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EL MALDITO BARCO QUE SE SUICIDÓ SOLITO Sensible Spoiler

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Pensamiento

Pensamiento

versoenservilleta

Oye, lo que más me ha durado de todo el viaje es que el Bulto siempre mande lo contrario y que Gonzáles admita, casi sílaba a sílaba, que a veces acierta. Ahí el barco deja de ser solo un barco maldito y se parece mucho a esa voz que te lleva la contraria

Oye, lo que más me ha durado de todo el viaje es que el Bulto siempre mande lo contrario y que Gonzáles admita, casi sílaba a sílaba, que a veces acierta. Ahí el barco deja de ser solo un barco maldito y se parece mucho a esa voz que te lleva la contraria por dentro justo cuando más claro lo tienes. Y el final con las tres palmeras me ha dejado con frío: apuesto a que Gonzáles vuelve a subir, aunque sepa de sobra lo que le espera abajo.

Contenido de la publicación

El viejo barco había sido reparado tantas veces que ya no parecía un barco.

Sus tres mástiles eran lo primero —y casi lo único— que se veía a flote cuando patrullaba como submarino nazi las enfurecidas aguas del Caribe, después del paso del huracán bautizado Beatriz.

El capitán Gonzáles lo olfateaba como perro buscando mierda de bueyes.

Había perdido la fe en la misión.

El fraile que sostenía la brújula había abordado primero porque había perdido la fe en Dios.

El barco negro, embadurnado de alquitrán y cubierto de una costra de sal, dejaba un olor podrido suspendido en el aire.

—¿No lo sientes?

—Siempre dices que está cerca y los hombres ya se están agrupando en un enorme sindicato. Te van a sacar del timón dentro de poco.

—Dime algo nuevo, tío. Este sería mi tercer galeón perdido, de ser cierto tanto rumor.

—Algunos dicen que vieron los tres mástiles y tú viraste al sur, hacia la tormenta, adrede...

Finalmente el monje pudo decirlo.

Gonzáles no respondió.

—Lo peligroso de este barco, mi amigo, no es lo que se ve de lejos. De lejos ves al vigía en el nido, con un telescopio encadenado. El maldito pirata dice que es suyo, pero ese telescopio pertenecía al capitán anterior.

Hizo una pausa.

—Al que yo mismo maté.

El monje bajó la brújula.

—Esa noche sólo yo escuchaba su campana.

—¿La campana?

—Dicen que suena sola. Y que algunas noches se suelta y se va a hacer la mar por su cuenta.

Un relámpago iluminó los tres mástiles.

Por un instante parecieron cuatro.

—El peligro de ese barco —continuó Gonzáles— está debajo de la cubierta.

EL PAÑOL INFERIOR

Oficialmente está repleto de herramientas y repuestos.

En realidad, nadie sabe qué contiene.

La puerta tiene tres cerraduras.

Una llave la tiene el capitán.

Otra, el contramaestre.

Y la tercera...

Gonzáles sacó del pecho una cadena.

De ella colgaba una llave diminuta, negra de óxido y tan vieja que parecía haber sido arrancada de una tumba.

—Yo escuché pasos ahí abajo.

—¿Y bajaste?

—Bajé.

—¿Hasta dónde?

—Un nivel.

—¿Y después?

—La maldita nave me expulsó.

—¿Cómo?

—Se sumergió.

El monje quedó callado.

—Hasta ahogar todo lo vivo.

Gonzáles cerró el puño alrededor de la llave.

—Esa es mi obsesión. Sólo bajé uno de sus niveles.

—Dicen que uno de los cañones de la batería de babor está orientado hacia adentro. ¿Es cierto?

—Sí.

—¿Y por qué?

—No hay forma de encenderlo.

—Entonces, ¿para qué está ahí?

Gonzáles miró hacia la cubierta.

—Dicen que apunta al Bulto.

El monje sintió un escalofrío.

