Milagros & Alessandro Viale-Giraldi 🤍
El problema de las conversaciones importantes era que nunca terminaban exactamente cuando una esperaba.
A veces, las palabras se quedaban dando vueltas en la cabeza durante horas. Otras veces, una mirada aparentemente insignificante adquirĂa un significado completamente nuevo. Y, en ocasiones, bastaba con que alguien pronunciara tu nombre de una manera diferente para que empezaras a cuestionarte todo lo que creĂas tener bajo control.
Eso fue precisamente lo que me pasĂł con Alessandro.
DespuĂ©s de aquella conversaciĂłn, intentĂ© continuar con mi vida como si nada hubiera cambiado. Me levantĂ© a la mañana siguiente, preparĂ© cafĂ©, respondĂ algunos mensajes y organicĂ© las cosas que tenĂa pendientes para la semana.
Todo bastante normal.
El único inconveniente era que ahora pensaba demasiado en él.
En su voz cuando hablaba conmigo por telĂ©fono. En la forma en que se quedaba escuchándome incluso cuando yo misma perdĂa el hilo de lo que estaba contando. En cĂłmo recordaba detalles absurdamente pequeños sobre mĂ.
Y, sobre todo, en aquella costumbre suya de mirarme unos segundos más de lo necesario antes de sonreĂr.
No era justo.
Una tenĂa que poder desayunar tranquila sin recordar la sonrisa de su mejor amigo.
Aparentemente, mi cerebro no estaba de acuerdo.
El sábado por la mañana, Alessandro me escribió.
Alessandro: Buongiorno, dormigliona.
Milagros: Buenos dĂas para vos tambiĂ©n, maleducado.
Alessandro: Son las diez y media.
Milagros: ÂżY?
Alessandro: Nada. Me sorprende que sigas viva.
Milagros: Bloqueado.
Alessandro: Qué carácter. ¿Desayunaste?
Milagros: Estoy por hacerlo.
Alessandro: Eso significa que todavĂa no desayunaste.
Milagros: Qué inteligente sos, Aless. ¿Te dieron un premio?
Alessandro: Estoy esperando que me entreguen el Nobel. Mientras tanto, vestite.
Fruncà el ceño frente a la pantalla.
Milagros: ¿Para qué?
Alessandro: Paso a buscarte en cuarenta minutos.
Milagros: Alessandro.
Alessandro: Milagros.
Milagros: No podés aparecer en mi casa cada vez que se te ocurre.
Alessandro: Tenés razón.
Me quedé mirando la pantalla.
Un segundo después, llegó otro mensaje.
Alessandro: ÂżPreferĂs que llegue en cincuenta minutos?
Solté una carcajada.
Ese hombre tenĂa una capacidad extraordinaria para hacerme perder cualquier discusiĂłn.
Milagros: Sos insoportable.
Alessandro: Y, sin embargo, me querés.
DejĂ© de sonreĂr durante un instante.
AhĂ estaba otra vez.
Una frase que, en cualquier otro momento, habrĂa respondido con una broma automática. Algo como lamentablemente o estoy trabajando en eso.
Pero ahora las cosas eran distintas.
Ahora me preguntaba si alguna vez Ă©l tambiĂ©n habĂa pensado en lo que significarĂa quererme de otra manera.
No como amiga.
No como la persona a la que llamaba cuando necesitaba hablar.
Sino como una mujer a la que podĂa mirar y desear besar.
Tragué saliva y escribà lo primero que se me ocurrió.
Milagros: No te agrandes.
Alessandro: Demasiado tarde.
Cuarenta minutos después, escuché el timbre.
Cuando abrĂ la puerta, Alessandro estaba apoyado ligeramente contra el marco, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalĂłn y una expresiĂłn tranquila.
Llevaba unos pantalones oscuros, una camiseta blanca y una chaqueta ligera. TenĂa el cabello castaño un poco despeinado, como si se hubiera pasado la mano por Ă©l varias veces antes de salir.
Sus ojos color avellana se detuvieron en mi rostro.
—Hola —dijo.
