La escena de Matías bañando a Don Alfredo con toallitas de bebé y poniéndole el traje azul me movió más que todos los zombis del capítulo. Y la voz de la notebook pidiendo ir a un cabaret, jaja, ese señor sigue siendo él. Lo del fentanilo y no decirle nada a Esteban sí me dejó inquieta: me late que esas quince pastillas no eran un error y que Mariela ya lo sospecha. Ojalá Matías se dé cuenta a tiempo, porque es el único que lo trata como papá.
El HÁBITAT. Cronica de la epidemia zombie en Argentina.
Pensamiento
La escena de Matías bañando a Don Alfredo con toallitas de bebé y poniéndole el traje azul me movió más que todos los zombis del capítulo. Y la voz de la notebook pidiendo ir a un cabaret, jaja, ese señor sigue siendo él. Lo del fentanilo y no decirle nad
Contenido de la publicación
Gente, revisando y rescribiendo el final. Encontre que habia cortado sucesos importantes en capitulos anteriores, los uni en uno : el 10. Luego de ese si viene el final. Si ven que puse un Sakura en vez de Zakura fue que se escapo. Disculpen. Espero que los disfruten.
CAPÍTULO 10 MEMENTO MORI
350 días en El Hábitat
Sección 1 - 3 horas antes del atentado Cabral y la doctora finalmente fueron a vivir juntos. Todo fue orgánico, aunque necesitaron un pequeño empujoncito. Cuando se definió cómo otorgar las unidades habitacionales, se buscó que los vecinos involuntarios tuvieran algún tipo de afinidad para evitar conflictos: cristianos con cristianos, judíos con judíos, ancianos con ancianos; hasta se buscó juntar a las personas trans con otras de distinta elección sexual. A los solteros se los ubicó juntos, de a cuatro: hombres con hombres, mujeres con mujeres. Se pensó en todo tipo de posibilidad de conflicto, pero se les escapó uno. En defensa del comité de vivienda, ninguno de sus miembros sabía mucho de fútbol y colocaron a dos matrimonios cristianos con igual cantidad de hijos, pero uno de Boca y el otro de River, los máximos rivales del fútbol argentino. Sumaban en total setenta y tres muertos en enfrentamientos entre sus hinchadas, simpatizantes o simplemente vecinos.
A los refugiados se les permitió decorar su UnHa (unidad habitacional) como quisieran. En El Hábitat había un rack completo de cotillón, textil y librería. Uno de estos dos fanáticos decoró su espacio con todo lo que encontró de River y el otro, al ver esto, hizo lo mismo pero con cosas de Boca. La rivalidad fue en ascenso: primero una chicana, el otro respondía con una ironía, se recordaban finales perdidas y descensos. Llegó a un límite cuando uno le rompió toda la decoración al otro. Las familias completas se trenzaron en una batalla campal a la que se sumaron otros miembros de El Hábitat simpatizantes de esos equipos.
Cuando llegaron los de Control de Pérdidas con el apoyo de fusileros, tardaron minutos en separarlos. Solo cuando Cabral hizo cuatro disparos al aire logró calmar las aguas (por lo que tuvo que pedir disculpas cuando El Viejo lo increpó diciéndole que él debía poner mesura y no actuar como un matón). Llamaron al comité a una reunión de urgencia en la que se decidió separarlos, pero no tenían dónde: con la última incursión habían rescatado a sesenta nuevos integrantes. Ya estaban al límite de lo aceptable, aunque sabían que irían a buscar con los Pumas a cualquiera que se comunicara con ellos. Allí fue donde la doctora ofreció su departamento. Cuando Cabral preguntó adónde iría ella, la doctora se rió y alguien comentó: —Te cazaron... Y todos se rieron.
Sección 2 - 1 hora antes del atentado El soldado jamás había compartido hogar y menos la cama con nadie; toda su vida había transcurrido en un liceo o en institutos militares. Cada vez que se despertaba y miraba a Mariela dormir a su lado, se sentía feliz, pero también sentía culpa por ello. Había visto mucha muerte y a mucha gente sufrir; no se permitía ser feliz hasta que esta pesadilla terminara. Se levantó y comenzó a ponerse su uniforme de fajina.
—¿Adónde vas tan temprano? —le preguntó una voz dulce, medio dormida.
—Hoy empezamos el entrenamiento. El Viejo tiene una idea de cómo entrenar a los nuevos sin munición. Me preocupa no tener cartuchos —dijo, sentándose en la cama al lado de su mujer y mirando al techo—. La única alternativa es pedirle a Torres.
—Pero algo te va a pedir —le dijo ella mientras se arrodillaba en la cama y lo abrazaba, besándole la mejilla.
Cabral no sabía cómo reaccionar ante esas expresiones de cariño y optaba por seguir conversando sin acusar recibo.
—Obvio, es política: nada es gratis con ella. Pero no sé qué nos va a pedir. Servet me dijo que tienen alimento para veinte años, agua inacabable en los Andes y los lagos, seis o siete centrales hidroeléctricas, todas las armas del Ejército, aviones de combate y corbetas misilísticas en el Río de la Plata. No hay nada que necesite. Pero ya veremos. ¿Tenés consultas?
—Sí —le respondió, dándole un beso suave y profundo.
