Miro rostros sonreírme,
miro bocas hablarme,
miro ojos mirarme,
miro manos tocarme.
Y, sin embargo,
cuando todos se marchan,
cuando las voces se apagan,
cuando las puertas se cierran
y cada quien vuelve a su refugio,
vuelvo a encontrarme conmigo.
Solo.
Qué palabra tan pequeña
para contener tanto vacío.
Mi cuerpo se siente acompañado,
pero mi alma está desierta.
Mis oídos escuchan risas,
pero en mi pecho retumba el eco.
Hay música en las calles,
hay luces detrás de las ventanas,
hay mesas donde alguien espera a alguien,
hay nombres pronunciados con cariño,
hay brazos que se buscan
cuando termina el día.
Y yo camino entre ellos
como una sombra sin dueño,
como una carta perdida
que jamás encuentra destinatario,
como una vela encendida
en una iglesia abandonada.
Nadie sabe que estoy ardiendo.
A veces quiero gritar.
Gritar hasta desgarrarme la garganta,
hasta que mi voz se vuelva ceniza,
hasta que el cielo se parta
y alguien, aunque sea alguien,
escuche lo que llevo dentro.
A veces quiero llorar
hasta vaciarme por completo,
hasta no dejar en mis ojos
una sola lágrima.
Pero, ¿para qué?
¿Quién lo oiría?
Si mi tristeza fuera un campanario,
¿quién levantaría la mirada?
Si mi dolor fuera una llama,
¿quién se acercaría a apagarla?
Si mi alma golpeara las paredes pidiendo auxilio,
¿habría alguien al otro lado?
Tengo amigos.
¿Los tengo?
Si llamo,
¿alguien contestará?
Si digo que no estoy bien,
¿alguien se quedará un poco más?
Si una noche
el peso de mi silencio
fuera demasiado grande,
si mi voz apenas alcanzara
para pronunciar un nombre,
¿alguien vendría?
¿O mi ausencia sería
solo un espacio vacío
en una conversación cualquiera?
Tengo miedo.
Tengo miedo de acostumbrarme
a esta soledad
hasta confundirla con mi casa.
Tengo miedo de que llegue el día
en que ya no espere mensajes,
en que deje de mirar el teléfono,
en que una notificación
ya no me haga levantar la cabeza.
Tengo miedo de convertirme
en alguien que ya no espera a nadie.
Y quizá eso sea
lo más triste:
no que nadie venga,
sino dejar de creer
que alguien podría hacerlo.
Porque yo también quisiera
que alguien me buscara.
Un mensaje al azar.
Un “¿cómo estás?”
Un “¿llegaste bien?”
Un “ven, quédate un rato”.
Un abrazo
que no tenga que pedir.
Quisiera tener a quién contarle
que hoy el cielo estaba hermoso,
que una canción me hizo sonreír,
que tuve un buen día,
que algo me salió bien.
Quisiera tener a quién llamar
cuando la felicidad me encuentre,
porque también la alegría pesa
cuando no existe nadie
con quien compartirla.
No tengo con quién compartir mis penas.
No tengo a quién llorarle un abrazo.
No tengo a quién contarle mis pequeñas victorias.
No tengo un hombro
donde dejar, por un instante,
todo este cansancio.
Y qué extraño es el corazón:
puede sobrevivir al hambre,
al frío,
a la distancia,
a las noches interminables;
pero a veces basta
con no sentirse esperado
para que una casa entera
parezca vacía.
No creo pedir demasiado.
No quiero riquezas.
No quiero que el mundo se arrodille ante mí.
No quiero que todos conozcan mi nombre.
Solo quiero sentirme amado.
Sentir que mi existencia
no es una habitación cerrada,
que mi paso por este mundo
dejó alguna luz encendida.
Quiero sentir que importo.
Porque quizá eso sea
una de las cosas más humanas:
saber que, si un día faltamos,
habrá alguien que mire la puerta
y pregunte por nosotros.
Alguien que note nuestro silencio.
Alguien que conserve una fotografía.
Alguien que recuerde nuestra risa.
Alguien que, al pasar los años,
todavía pueda decir:
“Hoy hace falta.”
