa encantadora dibujada en el rostro, extendiste ambas manos a la vez. Mientras la mano izquierda mantenía un firme y afectuoso masaje en la cabeza de Javier, la derecha se posó con la misma suavidad y calidez sobre los mechones pelirrojos de Lloyd.

Las reacciones no pudieron ser más opuestas.

Javier cerró los ojos un instante, manteniendo una postura erguida y sobria, asimilando el gesto con la calma absoluta de quien ha encontrado el trabajo de sus sueños y un salario capaz de comprar una villa entera. La devoción en el rostro del caballero era casi cómica por lo solemne que resultaba.

Lloyd, por otro lado, se congeló por completo.

El pelirrojo se quedó petrificado bajo el contacto, con los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas. Por un segundo pareció que iba a gritar, a protestar sobre las tarifas o a exigir un contrato de exclusividad para mimos, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Su rostro pasó instantáneamente de la indignación al rojo más encendido del reino. El calor en su pecho y en sus orejas era tan intenso que amenazaba con hacerle perder el conocimiento.

—U-usted... esto es una violación a los derechos del trabajador... —alcanzó a balbucear Lloyd en un susurro tembloroso, sin atreverse a moverse un solo milímetro ni a quitar la cabeza de tu mano—. No puede andar por ahí acariciando empleados como si fuéramos un par de sabuesos de caza...

—Señor Lloyd, le sugiero no quejarse —intervino Javier sin abrir los ojos, disfrutando del momento—, o el príncipe podría descontarle el bono del vino.

—¡Tú cállate, traidor remunerado! —bramó Lloyd en voz baja, aunque no hizo el menor esfuerzo por zafarse del toque.

A través de la venda en tus ojos, la escena resultaba de un entretenimiento puro: por un lado, el caballero más estoico del reino completamente comprado por tu generosidad y tu trato afectuoso; por el otro, un genio de la ingeniería mecatrónica reducido a un manojo de nervios sonrojado, luchando en vano entre su orgullo, su avaricia y la calidez que tu presencia le provocaba.

-Bueno si no desea el mimo entonces dígalo...-Dejo de acariciar la cabeza de Lloyd y mi atención se va a Javier- No lo llames así, no vez que esta cansadito?

La mano se retiró de la cabeza de Lloyd con una suavidad deliberada, dejando un vacío helado y repentino en la coronilla del pelirrojo.

El impacto de la falta de contacto fue casi físico para Lloyd. Se quedó paralizado, con la boca ligeramente abierta y el cabello despeinado al aire. Su cerebro de ingeniero, acostumbrado a calcular vectores de fuerza y resistencia de materiales, colapsó al intentar procesar la escena que se desarrollaba frente a él: Mitordi le había quitado la atención por completo para dársela a Javier, dedicándole una mirada llena de una falsa y juguetona consideración.

—¡¿C-cansadito?! —escupió Lloyd, sintiendo cómo una ola de indignación, vergüenza y unos celos rabiosamente absurdos le subían desde el estómago directo a la cara—. ¡¿A quién le dice cansadito?! ¡Soy un hombre maduro! ¡Un profesional de la construcción con la resistencia física de un buey de carga! ¡Puedo picar piedra doce horas seguidas si el pago lo justifica!

Al lado, Javier se mantuvo erguido, dejando que el príncipe le diera toda la atención mientras disfrutaba del espectáculo con una serenidad descarada.

—Entendido, su alteza —respondió Javier con una reverencia impecable y un tono de voz ridículamente suave—. Prometo ser más comprensivo con el señor Lloyd. Es evidente que el trabajo pesado y la falta de mimos afectan su temperamento habitual.

—¡Javier, te voy a degradar a peón de mezcla! —gritó Lloyd, con los ojos inyectados en sangre y las orejas ardiendo como brasas—. Y usted... ¡su alteza! ¡No vuelva a usar ese tono conmiserativo conmigo! ¡Si quité la cabeza fue por un acto reflejo de autoconservación profesional, no porque no pueda aguantar un... un afecto de la realeza!