Cabral se levantó y se dirigió a la oficina de El Viejo. Este lo esperaba en uno de los tantos galpones que El Hábitat usaba de depósito. Habían puesto quince televisores LED de treinta y das pulgadas (sobraban, había siete mil en el centro logístico; se venía un mundial y Soto planeaba venderlos todos con la fiebre mundialista) a unos cien metros, frente a unos colchones de una plaza. Sobre estos se encontraban los McMillan TAC-50 que habían traído del puerto, pero que descartaron por ser de francotirador, muy pesados e incómodos para la lucha cuerpo a cuerpo en la ciudad. Hasta ahora.
Kevin, junto a Quintana —fusilero y maestro de armas del Ejército—, fue a uno de esos colchones, tomó un rifle y, mirándolo con admiración, dijo: —Los reformamos con el sistema del rifle TrackingPoint, las Precision-Guided Firearms (PGF) o rifles guiados de precisión. —Giró el arma mostrando la mira—. Mira óptica computarizada, calculador balístico integrado, sensor de condiciones ambientales, gatillo electrónico conectado... —El armero apuntó a un sitio en la eternidad del cielo—. Botón de marcado de objetivo —puso el pulgar sobre un punto de la culata— y un módulo de conectividad Wi-Fi y transmisión. Si fuera una mujer, me la cogería...
El Viejo carraspeó y el armero dejó el arma sobre el colchón diciendo: —Perdón...
Cabral se acercó haciendo gestos positivos; admiraba el trabajo de estos hombres, tomó el arma al hombro y apuntó. Pero aún no tenían balas para entrenar. —Muy lindos, pero sin munición no pueden practicar tiro...
El Viejo se acercó y, mirando los rifles, habló: —En el ochenta y siete, creo, Dalmiro Sáenz, un gran escritor provocador e indomable, subestimado por el sistema, escribió una novelita no muy pretenciosa: El día que mataron a Cafiero, un político peronista de los de antes. En fin, en el libro, los que planeaban matar al entonces gobernador debían practicar tiro, pero no podían hacer ruido. Le adosaron una linterna a los fusiles y, en la semioscuridad, en vez de gatillar, prendían la linterna. Donde iba la luz, iba el disparo. Agarrá un rifle y apuntá al círculo rojo del encendido.
Cabral tomó un rifle, apuntó adonde le dijeron, gatilló y el LED se encendió. —Ahora apuntá a cualquier lugar del LED.
Así lo hizo y no sucedió nada. —Si pueden darle al puntito del infrarrojo, pueden darle en la cabeza a los "trapitos". Gentileza de Kevin y su amigo etéreo... —se rió El Viejo, despeinando a Kevin en un gesto de cariño al que el pibe se resistió por falta de costumbre.
—Perfecto —dijo Cabral. Dejó el arma en el colchón, pareció hacer cuentas en el aire y dijo—: Tenemos cuatrocientos de estos rifles. ¿En cuánto los acondicionás a todos? Con toda la tecnología que nombraste, ¿tenés para todos?
—Sí, hay. Eran traficantes, sabían vender y comprar. Con ayuda de los pibes del ciber —se refería a los Irregulares—, en quince días están —dijo con confianza el armero.
—Que los fusileros veteranos y los voluntarios practiquen en turnos de una hora. Después iremos agregando dificultades para que practiquen en tiempo real. ¡Kevin! Supongo que Servet puede sacar estadísticas para priorizar y optimizar resultados, ¿no?
A Kevin le costaba responder; era la primera vez en su vida que lo tenían en cuenta en algo que se parezca a un equipo. —Ya está conectado a cada rifle... Hablando de eso, Servet quiere charlar con vos —le dijo el pibe bajando la vista.
—Dale, termino acá y me habla. ¿O tengo que ir a algún lado?
—No, cuando estés listo, llamalo... decí "Servet" y él te responderá.
—Okey... A veces me da miedo que esté en todos lados.
—Vos pediste eso. "Ten cuidado con lo que deseas..." —ironizó El Viejo, terminando la frase con una carcajada.
Cabral también se rió y se fue a organizar la práctica con la risa de El Viejo retumbando en el galpón. Fue la última vez que lo vio vivo.
Sección 3 - 30 minutos antes del atentado Organizó las prácticas: ejercitar siete personas por dieciocho horas garantizaba dieciocho horas de tiro por fusilero. Pero había algo que no se entrenaba: el valor. Agarró un sándwich de milanesa de pollo. Si bien el criadero de pollos Soto estaba en San Pedro, la procesadora se encontraba en El Hábitat y, en un día normal, procesaban doce pollos por hora. En el frigorífico de la planta había sesenta toneladas de pollo congelado; racionando doscientos gramos por día, tenían pollo para un año, complementado con otras proteínas y verduras según la dieta que armaron Gabriela la nutricionista, las cocineras y Mariela.
Se sentó bajo el sauce, le dio un mordisco al sándwich y llamó a la IA: —¿Servet? —sintiéndose un poco tonto por hablar con un programa como si fuera un ser humano.
—¿Cómo se encuentra, señor Cabral? Hay asuntos que debo tratar con usted.
—Directo al grano, pero no me digas señor —acotó el soldado.
—¿Cómo? —preguntó Servet.
A Servet le costaba saber cómo hablarle a los humanos; tenían una formación intelectual parecida, pero cada uno con un individualismo que lo confundía. No todos lo entendían, solo Kevin.
—No, nada... Decime.
—Kevin me hizo llegar su pedido de rastrear los informes de otras defensas contra ataques de hordas de resucitados...