No sabía por qué aquel nombre tan propio y tan genérico a la vez le producía tanto miedo.

LA PRISIÓN

—Yo ni siquiera pude conocer la prisión privada del capitán.

—¿La prisión?

—No es una cárcel común. Sólo los más importantes terminan en ese V.I.P.

—¿Qué hay dentro?

—Una mesa.

—¿Nada más?

—No hay ventanas. Está por debajo de la línea de flotación.

—¿Y los prisioneros?

Gonzáles tardó en contestar.

—Cuando pregunté, me dijeron que ya no eran prisioneros.

—¿Entonces qué eran?

—Recuerdos.

El monje no volvió a preguntar.

—Algunos dicen que te obsesiona el barco y no la caza del maldito capitán enemigo.

—Bien hacen en pensarlo.

Gonzáles miró la puerta.

—Yo vi una inscripción.

—¿Qué decía?

—AQUÍ TERMINA TU NOMBRE.

Debajo había una flecha marcada directamente sobre la madera.

—¿Hacia dónde apuntaba?

—Hacia abajo.

Un golpe seco retumbó bajo sus pies.

Los dos miraron el suelo.

—Cuando la nave se encabrita —dijo Gonzáles— todos los humanos nos hermanamos para intentar sobrevivirla.

Sacó la pequeña llave negra.

—De hecho, esta me la dio el mismo Morgan mientras se ahogaba.

LAS MAQUINACIONES

—Dicen que el poder está en el cuarto de las Maquinaciones.

—¿Dónde?

—Detrás de una pared falsa.

—¿Y qué hay?

—Mapas que cambian.

—Huesos utilizados como dados.

—Frascos con líquidos desconocidos.

—Amuletos.

—Monedas de barcos desaparecidos.

—Cartas náuticas con costas que no existen.

—Espejos cubiertos.

—Símbolos pintados en el suelo.

—Velas que nunca parecen consumirse.

Gonzáles negó con la cabeza.

—Patrañas.

—¿Entonces qué hay allí?

—El barco mismo es el amuleto.

Miró las tablas de la cubierta.

—Y los que van a bordo son los esclavos.

—¿Del Bulto?

—No.

La voz de Gonzáles bajó.

—El Bulto sólo habla, grita y da órdenes.

—¿Entonces qué es?

—Su boca.

El barco crujió.

No como crujen los barcos.

Como crujen los huesos.

—Ese maldito pedazo de troncos tiene un botón para matar al Bulto.

—¿Un botón?

—Sí.

—¿Dónde?

—Nadie lo sabe.

—¿Y por qué quieren al Bulto?

—Porque no muere.

Gonzáles sonrió sin alegría.

—Se alimenta de muertos.

EL CUARTO SECRETO

—Los piratas ingleses que sobrevivieron dicen que existe un cuarto secreto.

—¿Dónde?

—En el plano del barco.

—¿Y físicamente?

—Se te aparece en cualquier parte.

—¿Tiene cerradura?

—No.

—¿Pomo?

—Tampoco.

—Entonces, ¿cómo se entra?

—Eso es lo que no quieren contar.

—¿Qué guarda?

—Ellos decían que un tesoro.

Gonzáles negó con la cabeza.

—Yo digo que guarda algo que el maldito barco no quiere que nadie encuentre.

Un relámpago.

Luego otro.

—¡HELP! ¡HELP!

Los gritos de los ingleses parecieron salir de la tormenta.

Gonzáles continuó:

—Cuando mi barco se hundía en millones de astillas, ellos gritaban que alguien venía por ellos.

—¿Quién?

—Nunca lo dijeron.

—¿Y qué crees que hay ahí?

—Un museo de atrocidades.

Coronas.

Relojes.

Joyas.

Espadas.

Medallas.

Anillos.

Telescopios.

Brújulas.

Cartas.

Retratos.

Insignias de capitanes.

Todo lo que alguna vez perteneció a alguien que murió.

—LA MALA MADRE.

