Don Julián cruza el umbral y sale de su casa con el paso del que ya nada le importa. Estando afuera ob
serva con reojos a la enclenque cucha del Tobi, su perro fiel que murió joven, y al que le hacía feliz beber agua del lago. Don Julián vuelve a refunfuñar levantando la mirada y enfocando hacia la nada misma.
Camina. Camina como aquellos que quieren evitar su destino. En cada paso por las polvorientas calles grises y vacías, aparece un recuerdo, como el cartel oxidado sobre la calle principal con el nombre del antiguo geólogo alemán, ese tipo de aire sobrador que convenció a la generación anterior del progreso que nunca llegó. Don Julián escupe con desprecio ese cartel y se aleja no sin volver a refunfuñar. Las casas vacías de cada vecino que huyó del lugar, y las casas habitadas por los fantasmas de los que murieron de prematura edad. El cáncer se instaló sin pedir permiso y a muchos sorprendió antes que pudieran huir. La pulpería de Don Luis, donde se reunieron los primeros manifestantes en aquellos años cuando la desgracia se instaló como si fuera un habitante más del pueblo, allí los vecinos empezaron a entender el efecto contaminante que los envolvía y peleaban formando dos bandos: los que defendían al lago y los que apoyaban las promesas del progreso. En esta división, el claro ganador fue el gasoducto que siguió creciendo como a quien nada le importa.
Don Julian camina. Camina lento, con el peso del mundo en sus hombros, Don Julián se para frente al despeñadero del lago. Observa enojado al este, donde se ven a lo lejos las luces del gasoducto. Ya sin fuerzas para hablar y menos para gritar, solamente le puede balbucear al gasoducto: -¡Cuánto daño que me hiciste!-
Don Julian ya no camina más. Vuelve la mirada hacia el lago harta de angustia. La decisión ya fue tomada por el último habitante del pueblo. Don Julián no quiere destruir su cuerpo, quiere terminar con su propio cáncer. La voz de María, su amada María y la voz de Ariel, siempre amorosa con su padre; lo llaman. Una paz que Don Julián ya no recordaba, lo colma como se colman los platos de sopas para las personas más amadas. Desclava sus ojos del lago, levanta la mirada al cielo y busca a María y Ariel. Su cara gesticula una apacible sonrisa, y sin bajar la mirada, Don Julián s i m p l e m e n t e s e d e j a c a e r.
El silencio del pueblo es abrumador. El gasoducto a los lejos sigue mirando con despectiva indiferencia a cada muerte y festejando la posibilidad de seguir creciendo.
Fin.