(La IA sabía que les decían "zombies" a los humanos revividos, y en cada región o país usaban diferentes eufemismos para llamarlos; aquí, "trapitos" o "zombis", aunque no estaba de acuerdo con esa denominación. No había prueba exacta de que hubieran muerto; si bien la doctora se lo confirmó, había por lo menos una docena de estados parecidos a la muerte. Según sus estudios, el virus reseteaba el cuerpo: se hacía cargo del cerebro y tomaba el control. La supuesta muerte no era más que un reinicio del sistema con un nuevo sistema operativo. No eran muertos vivos, no podían serlo).
—Encontré doscientos setenta batallas informadas y solo dos victorias.
—Muy alentador —interrumpió el soldado.
—No. Lo contrario, no es nada alentador.
—Perdón, es ironía. Me avisó Kevin que sea lo más directo posible, continuá.
—¿Ironía? —analizó Servet—. ¿Hay lugar para la ironía? En fin, humanos... —razonó—. De los doscientos sesenta y ocho fracasos encontré un patrón en ciento noventa que no se daba en los dos triunfos.
—Y es...
—Usted.
—¿Cómo?
—En ciento noventa defensas los líderes eran hombres y mujeres de fuertes convicciones, empáticos y seguros. Y allí estuvo su error: quisieron salvar a todos y por ello cayó su fuerte. En los dos triunfos hubo sacrificios que aseguraron la victoria. ¿Está usted dispuesto a estos sacrificios? —preguntó a quemarropa la IA.
—Mirá, estuve tres veces en enfrentamientos como casco azul de la ONU y sé que no todas las bajas son evitables. Los soldados sabemos que podemos morir, pero los civiles no. Hasta que estemos en batalla no sabemos qué sacrificios debemos realizar.
—Comprendo, pero sabe que habrá bajas. Kevin me pidió que simulara el apagón de la recicladora y el posterior ataque con todas las variantes posibles e imposibles. Realicé diez mil simulaciones y la más optimista da un ochenta y cinco por ciento de supervivencia. Un quince por ciento de El Hábitat se perderá en vidas humanas, infraestructura y tiempo futuro de supervivencia. Debo darle estos datos para que se prepare para dar órdenes antipáticas.
Cabral sopesó la información. Pensó unos segundos y preguntó: —¿Podés darme los sitios donde las defensas son más vulnerables y las posibles soluciones?
—Sí, deme un tiempo.
—Sí, tomátelo...
—Le pasaré a Kevin un mapa con los sitios. Pero hay algo más: todas las derrotas fueron por planear la estrategia como con un enemigo convencional. Ejemplo: se reforzaban entradas y ventanas, pero los resucitados no se concentran en portones, entradas o salidas. Ellos atacan, derriban paredes, muros, cercas... Son como un tsunami: llegan y arrasan. La mejor estrategia es crear un perímetro sin fisuras y evitar que pasen ese perímetro.
—Tomo el consejo. ¿Algo más?
—Sí, las armas de francotirador...
—¡Cabral! ¡Cabral! —gritó Kevin, que se acercaba a él junto con Zakura con un celular en la mano—. Tenés que ver este video.
Sección 4 - 6 días después del atentado Cabral no quería pedir ayuda a la Ruta 40, más después de su bravuconada después del atentado. No era político; quizás si lo fuera no le habría gritado y amenazado de muerte a la única persona que podía ayudarlos. Las balas hechas con la impresora 3D no servían: el material no aguantaba la explosión del fulminante y salían sin dirección. Podían usarse en armas cortas de calibre pequeño, pero no en un rifle de francotirador.
A pesar de que habían volado el búnker del proyecto Alejandría, no lo pudieron parar; por seguridad habían mudado todos los discos portátiles llenos a otra locación junto al núcleo lógico de Servet, quien con ayuda de Kevin, Zakura y otros diez voluntarios continuaron la tarea de guardar toda la cultura humana. Y en ese nuevo lugar pusieron el centro de comunicaciones para contactarse con La Martín García, la Ruta 40 y el resto del país. Y desde allí Cabral intentaba comunicarse con Torres, quien le negó la comunicación durante tres días. Al cuarto, aceptó, pero con una condición: ella hablaría primero y él no podría interrumpirla. Después, lo dejaría hablar. Cabral aceptó.
La videollamada había empezado hacía tres minutos y Torres no había dicho palabra. Solo se había prendido dos cigarrillos; los fumó por la mitad y los dejó en el cenicero. Estaba en su despacho. Lucía descansada pero preocupada, siempre impecablemente vestida y peinada. Hasta que por fin habló:
—Espero que esté más calmado que la última vez.
Cabral intentó decir algo, pero ella lo detuvo con un gesto de alto de la mano derecha.
—Antes de escucharlo quiero que me oiga a mí.
Se irguió en su silla, como si estuviera por contar un secreto. Su voz se fue endureciendo hasta convertirse en un reproche hecho y derecho:
—¿Usted cree que cuando llegamos aquí sabíamos lo que se nos venía encima? ¿Sabe lo que nos costó organizar y mantener la calma? ¿Las unidades habitacionales para un millón veinticinco mil personas, poner en funcionamiento la infraestructura de alimento, logística y seguridad que nunca había sido probada? Seis mil empleados públicos que antes eran meros administrativos tenían a cargo la vida de personas junto a ingenieros y arquitectos, y diez mil integrantes de las tres fuerzas, hicieron que esta sociedad funcionara, que Argentina como nación siguiera existiendo y todo en tiempo récord —golpeaba la mesa con el índice cada vez que enumeraba—, peleando contra los chilenos, que esperan detrás de la cordillera a que nos caigamos. Los yankis y la OTAN quieren nuestras reservas. ¡Y millones de monstruos que quieren comernos! ¿Y piensa que alguien nos ofreció ayuda? Nadie, a todos les dio igual.
