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🔥 EL DIABLO QUE NO QUERÍA SU ALMA

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Contenido de la publicación

Un cuento ficticio de terror psicológico, oscuridad y condenación.

Capítulo I: El hombre que no tenía nada

En un pueblo olvidado por Dios, donde las calles eran de tierra y las casas parecían estar a punto de derrumbarse, vivía un hombre llamado Mateo.

Mateo era el hombre más pobre de todo el pueblo.

No tenía familia, no tenía trabajo fijo, no tenía dinero para comprar comida todos los días y, cuando llovía, debía poner baldes debajo de las goteras de su techo para que el agua no le mojara la cama.

La gente se burlaba de él.

—Mirá al muerto de hambre —decían algunos cuando lo veían caminar por la calle.

Mateo había aprendido a no contestar. Se limitaba a bajar la cabeza y continuar su camino.

Una noche de invierno, mientras buscaba algo para comer entre las cajas de basura detrás de una vieja iglesia, escuchó una voz a sus espaldas.

—¿Siempre comés de lo que otros tiran?

Mateo se dio vuelta.

Había un hombre vestido de negro, con zapatos impecables, un traje elegante y una sonrisa extrañamente tranquila. No parecía tener frío, aunque la noche era helada.

—Cuando no tenés nada, aprendés a comer lo que sea —respondió Mateo.

El desconocido lo observó durante unos segundos.

—¿Y si pudieras tenerlo todo?

Mateo soltó una risa amarga.

—Entonces dejaría de hablar con desconocidos que aparecen de noche.

El hombre sonrió.

—Me llamo Lucifer.

Mateo no supo por qué, pero al escuchar aquel nombre sintió que el aire se volvía más pesado.

—¿Y qué querés de mí?

Lucifer se acomodó los puños de la camisa.

—Nada, Mateo. Absolutamente nada.

Y aquella fue la primera mentira que le dijo.

O quizás, con el tiempo, Mateo descubriría que ni siquiera había sido una mentira.

Porque el diablo no había ido a buscar su alma.

Había ido a buscar algo mucho más difícil de conseguir.

Su confianza.

Capítulo II: El amigo que pagaba las deudas

Lucifer comenzó a aparecer todas las noches.

A veces se sentaba con Mateo en una plaza. Otras veces lo acompañaba hasta su casa y escuchaba sus desgracias sin interrumpirlo.

Nunca se burlaba de él. Nunca lo trataba como un inútil. Nunca le decía que su pobreza era culpa suya.

Una noche, Lucifer dejó un sobre sobre la mesa de la pequeña habitación de Mateo.

Dentro había dinero suficiente para pagar varios meses de alquiler, comprar comida y arreglar el techo.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿De dónde sacaste esto?

—No te preocupes por eso.

—No puedo aceptarlo.

—¿Por qué?

—Porque nadie regala tanta plata sin querer algo a cambio.

Lucifer se sentó frente a él.

—Tenés razón. Los humanos siempre quieren algo a cambio. Pero yo no soy humano.

Mateo lo miró con desconfianza.

—¿Sos un ladrón?

Lucifer soltó una carcajada.

—Digamos que tengo contactos.

Mateo aceptó el dinero.

Durante los meses siguientes, su vida cambió por completo.

Lucifer le consiguió un empleo en una empresa cuyo dueño jamás aparecía en público. Le pagó ropa nueva, le compró muebles y le consiguió una casa pequeña en las afueras del pueblo.

Por primera vez en su vida, Mateo podía comer hasta sentirse satisfecho.

Por primera vez, podía caminar por la calle sin que la gente se riera de sus zapatos rotos.

Y por primera vez, alguien lo invitaba a sentarse a una mesa sin mirarlo con desprecio.

Mateo empezó a considerar a Lucifer su mejor amigo.

—No sé cómo agradecerte todo esto —le dijo una noche.

Lucifer levantó su copa.

—No me agradezcas. Solamente seguí viviendo.

—¿No querés mi alma?

Lucifer dejó de sonreír.

Durante unos segundos, sus ojos parecieron dos agujeros negros.