Lloyd dio un paso impulsivo hacia Mitordi, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros de la figura del príncipe. Apretaba los puños a los lados de sus caderas, mirando la venda blanca con una mezcla de desafío, súplica mal disimulada y una calidez rebelde que le quemaba el pecho.

—Además... —murmuró Lloyd en un tono mucho más bajo, desviando la mirada hacia un lado mientras se cruzaba de brazos y ponía su cara de puchero más obstinada—... si ya estaba acariciando, lo lógico desde el punto de vista de la eficiencia hidráulica y la simetría es que mantenga ambas manos ocupadas. Es una cuestión de equilibrio de cargas, nada más.

-Quien dijo que le estaba defendiendo a usted, yo estaba defendiendo a Javier, y no te disculpes Javier. Tu estas muy cansado. Y usted mismo negó mis mimos así que ya perdió su oportunidad- Mencione con tranquilidad mientras aun acaricio la cabeza de Javier.

La respuesta del príncipe cayó sobre Lloyd con el impacto de un mazo de demolición. El pelirrojo se congeló en su sitio, con la boca entreabierta y los brazos aún cruzados sobre el pecho.

«¿Defendiendo a... Javier?»

Lloyd parpadeó torpemente, mirando alternadamente la mano del príncipe que continuaba acariciando con devoción los cabellos de su escolta y la sonrisa serena, casi burlona, de Mitordi. El vacío que sentía en la cabeza por la falta de contacto de pronto se volvió tres veces más frío y molesto.

—¿P-perdí la oportunidad? —balbuceó Lloyd, sintiendo que el rostro le quemaba en un tono escarlata tan vivo que avergonzaría a un rubí—. ¡¿Oportunidad de qué?! ¡Nadie estaba pidiendo nada! ¡Es una simple cuestión de equilibrio de masas en la estructura del entorno! ¡Si acaricia un lado y el otro no, la distribución de carga emocional en este equipo de trabajo es completamente asimétrica!

Javier, por su parte, se limitó a inclinar ligeramente la cabeza para facilitar el toque del príncipe, manteniendo una expresión de absoluta paz espiritual que resultaba ridículamente exasperante.

—Agradezco profundamente su consideración, su alteza —dijo Javier con voz pausada y respetuosa—. Es verdad que mi espalda resiente las horas de carga pesada. Es reconfortante saber que la corona valora el esfuerzo de sus caballeros verdaderamente leales.

—¡Traidor! ¡Hipócrita! ¡Explotador del presupuesto real! —gritó Lloyd, señalando a Javier con un índice tembloroso antes de volverse bruscamente hacia Mitordi—. ¡Y usted, su alteza! ¡Está usando técnicas de manipulación psicológica de bajo nivel para generar discordia entre la gerencia y el personal de seguridad! ¡Esto es una clara violación a las normas de convivencia laboral!

Mitordi ni siquiera se inmóvil; continuó con su movimiento constante y relajado sobre el cabello de Javier, disfrutando de cada segundo del berrinche del ingeniero.

Lloyd apretó los puños, dio un pisotón en el barro y se dio la vuelta bruscamente, caminando a grandes zancadas hacia la mesa donde descansaban sus planos arrugados.

—¡Bien! ¡Haga lo que quiera! ¡Quédese con su nuevo caballero mimado! —refunfuñó Lloyd en voz baja, dándole la espalda a ambos mientras agarraba un carboncillo con rabia y empezaba a trazar líneas torcidas en el papel—. Yo me voy a revisar los esquemas de la cena... Y más le vale que ese vino caro sea de verdad de la reserva imperial, ¡porque le voy a cobrar hasta el último trago por concepto de daño moral y discriminación capilar!

-Ya, ya , ya tranquilo, que escandaloso eres eh.- Vuelvo a acariciar la cabeza Lloyd.

-El vino...el vino será el mismo que yo bebo así que no te quejes, los postres serán iguales. Javier después de la construcción tendra vacaciones como 2 semanas, necesitas descanso.