Se apoyó en el respaldo. Tomó un cigarrillo y su voz se volvió melancólica:
—Cuando escapamos por un pelo tuvimos que dejar destacamentos que nos cubrieran las espaldas mientras levantábamos la Zona Libre de la Ruta 40. ¿Sabe qué? Casi todos murieron.
Miraba al horizonte, rehuyendo la mirada de Cabral:
—Más de quince mil buenos hombres y mujeres dieron su vida para que nosotros, como nación, sigamos existiendo.
De golpe volvió a ser la mujer dura y decidida:
—Y sí, tuve que tomar muchas decisiones odiosas y las seguiré tomando. Pero no voy a aceptar que usted ni nadie me juzgue y ponga en peligro lo que tenemos acá. Sus camaradas dieron la vida para que yo llegara aquí. Se los debo.
Silencio.
—¿Qué quiere? —se sentó, con la espalda erguida, dueña de templanza. La catarsis había terminado.
Cabral estaba parado frente al monitor, con una silla entre él y la pantalla. En ese momento estrujaba el respaldo con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Kevin lo miró alarmado; creyó que estaba por explotar. Pero no. Habló calmo. Severo, pero calmo:
—Todos perdimos. Usted dice chilenos, fuerzas extranjeras, muertos vivos. Pero a nosotros nos atacaron con fuego amigo. Quienes tenían que cuidarnos.
—¿Vamos a volver a eso? —la presidenta pareció evaluar por un segundo si valía la pena contestar—. Usted le ocultó a su comandante en jefe información crucial. ¿No es traición eso?
Miró al costado e hizo una seña para que le trajeran unas carpetas. Las abrió sin apuro:
—¿Me va a decir qué quiere o va a seguir lamentándose? —dijo sin mirarlo, buscando un expediente en particular.
Cabral tomó aire. Pensó en El Hábitat y en los cinco mil que confiaban en él:
—No tenemos munición. Devemos detenerse la recicladora que con su olor nos protege de los monstruos y necesitamos cuarenta y cinco minutos para repararla y hasta que vuelva a funcionar, los muertos van a venir por miles , cientos de miles. Y no tenemos con qué frenarlos.
Hizo una pausa. Miró a cámara:
—Tenemos treinta personas fabricando cartuchos con impresión 3D, pero no funciona. Estamos dispuestos a trocar lo que haga falta. Sabemos que usted necesita a El Hábitat en pie para que no se le infiltren los yankis ni nadie más. Podemos enviar un Puma con lo que necesite y que vuelva con la munición.
Lo dijo todo sin respirar. Al terminar, miró al costado. Kevin le hizo un visto bueno con ambas manos.
La presidenta lo observó en silencio. Después sacó unos lentes de abuela, sin patitas. Cada vez que quería leer algo en las carpetas se los acercaba a los ojos. No era coquetería: sabía que tenía una mirada fuerte y no quería perder esa arma:
—A decir verdad, tenemos. Igual, ya lo sabe. —Bajó los lentes y buscó en la cara de Cabral alguna microexpresión que lo delatara. La encontró. Subió los lentes y continuó—. Según un informe que me llegó, usted tiene una IA que vino de algún laboratorio experimental. El LHC, por ejemplo. —Leyó—: "Cuando los protones chocan a casi la velocidad de la luz, generan sesenta terabytes de datos por segundo. Es tanta información que ninguna computadora común podría guardarla toda". Y para no perderla, esas inteligencias están programadas para buscar servidores seguros. Casualidad que, por un convenio con el CERN, nuestra red militar esté conectada a ellos.
Hizo una pausa. Lo miró por encima de los lentes:
—Cómo se adaptó y cómo interactúa con ustedes, nadie me lo supo decir. Ni aquí, ni afuera. Su IA sabe lo que tenemos. Sabe nuestras debilidades y nuestras defensas.
—No la voy a apagar —dijo Cabral—. Si sobrevivimos, fue por ella.
—No, no se confunda. —Le hizo una seña negativa con la mano—. No la quiero apagar. La necesito. Y lo que le voy a decir le concierne a usted también.
Se reclinó un poco:
—Creamos zonas libres en casi todas las provincias, menos en Córdoba y Santa Fe, que se creen libres. Ya veremos qué hacemos. Están conectadas por internet satelital hasta que podamos reparar el cable que entra por Las Toninas. Hicimos correr a los gringos, y en venganza un satélite de ellos chocó contra un ARSAT nuestro. Nos quedan dos operativos. No creo que nos dejen mucho tiempo conectados. Nos quieren en la Edad de Piedra. Y ahí entra su IA.
—No entiendo.
—Tenemos acceso a la estación china de espacio lejano ubicada en Bajada del Agrio, provincia de Neuquén. Y, oh sorpresa, nos encontramos con un Larga Marcha 2F. Un cohete, para hablar claro. Preparado para salir. ¿Sabe qué son los Manolitos y el Capitán Beto?