—Hola.
Me mirĂł durante un segundo.
—¿Qué?
Entrecerré los ojos.
—¿Qué de qué?
—Me estás mirando raro.
—No te estoy mirando raro.
—Mili, llevás cinco segundos mirándome sin decir nada.
—Estoy comprobando si sos tan insoportable en persona como por mensaje.
SonriĂł.
Y aparecieron aquellos hoyuelos.
Perfecto. Fantástico. Maravilloso.
Mi mañana ya estaba arruinada.
—¿Y cuál es el resultado? —preguntó.
—TodavĂa estoy evaluándolo.
—Tomate tu tiempo.
Se inclinĂł para darme un beso en la mejilla, como hacĂa siempre.
El problema fue que, cuando se apartĂł, no se alejĂł inmediatamente.
Su mano descansĂł un instante sobre mi brazo y sus ojos buscaron los mĂos.
—Estás linda —dijo con naturalidad.
—Gracias.
—¿Eso es todo?
—¿Qué querés que te diga?
—No sé. Un cumplido de vuelta. Estoy haciendo un esfuerzo considerable por ser encantador esta mañana.
Me reĂ.
—Estás bastante guapo.
Alessandro arqueĂł las cejas.
—¿Bastante?
—No te emociones.
—Demasiado tarde, otra vez.
Se rio por lo bajo y apartó la mirada, aunque no antes de que yo notara algo extraño en su expresión.
Una especie de satisfacciĂłn tĂmida.
Como si mi respuesta le hubiera importado más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y aquella pequeña posibilidad me acompañó durante todo el camino hasta el automóvil.
Alessandro habĂa decidido llevarme a desayunar a una cafeterĂa que habĂa descubierto cerca del centro histĂłrico.
Era uno de esos lugares pequeños, con mesas de madera, ventanales altos y plantas junto a la entrada. OlĂa a cafĂ© reciĂ©n molido y a masa dulce reciĂ©n horneada. Desde nuestra mesa se escuchaba el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las cucharillas contra las tazas.
Me gustaba estar allĂ.
Pero, sobre todo, me gustaba estar allà con él.
Nos sentamos junto a la ventana y pedimos cafĂ©, algo para desayunar y un par de cosas más que Alessandro insistiĂł en elegir porque, segĂşn Ă©l, yo tenĂa una relaciĂłn emocionalmente cuestionable con los postres.
—No entiendo por qué me juzgás —protesté cuando llegó el pedido.
—No te juzgo.
MirĂł mi plato.
Después miró el suyo.
—Solo quiero entender cómo una persona puede desayunar dos cosas dulces y seguir teniendo hambre.
—Porque tengo una personalidad compleja.
—Ah, claro.
—Y porque vos pediste lo mismo.
Alessandro bajĂł la mirada hacia su plato.
—No veo de qué manera eso invalida mi argumento.
—Sos un caradura.
—Pero te traje a desayunar.
—Eso no te hace menos caradura.
SonriĂł y me acercĂł la taza.
—Tomá, antes de que empieces a discutir también con el café.
Me acomodé en la silla, riéndome.
Y durante un rato todo fue exactamente como siempre.
Hablamos de libros, de una pelĂcula que habĂamos visto la semana anterior y de las cosas que tenĂamos pendientes. Alessandro me contĂł una anĂ©cdota de su trabajo y yo le expliquĂ© algo que me habĂa pasado unos dĂas antes.
Me escuchaba con atenciĂłn, hacĂa preguntas y, de vez en cuando, interrumpĂa mi relato para señalar alguna contradicciĂłn.
Era nuestra dinámica habitual.
La diferencia era que, ahora, yo también prestaba atención a otras cosas.
A cĂłmo apoyaba los antebrazos sobre la mesa cuando querĂa escucharme mejor.
A la manera en que sonreĂa antes de responderme.
A cĂłmo me apartĂł una servilleta que estaba a punto de caer al suelo sin interrumpir la conversaciĂłn.
Pequeños gestos.
Cosas que habĂa visto cientos de veces.
