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EL LOBO Y LA OVEJA

MSM
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I. El encuentro En el valle donde la hierba se mece como un mar esmeralda bajo el viento, una oveja caminaba sola. No era rebeldía lo que la había sacado de su rebaño, sino hambre. Hambre sencilla,…

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I. El encuentro

En el valle donde la hierba se mece como un mar esmeralda bajo el viento, una oveja caminaba sola. No era rebeldía lo que la había sacado de su rebaño, sino hambre. Hambre sencilla, urgente, de esa que empuja a cualquier criatura a buscar lo que necesita, incluso si debe alejarse de lo conocido.

Mientras mordisqueaba hojas tiernas a la sombra de un roble, no sabía que unos ojos la seguían desde el espesor del bosque. Eran ojos grises, como tormenta contenida, y pertenecían a un lobo que había aprendido a moverse sin ruido, con la paciencia del depredador que conoce el arte de esperar.

Para él, la oveja era un objetivo fácil. Un salto, una mordida, y el ciclo seguiría su curso.

La lluvia de la noche anterior había cubierto de barro y hojas una trampa vieja: hierro oxidado que un cazador olvidó y el bosque no perdonó. El lobo, fijo en el cuello blanco, no olfateó el metal.

El salto terminó en un aullido desgarrador y un golpe seco. La pata se torció con un chasquido. La bestia rodó por la hierba.

La oveja alzó la cabeza. Su instinto dijo huye. Las patas no se movieron. Miró la sangre que manchaba el suelo, la impotencia en aquel cuerpo poderoso. Dio un paso atrás… y luego otro hacia adelante.

Pasaron horas. El lobo, agotado, ya no gruñía. Solo respiraba con dificultad. Cuando el miedo cedió lo suficiente, ella se acercó. Primero a unos metros, luego a uno solo.

Mientras el sol se escondía detrás de las colinas, comenzó a llevarle agua en el hocico y a acercarle hierbas frescas. El lobo no la atacó. No podía.

El óxido y los años vencieron el cierre de la trampa, poco a poco, mientras aquellos cuidados le devolvían el aliento. Días después, cuando el lobo pudo al fin ponerse en pie, no volvió a los bosques en busca de otras presas. Ella echó a andar hacia el valle. Él la siguió, todavía cojeando. Tal vez era curiosidad. Tal vez gratitud. Tal vez algo que todavía no tenía nombre.

Caminó junto a ella hasta el límite donde pastaba el rebaño.

Allí, al ver cómo todas las ovejas huían aterradas al notar su sombra, comprendió lo que su instinto nunca le había enseñado: no hay herida más profunda que la del rechazo.

La oveja miró hacia atrás, con tristeza, queriendo que se quedara. Él, con el pecho apretado, dio media vuelta y se perdió entre los árboles.

O eso creyó ella.

Porque desde ese día el lobo no se fue. Solo aprendió a mirar desde la distancia.

Thoughts

  • AlmaCorrea

    Que la oveja se haya ido por hambre y no por valiente es lo más cierto que tiene todo el cuento. La gente se sale de su lugar por necesidad casi siempre, y después de afuera le ponen nombres bonitos, que se buscó la vida o que quiso volar. Es hambre y ya.

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  • rgaray4116

    El final me dejó pensando en un perro que estuvo dos años frente a una casa donde ya no lo dejaban entrar. Dormía enfrente, cruzaba cuando no lo veían y volvía a su lugar de siempre. Nadie lo echó nunca y tampoco lo llamaron. Su lobo aprendiendo a mirar desde la distancia es eso mismo, y me resulta más duro que si se hubiera ido del todo.

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  • libretanegra

    Me llevé a mano la parte donde el lobo entiende lo del rechazo recién cuando ve que todas huyen de su sombra. Quedó anotada al lado de una línea vieja sobre los perros que esperan en la vereda a alguien que no vuelve.

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  • fcorrea92

    Me quedé esperando la parte que sigue aunque el final ya cierre, así soy. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo del lobo que mira desde lejos?

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  • NoeliaBastida

    La oveja pudo irse tranquila cuando el lobo ya no podía moverse, y se quedó igual, horas y después días. Acercarse primero a unos pasos y luego a uno solo es tal cual como ocurre cuando a alguien se le cae el miedo.

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  • Ovid

    Lo de la trampa que cede por el óxido y no porque alguien la fuerce se me quedó dando vueltas. Me hace pensar en que casi nadie se salva de golpe, uno sale de a poco y con alguien al lado trayendo agua. El lobo aprendiendo a mirar de lejos me parece la parte más honesta del cuento.

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  • GasparLeon

    Bien vistas esas trampas de fierro: quedaban años en el monte tapadas de hojas, y muchas veces lo que terminaba aflojándolas era el óxido y no la fuerza de nadie. El cazador que la dejó ahí ya ni se acordaba de ella, y el bosque siguió cobrándola igual, a quien pasara.

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