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El come maní

ZaidaPaz
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Desde que tengo 25 años arreglo autos y voy a pescar con mi vecino Eulogio, que tiene una cabaña cerca del río. Él siempre me enseñaba cosas porque decía que había que aprender hasta que tengamos…

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Contenido de la publicación

Desde que tengo 25 años arreglo autos y voy a pescar con mi vecino Eulogio, que tiene una cabaña cerca del río. Él siempre me enseñaba cosas porque decía que había que aprender hasta que tengamos 100 años. Me había prometido esa cabaña para cuando ya no esté; siempre le agradeceré a él y a su familia, que siempre han sido buenos amigos.

Amo comer mucho maní, tomar cerveza y, en invierno, licor. Voy a un bar donde solía charlar con vecinos y gente que estaba de paso. Su estructura, toda de madera y con botellas vacías colgadas, le daba un aspecto familiar. Tenía un reloj de madera súper grande; cuando abrís la puerta rechina horrible y, encima, es re pesada.

Yo soy de pelo ondulado marrón, ojos almendrados y unos bigotes pequeños. Soy flaco y me mantengo bien. Siempre estoy con un jean y una remera que dice "Eres un maldito" pero en inglés; cuando se gaste, me compro otra porque es de mi amigo Leandro, que hace remeras raras.

Nunca encaré a ninguna chica. Ahora que tengo 58 años, pienso en que he tenido relaciones casuales varias veces, presionado, la verdad, para no quedar mal con el grupo de cabezas huecas de la secundaria. Después elegí mi propia manera de hacer las cosas; el problema es que no sé cuál es esa manera y no sé qué hacer cuando alguien me gusta. Habían pasado varias chicas en charlas y jamás las invité; volvía a casa, me acostaba y dormía intranquilo.

Mi casa alquilada la mantenía bien, estaba pegada al taller. Tenía un sillón, una TV, el mueble donde tenía un velador por si leía algo y siempre tenía una camisa del taller colgada cerca. El armario mío era viejo y se caía a pedazos; no sé por qué, pero nadie tiene todo sano, todos tenemos un mueble destruido que no queremos tirar.

El día que la conocí

La conocí en un bar llamado "El Loquito", siempre atestado de gente. Yo estaba borracho y me la presentó un amigo al que nunca volví a ver. Ese día ella lucía un pantalón ajustado que le quedaba hermoso, una remera rayada y un saco negro. Tenía el pelo largo, castaño oscuro, los labios pintados de rojo y una sombra gris y negra que resaltaba sus grandes ojos. Me sonrió con unos dientes enormes pero cordiales y me dijo:

—Me llamo Helena, vivo cerca.

—Qué bueno —le dije. Mi amigo me guiñó un ojo y se fue. Desde entonces somos amigos. Nunca le dije nada.

Empezamos una amistad muy linda que, en el fondo, nunca quise perder. El día que volví de ese bar me fui a dormir y, cuando desperté, tenía varios mensajes de ella en el celular: "Disculpa que no mandé mensaje antes, estaba durmiendo como una morsa tirada". Le contesté y eso la hizo reír. Esos pocos mensajes eran tiernos, si se quiere: "La pasé bien", "Me alegró conocerte", etc.

En la semana yo estaba enfrascado en mi rutina, pero los viernes solíamos encontrarnos y charlar de la semana vivida. A veces nos abrazábamos y algunos lugareños me gastaban bromas diciendo "que era gay", ideas de gente ignorante. La realidad era que me ponía a gusto y no tengo iniciativa para el encare. Los sábados también compartíamos caminatas en la cabaña de mi amigo mientras ella cebaba mate, y el domingo quizás nos mensajeábamos.

Yo me enamoré rápidamente de ella, de su sencillez. Pero cuando se puso de novia, parecía que estaba consolidada su relación y mis fantasías de salir con ella desaparecieron. Sin embargo, nos mensajeábamos como siempre y nos contábamos cosas; quizás el viernes era el día fijo que nos veíamos, pero un poco más distantes que antes. Yo siempre le decía de vernos en privado porque no me gustaba contar mis cosas delante de su novio.