Solo que ahora me parecĂan peligrosamente bonitas.
—Mili.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Te fuiste.
—Estoy acá.
—FĂsicamente, sĂ.
Solté una risita nerviosa.
—Estoy pensando.
—Eso suele ser peligroso.
—¿Podés dejar de hacer chistes durante treinta segundos?
Alessandro dejĂł su taza sobre el plato.
—SĂ.
Lo dijo con tanta seriedad que terminé riéndome otra vez.
—Sos imposible.
—Eso ya me lo dijiste hoy.
—Y te lo voy a repetir.
—Lo espero con ilusión.
Se quedĂł observándome, todavĂa sonriendo.
Después, su expresión se suavizó.
—¿Estás bien de verdad?
La pregunta me desarmĂł un poquito.
Porque Alessandro era asĂ.
PodĂa pasarse diez minutos burlándose de mĂ por elegir un postre, pero tambiĂ©n era capaz de notar cuándo mi sonrisa no terminaba de llegarme a los ojos.
—Sà —respondĂ—. Estoy bien.
No pareciĂł completamente convencido.
—¿Segura?
AsentĂ.
—Solo estoy un poco pensativa.
—¿Por algo en particular?
Bajé la mirada hacia mi taza.
PodrĂa haberle dicho que no.
PodrĂa haber cambiado de tema y continuar con nuestra mañana como si la conversaciĂłn de la noche anterior nunca hubiera existido.
Pero estaba cansada de fingir que ciertas cosas no me afectaban.
Y, si habĂa alguien con quien querĂa aprender a hablar con sinceridad, era Ă©l.
—Por nosotros —admitĂ.
Alessandro se quedĂł quieto.
No hizo ningĂşn comentario ingenioso. No intentĂł suavizar el momento con una broma.
Simplemente me mirĂł.
—¿Por nosotros? —repitió despacio.
AsentĂ.
—SĂ.
Hubo una pausa.
Él se acomodó en la silla y pasó el pulgar por el borde de su taza.
—Está bien —dijo finalmente—. Hablemos.
Y aquella respuesta tan sencilla me dio más tranquilidad de la que esperaba.
No parecĂa enfadado.
Tampoco incĂłmodo.
Estaba dispuesto a escucharme.
—No sé muy bien cómo explicarlo —comencé—. Me da un poco de vergüenza, en realidad.
—No tenés que explicarlo perfectamente.
Levanté los ojos.
—¿No?
NegĂł con la cabeza.
—No estamos en una entrevista de trabajo, Mili.
Me reĂ por lo bajo.
—Gracias, eso me tranquiliza muchĂsimo.
—De nada. Cobro barato.
Respiré hondo.
—Lo que quiero decir es que nuestra amistad significa muchĂsimo para mĂ. No quiero perderla ni arruinar algo bonito por intentar convertirlo en otra cosa.
Alessandro asintiĂł lentamente.
—Lo entiendo.
—Y tampoco quiero que empieces a sentir que tenés que comportarte de determinada manera conmigo porque yo te diga lo que me pasa. No quiero presionarte.
—No me estás presionando.
—Pero...
—Mili.
Me callé.
Su voz seguĂa siendo tranquila.
—PodĂ©s decirme lo que sentĂs sin hacerte responsable de lo que yo sienta. Y yo puedo escucharte sin que eso signifique que tengamos que decidir ahora quĂ© va a pasar con nosotros.
Lo miré en silencio.
Era exactamente lo que necesitaba escuchar.
No una promesa.
No una respuesta perfecta.
Solo la tranquilidad de saber que podĂa ser sincera sin poner en riesgo todo lo que habĂamos construido.
—Gracias —murmuré.
Alessandro ladeĂł ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
—Por no hacer que esto sea raro.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
—Mili, vos me viste con fiebre, despeinado, de mal humor y tratando de cocinar pasta mientras hablaba por teléfono con mi madre. Creo que nuestra relación sobrevivirá a una conversación incómoda.
Me reĂ.
—La pasta estaba horrible.
—La pasta estaba perfectamente bien.