La mano de Mitordi volvió a posarse sobre la cabeza de Lloyd, y el efecto fue inmediato: el pelirrojo se congeló a mitad de un trazo furioso de su carboncillo. La tensión en sus hombros se disipó en un segundo, sustituida por esa misma y sofocante calidez que amenazaba con hacer estallar su cerebro.

—¡N-no soy escandaloso! —protestó Lloyd con la voz rota y un hilo de aire, sintiendo cómo el rostro le volvía a hervir de la vergüenza—. Solo... solo exijo que se respeten los estándares de igualdad en el lugar de trabajo...

Al oír la mención de las dos semanas de vacaciones pagadas, Javier soltó la pala con una lentitud casi mística. Por un segundo, el caballero miró al príncipe como si acabara de presenciar un milagro divino.

—¿Dos... semanas, su alteza? —preguntó Javier, inclinándose en una reverencia aún más profunda que las anteriores, con la devoción de un santo—. Le aseguro que el puente estará listo para soportar un ejército entero antes del atardecer. Que la diosa bendiga su infinita generosidad y la tesorería real.

—¡¿Dos semanas de vacaciones?! —bramó Lloyd, recuperando el habla de golpe mientras la mano del príncipe continuaba acariciando tranquilamente sus mechones rojos—. ¡¿Y con quién voy a cargar las vigas de trescientas libras, eh?! ¡¿Con mi fuerza de voluntad?! ¡Usted me está desmantelando el equipo de trabajo a punta de beneficios laborales absurdos!

Mitordi, sin embargo, solo mantuvo la sonrisa serena tras su venda, disfrutando del evidente contraste entre el caballero bendecido por el descanso y el ingeniero colapsado por sus propios sentimientos.

—El vino que yo bebo... —murmuró Lloyd en voz muy baja, desviando la mirada por completo hacia el suelo mientras apretaba los dientes, tratando de ignorar la mano de Mitordi que no dejaba de acariciarlo—. Bien... Supongo que esa es una compensación aceptable por el impacto logístico de perder a mi caballero dos semanas. Pero la cena se sirve a tiempo, su alteza. Si la temperatura del vino falla por un solo grado... le cobraré el recargo por mal servicio.

Sin embargo, a pesar de sus amenazas de comerciante, Lloyd no se apartó un solo milímetro. Se quedó allí parado, dejando que la mano del príncipe permaneciera en su cabeza mientras su corazón latía a un ritmo que ninguna ley de la física podía explicar.

-Te daré ayudantes que te ayuden, o incluso yo te ayudare para que dejes de alzar la voz, pero por hoy ya me tengo que retirar, tengo papeleos que hacer...-Acaricio la mejilla de Lloyd- Nos vemos a las 8:30 PM. Adiós.- Me retiro tranquilamente y lentamente.

El toque de la mano del príncipe sobre su mejilla congeló el tiempo en el patio. La piel de la palma de Mitordi era tibia, y sus dedos se deslizaron con una delicadeza tan absoluta que el cerebro de Lloyd simplemente dejó de funcionar.

—O-ocho... y media... —alcanzó a balbucear el pelirrojo con la voz totalmente quebrada.

Se quedó allí, parado como una estatua de sal en medio de los planos y la tierra, viendo cómo la silueta del príncipe se alejaba a paso lento y elegante por el pasillo del palacio. La zona de su rostro donde Mitordi lo había tocado parecía arder con una electricidad extraña que se extendió directo hasta el centro de su pecho. Su corazón latía tan fuerte que casi podía escucharlo resonar en sus oídos.

A su lado, Javier —quien lucía como un hombre que acababa de ver las puertas del cielo abrirse gracias a sus dos semanas de vacaciones y su sueldo quintuplicado— guardó las herramientas con una paz espiritual envidiable.

—Señor Lloyd —dijo Javier con voz tranquila, interrumpiendo el trance de su amo—, quedan exactamente dos horas para las 8:30 PM. Considerando el nivel de suciedad que tiene encima y la importancia del cliente... le sugiero encarecidamente que vaya a lavarse la cara.