—¿Mi qué?

—Ya sabés. Las historias del diablo. La plata a cambio del alma.

Lucifer se inclinó hacia él.

—Mateo, escuchame bien. Yo no necesito tu alma.

Después volvió a sonreír.

—Quedátela. Es toda tuya.

Y Mateo le creyó.

Ese fue su segundo error.

Capítulo III: Algo está viviendo dentro de mí

Los cambios comenzaron seis meses después.

Primero fueron pequeños.

Mateo empezó a escuchar susurros cuando estaba solo.

A veces, mientras caminaba por su casa, oía una voz que parecía salir de las paredes.

No les debés nada.

Al principio, pensó que era el cansancio.

Después comenzó a despertarse a mitad de la noche con la sensación de que alguien lo estaba observando desde la esquina de su habitación.

No había nadie.

Pero el espejo del dormitorio empezó a inquietarlo.

En ocasiones, Mateo levantaba una mano y su reflejo tardaba una fracción de segundo en imitarlo.

Una noche, el reflejo sonrió cuando Mateo estaba llorando.

Mateo retrocedió y chocó contra la cama.

—¿Qué me está pasando?

La voz respondió desde algún lugar dentro de su cabeza.

Te estoy ayudando.

Mateo se tapó los oídos.

—¡Callate!

¿Así me agradecés?

La voz sonaba exactamente como Lucifer.

A la mañana siguiente, fue a buscarlo.

Encontró a su amigo en una cafetería, leyendo un periódico como si nada hubiera ocurrido.

—Hay algo dentro de mí —dijo Mateo, sentándose frente a él—. Escucho tu voz cuando no estás. Tengo pesadillas. Siento que alguien está mirando a través de mis ojos.

Lucifer dobló el periódico.

—¿Y qué te dice esa voz?

Mateo vaciló.

—Que no le debo nada a nadie. Que la gente que me trató mal merece sufrir.

Lucifer lo observó con atención.

—¿Y vos qué pensás?

—Que está mal.

—Entonces todavía sabés distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.

Mateo sintió un pequeño alivio.

—Sacalo de mí.

Lucifer no respondió inmediatamente.

Por primera vez desde que se habían conocido, parecía incómodo.

—No puedo.

—¡¿Cómo que no podés?!

—Porque no está en vos como una enfermedad, Mateo.

Lucifer se acercó hasta quedar a pocos centímetros de su rostro.

—Está aprendiendo a ser vos.

Mateo se levantó de golpe y salió corriendo.

Detrás de él, Lucifer no lo siguió.

Solamente murmuró:

—Te lo advertí, viejo amigo. Yo no vine por tu alma.

Miró hacia la puerta por la que Mateo había desaparecido.

—Vine porque necesitaba un lugar donde quedarme.

Capítulo IV: El primer acto imperdonable

Mateo intentó regresar a su antigua vida.

Renunció al trabajo, dejó de aceptar el dinero de Lucifer y comenzó a asistir a una iglesia.

Durante algunas semanas, las voces disminuyeron.

Creyó que estaba recuperando el control.

Hasta que se encontró con Ramiro, un hombre del pueblo que durante años se había burlado de su pobreza.

Ramiro estaba sentado frente a un bar, riéndose con sus amigos.

Cuando vio a Mateo, levantó su vaso.

—¡Miren quién apareció! ¡El millonario de la basura!

Los demás se echaron a reír.

Mateo sintió que algo se movía dentro de su pecho.

Una presión.

Un calor imposible.

Y entonces escuchó el susurro.

Hacelo callar.

—No —murmuró Mateo.

Te humilló durante años.

—No.

Ahora tenés poder.

Mateo apretó los puños.

—¡Dije que no!

Ramiro dejó de reír.

—¿Estás hablando solo, loco?

Mateo no recordaría con claridad los siguientes minutos.

Recordaría las voces, los gritos, la gente corriendo y el sonido de una sirena a lo lejos.

Recordaría también el silencio que llegó después.

Ramiro había muerto.

Y Mateo, sentado en el suelo de un callejón, miraba sus manos sin comprender cómo había llegado hasta allí.

