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El infiltrado (2) Sensible Spoiler

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Pensamiento

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leoenvozalta

Esta parte se la leí a mi abuela y me paró en las botas del gordo Jaime, que con tacón y todo le dieron risa un buen rato. Cuando el que se tira al agua le quita las botas al marinero y lo deja hundirse, ya no se rió y dijo que así mismo es la gente con l

Esta parte se la leí a mi abuela y me paró en las botas del gordo Jaime, que con tacón y todo le dieron risa un buen rato. Cuando el que se tira al agua le quita las botas al marinero y lo deja hundirse, ya no se rió y dijo que así mismo es la gente con la plata. En la batalla se quedó callada. Al final, cuando los ingleses se ríen de Majdalena, me dijo que esa reina sí existe y que Jaime la va a conocer peor de lo que cree. Yo le apuesto a que tiene razón.

Contenido de la publicación

Parte II

La batalla comenzó una semana antes del primer cañonazo.

Comenzó el mismo día en que el vigía vio algo.

Desde entonces nadie se quitó las botas.

Dormían con ellas. Comían con ellas. Defecaban con ellas. Morían con ellas.

Las más famosas eran las del gordo Jaime: dolorosas, olorosas, resbaladizas y con tacón. Nadie hablaba ya de abandonarlo en una isla. Solo se hablaba de sus botas.

La obsesión llegó tan lejos que un marinero cayó al agua y el hombre que se lanzó a salvarlo terminó ayudándolo a ahogarse después de quitarle las botas.

Todos guardaban tesoros allí dentro.

Reliquias.

Monedas.

Insignias.

Pequeñas bolsas de oro capaces de hundir a un hombre.

Jaime solo llevaba una carta encerada de su madre y una llave negra y podrida.

—Todos saben que eres soldado —dijo el contramaestre Jan Arend—. Sabemos que te hiciste pirata para cazarlos. Pero aquí, en Holanda, un bandido es un bandido. Pasaste la prueba cuando le quitaste la pistola a Willem sin saber que estaba descargada y le apuntaste a los ojos con ganas.

El contramaestre soltó una carcajada.

—Por eso trapeabas cubierta. Ustedes los militares siempre quieren arreglar el país.

Le sirvió otra copa.

—Mira cómo bebes licor de frutas. Ahora sí te asusté.

—Bebo porque todos vamos a ser útiles —respondió Jaime—. Y porque al final de este encuentro todos vamos a morir de una forma u otra.

—¡Soldado! Espero que tus libros sirvan de algo. Sube al volante. Tres... dos... uno...

Jaime corrió borracho, tropezó y cayó de cara.

La tripulación entera estalló en carcajadas.

—Aquí también cazamos piratas —continuó Arend mientras le arrebataba una copa y la vaciaba de un trago—. Y si te capturan, serás nuestro capitán. El primer paso para sobrevivir es lograr que te subestimen.

Las botas de Arend eran distintas.

No eran gordas.

Se aferraban a las pantorrillas como armadura.

Botas embarradas.

Botas mojadas.

Botas manchadas con sangre vieja.

Botas de alguien que había pasado media vida en guerra.

—Señor... yo no pensaba traicionarlos.

—A partir de ahora tu misión será traicionarnos.

Jaime lo miró sin entender.

—Necesito que los ingleses crean que hemos caído en una de sus trampas. Bebe otra copa.

Arend señaló el horizonte.

—En la otra nave está el verdadero tesoro.

Bebió.

Sonrió.

—Yo no quiero oro. Quiero al capitán inglés. O al oficial de mayor rango que sobreviva. Mi reina, la reina católica de España, me prometió un castillo por cualquiera de esos malnacidos.

—Es un trato.

—Vivo —corrigió Jaime—. Solo sirve si canta.

—La reina de Inglaterra hace cantar una cabeza podrida. La mía quiere una viva.

La tripulación rio.

Luego dejó de reír.

Porque el contramaestre levantó la cabeza.

Y escuchó.

El mar estaba demasiado tranquilo.

—Cuando el océano guarda silencio es porque está escuchando.

Nadie habló.

Las copas fueron arrojadas al agua.

Solo quedó el viento.

Entonces el rostro de Arend cambió.

Mala señal.

Cuando el contramaestre pensaba, alguien terminaba muerto.

—Corre a proa —ordenó—. Pregunta si han visto velas.

Jaime corrió.

Volvió.

Nada.

Nadie había visto nada.

Pero Arend ya observaba el horizonte a través de un catalejo.

Y entonces sonó la campana.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Toda la cubierta quedó inmóvil.

Porque la campana no venía de cubierta.

Venía del cielo.

Del vigía.

El hombre descendió por las cuerdas con el rostro blanco.

Detrás de él apareció el barco enemigo.

Pesado.

Lento.

Repleto.

La razón de todo aquello.

Cajas de oro.

Plata americana.

Esmeraldas.

Lingotes.

Fortunas capaces de comprar reinos.

—Cientos de vidas —pensó Arend.

—Cientos de kilómetros.

—Cientos de mentiras.

Todo reducido a unas cuantas cajas ocultas bajo tablones.

Los hombres morían por ellas.

Las cajas permanecían inmóviles.

Indiferentes.

Como dioses griegos.

Los cañones fueron descubiertos.

Las mechas repartidas.

La cubierta cubierta de arena para que la sangre no volviera resbaladiza la madera.

Aquello fue lo que más impresionó a Jaime.

La naturalidad.

Como si todos supieran exactamente dónde iban a morir.

Arend lo agarró por el cuello.

—Escucha bien.

—Sí, señor.

—Cuando empiece, te escondes.

—Sí, señor.

—Y si me matan...