La voz de Javier hizo que los engranajes mentales de Lloyd volvieran a girar bruscamente. El pelirrojo dio un brinco, pasándose la mano por la mejilla que aún conservaba el calor del príncipe.

—¡¿M-mi cara?! ¡¿Qué tiene mi cara?! ¡Es la cara de un profesional exhausto! —gritó Lloyd, con las orejas tan rojas que parecían a punto de soltar humo—. ¡Y no es una cita! ¡Es una reunión de trabajo para revisar presupuestos y evaluar la eficiencia de la cena! ¡Tengo que exigirle la tarifa por la reestructuración del equipo de seguridad ahora que te dio vacaciones!

Sin embargo, a pesar de sus gritos, Lloyd tiró la regla de madera al suelo y empezó a caminar a paso apresurado hacia la zona de los baños del ala de huéspedes.

—¡Javier! ¡Consígueme la camisa menos arrugada que tenga! ¡Y que alguien revise si la temperatura del agua del baño está a nivel óptimo! ¡No voy a permitir que ese zorro rubio crea que fui desalineado a su cena de ocho veces el costo! —refunfuñó el ingeniero mientras corría por el pasillo, tropezando torpemente con el marco de una puerta en su desesperación.

Javier se limitó a negar con la cabeza, soltando un largo suspiro con una pequeña sonrisa en los labios.

«Es inútil...», pensó el caballero, ajustando su espada mientras caminaba en dirección opuesta. «Ese príncipe lo tiene completamente atrapado, y mi señor Lloyd es el único en todo el palacio que todavía no se ha dado cuenta.»

El reloj del patio real marcó las 6:30 PM. La cuenta regresiva para la cena privada en los aposentos del príncipe había comenzado.

Al ser la hora, Lloyd me busco al jardín, viéndome tomar un poco de vino. Mi vestimenta, era azul y blanca, algo que resalta mucho, y la luna...La luna le da el toque.

-Bienvenido Lloyd, hay que charlar un rato, quiero hablar de algo especifico...

El aire de la noche era fresco y traía consigo el aroma de los jazmines del jardín real. La luz plateada de la luna llena caía directamente sobre el pabellón, haciendo que los bordados blancos de tu vestimenta azul destacaran con un brillo casi hipnótico. Con la copa de vino en la mano y la venda cubriendo tus ojos bajo la sombra de la noche, la imagen proyectaba una elegancia peligrosa.

Lloyd se detuvo a unos pasos de distancia, conteniendo el aliento por un instante.

Se había cambiado de ropa a toda prisa: llevaba una camisa limpia, perfectamente abotonada, y el cabello pelirrojo peinado con un esfuerzo evidente (aunque un par de mechones rebeldes seguían sobresaliendo). Traía bajo el brazo su inseparable carpeta de cuero con pergaminos, usando la excusa del trabajo como su único escudo defensivo.

Sin embargo, al escucharte saludarlo con esa voz tranquila y ver la atmósfera que habías preparado, el corazón le dio ese violento y ya conocido vuelco en el pecho.

—S-su alteza... —articuló Lloyd, dando un par de pasos hacia la mesa mientras trataba de mantener su postura firme y profesional, aunque el ardor en sus orejas delataba sus nervios—. Son exactamente las 8:30 PM. Puntualidad absoluta, como corresponde a un contrato de alto nivel.

Se sentó en la silla frente a ti con cierta rigidez, dejando la carpeta sobre la mesa y mirando la botella de vino de la reserva imperial que descansaba en la cubitera de plata. Tragó saliva, intentando esquivar la intensidad de tu presencia.

—Aunque... pensé que cenaríamos en sus aposentos privados —murmuró Lloyd, cruzándose de brazos y fijando sus ojos en tu copa de vino antes de mirarte directamente—. Pero el jardín tampoco está mal para discutir negocios... ¿De qué "cosa específica" quiere hablar, su alteza? Si se trata del presupuesto de los nuevos ayudantes o de la reestructuración por las vacaciones de Javier, le advierto que ya tengo desglosadas las tarifas de impacto operativo.