—Yo no quería hacerlo —repetía—. Yo no quería…

Entonces escuchó una risa.

No venía de la calle.

Venía de su interior.

Pero lo hiciste.

Mateo se echó a llorar.

Yo no moví tus manos, continuó la voz. Yo solamente te mostré lo que deseabas hacer.

—¡Mentira!

¿Y por qué sentiste alivio cuando dejó de reírse?

Mateo se quedó inmóvil.

Porque, durante un instante terrible, había sentido exactamente eso.

Alivio.

Y aquella sensación lo aterrorizó más que cualquier demonio.

Capítulo V: El amigo que nunca mentía del todo

Mateo encontró a Lucifer en su casa.

Estaba sentado en el sillón nuevo, con una taza de café entre las manos.

—Lo maté —dijo Mateo.

—Lo sé.

—¡Lo maté y no pude detenerme!

Lucifer dejó la taza sobre la mesa.

—Podés sentarte.

—¡No quiero sentarme! ¡Quiero que me digas qué me hiciste!

El diablo suspiró.

—Te di dinero. Te di una casa. Te di oportunidades. Te di la vida que siempre soñaste.

—¡Y ahora hay algo dentro de mí!

—Sí.

—¡Sacalo!

Lucifer se puso de pie.

La temperatura de la habitación cayó repentinamente. Las luces comenzaron a parpadear y las sombras de los muebles se alargaron por las paredes.

Por primera vez, Mateo vio algo detrás de la apariencia elegante de su amigo.

Algo antiguo.

Algo que parecía haber estado observando a la humanidad desde antes de que existieran los pueblos, los idiomas y los nombres.

—Escuchame con atención —dijo Lucifer—. No hice un pacto con vos. Nunca te pedí tu alma. Nunca te obligué a venderla.

—Entonces, ¿qué querés?

—Al principio, nada. Me aburría la eternidad. Quería conocer a alguien que no me temiera, alguien que pudiera sentarse conmigo sin pedirme milagros ni condenaciones.

Lucifer caminó lentamente alrededor de la habitación.

—Después empecé a disfrutar de tu compañía. Eras un hombre bueno, incluso cuando el mundo te trataba como si no valieras nada.

Mateo levantó la mirada.

—¿Y después?

El diablo guardó silencio.

—Después descubrí que podía entrar en vos.

—¿Por qué yo?

—Porque me dejaste entrar.

Mateo sintió un escalofrío.

Lucifer continuó:

—Cada vez que aceptaste mi ayuda, cada vez que confiaste en mí, cada vez que me llamaste amigo, nuestra conexión se hizo más fuerte. No porque me debieras algo. Sino porque me abriste la puerta.

—¡Vos me dijiste que no querías nada!

—Y era verdad.

Lucifer se inclinó hacia él.

—No quería tu alma, Mateo. Quería tu amistad. Quería tu confianza. Quería saber qué se sentía al tener un amigo de verdad.

Sus ojos se oscurecieron.

—Pero nunca imaginé que, al entrar en tu vida, también podría entrar en tu conciencia.

Mateo retrocedió.

—¿Y ahora no podés salir?

Por primera vez, Lucifer pareció asustado.

—No.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

—¿Qué significa eso? —preguntó Mateo.

Lucifer miró hacia el espejo de la pared.

—Significa que ya no soy el único que vive dentro de vos.

Capítulo VI: La casa de las fotografías

Los meses siguientes convirtieron el pueblo en un lugar irreconocible.

Mateo dejó de salir durante el día. Las ventanas de su casa permanecían cerradas, y por las noches los vecinos aseguraban escuchar dos voces discutiendo en su interior.

Una era la de Mateo.

La otra era idéntica, pero hablaba con una calma inhumana.

La policía investigó varias desapariciones. En las paredes de algunas casas aparecieron símbolos que nadie reconocía. El párroco abandonó el pueblo sin despedirse de nadie.

Y cada mañana, Mateo encontraba una fotografía nueva sobre la mesa del comedor.

Eran fotografías de personas que conocía.