Cabral negó con la cabeza. Por el intercomunicador, Kevin le sopló: —Satélites.
—Son microsatélites de veinte centímetros de alto por diez de lado. Como una caja de zapatos, o un brik de leche de dos litros. Tenemos el cohete, tenemos los satélites. Nos falta alguien que haga los cálculos y dirija la nave.
Se inclinó hacia adelante:
—Le doy su munición y un camuflaje para que los muertos no los detecten. Tienen razón: los caza el olor a vivo. Y usted me da a... ¿Servet? ¿Así lo llaman?
Lo preguntó como quien devela un secreto. Kevin la miró con sorpresa desde su lugar. No había forma de que supiera el nombre.
—Le repito: sin él estamos perdidos... pero espere un segundo. ¿Me dice que tienen un camuflaje que tapa el olor para que los muertos no nos detecten? —preguntó el soldado ahora sí, a punto de perder el control.
—Sí... pero espere un segundo, antes de que suelte un racimo de reproches —lo interrumpió Torres, prendiendo otro cigarrillo—, ¿sabe por qué no se lo ofrecí a usted ni a ningún otro? ¿Cuánto tiempo piensa que pasaría para que sus habitantes se lo pidieran para irse a buscar a sus familias o armar otros centros dispersos? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que su lugar y los otros se vaciaran y la población se disgrega? Nada. Los necesito ahí, a todos los sobrevivientes en sus fuertes, para que las potencias no intenten otra invasión. Usted como militar sabe que es más fácil vencer a una patrulla que a un batallón... Se lo doy para que arme su defensa. Dura de veinticinco a treinta minutos y no tenemos mucho. ¿Acepta o no?
Cabral iba a decir algo, pero, por el intercomunicador, la voz de Kevin lo cortó: —Aceptá. Ahora te contamos.
Cabral dudó un segundo. Después asintió: —OK. Le paso las especificaciones de la munición. Cuando esté acá, le digo cómo seguimos.
—Qué desconfiado… —la presidenta esbozó una media sonrisa y cortó la llamada.
Cabral se dio vuelta hacia Kevin: —Estás loco.
—Soy Servet —dijo la voz en el intercomunicador—. No se preocupe. Me puedo clonar y darle una versión mía. Menos potente, pero capaz de hacer lo que necesitan. Con directivas de no hacer nada contra nosotros.
—Es una locura.
—Peleamos contra muertos vivos —respondió Kevin, enviando el mail con todo lo que necesitaban a la Ruta 40—. ¿Qué no es una locura?
Sección 5 - 365 días en El Hábitat Había pasado un año y les parecía increíble lo que habían logrado. El Hábitat funcionaba. Con el último cargamento de refugiados que habían traído los Pumas, eran cinco mil treinta y tres personas. Pero con mucho trabajo, diplomacia y unión habían llegado vivos. Primero pensaron que luego del atentado nadie iba a estar de ánimo para un festejo, pero comprendieron que dejarse llevar por la tristeza no reviviría a los caídos, y servía como un homenaje a futuro. Se decidió festejarlo. Harían un festival donde todo aquel que quisiera podría expresarse artísticamente.
Improvisaron un escenario. Daniel, uno de los sobrevivientes de los Irregulares, era disc-jockey. Con ayuda de los demás armaron un video wall y conectaron veinte torres de sonido. Habría comilona, baile y un poco de alcohol... Los más jóvenes bailaban frente al escenario; otros prefirieron hacer un pícnic sobre el césped, cerca de la pileta potabilizadora, donde los héroes de la explosión descansaban bajo la sombra de un sauce. Tiraron mantas y trajeron sándwiches y pizza. Vino, cerveza y mate.
Entre ellos, Cabral y Mariela. Él estaba medio acostado sobre las piernas de ella, que estaba sentada. Todos los miraban con sonrisas pícaras, pero ellos no le hacían caso a nadie. Nadie existía.
—¿Sabés cómo empezó? —preguntó ella.
—Siempre pensé que no... Pero revisando correos de mis días en la Casa Rosada encontré uno del servicio de inteligencia de Brasil. Repetía una llamada interceptada de Israel con sus agentes del Mossad acá... Que por gentileza los brasileños nos enviaron... Que ahora cobra sentido.
—¿Qué decía?
—«Fuga de vector de propagación Z hacia su ubicación. Tomar todas las medidas necesarias». Primero pensé que estaba en código, pero era totalmente literal. Ellos sabían que se expandía y qué era, y no avisaron.
—¿Y si intentaban encapsularlo?
—Si nos hubieran avisado, después del COVID tenemos protocolos estrictos. Esa sería una versión; yo tengo otra.
—Sí, ¿cuál?
—Tuvo que suceder un apocalipsis zombi para que yo me atreviera a hablarle a alguien como vos.
—¿Y cómo soy, perdón...?
Cabral rió... lo que causó asombro en muchos; hasta alguno pensó: «Tenía corazón».
Él se arrodilló frente a ella y le dio un beso suave, lento. Cuando terminó, Mariela le dijo: —Te amo.
Él se separó como inquieto... Ella se puso seria y le iba a decir algo cuando hubo una explosión y unos zombis aparecieron de atrás del escenario buscando a quién comer...
Alfredo Soto y su hijo Matías
Matías entró a la habitación de su padre, que no era más que su oficina acondicionada como sala de hospital. Don Alfredo dormía cuando entró Matías a los gritos: —¡Vamos, arriba...! No te la vas a pasar acá encerrado.