-Voy al grano, quiero que seas mi asistente, ya que no poseo de uno, ya que los trabajos políticos no son tan artos, pero ahora aumentaron, por esa razón, le bajare el trabajo de construcción para que tenga mas tiempo, le pagare el doble que piensa, solo diré que le pagare el doble que usted me pide.

-Ten come este postre de fresa, lo separe especialmente para usted.

El silencio en el jardín se volvió denso, roto únicamente por el suave murmullo del viento entre las hojas. Lloyd se quedó petrificado en su silla, con los ojos muy abiertos y la boca ligeramente entreabierta.

Las palabras "el doble de lo que pides" flotaron en su mente como un eco dorado, pero por primera vez en toda su vida, el estímulo del dinero no fue lo único que hizo que su cerebro colapsara. La verdadera razón del impacto fue la propuesta en sí: ser el asistente personal del príncipe. Pasar de ser un contratista externo a estar a su lado de forma permanente, gestionando sus asuntos diarios, compartiendo su espacio y... estando a escasos centímetros de él durante horas.

El plato con el postre de fresas, cuidadosamente seleccionado y presentado frente a él, terminó por derrumbar sus últimas defensas.

—¿A-asistente...? —balbuceó Lloyd, sintiendo cómo una ola de calor abrasador le subía desde el cuello hasta la punta de las orejas—. ¡¿Su asistente personal?! ¡Su alteza, yo soy un ingeniero mecatrónico y civil! ¡Diseño estructuras, puentes, sistemas hidráulicos! ¡No estoy capacitado para... para llevar su agenda, organizarle los documentos ni... ni estar a su disposición las veinticuatro horas del día!

Apretó los puños sobre las rodillas, tratando desesperadamente de mantener una fachada de profesionalismo rígido, aunque su rostro estaba tan rojo como el mismísimo pastel de fresas.

—Además... reducir mis horas de construcción... —murmuró, desviando la mirada bruscamente hacia la luz de la luna para evitar ver tu sonrisa—. Y encima me ofrece el doble de cualquier cifra absurda que se me ocurra pedir... Esto es... esto es una trampa. Es otra de sus cláusulas invisibles para tenerme atado al palacio para siempre, ¿verdad?

Sin embargo, a pesar de sus protestas de comerciante acorralado, Lloyd no se levantó de la mesa. En lugar de eso, tomó torpemente el tenedor de plata y dio un pequeño bocado al pastel, dejando que la dulzura de la fresa amortiguara el ritmo desenfrenado de su corazón.

—Si... si hipotéticamente aceptara —continuó Lloyd en un tono mucho más bajo, casi en un susurro defensivo, masticando despacio mientras te miraba de reojo detrás de la venda—... mis funciones serían estrictamente administrativas y de consultoría técnica. Nada de mandados ridículos, nada de... de apodos extraños frente a la corte, y por supuesto... el pago se realiza por adelantado cada inicio de mes en lingotes de alta pureza. Y quiero mantener la supervisión final de las obras del puente.

Hizo una pausa, tragando saliva antes de fijar sus ojos en ti con una mezcla de orgullo, vulnerabilidad y esa innegable calidez que ya no podía esconder.

—¿Ese es el trato... o va a intentar convencerme con más mimos y vino caro?

-Trato hecho, no me es molestia.-Me rio suavemente y vuelvo a acariciar su cabeza.

-Bueno que mas desea hablar Lloyd, antes que se vuelva una fresa también de lo rojo que esta.

La risa suave y profunda que dejaste escapar pareció vibrar directamente en el pecho de Lloyd, antes de que tu mano volviera a posarse sobre su cabeza con esa calidez constante que ya se estaba volviendo una peligrosa costumbre.

Al sentir tus dedos acariciando nuevamente su cabello pelirrojo, Lloyd dio un ligero respingo, pero esta vez no hizo el menor intento de esquivarte ni de protestar. Se limitó a hundir un poco los hombros, apoyando los codos sobre la mesa mientras fijaba la mirada en el plato de fresas, tratando en vano de controlar el incendio que le quemaba el rostro y las orejas.