Tengo miedo
de que ese alguien nunca llegue.
Tengo miedo de que mi futuro
sea un camino interminable
sin huellas junto a las mías.
Que camine solo
por la orilla del mar,
mientras las olas borran mis pasos
tan pronto como los dejo.
Que atraviese los senderos de las montañas,
rodeado de árboles y niebla,
y que ningún nombre
resuene detrás de mí.
Que me pierda entre los bosques de la selva,
bajo un cielo enorme,
bajo millones de estrellas,
y que, aun así,
no encuentre una sola mirada
que me esté buscando.
Qué ironía:
el mundo es tan inmenso
y mi corazón se siente tan pequeño.
Millones de personas.
Millones de voces.
Millones de corazones latiendo.
Y yo,
como si hubiera nacido
en el único rincón del mundo
donde nadie puede encontrarme.
A veces miro al cielo
y me pregunto si Dios me escucha.
Si existe un lugar para mí
en medio de toda esta creación.
Si acaso hay un propósito
que todavía no alcanzo a comprender.
Sé que todo tiene sentido
en el camino de Dios.
O al menos eso me repito.
Quiero creer que una abeja
no visita una flor solamente para alimentarse,
sino que lleva consigo, sin saberlo,
la vida de una primavera futura.
Quiero creer que una semilla enterrada
no está muerta
solo porque nadie puede verla.
Quiero creer que la noche
tiene alguna razón para ser tan larga.
Pero hay noches
en las que ninguna explicación basta.
Hay preguntas
que se quedan suspendidas
entre el cielo y la tierra.
Y hay silencios
que ni siquiera Dios parece responder.
Entonces miro mis manos.
Las mismas manos
que han abrazado,
que han escrito,
que han ayudado,
que han sostenido tantas cosas.
Y me pregunto:
¿para qué?
¿Para quién?
¿Qué queda de un hombre
cuando nadie necesita sus manos?
¿Qué queda de una voz
cuando nadie quiere escucharla?
¿Qué queda de un corazón
cuando lleva demasiado tiempo
golpeando una puerta
que nadie abre?
Tal vez mi vida tenga un significado.
Tal vez no.
Tal vez algún día lo comprenda.
Tal vez nunca.
Y esa incertidumbre
es otra forma de cansancio.
Porque mientras los demás
parecen saber hacia dónde van,
yo avanzo sin mapa,
sin brújula,
sin una mano que me señale el camino.
No encuentro el volante de mi vida.
El camino sigue.
Yo sigo.
Pero no sé hacia dónde.
Y mientras escribo estas palabras,
siento que algo dentro de mí
se va quedando en silencio.
Como una vela consumiéndose
en una habitación vacía.
Como una estrella
perdiéndose detrás de la niebla.
Como una campana
que alguna vez llamó a todos
y ahora solamente conserva
el temblor de su propio eco.
Mi mano sigue escribiendo.
Mi corazón sigue latiendo.
Pero cada latido
parece más lejano que el anterior.
Y vuelvo a preguntarme:
¿alguien me espera?
¿Alguien notaría
si dejara de hablar?
¿Alguien buscaría mi nombre
entre sus mensajes?
¿Alguien sentiría frío
en el lugar que yo ocupaba?
No lo sé.
Y quizá eso sea
lo que más duele.
No saber.
No tener una respuesta.
No tener una promesa.
No tener siquiera la certeza
de que algún día alguien
pronunciará mi nombre
con verdadera tristeza.
Así que esta noche
volveré a caminar entre las luces.
Volveré a mirar rostros sonreírme.
Bocas hablarme.
Ojos mirarme.
Manos tocarme.
Y nadie verá
que por dentro
sigo caminando solo.
El mar seguirá golpeando la orilla.
Las montañas seguirán en silencio.
Las flores seguirán abriéndose
sin preguntarse quién las contempla.
Las abejas seguirán llevando néctar
de una flor a otra.
La ciudad seguirá encendida.
La gente seguirá amándose.
Y yo estaré aquí,
en medio de todo,
escuchando el mundo respirar
mientras dentro de mi pecho
solo queda
el eco.