Supongo que, en parte, no soy adepto a tener pareja o planear una familia; soy una persona solitaria, pero me gusta tener amigos. No sé por qué la idea de tener hijos nunca me gustó. Hace dos años me había hecho la vasectomía para evitar que alguien me golpee la puerta diciendo: "Este bebé es tuyo, ponle tu apellido".

Florencia y los tiempos difíciles

Todo puede cambiar cuando alguien te precisa, que es lo que a mí me pasó. Ella quedó embarazada y se fueron a vivir juntos. Todo el embarazo fue un cambio radical porque la quería ver, pero estaba cansada, así que tratábamos de buscar un horario en el que no estuviera tan dormida para tomar algo. Los primeros meses se hizo imposible, después sí pudimos tomar unos ricos licuados (yo nunca los había tomado). La traía en mi auto para que descanse.

Cuando tuvo contracciones, él no estaba; la dejaba muchas veces sola. Así que me llamó y la llevé; me dejaron entrar, así que la ayudé a parir. Me sentía como cuando estoy arreglando motores: un poco de fuerza y un poco de estilo. Por suerte fue un parto normal. Cuando salió el bebé no lo podía creer, ¡qué impresión! (Así salen, pensaba yo).

Después fui a ayudarla, a llevarle los supositorios, agua mineral, algunas galletitas... La bebé, Flor, chupaba la teta con fuerza. La llevé a su casa y me quedé intranquilo en la mía, con el celu bien cargado de batería por las dudas y escuchando la música bajito por si sonaba. Yo le regalé el body que decía "Púdrete" a la bebé y le saqué cientos de fotos; me río, era gracioso ver la combinación entre su carita tierna y el body.

Yo nunca me metí en su relación ni preguntaba sobre el tema. Sé que ella lo echó después de que él le robó plata, pero no le comenté nada porque, ¿para qué tirar mala onda, no? Trabajaba en mi taller y, cuando terminaba, pasaba por su casa. Le llenaba la heladera de provisiones para que no le faltara nada. Cuando yo no estaba —porque debía sí o sí trabajar, si no se complicaba aún más—, le cocinaba para que tenga para un día entero: tartas de verdura, pollo con papas, ensaladas... Le dejaba todo preparado y cualquier cosa que precisaba, me mandaba un mensaje.

Más allá de eso, la pobre estaba destruida de no poder dormir bien por la bebé. Cuando cicatrizaron todos los puntos, se puso a trabajar, así que acumulaba cansancio, estrés... un poco de todo, pero nunca se quejó. La bebé crecía hermosa, rozagante, me gustaban sus hoyuelos. Mientras yo arreglaba algo, ella desde su cochecito me miraba. Me acostumbré a esta vida extraña donde no tenía mucho espacio para mí. Cuando estaba solo en casa, disfrutaba a medias por las dudas de que ella me llamara.

Un día se enfermó. Ese día no trabajé y la ayudé en todo; precisaba descansar para que se le pase el malestar, así que a la bebé le di de comer, le cambié los pañales, la bañé, la paseé y me fui a mi casa sintiendo como si me faltara algo.

Cuando Florencia tenía 3 años entró al jardín y ahí la vida se puso un poco más fácil. Ella la llevaba y yo la pasaba a buscar; jugaba en mi taller. Transcurrieron esos años, yo me concentré un poco más en mi vida privada y los sábados comencé a salir de vuelta (ella, si tenía un problema, contrataba una niñera). Volví al bar a tomar cerveza y a lucir la remera de mi amigo que decía "Jamás pidas perdón", y la otra de "Púdrete, eres basura". Me divertía, espantaba a la gente estúpida como un conjuro.

Ema y el límite a los cobardes

Sumado a problemas y desgracias, ella comenzó a salir con un tipo que había conocido en el trabajo que, para variar, era una alimaña. Demostró ser ruin, la maltrató y ella se escapó de su propia casa. Me trajo a la nena. Yo estaba enojado, quería agarrarlo yo, pero ella no me dejó y tuve miedo por ella por primera vez. Así que me fui, llevé a la nena, se la di al hermano de don Eulogio y regresé rápido con unos palos y cosas duras para arreglar autos. "Le parto la cabeza y voy preso, ya fue", me dije.