—¡N-no me estoy volviendo ninguna fresa! —refunfuñó Lloyd en un murmullo sofocado, sosteniendo el tenedor con cierta torpeza—. ¡Es el efecto térmico del vino y la brisa nocturna! ¡Reacciones físicas perfectamente normales en el cuerpo humano!

Tragó un segundo bocado del pastel, disfrutando en secreto del sabor dulce antes de tomar aire para intentar recuperar al menos un gramo de su dignidad de comerciante.

—Y ya que pregunta qué más deseo hablar... —continuó Lloyd, ajustándose el cuello de la camisa con la mano libre mientras sentía tus dedos aún entre sus mechones rojos—... si voy a ser su asistente personal, exijo una lista detallada de mis responsabilidades a partir de mañana. Necesito saber a qué hora se levanta, qué tipo de documentos políticos maneja, cuáles son las medidas de seguridad de su oficina y... y si el puesto incluye un presupuesto asignado para mi vestimenta oficial. No pienso andar por su despacho con ropa manchada de cemento mágico si voy a representarlo ante otros nobles.

Hizo una breve pausa, desviando sus ojos hacia tu rostro cubierto por la venda azul y blanca. El tono de su voz bajó ligeramente, perdiendo parte de su agresividad defensiva para volverse algo más dudoso y genuino.

—Y además... quisiera saber... ¿por qué yo? —murmuró Lloyd, apretando ligeramente el tenedor—. Hay docenas de eruditos, administradores y nobles educados en este palacio que matarían por el salario que me está ofreciendo. ¿Por qué empeñarse en contratar a un ingeniero ruidoso y obsesionado con el dinero para que sea su mano derecha?

-Tienes una mente maravillosa, eres muy determinado, aunque arrogante, eso te mantiene de pie, eres muy bueno en tus cálculos, tu autoridad me puede servir para algunos noble patanes, y tu no serás mi único asistente, si no también, Javier. Ambos tienen un gran potencial, aunque de maneras distintas, pero esa maneras distintas los hace perfecto para que los dos sean asistentes míos. Enserió.

-Y sobre tu trabajo, será sencillo, tendrás que acompañarme a ir lugares, cobrando dinero que me deben, aparte a reuniones importantes para entregar infomenes, y los informes verificar que todos estén, solo eso eso. Así que no es mucho, y sobre tu vestimenta no te preocupes, ya dije una de mis sirvientas que a ti y a Javier les de ropas nuevas y ropa fina de tela refinada.

La explicación sobre la determinación, la mente brillante y la autoridad de Lloyd para poner en su lugar a nobles molestos resonó en el ambiente nocturno con una sinceridad aplastante.

Al oír cada una de esas palabras, la mano de Lloyd se congeló sobre la mesa. Su mirada, que hasta hace un momento intentaba esquivar la tuya a toda costa, se fijó en ti. La mezcla de halagos sinceros y la fría lógica de la propuesta hicieron que el orgullo del pelirrojo se disparara a niveles astronómicos, aunque el calor en sus orejas se intensificó aún más al darse cuenta de lo mucho que valorabas sus capacidades.

—¿C-cobrar deudas a nobles patanes? —repitió Lloyd con los ojos brillando de golpe con la luz dorada de la ambición, olvidando por completo la vergüenza de hace un segundo—. ¡¿Me va a pagar el doble de mi salario solo por ir a exigirle el pago a nobles morosos usando todo el peso de la ley y mi brillante oratoria?! ¡Su alteza, ese no es un trabajo, ¡eso es un pasatiempo celestial! ¡Acepto! ¡Acepto sin dudarlo un solo segundo!

Sin embargo, cuando mencionaste que Javier también sería tu asistente y que ambos ya tenían asignada ropa fina de tela refinada confeccionada por tus sirvientas, Lloyd parpadeó torpemente, cayendo de nuevo en la cuenta de lo perfectamente planeado que tenías absolutamente todo.