—Estaba pegada.
—Era una textura diferente.
—Era cemento, Alessandro.
Se llevĂł una mano al pecho, fingiendo indignaciĂłn.
—No puedo creer que esté compartiendo mi desayuno con una persona tan cruel.
Y, de pronto, volvimos a reĂrnos.
Sin darnos cuenta, la tensiĂłn empezĂł a desaparecer.
Pero algo habĂa cambiado.
No porque hubiéramos llegado a una conclusión.
Sino porque, por primera vez, habĂamos hablado de lo que nos pasaba sin escondernos detrás de nuestras bromas.
---
Después del desayuno, caminamos sin prisa por las calles de Florencia.
El cielo estaba despejado y el sol calentaba suavemente las fachadas de los edificios. HabĂa turistas haciendo fotografĂas, bicicletas que pasaban entre los peatones y el olor a pan reciĂ©n hecho que salĂa de una pequeña panaderĂa.
Alessandro caminaba a mi lado, con una mano en el bolsillo y la otra libre.
En una esquina, extendiĂł la mano hacia mĂ sin decir nada.
La miré.
Después lo miré a él.
—¿Qué hacés?
BajĂł los ojos hacia su mano.
—¿Te estoy ofreciendo una negociación comercial?
Me reĂ.
—No, pero...
—¿Pero?
Miré su mano una vez más.
—Nada.
Entrelacé mis dedos con los suyos.
Alessandro cerrĂł suavemente la mano alrededor de la mĂa y continuĂł caminando.
No hizo ningĂşn comentario.
No me mirĂł para comprobar mi reacciĂłn.
Simplemente siguiĂł a mi lado, como si tomarme de la mano fuera una cosa tan natural como respirar.
Y quizá siempre habĂa sido asĂ.
Quizá la diferencia estaba en que ahora yo era consciente de la calidez de sus dedos, del roce de su pulgar sobre mis nudillos y de la manera en que adaptaba el paso al mĂo sin que tuviera que pedĂrselo.
—¿En qué pensás? —preguntó al cabo de un rato.
—En nada.
GirĂł la cabeza hacia mĂ.
—Mentira.
—¿Ahora también sos experto en mis pensamientos?
—No. Pero te conozco.
Bajé la mirada hacia nuestras manos unidas.
—Estaba pensando que me gusta esto.
Alessandro no respondiĂł inmediatamente.
—¿Caminar?
—Caminar con vos.
Lo vi sonreĂr de reojo.
—Ah.
—No digas «ah».
—¿Qué querés que diga?
—No sé. Algo normal.
—Me gusta caminar con vos también.
Lo dijo sin exagerar, sin intentar convertirlo en una frase memorable.
Y, precisamente por eso, me llegĂł tanto.
Seguimos andando.
Al doblar una calle, nos encontramos frente a una librerĂa pequeña, escondida entre dos edificios antiguos. Me detuve inmediatamente.
Alessandro también se detuvo.
MirĂł el escaparate.
DespuĂ©s me mirĂł a mĂ.
—Ya sé lo que estás pensando.
—No tenés ni idea.
—Querés entrar.
—Quizá.
—Y después vas a decirme que solo querés mirar.
—Porque solo quiero mirar.
Me dedicĂł una sonrisa de absoluta incredulidad.
—Claro, tesoro.
Me quedé quieta.
No por la palabra en sĂ.
Sino por la naturalidad con la que la habĂa pronunciado.
Tesoro.
Alessandro parecĂa no haber reparado en el efecto que habĂa tenido sobre mĂ. Ya estaba abriendo la puerta de la librerĂa.
—¿VenĂs?
Parpadeé y reaccioné.
—SĂ, ya voy.
Entré detrás de él intentando convencerme de que no acababa de guardar aquella palabra en algún rincón peligrosamente importante de mi memoria.
---
Pasamos casi una hora entre estanterĂas.
Alessandro encontró un libro de arquitectura que llevaba tiempo buscando y yo terminé con una novela entre las manos.