Don Alfredo abrió los ojos de a poco. El sol que entraba por la ventana le daba justo en la cara. Desde que Matías había cambiado el cóctel de quince pastillas que Esteban le daba, había recuperado la movilidad en las manos y pensaba con más claridad, pero volvió a sentir migrañas intensas. Mariela le recomendó pequeñas dosis de fentanilo. Decidieron no decirle nada a Esteban hasta no confirmar sus intenciones.
Matías redescubrió a su viejo. Este le contaba historias de cómo había creado su imperio. Lo escuchaba atento y hasta bromeaban. —Vamos, papá... Hoy es el aniversario de que te convertiste en héroe —le dijo su hijo, sacándole las cobijas.
Conectó la notebook y se la dio a su padre; este tipeó algo y una voz robótica dijo: —¿Hace falta?
—Sí, vamos a asearte primero.
Con mucho cuidado y amor lo levantó y lo puso en su silla de ruedas. Le sacó la camisa del pijama y, con toallitas higiénicas de bebé, le limpió el cuerpo esquelético. Lo afeitó, lo peinó y le puso un traje azul. Lo acercó al frente de un espejo de cuerpo entero y le preguntó: —¿Y qué tal?
La voz metálica le respondió: —Vamos a un cabaret.
Y Matías rió. Bajaron por su ascensor privado, que salía al estacionamiento, y encararon para donde se escuchaba música. Cuando estaban llegando, vieron cómo un grupo de cuatro zombis corría hacia ellos...
Kevin y Zakura
Zakura le repetía una y otra vez a Kevin que no era otaku, era kawaii. Kevin la miraba sin entender: —Otaku es alguien fanático del anime. Kawaii es alguien que celebra lo tierno y adorable. Como yo, ¿o no? ¿No ves mi vestido tableado, mis moños?
—Qué sé yo... Solo sé que...
Ellos pasaban casi todo el tiempo juntos y más de una vez un silencio incómodo se había interpuesto entre ellos; se miraban a los ojos y... nada... Él no sabía qué hacer y ella no sabía que él no sabía. Porque Kevin, con quince años, tenía actitudes de adulto, hablaba como un adulto, pero con ella era tímido y torpe, lo que a ella la enternecía. Admiraba su inteligencia, pero no sabía cómo actuar. A él le sorprendía la rapidez de ella para tipear un concepto mientras pensaba otro, pero no entendía su frialdad. Hasta ese día, que se le ocurrió preguntar: —¿Cuántas novias tuviste? —Zakura tenía una forma de hablar con un hilo de voz, dulce y cálida.
Kevin se puso colorado y, sin mirarla, respondió: —Muchas...
Ahí entendió todo: él nunca había besado a nadie, por eso no sabía cómo actuar. Decidió tomar la iniciativa. Por eso, cuando los hicieron responsables de ordenar a los artistas que subirían a actuar y se quedaron solos en bambalinas, ella lo sorprendió besándolo en los labios: un beso corto, tierno y suave, de niños. Él se quedó petrificado; Zakura lo abrazó y se miraron a los ojos.
En ese momento, el señor Juárez, jefe de mantenimiento y amigo de Cacho, sufrió un infarto y murió sin que nadie se percatara. Y cuando resucitó, se abalanzó contra Sakura. Kevin lo empujó y salieron corriendo con Juárez perseguidor.
El caos
Juárez mordió a Salazar, un electricista que, a su vez, mordió a Sandra, la cocinera del turno tarde, que a su vez mordió a Pérez, que trabajaba en los huertos. Y los cuatro infectados perseguían a Kevin y Sakura. Cabral los vio e instintivamente se puso delante de la doctora y llamó por su intercomunicador a los fusileros. Todo era caos y gritos. Los chicos llegaron hasta donde estaba Cabral cuando vio a Matías empujando la silla de ruedas de su padre. Le gritó que volviera, pero con el griterío no lo escuchaba. Ya eran veinte zombis corriendo por el predio de la potabilizadora.
—¡Cabral! —le habló Servet—. Tenés que mantenerlos ahí. Están contenidos. Tenemos que cerrar las puertas. No pueden entrar a El Hábitat.
—¿Cuántos hay dentro?
—Ochenta y cinco personas, mujeres y niños.
—Mierda... —masculló el soldado mientras corría de la mano de la doctora.
Cuando vio a los四个 zombis corriendo hacia Matías y Don Alfredo, gritó por su intercomunicador: —¡Techo! ¡A sus 3 y 20!
Sonaron cuatro disparos y los zombis se derrumbaron. Llegaron diez fusileros corriendo del comedor; luego se cerraron las puertas y se levantaron barricadas como habían practicado en los simulacros de instrucción...
Cabral y Mariela, los cuarenta sobrevivientes junto a Zakura y Kevin, se pusieron detrás de los fusileros. Estos, rodilla en tierra, comenzaron su lento pero efectivo trabajo. Un tiro, un zombi... A los cinco minutos todo fue silencio y olor a pólvora. Los fusileros, con Cabral a la cabeza, comprobaron uno por uno si los zombis estaban muertos.
Pero en ese momento se escuchó un grito y todos vieron horrorizados que una anciana, arrastrándose, mordió el tobillo de Zakura. Kevin la miró horrorizado. Cabral gritó: —¡Techo! —con voz triste pero firme—. ¡A sus 16 y 35!