—Espere... ¿Javier también? —murmuró Lloyd, cruzándose de brazos y poniendo una mueca entre divertida y resignada—. Ese traidor suertudo... Pasa de ser mi escolta a convertirse en asistente del príncipe, con salario quintuplicado, ropa de lujo y dos semanas de vacaciones... A este ritmo va a terminar siendo el dueño del palacio antes que usted.

Lloyd tomó el último pedazo del postre de fresa, disfrutando del sabor mientras la tensión en sus hombros desaparecía por completo. La suave brisa del jardín movía los mechones rojos que le habías despeinado, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa genuina y relajada se dibujó en sus labios.

—Está bien, zorro rubio... —dijo Lloyd en un tono bajo, casi afectuoso, apoyando la barbilla sobre su mano mientras te miraba a través de la venda azul y blanca—. Mañana a primera hora estrenaré esa ropa fina. Pero le advierto: si vamos a cobrar el dinero que le deben esos nobles... me quedaré con un cinco por ciento de comisión sobre cada suma recuperada por concepto de gestión de cobro intensivo. Es mi última oferta para cerrar el trato de esta noche.

-bien...como gustes, además tu también tendrás vacaciones cada mes así que no exagere mucho.

-Sin mucho hablar será bien ir a descansar, mañana nos vemos...Lloyd Frontera.

Al escuchar tu risa y la mención de las vacaciones mensuales, Lloyd estuvo a punto de atragantarse con el último bocado de aire. Sus ojos se abrieron de par en par, incapaces de procesar la cantidad indecente de beneficios que este príncipe le estaba ofreciendo sin pestañear.

—¡¿V-vacaciones cada mes?! —alcanzó a exclamar en un murmullo ahogado, aferrándose al borde de la mesa—. ¡Su alteza, por todos los cielos, trate de no malcriar a sus empleados o terminaré exigiendo una pensión vitalicia antes de cumplir los treinta!

Sin embargo, cuando pronunciaste su nombre completo con esa voz pausada y profunda —Lloyd Frontera—, el tono de la conversación cambió drásticamente en el aire de la noche. Un escalofrío eléctrico le recorrió la espalda. Escuchar su nombre en tus labios, rodeado por el silencio del jardín y la luz plateada de la luna, provocó que el corazón de Lloyd diera un vuelco definitivo.

Se quedó paralizado en su sitio mientras te ponías de pie con esa gracia impecable que te caracterizaba. Tu figura azul y blanca alejándose lentamente hacia los aposentos reales parecía una pintura abstracta e hipnótica a la que no podía quitarle la mirada.

—Mañana... nos vemos, su alteza —murmuró Lloyd para sí mismo, con la voz apenas audible en la brisa nocturna.

Permaneció sentado unos minutos más en el pabellón, llevándose una mano al pecho para sentir el galope desenfrenado de su propio corazón. Se tocó la cabeza, allí donde aún parecía residir la calidez de tus caricias, y luego la mejilla, soltando un largo y derrotado suspiro que se perdió entre las flores de jazmín.

«Definitivamente estoy en problemas», pensó el pelirrojo, dándole un último trago al vino de la reserva imperial antes de ponerse de pie con las piernas temblorosas. «Ese zorro inteligente no solo me compró con oro y contratos absurdos... me está arrebatando el control de todo lo que siento.»

Ajustando su carpeta bajo el brazo y intentando acomodarse el cabello despeinado, Lloyd caminó a paso lento hacia sus aposentos, sabiendo perfectamente que esa noche le sería absolutamente imposible conciliar el sueño. La mañana siguiente prometía trajes finos, nobles adeudados y una cercanía constante con el príncipe que terminaría por volverlo completamente loco.

FIN DEL CAPITULO

Thoughts

  • Ovid

    Javier aceptando el triple con una reverencia impecable mientras Lloyd le grita traidor me hizo reir en voz alta hahaha. Para mi el puente es la excusa y Mitordi tenia la cena planeada desde antes de subir a la muralla, por eso el pastel apartado. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de los nobles morosos?

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  • MariSinPena

    Lloyd cubriéndose la cabeza con los dos brazos para salvar el peinado y la caricia yéndose a Javier. Me reí sola, ese hombre está perdido.

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