Por Itzayana Martínez
Formada por una línea roja y porosa,
a lo lejos,
una silueta deslumbrante
que te envuelve.
Es la línea del no retorno
y el amplio espectro de la espera;
sí,
la paciencia eterna.
Los faroles de mi alma
vislumbran la tierra prometida.
Mis manos quieren crear un mapa
sin retorno a casa.
Quiero explorar.
Quiero explorarte.
Quiero que me explores.
Quiero que nos exploremos.
Y, en ese andar,
enviciarnos,
hasta olvidar el camino
y jamás soltarnos.
Eres mi fruta prohibida,
y yo, una simple soñadora
que aspira no a poseerte,
sino a probar un poco
de esa libertad
que tanto me inspira.
Cada aleteo tuyo
es aterrador
y, a la vez, encantador.
Es extraño disfrutar tu vuelo
y, al mismo tiempo,
tener miedo de que algún día
quieras explorar otras tierras.
Y yo me quede aquí,
como una narradora
de que alguna vez existió
un ser cuyo vuelo
estaba cargado de tanta luz
que cegaba.
Un ser cuyos aleteos
te llevaban a lugares secretos,
cuya silueta te envolvía,
cuyos besos eran la prueba
de que existe vida.
Pero vuela.
Vuela,
que yo guardaré
el lugar secreto
donde habitan las catarinas.
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