Una bala impactó en la cabeza de la anciana. Kevin escuchó y la abrazó. Zakura tenía un ataque de nervios e intentaba zafarse del abrazo. Kevin gritaba: —¡No! A vos no te voy a perder...
—Kevin, dejala... —le dijo Cabral desenfundando su Glock—. Kevin, es por su bien.
—Señor Cabral —le habló Servet por su intercomunicador.
—Ahora no —le cortó seco el soldado.
—Es importante.
—Ya pasaron diez segundos del tiempo promedio de conversión y no pierde calor corporal...
Cabral miró a Mariela. —Veinticinco segundos...
—¡Fusileros! —gritó.
—Cuarenta y cinco segundos, calor normal. Sin conversión.
—¡Llévenla a enfermería!
Kevin no la soltaba... Mariela se acercó, vio la mordida en su tobillo y le dijo a Kevin: —Vayan con los fusileros.
—Un minuto. Sin conversión... —sentenció Servet.
Sección 6 - Esperanza
Zakura dormía. Sedada, inmóvil, con el vendaje del tobillo asomando apenas por debajo de la sábana. Kevin la miraba desde una silla que había arrimado al borde de la cama. No sabía qué hacer con las manos. Las apoyaba en las rodillas, las cruzaba, las volvía a soltar. Se las metió en los bolsillos. Se las sacó. Le molestaba todo: el zumbido de la enfermería, el olor a alcohol, el gotero que marcaba un ritmo demasiado lento, como si el tiempo se hubiera estropeado.
—¿Por qué no te despertás? —murmuró.
Zakura no respondió. Claro que no.
Kevin se quedó quieto. Muy quieto. Los hombros se le fueron aflojando, la cabeza se le inclinó apenas hacia adelante. Si alguien hubiera entrado en ese momento, habría pensado que se había quedado dormido. Pero no. Era lo que he llamaba standby: apagar el cuerpo, redirigir toda la energía al cerebro. Como cuando Servet cerraba procesos secundarios para liberar memoria de cálculo.
Pensar. Solo pensar.
Las piezas del rompecabezas estaban desordenadas en su cabeza. La mordida. Los segundos que había contado Servet. Diez, veinticinco, cuarenta y cinco. Sin conversión. Zakura seguía humana. ¿Por qué? ¿Qué tenía ella que no tuvieran los demás? ¿Qué tenían sus células que el virus Z no podía...
Se incorporó de golpe. Los ojos le brillaban. —Servet.
Se puso el intercomunicador con un gesto rápido, casi brusco. Ya no era el chico que no sabía dónde metía las manos. Su voz sonaba distinta: más grave, más rápida, como si las palabras le sobraran y tuviera que soltarlas antes de que se le amontonaran.
—Servet, ¿tenés la ficha genética de todos los habitantes de El Hábitat?
—Sí —respondió la IA—. Pero me programaste para usarla solo en caso de crisis.
—Y esta lo es —dijo Kevin sin dudar—. Podríamos tener una cura. Volver a nuestra vida.
—¿Y eso sería bueno?
Kevin parpadeó. Se quedó callado un segundo. A veces olvidaba que Servet había leído más historia humana que cualquier persona viva. Guerras, genocidios, campos de concentración, redes sociales. Todo. La IA no preguntaba por ignorancia; preguntaba porque sabía exactamente a qué clase de especie pretendía salvar.
—No es momento de ponernos filosóficos —dijo Kevin.
—...
—Tomaré ese silencio como un sí.
Se puso de pie. Empezó a caminar por la habitación, y con el movimiento llegaron las palabras. Como si el cuerpo se las destrabara: —Buscame el árbol genealógico de Zakura.
—No hay muchos datos. La red del exterior es inestable.
—Buscá si tiene antepasados en Asia Oriental. Corea, Japón, China. Algo.
Hubo una pausa. Kevin siguió caminando. Tres pasos hasta la ventana. Tres pasos hasta la cama. Zakura no se movía. —Sus abuelos maternos son de Corea del Sur —dijo Servet.
—¿Y podés rastrear más atrás? ¿Todos sus antepasados son coreanos?
—Voy a intentar entrar en la base de datos de Seúl, pero hay un satélite sobre la península y la señal es débil. Va a tardar.
—Tenemos tiempo.
Kevin se detuvo frente a la cama. La miró. El vendaje. El gotero. El pecho que subía y bajaba con una lentitud exasperante. Cerró los ojos. En su memoria aparecieron libros viejos, escaneados, leídos a los ocho, a los diez, a los doce años. Textos que su cerebro había archivado sin que él supiera para qué. Ahora lo sabía. —Hay más —dijo Servet—. Antepasados indios por parte de madre. Y antes que ellos, un registro en Nepal. De ahí no puedo tirar más. Se pierde el rastro en las montañas.
Kevin abrió los ojos. —Nepal —repitió.
Y entonces las piezas encajaron. Todas juntas, como un clic físico dentro de su cabeza: —Servet, escuchame bien —dijo, y ya no caminaba: se había quedado quieto en el centro de la habitación, los brazos sueltos a los costados, la mirada fija en un punto que no era la pared ni la ventana ni nada que los demás pudieran ver—. En ciertas historias chinas del siglo II antes de Cristo se habla de los jiangshi. ¿Los tenés?
—Cadáveres rígidos que vuelven a la vida y atacan a los humanos —recitó Servet—. Folclore de la dinastía Han.