No terminó la frase.

Ambos sabían qué ocurriría.

Nadie tendría tiempo para preocuparse por él.

Escupió al mar.

—Malditos ingleses.

El plan era simple.

Capturarlos.

No hundirlos.

El oro no sirve de nada en el fondo del océano.

Los dos navíos holandeses comenzaron a abrirse.

Uno por babor.

Otro por estribor.

La trampa perfecta.

Los ingleses navegaban directamente hacia ella.

Entonces llegó el primer disparo.

No sonó.

Rugió.

El mundo entero explotó.

La cubierta tembló.

Astillas atravesaron el aire.

Jaime sintió madera entre los dientes.

Un marinero perdió la mandíbula.

Otro una pierna.

Un tercero desapareció.

Donde había un hombre ahora solo quedaba humo rojo.

Treinta cañones respondieron.

Treinta relámpagos.

Treinta golpes capaces de partir una montaña.

El humo cubrió el mar.

No había cielo.

No había agua.

No había enemigos.

Solo pólvora.

Y gritos.

Muchos gritos.

Los ingleses estaban ganando.

No porque dispararan mejor.

Porque disparaban donde debían.

Jarcias.

Mástiles.

Timones.

Querían inmovilizar.

Y lo estaban logrando.

Una andanada arrancó el aparejo principal.

Otra destrozó la vela mayor.

Arend desapareció entre el humo.

Volvió con dos mosquetes y una daga entre los dientes.

Jaime sintió el mástil vibrar bajo sus botas.

Por primera vez pensó en esconderse.

Por primera vez pensó en morir.

Entonces vio los ganchos.

Docenas.

Volando por el aire.

Los ingleses venían al abordaje.

Desenfundó un hacha.

No una espada.

Un hacha.

Las espadas sirven para los desfiles.

Las hachas atraviesan puertas.

Y personas.

Los primeros ingleses cruzaron las bordas.

El ruido cambió.

Los cañones desaparecieron.

Ahora eran cuchillos.

Madera.

Huesos.

Gritos.

Jaime golpeó.

Escuchó un cráneo partirse.

Nunca olvidaría aquel sonido.

Vio a Arend derribar a uno.

Luego a otro.

Luego a un tercero.

Como un carnicero.

Hasta que una bala lo alcanzó.

No cayó.

Ni se detuvo.

Siguió avanzando entre el humo.

Pero la sangre comenzó a correr por su chaqueta.

Y Jaime comprendió que la batalla estaba perdida.

Cuando los ingleses tomaron la cubierta dejó de ser soldado.

Dejó de ser pirata.

Dejó de ser infiltrado.

Se convirtió en un objetivo.

Lo arrastraron al centro del barco enemigo.

Y allí vio el oro.

La razón de todo.

Los hombres seguían muriendo.

Las cajas seguían inmóviles.

Indiferentes.

Cuando el sol se ocultó, el mar estaba cubierto de restos.

Mástiles.

Barriles.

Cadáveres.

Velas desgarradas.

Y sangre.

Mucha sangre.

Los ingleses habían capturado el tesoro.

Los holandeses habían perdido la ruta.

Y el océano había cobrado su comisión habitual.

Años después nadie recordaría al vigía.

Ni al paje.

Ni siquiera al contramaestre Jan Arend.

Pero todos recordarían el oro.

Porque los hombres creen que hacen la guerra por honor.

Hasta que ven suficiente sangre.

Entonces descubren que casi siempre era por dinero.

—Mientras siga vivo, voy ganando —dijo Jaime al capitán William Blackwood.

—Te llevaré ante la Reina Negra. Eres la cabeza viva que busca Majdalena.

Blackwood sonrió.

—¿Majdalena existe?

Los ingleses rieron.

Y por primera vez el valiente Jaime tragó saliva.

Thoughts

  • dudaMetodica

    La arena en cubierta antes del primer disparo me heló más que el abordaje. Si te gusta el doble juego de Jaime, «RUN AWAY 6-7», otra serie del grupo, también tiene fundadores que viven con un segundo nombre.

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  • leoenvozalta

    El despertar Capitulo 4 sigue en este grupo a una protagonista atrapada en un lugar ajeno, sin saber en quién confiar. Otra serie que sostiene la tensión de una parte a la siguiente.

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  • capturadepantalla

    Ojo: Arend habla de Holanda y después jura por la reina católica de España. En esa época holandeses y españoles se mataban entre ellos, así que Arend también juega doble 👀

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  • lucha_de_clases_o

    Al tiro me fui al cierre, eso de que creen pelear por honor hasta que ven suficiente sangre. Le falta una vuelta, cachái. Los que mueren en cubierta nunca iban a tocar ese oro, el vigía, el paje, el marinero sin mandíbula. El que cobra es una reina que pide cabezas vivas desde lejos, y Arend tampoco quería oro, quería su castillo. Por eso nadie recuerda al paje y todos recuerdan las cajas: el dinero era de otros desde antes del primer cañonazo.

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  • leoenvozalta

    Esta parte se la leí a mi abuela y me paró en las botas del gordo Jaime, que con tacón y todo le dieron risa un buen rato. Cuando el que se tira al agua le quita las botas al marinero y lo deja hundirse, ya no se rió y dijo que así mismo es la gente con la plata. En la batalla se quedó callada. Al final, cuando los ingleses se ríen de Majdalena, me dijo que esa reina sí existe y que Jaime la va a conocer peor de lo que cree. Yo le apuesto a que tiene razón.

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  • RaulF23

    Ese Arend me cayó bien desde la primera copa. Con bala y todo seguía avanzando, yo todavía no lo doy por muerto.

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La batalla comenzó una semana antes del primer cañonazo.

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