Cuando llegué, ella estaba tirada; él se había ido. Estaba herida, así que rápido la llevé a la clínica, expliqué todo y me fui con la nena. Cuando pudo, le dieron el alta, volvió a su casa, cambió la cerradura y no tuvo más problemas.

Me mandó mensajes al celular dos días después:

—Hola, loqui.

—Hola, ¿cómo va?

—Estoy embarazada, me hice el test.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo voy a tener.

—¿Y cómo vas a hacer con todo? Acordate de que cuando Flor nació te ayudé mucho porque estabas sola, igual que ahora.

—Ya sé, tengo que tener dos trabajos sí o sí.

—Pero por eso te digo...

—No importa, siempre que estemos todos juntos estaremos bien.

A Florencia le gustaba ir a pescar conmigo, aunque era chiquita disfrutaba de estar en la cabaña a pasar el fin de semana, más cuando ella tuvo a la beba llamada Ema.

La vida era más tranquila ya con Flor de 6 años. Charlábamos para que en un futuro evitara a esos tipos violentos; a Flor le expliqué cómo eran esos tipos, que esté alerta, que arranque de chica a observar.

Ambas crecieron. Cuando Ema tenía 6 años, Flor ya estaba en sus 12. Eran distintas: Florencia se contentaba con estar panza para arriba mirando las estrellas, y a Ema le gustaba abrazarme fuerte. A Ema no le gustaba estar sola; a Florencia le encantaba meditar sola. Enseguida estaban pegadas a mí: íbamos a pescar, íbamos a comprar, a todos lados siempre juntos. Así pasaron los años.

—¿Por qué mamá tiene dos trabajos? —quiso saber Ema un día.

—Mamá no puede con todos los gastos —le respondí.

Flor me miró y dijo:

—Para que podamos tener nuestras cosas.

—Extraño mucho a mamá, eso pasa —agregó Ema.

—Bueno, pero está él —remató Flor.

Flor era drástica: si tenía un problema lo contaba, incluso cosas incómodas, pero se las aceptaba. Me acuerdo cuando se masturbó por primera vez; lo había visto en internet, se sintió excitada, vino y me contó. Ahí le expliqué, vimos videos juntos y le conté lo real y lo irreal, con mucha incomodidad, pero también con la idea de que no aprenda cosas que no son. Ema también tenía sus verdades que me hacían mejor persona.

Un día Helena vino a casa toda llorosa, estaba cansada. Le dije que se pegara una ducha, que tenía algo especial para ella. Se bañó y, con otra cara, comió mi rico guiso de estofado y verduras. Se durmió en la mesa; la llevé, la tapé y me fui al living. No era la primera vez que venía.

Mi rutina en la semana era irme al bar a tomar algo y meditar comiendo maní y papas fritas; me acomodaba en la silla y meditaba casi con los ojos cerrados. Me re gustaba, era mi momento de distensión.

El gran paso

Pasó un tiempo importante. Vino Helena a verme y me contó que había dejado un laburo:

—Florencia se consiguió un laburo con un conocido de medio turno, así puede ir a la escuela, y Ema tiene la beca, así que puedo estar libre los fines de semana después de tantos años.

—Me alegro mucho por vos, brindemos.

Saqué unas cervezas y una bolsa de maníes. Hacía mucho que no estábamos así de distendidos, porque hacía años que no estábamos tan relajados.

—Bueno, ahora podemos salir si querés mañana —me dijo.

Le contesté que sí, que no había problema, y la despedí con un abrazo.

El sábado a la mañana, Florencia me viene a ver:

—¿Viste? Mamá largó el laburo, estoy feliz. Al menos la tenemos más en casa. Me conseguí un trabajo en un súper, estoy contenta, tengo mi plata. Además, hoy tengo una cita.

—No hagas lío y usá preservativo —le dije.

—¿Qué onda con mamá? Vino a verte, ¿no?

—Sí, charlamos, la invité a una cerveza acá y charlamos de todo un poco, estuvo lindo.

—¿No la invitaste a salir? —preguntó sorprendida.

—Ella me invitó.