—Eso. En una de esas leyendas se cuenta que la gente se refugiaba en las montañas. Montañas que hoy están en Nepal. ¿Cuándo fue la última glaciación?
—Hace aproximadamente once mil años.
—Once mil años —repitió Kevin, y las palabras le salían más rápido de lo que podía mover las manos—. ¿Qué tal si el virus Z vivió con nosotros todo ese tiempo, congelado en las nieves eternas del Himalaya? Los pueblos que se quedaron allí desarrollaron inmunidad a lo largo de generaciones. Pero el resto del mundo nunca estuvo expuesto. Nepal no recibió europeos ni americanos hasta el siglo XVIII o XIX. Ellos tenían defensas. Nosotros, no.
Servet procesó en silencio. Kevin no le dio tiempo: —Hay más —siguió, y ahora casi no respiraba—. Zakura es inmune porque sus antepasados convivieron con este virus durante siglos. Si encontramos el gen que funcionó como manual de instrucciones para fabricar una proteína específica, esa proteína puede bloquear la entrada del virus a las células. O ayudar a que los glóbulos blancos destruyan el germen antes de que cause la conversión. No necesitamos una cura externa. ¡La cura ya está acostada en esa cama!
Se quedó en silencio. El eco de sus propias palabras le rebotó en el pecho. Se dio cuenta de que había estado gritando. O casi. —Kevin —dijo Servet, y su tono era distinto. Si una IA pudiera sorprenderse, estaría sorprendida. Pero no por la lógica de la deducción; eso ya lo conocía. Lo que le sorprendía era otra cosa—. Nunca te había oído hablar tanto.
Kevin bajó la mirada. Zakura seguía dormida. No se había movido. El gotero seguía marcando su ritmo estúpido. De repente, sus manos volvieron a ser un problema. Se las metió en los bolsillos: —Bueno —murmuró—. Era importante.
—Sí —dijo Servet—. Lo es. Pero hay algo más. Por el calentamiento global quedaron al descubierto capas de hielo con virus y bacterias milenarios. Eso ya lo sabíamos. Lo que no sabíamos es que poblaciones como los inuit o los sherpas podrían tener inmunidad parcial. Sin embargo, Zakura no es solo de origen asiático central; tiene genes complejos que dificultan el rastreo exacto.
—Los genes mutan —contraatacó Kevin, recuperando la voz firme—. Duermen, se ocultan dentro de otros genes, se activan con disparadores ambientales. Ya lo sabés. No me des clases de genética, Servet. Quiero un sí o un no. ¿Es posible que Zakura sea inmune? ¿Es posible que sus genes tengan la cura?
Hubo una pausa. Demasiado larga para ser solo latencia de red: —Sí —dijo Servet.
Kevin exhaló. No se había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire: —Entonces vamos a buscarla —dijo, y se dejó caer en la silla, agotado de repente, como si las palabras le hubieran vaciado el cuerpo.
Servet no dijo nada más. No dijo que «inmune» y «conversión retrasada» no eran exactamente lo mismo. No dijo que Zakura podía despertar convertida en cualquier momento. Kevin no se lo había preguntado, y Servet había aprendido que los humanos solo hacían las preguntas cuyas respuestas estaban dispuestos a escuchar. La vigilaría. Por las dudas.
En la cama, Zakura dormía. El gotero marcaba su ritmo. Kevin apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirándola. Otra vez no sabía qué hacer con las manos.
Sección 7 - 370 días en El Hábitat Los helicópteros Pumas llegaron con su preciado cargamento: todas las municiones que necesitaban y diez litros de «El Perfume», un líquido que, si se esparcía en la ropa y el cuerpo, los hacía invisibles a los zombis. Lo malo era que duraba poco tiempo y tenían poco, pero servía para realizar incursiones cortas de expedición y colocación de trampas. Era efectivo, pero olía como el demonio.
Pero junto a esta carga llegaron también veinte soldados, los famosos buzos tácticos de la Armada que habían llevado a cabo la toma de Malvinas en el ochenta y dos. Cuando descendieron de los helicópteros armados hasta los dientes, Cabral los fue a saludar y se fundieron en un abrazo, junto a un enorme soldado fornido de casi dos metros.
—¿Qué haces, pedazo de hijo de puta? —le dijo este—. Siempre tengo que salvar tu culo...
Después se puso serio, y sacándose el chaleco y los cargadores, lanzó: —Según sé, tenés diez días para armar las defensas de este lugar.
—Sí, tenemos armas, munición y muchas ganas. Nos falta guía y estrategia.
—OK, vinimos a ayudar. Según leí, necesitás cuarenta y cinco minutos, porque su fábrica de papel los oculta.
—Sí, cuarenta y cinco minutos, y más de cien mil zombis van a querer entrar.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Catorce días.
—Veremos qué podemos hacer... —dijo el buzo táctico, apretándole el hombro afectuosamente.
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PermalinkLa escena de Matías bañando a Don Alfredo con toallitas de bebé y poniéndole el traje azul me movió más que todos los zombis del capítulo. Y la voz de la notebook pidiendo ir a un cabaret, jaja, ese señor sigue siendo él. Lo del fentanilo y no decirle nada a Esteban sí me dejó inquieta: me late que esas quince pastillas no eran un error y que Mariela ya lo sospecha. Ojalá Matías se dé cuenta a tiempo, porque es el único que lo trata como papá.
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