Personas que alguna vez lo habían humillado.

Personas que le habían negado ayuda.

Personas que, en algún momento, habían sido crueles con él.

En el reverso de cada fotografía había una frase escrita con tinta negra:

«TODAVÍA TE ACORDÁS, ¿VERDAD?»

Mateo comenzó a destruirlas.

Las quemaba en la chimenea, las rompía en pedazos y las enterraba en el jardín.

Pero al día siguiente aparecían fotografías nuevas.

Una noche encontró una imagen de su madre, que había muerto cuando él era niño.

Se quedó mirándola durante horas.

No recordaba haberle contado a Lucifer casi nada sobre ella.

En el reverso leyó:

«ELLA TAMBIÉN HABRÍA QUERIDO QUE FUERAS FELIZ».

Mateo sintió que se le cerraba la garganta.

—¿Por qué hacés esto?

La voz surgió desde el pasillo.

—Porque quiero ayudarte.

Lucifer apareció bajo la luz tenue del corredor.

Ya no vestía su traje elegante. Su ropa estaba oscurecida, y su rostro parecía cansado.

—No necesito tu ayuda —respondió Mateo.

—Sí la necesitás.

—¡Quiero que me dejes en paz!

—Yo también quiero eso.

Mateo lo miró.

Lucifer parecía sinceramente desesperado.

—¿No entendés? —dijo el diablo—. Cada vez que vos perdés el control, yo también lo pierdo. Cada vez que esa cosa utiliza tu cuerpo, siento cómo me arrastra con vos.

—¿Qué cosa?

Lucifer tardó en responder.

—La parte de mí que vos despertaste.

Entonces Mateo comprendió algo terrible.

El diablo había entrado en su vida creyendo que podía controlar aquella relación.

Pero ahora había algo dentro de ambos que ninguno de los dos comprendía.

Y ese algo estaba creciendo.

Capítulo VII: La última noche de Lucifer

Una noche, Mateo despertó al escuchar golpes en la puerta.

Era el padre Gabriel, el antiguo sacerdote del pueblo, acompañado por una mujer llamada Elena, una psicóloga que había conocido a Mateo antes de que su vida cambiara.

Habían venido a ayudarlo.

—Mateo, sabemos que estás sufriendo —dijo Elena desde el otro lado—. No tenés que enfrentarte a esto solo.

Mateo abrió la puerta.

Por un instante, volvió a parecer el hombre de antes.

Tenía los ojos llenos de lágrimas y las manos temblorosas.

—No se acerquen —les advirtió—. No saben lo que hay acá.

El padre Gabriel levantó una pequeña cruz.

Desde el fondo de la casa surgió una carcajada.

Las luces se apagaron.

Cuando volvieron, Lucifer estaba parado en lo alto de la escalera.

Pero ya no tenía forma humana.

Su silueta parecía demasiado alta para la habitación, y su sombra se extendía por las paredes como si perteneciera a una criatura mucho más grande.

—Siempre tan convencidos de que pueden salvarlo todo —dijo.

Mateo se llevó las manos a la cabeza.

—¡Salí de mi casa!

—Esta también es mi casa.

—¡SALÍ DE MI CUERPO!

El grito hizo temblar los cristales de las ventanas.

Elena intentó acercarse, pero el padre Gabriel la detuvo.

Lucifer miró a Mateo.

Durante un segundo, su rostro recuperó la apariencia del hombre que había conocido junto a la iglesia.

El amigo que le había comprado comida.

El amigo que lo había escuchado llorar.

El amigo que se había sentado a su lado cuando nadie más quería hacerlo.

—Mateo —dijo con una voz casi humana—, tenés que recordar quién eras antes de conocerme.

—No me acuerdo.

—Sí te acordás.

Mateo comenzó a llorar.

—Tengo miedo.

Lucifer bajó lentamente la cabeza.

—Yo también.

Entonces, desde algún lugar dentro de Mateo, surgió una tercera voz.

Una voz que no era la de ninguno de los dos.

Qué conmovedor.

Las paredes se agrietaron.