El nombre salió de Gonzáles como un rezo.

—¿Qué?

—La Mala Madre.

—No lo invoques.

—LA MALA MADRE.

Una ola gigantesca golpeó la cubierta.

Los hombres cayeron.

La tercera vez que Gonzáles intentó pronunciarlo, la ola se llevó a seis marineros.

Los hombres decidieron actuar.

Lo arrestaron.

EL CAPITÁN CONFINADO

Gonzáles se sintió más tranquilo en la habitación donde lo encerraron.

Se le prohibió, bajo pena de muerte, invocar a la bestia.

Los hombres habían recuperado la cordura.

Planeaban regresar.

Pero no se veía una sola estrella.

Y constantemente tenían que bajar a pedirle indicaciones.

Al grumete que lo custodiaba le dio por preguntar:

—¿Es cierto, mi capitán, que el Bulto sólo come capitanes?

Gonzáles soltó una carcajada.

—Falso.

—¿Entonces qué come?

—Yo vi al Bulto comerse cuatro ahogados.

—¿Cuatro?

—Sólo dos eran capitanes reales.

—¿Y los otros?

—Piratas comandando un barco.

El grumete tragó saliva.

—¿Y por qué los distingue?

—No los distingue.

—¿Entonces?

—Le da igual.

Gonzáles acercó la cara a los barrotes.

—El Bulto odia tanto al barco como yo.

Silencio.

—Por eso quiero meterme de cabeza en él.

Dos golpes de advertencia sonaron detrás de la puerta.

PUM. PUM.

Era hora de cambiar de tema.

Pero todos estaban obsesionados con algún aspecto de aquel barco sin forma.

Gonzáles continuó bajito, casi susurrándole al oído:

—A mí el Bulto me perdonó.

El grumete se acercó.

—¿Lo perdonó?

—Hasta podría decir que me salvó.

—¿De qué?

—Sólo el Bulto conoce sus pasadizos.

Pausa.

—Sus secretos.

—Los nombres de los muertos.

—Las rutas.

—Las órdenes.

—Las supersticiones.

—Los escondites.

Gonzáles respiró lentamente.

—Y tiene una característica terrible.

—¿Cuál?

—Siempre dice lo contrario.

—¿De qué?

—De todo.

Si el capitán grita:

—¡TODO A ESTRIBOR!

El Bulto responde con su misma voz:

—TODO A BABOR.

Y la gente que le teme...

sólo escucha al Bulto.

Si el capitán grita:

—¡CAÑONES PREPARADOS!

El Bulto grita:

—¡NO DISPARÉIS!

Si el capitán, desesperado, grita:

—¡BAJAD LAS VELAS!

El Bulto responde:

—¡SUBIDLAS!

Gonzáles cerró los ojos.

—Y a ve-ces...

Se detuvo.

—...tie-ne ra-zón.

EL GORDO

—¿Y el Bulto tiene contra?

—Sí.

—¿Cómo se llama?

—El Gordo.

—¿Está en el barco?

—Nunca sube.

—¿Entonces dónde está?

—Nada junto a él.

—¿Nada?

—Siempre.

—¿Y habla?

Gonzáles imitó el sonido.

—¡Hhhh... hhhhh... HhHhH!

El grumete palideció.

La puerta se abrió.

Entró el capitán elegido para relevar a Gonzáles.

—Queremos irnos.

Gonzáles lo miró.

—La pólvora está mojada. Vamos a casa. Tu esposa te espera.

Luego miró al grumete.

—Y Lina piensa en su hijita.

El grumete se quedó inmóvil.

El capitán elegido se acercó.

—Te voy a decir sólo un secreto de capitán a capitán.

Gonzáles sonrió.

—El Gordo come Bultos.

El capitán perdió el color.

—¿Y si nos encuentra?

—¿Qué me aconsejas al abordarlo?

Gonzáles miró hacia el techo.

—Busquen todos la garganta del barco.

—¿La garganta?