Nos mostramos nuestros hallazgos, discutimos sobre las portadas y terminamos recomendándonos lecturas como hacĂamos siempre.
En un momento, me alejĂ© unos pasos para mirar una secciĂłn de poesĂa.
Cuando regresé, encontré a Alessandro leyendo la contraportada de otro libro.
—¿Ese también te lo vas a comprar? —pregunté.
LevantĂł la mirada.
—Estoy considerando mis opciones.
—TenĂ©s una pila de libros en casa que todavĂa no terminaste.
—No veo cómo eso sea relevante.
—Porque estás comprando más.
—Mili, vos tenĂ©s una colecciĂłn de libros que probablemente podrĂa utilizarse para construir una pequeña vivienda.
—Eso es diferente.
—Por supuesto.
Me acerquĂ© para mirar el tĂtulo.
—Ese es buenĂsimo.
—¿Lo leĂste?
—SĂ. Me gustĂł muchĂsimo.
Alessandro observó el libro unos segundos y después lo añadió a su compra.
—Entonces me lo llevo.
SonreĂ.
—¿Porque te lo recomendé?
Me mirĂł como si la respuesta fuera evidente.
—SĂ.
Algo cálido se me instaló en el pecho.
No era un regalo caro ni una sorpresa elaborada. Ni siquiera era algo que estuviera haciendo por mĂ directamente.
Era, sencillamente, que confiaba en mi criterio.
Que le interesaban mis gustos.
Que querĂa conocer las cosas que a mĂ me gustaban.
A veces, el cariño estaba en esos detalles.
En prestar atenciĂłn.
En recordar.
En dejar que otra persona te mostrara su mundo y estar dispuesto a descubrirlo.
Cuando salimos, Alessandro llevaba su bolsa de libros y yo abrazaba la mĂa contra el pecho.
—¿Tenés hambre? —preguntó.
Lo miré con incredulidad.
—¿Otra vez?
—No me respondiste.
—Acabamos de desayunar.
—Hace casi dos horas.
—No puedo creer que estés midiendo el tiempo transcurrido desde que comimos.
—Tengo una excelente relación con la comida.
Solté una carcajada.
—Sos un caso perdido.
—Pero conozco un sitio donde hacen una pasta increĂble.
Lo pensé durante un segundo.
—Está bien.
Alessandro sonriĂł.
—SabĂa que podĂa convencerte.
—Voy por la pasta, no por vos.
—Por supuesto, amore.
Y siguió caminando como si no acabara de complicarme la existencia por segunda vez aquella mañana.
---
Más tarde, mientras regresábamos, me quedé mirando por la ventanilla.
HabĂamos pasado el dĂa hablando de cosas sencillas, comiendo, caminando y riĂ©ndonos de tonterĂas.
No habĂa sucedido nada extraordinario.
Ninguna declaraciĂłn.
NingĂşn beso inesperado.
Ninguna promesa sobre el futuro.
Y, sin embargo, sentĂa que habĂa sido uno de los dĂas más importantes que habĂamos compartido en mucho tiempo.
Porque ahora sabĂa que podĂa hablar con Alessandro de lo que sentĂa.
Que no necesitaba ocultarme detrás de una versión más despreocupada de mà misma para conservar su cariño.
Que Ă©l podĂa escucharme sin intentar resolverlo todo inmediatamente.
Y que, aunque todavĂa no supiĂ©ramos quĂ© significaba aquel cambio entre nosotros, no tenĂamos que apresurarnos a ponerle un nombre.
Cuando llegamos a mi departamento, Alessandro apagĂł el motor.
Me desabroché el cinturón y me volvà hacia él.
—Gracias por hoy.
—¿Por llevarte a desayunar?
—Por todo.
Me observĂł durante unos segundos.
Después sonrió con ternura.
—Siempre podés contar conmigo, Mili. Lo sabés, ¿no?
AsentĂ.
—SĂ.
—Bien.
Se inclinĂł hacia mĂ y me dio un beso en la frente.
Fue un gesto breve, familiar, de esos que no necesitaban explicaciones.