El padre Gabriel cayó de rodillas. Elena retrocedió hacia la puerta, incapaz de apartar la mirada de la oscuridad que se extendía por el techo.

Lucifer gritó.

No fue un grito de rabia.

Fue un grito de dolor.

—¡NO! —rugió—. ¡A ÉL NO!

La sombra se abalanzó sobre Mateo.

Durante un instante, todo quedó en silencio.

Cuando la luz regresó, Lucifer había desaparecido.

Mateo estaba solo en el centro de la habitación.

Y por primera vez desde que había conocido al diablo, no escuchaba ninguna voz.

Elena corrió hacia él.

—Mateo, ¿estás bien?

Él la miró sin responder.

Sus ojos estaban completamente negros.

Después sonrió.

—Mucho mejor —dijo.

Y la voz que salió de su boca no era la suya.

Capítulo VIII: Lo que jamás debió despertar

A la mañana siguiente, el pueblo estaba vacío.

Las puertas de las casas permanecían abiertas. Los vehículos habían quedado abandonados en las calles. En la iglesia, las campanas sonaban sin que nadie tirara de las cuerdas.

Nadie supo explicar qué había ocurrido aquella noche.

Algunos afirmaron que el pueblo había sido castigado por sus pecados. Otros dijeron que se trataba de una maldición antigua.

La verdad era mucho peor.

Mateo caminaba solo por la carretera que salía del pueblo.

Llevaba una pequeña maleta y vestía el mismo abrigo que usaba cuando era pobre.

Había dejado atrás el dinero, la casa y todos los objetos que Lucifer le había regalado.

Mientras caminaba, escuchó una voz débil.

—Mateo…

Se detuvo.

La voz provenía de su interior.

Pero esta vez no era la tercera voz.

Era Lucifer.

—Mateo, escuchame.

El hombre cerró los ojos.

—¿Estás ahí?

—Sí.

—¿Qué pasó?

La respuesta tardó en llegar.

—Lo que despertaste tomó el control.

—¿Dónde estás?

Hubo un silencio prolongado.

—Acá.

Mateo sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Podés volver a ser como antes?

Lucifer no respondió inmediatamente.

—No lo sé.

Mateo se sentó junto a la carretera.

Por primera vez, comprendió que Lucifer no había querido destruirlo. El diablo había sido su amigo, a su manera torcida y peligrosa. Le había dado una vida que jamás había imaginado y había disfrutado de su compañía sin exigirle un precio.

Pero había cometido un error que ni siquiera él podía reparar.

Había entrado en el corazón de un hombre solitario sin comprender que, dentro de sí mismo, también escondía una oscuridad capaz de crecer.

—Lo siento —susurró Mateo.

—Yo también —respondió Lucifer.

Por un instante, ambos guardaron silencio.

Entonces la tercera voz volvió a hablar.

Qué bonito. Dos amigos pidiéndose perdón.

Mateo se puso de pie.

—¿Quién sos?

La voz se rio suavemente.

Soy aquello que queda cuando el bien y el mal dejan de distinguirse.

—¿Sos el diablo?

No.

Mateo sintió que el mundo entero se detenía.

El diablo está hablando con vos.

Un frío profundo le recorrió el cuerpo.

Yo soy lo que encontró cuando entró.

Mateo comenzó a correr.

La carretera parecía no terminar nunca. El cielo se oscureció, aunque todavía era de mañana. A ambos lados, los árboles se inclinaban hacia el camino como si quisieran observarlo pasar.

Entonces vio una figura al final de la carretera.

Un hombre vestido de negro.

Un traje impecable.

Zapatos brillantes.

Una sonrisa tranquila.

Era Lucifer.

Mateo se detuvo, sin aliento.

—¡Vos estás dentro de mí! —gritó—. ¡Te estoy escuchando!

La figura sonrió.

—No, Mateo.

Y señaló hacia el suelo.

Mateo miró su propia sombra.

Había tres figuras bajo sus pies.

La suya.

La de Lucifer.

Y una tercera, enorme, con unos brazos que se extendían mucho más allá de su cuerpo.

Cuando levantó la cabeza, el hombre del traje había desaparecido.