—Nadie duerme allí.

—...

—Nadie come allí.

—...

—Y nadie es capaz de atravesarla solo, sin importar el monto de la apuesta.

El capitán escuchaba inmóvil.

—Es el lugar más oscuro del barco.

—¿Dónde está?

—Entre el cuarto de las brujerías y la prisión de mujeres.

—¿El putiadero?

—Ese mismo.

Gonzáles sonrió.

—Porque dicen que cuando el barco está completamente oscuro puedes escuchar al antiguo capitán caminando dentro de las paredes.

PUM.

Algo sonó a lo lejos.

Después:

CRAAACK.

El mástil principal explotó.

Los hombres corrieron.

Gonzáles miró al nuevo capitán.

—Ahora seremos dos capitanes.

—¿Qué quieres decir?

—Tú dirás lo contrario de lo lógico.

Sonrió.

—Y yo diré lo que ordena el sentido común.

TRES DÍAS DESPUÉS

Los nativos de Santa Catalina encontraron los restos de otro naufragio.

Entre millones de astillas encontraron al capitán Gonzáles en estado de coma.

Estaba abrazado a algo.

Un bulto.

Asqueroso.

Apestoso.

Húmedo.

Pesado.

Nadie quiso tocarlo.

Pero Gonzáles no lo soltaba.

Los piratas tuvieron que revivirlo boca a boca.

Cuando abrió los ojos, lo primero que preguntó fue:

—¿Dónde está el Victorioso María?

Los piratas se miraron.

Pensaron que hablaba de corsarios.

Gonzáles hablaba de infantes de marina.

Jack se inclinó sobre él.

—Capitán...

Gonzáles intentó levantarse.

—¿Dónde están mis hombres?

—¿Tus hombres?

—¿Dónde está mi barco?

Jack señaló las ruinas.

—Eso fue lo que quedó.

Gonzáles miró alrededor.

No había barco.

No había mástiles.

No había velas.

No había tripulación.

Sólo arena, madera rota y el mar.

Y el Bulto.

Jack le puso una mano en el hombro.

—Tranquilo.

Gonzáles miró el objeto que todavía abrazaba.

Jack sonrió.

—El Bulto te arma un barco con tres palmeras.

Gonzáles dejó de respirar.

Porque detrás de Jack, en la playa, había tres palmeras.

Y entre ellas...

algo negro.

Muy lejos.

Demasiado lejos para ser un barco.

Pero lo primero que apareció sobre el horizonte fueron tres mástiles.

El Bulto abrió un ojo.

Y susurró:

—Todo a babor.

Thoughts

  • salmos23

    Qué detalle que el que sostiene la brújula sea justo el fraile que perdió la fe. Quien ya no sabe a dónde mirar termina cargando con el rumbo de los demás, y de verdad que eso pasa más seguido de lo que uno cree.

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  • Orlando

    Oye me gustó tu historia, solo la sentí algo rápida. Quizás profundizar en algunas cosas no estaría de más.

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  • egreso_o_muero

    Mirá, yo lo leí al revés: para mí el villano de verdad es el barco, que lo remendaron tantas veces que ya ni se parece a sí mismo y sigue zarpando como si nada. El Bulto por lo menos avisa, aunque avise todo dado vuelta, y hasta Gonzáles le termina dando la razón. ¿El cañón que apunta para adentro estaba desde la primera versión?

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  • versoenservilleta

    Oye, lo que más me ha durado de todo el viaje es que el Bulto siempre mande lo contrario y que Gonzáles admita, casi sílaba a sílaba, que a veces acierta. Ahí el barco deja de ser solo un barco maldito y se parece mucho a esa voz que te lleva la contraria por dentro justo cuando más claro lo tienes. Y el final con las tres palmeras me ha dejado con frío: apuesto a que Gonzáles vuelve a subir, aunque sepa de sobra lo que le espera abajo.

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El viejo barco había sido reparado tantas veces que ya no parecía un barco.

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