Pero, cuando se apartĂł, ninguno de los dos hablĂł inmediatamente.
Nuestros rostros estaban cerca.
PodĂa distinguir las pequeñas pecas sobre su nariz y el tono dorado de sus ojos bajo la luz de la tarde.
Alessandro bajĂł la mirada hacia mĂ.
Yo levantĂ© la mĂa hacia Ă©l.
Durante un instante, tuve la absurda sensación de que ambos estábamos pensando lo mismo.
Que habĂa algo más.
Algo que todavĂa no sabĂamos cĂłmo nombrar.
Pero él no intentó besarme.
Y yo tampoco me acerqué.
Alessandro sonrió ligeramente y me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Andá a descansar, piccola. Después me contás si te gustó el libro.
—Te voy a mandar un mensaje cuando empiece a leerlo.
—Más te vale. Quiero una reseña detallada.
—¿Con introducción, desarrollo y conclusión?
—Y bibliografĂa.
Me reĂ.
—Idiota.
—Tu idiota favorito.
Lo miré.
Él sonrió.
Y aquella vez no encontré ninguna respuesta ingeniosa.
Solo sonreà también.
Porque, quizá, la parte más bonita de querer a alguien no era descubrir que podĂas besarlo.
Era descubrir que, incluso cuando todavĂa no lo hacĂas, seguĂas sintiĂ©ndote en casa a su lado.
---
Aquella noche, despuĂ©s de ducharme y ponerme el pijama, me acomodĂ© en la cama con el libro que habĂamos comprado.
Leà algunas páginas.
Después otras.
Pero mi concentraciĂłn no durĂł demasiado.
Mi teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Era un mensaje de Alessandro.
Alessandro: ÂżLlegaste bien a tu departamento?
Me reĂ sola.
Yo: SĂ, Aless. Vivo acá. Me viste entrar.
Alessandro: QuerĂa comprobar que no te hubieras perdido entre la puerta y tu habitaciĂłn.
Yo: Qué gracioso.
Alessandro: Gracias. Estoy trabajando en mi carrera como comediante.
Yo: No renuncies a tu trabajo todavĂa.
Alessandro: Anotado.
Unos segundos después, llegó otro mensaje.
Alessandro: Me gustĂł pasar el dĂa con vos.
LeĂ la frase dos veces.
No era extraordinaria.
No contenĂa ninguna confesiĂłn escondida.
PodĂa significar exactamente lo que decĂa.
Y aun asĂ, sonreĂ.
Yo: A mĂ tambiĂ©n. MuchĂsimo. 🤍
La respuesta tardó un poco más en llegar.
Alessandro: Buonanotte, Mili.
Después apareció otro mensaje.
Alessandro: Y gracias por hablar conmigo esta mañana.
Me quedé mirando la pantalla.
SentĂ una ternura inmensa por aquel hombre que podĂa hacerme reĂr hasta que me doliera la barriga y, al mismo tiempo, tratar mis sentimientos con tanta delicadeza.
Yo: Gracias a vos por escucharme. Buenas noches, Aless. DormĂ bien.
Alessandro: Lo intentaré. Aunque tengo un libro nuevo que me está mirando desde la mesa.
Yo: Sos un nerd.
Alessandro: Tu nerd favorito.
SonreĂ contra la almohada.
Yo: Buenas noches, pesado.
Alessandro: Buenas noches, tesoro.
Dejé el teléfono sobre la mesita y me tapé hasta los hombros.
Afuera, Florencia descansaba bajo el silencio de la noche.
Y yo me quedĂ© pensando en todo lo que todavĂa no sabĂa.
No sabĂa si Alessandro sentĂa lo mismo que yo.
No sabĂa si algĂşn dĂa nos besarĂamos.
No sabĂa si, dentro de unos meses, seguirĂamos siendo los mismos amigos que se gastaban bromas durante el desayuno.
Pero sĂ sabĂa algo.
No querĂa obligar a aquella historia a convertirse en algo antes de tiempo.
QuerĂa descubrirla.
QuerĂa seguir riĂ©ndome con Ă©l, escucharlo