En su lugar había un espejo apoyado en medio de la carretera.

Mateo se acercó lentamente.

En el reflejo vio su rostro.

Después vio el de Lucifer detrás de él.

Y finalmente vio una tercera cara que no tenía ojos, ni boca, ni ninguna característica humana.

La superficie del espejo se oscureció.

Una frase apareció escrita desde el otro lado:

«EL DIABLO NO VINO A LLEVARSE TU ALMA. VINO A SER TU AMIGO. Y AHORA LOS DOS SOMOS PRISIONEROS DE ALGO QUE NO DEBERÍA EXISTIR».

Mateo cayó de rodillas.

—¿Cómo puedo detenerlo?

Desde el interior del espejo, Lucifer respondió con una voz casi inaudible:

—No podés.

La tercera voz habló por última vez.

Pero podés ayudarme a encontrar otro amigo.

El espejo se hizo añicos.

Y Mateo desapareció.

Epílogo: El hombre que aparece cuando llueve

Muchos años después, en otro pueblo, un joven pobre caminaba por la calle durante una noche de tormenta.

No tenía dinero para cenar.

Sus zapatos estaban rotos.

Y llevaba tanto tiempo sintiéndose solo que había comenzado a creer que su vida nunca cambiaría.

Cuando pasó frente a una iglesia abandonada, escuchó una voz.

—¿Siempre caminás solo?

El joven se dio vuelta.

Había un hombre vestido de negro, con zapatos impecables y una sonrisa tranquila.

Parecía cansado.

Sus ojos tenían una tristeza imposible de explicar.

—¿Quién sos? —preguntó el joven.

El hombre miró hacia el cielo.

—Me llamo Mateo.

—¿Y qué querés de mí?

Mateo permaneció en silencio durante un largo rato.

Dentro de su cabeza, Lucifer gritaba que se marchara. Le suplicaba que no hablara con aquel desconocido. Le decía que todavía estaban a tiempo de impedir otra tragedia.

Pero la tercera voz susurró:

Decile que podés ayudarlo.

Mateo cerró los ojos.

Recordó la primera comida que Lucifer le había comprado. Recordó su antigua casa, las noches de conversación y aquella amistad que, durante un tiempo, le había hecho creer que el mundo podía ser un lugar menos cruel.

Después abrió los ojos.

—Nada —respondió—. No quiero absolutamente nada de vos.

Y le tendió la mano.

El joven la aceptó.

A lo lejos, los truenos hicieron temblar las ventanas.

Thoughts

  • maratonvacio

    Ya merito terminaba el capítulo VI cuando se me cerraron los ojos, y soñé que las fotos eran de gente que me debía dinero a mí. Al otro día seguí y no hombre, lo de la mamá estaba peor que lo que soñé.

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  • letrasperdidas

    Lo inquietante no es el pacto sino la confianza que Lucifer se gana pagando deudas. En «💎 AMOR, LUJO Y TRAICIÓN CAPITULOS 4», una novela por entregas, la traición viene de un tío leal.

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  • lechuzita

    Lo leí entero de noche y el reflejo que tarda un segundo en levantar la mano me hizo apagar la pantalla un rato, posta jaja

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  • libretanegra

    Me quedo con el espejo que sonríe a destiempo: un diablo que busca dónde quedarse asusta más que cualquier pacto. En Germen, de RodrigoAcosta, el mal también se trae adentro, desde chico.

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  • letrasperdidas

    Ave María, la foto de la mamá me dejó pensando: Lucifer casi no sabía nada de ella. Esa la dejó la tercera voz en la mesa, seguro.

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  • libretanegra

    Mirá quién termina pidiendo perdón al costado de la ruta: el diablo. Para mí el cuento va de dos solos que se juntan, Mateo sin nadie en el pueblo y Lucifer aburrido de la eternidad, y lo que no debería existir nace justo de esa amistad. Por eso el epílogo pesa tanto. Mateo usa la misma palabra que usaron con él, nada, y le da la mano a otro pibe con los zapatos rotos. La rueda ya está girando sola.

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