Flor me hizo gestos groseros y me dijo: "Púdrete, perdedor".

A la noche, mientras miraba el río, escuché a Helena llegar. Me paré enseguida.

—Estás hermosa.

—Gracias. Sí, estoy re contenta, mi primer sábado libre.

—Vamos —le dije.

Nos fuimos en mi auto. Miré sus piernas hermosas —cómo las extrañaba— y su pelo, como siempre, hermoso y ondulante. Ya no tenía más esas ojeras o ojos llorosos, ni cara de estar a punto de llorar. Charlamos mucho; sí, yo tomé más que ella, obviamente.

—Flor tiene razón, sos un bicho comedor de maní —me dijo.

Largué una carcajada: —Esta Flor es tremenda. Tiene razón.

La miré a los ojos y le di un abrazo. Nos sacamos una foto y la mandamos al celular. Flor fue la primera en contestar: "Mmmm, qué hermosos que están, con una carita de amor", y Ema puso: "Al fin, bellos". Me puse rojo y comí maní.

Pero después Flor puso: "Diviértanse y no se arrepientan de nada". Me tembló el labio, no de tristeza ni de llorar; me puse nervioso y mareado.

—Te tengo que contar algo —me dijo Helena. —Estoy contenta porque me aumentaron el sueldo y me gusta el trabajo.

—Qué bueno, me alegro, ahora vas a estar mucho más relajada.

—Sí, tengo ganas de viajar a algún lado y conocer, ahora que las chiquis están grandes.

—Es muy linda idea, siempre que estés en vacaciones, ¿no?

—Así es. ¿Podemos viajar juntos, no?

—Claro, obvio, no lo iba a hacer sola.

Nos reímos.

—Siempre quise conocer todo lo costero —añadió ella.

—Y yo las montañas, pero también el litoral.

Un mensaje de Flor al celular: "Llevátela a un lugar más íntimo, perdedor come maní". Me reí.

—Bueno, vamos —dije.

—¿A dónde?

—Al "Bar del Sol", ¿te parece? Más tranqui.

—Ese bar, si no recuerdo mal, tiene un trago con helado.

—Creo que sí —le dije.

El bar estaba atestado de gente. Muchas miradas en ella, otras en mí, algunas sonrisas picarescas, otras un poco turbias. Pasamos a un rincón y nos pedimos algo, pero no comí maní. Me puso los brazos en el cuello y apoyé mi frente junto a la de ella. Parecía un sueño para mí; tantos años imaginando salir con ella y no pasaba nada.

Suena el celular. Un mensaje de Flor: "Pedile que te cuente una anécdota, una confesión, algo agradable, y vos correspondéle". Entonces lo hice; le pedí que me cuente una anécdota, algo que no supiera.

Me confesó una cosa triste: que casi se quiso suicidar cuando se quedó sola con Flor, pero la vio a ella, se calmó, me llamó por teléfono y que ese café que le di fue todo para ella. Me sonrojé y me sentí contento. Le acaricié la cara dulcemente y le guiñé un ojo. Saqué una foto así como estábamos y se la mandé a Flor. "Oh, estás dejando de ser perdedor, bien", alentó ella.

—¿Querés ir a casa o nos quedamos un poco más?

—Nos quedamos un poco —me dijo.

Así estuvimos. Nos pedimos varios tragos de helado con licor que eran riquísimos. Yo estaba relajado y haciéndole mimos con las manos, me gusta. Cuando llegamos a casa, nos sentamos en mi sillón desvencijado pero con muchos recuerdos; ahí nos pusimos tranquilos. Me acuerdo de haber dormido acá mientras ella descansaba en mi cama.

Nos fuimos a mi cama. Ella apoyó su cabeza en mi pecho y quedó así. Yo crucé mis piernas y me dije para mí mismo: "Lo lograste, tonto".

Una nueva vida juntos

Cuando me levanté, ella estaba dormida como un ángel. La desperté y me dijo:

—Me voy a bañar.

Vi en el celu que tenía tres mensajes de Flor: "¿Qué pasó? ¿Todo bien? ¿Están juntos ahí?". Le contesté: "Hola Flor, todo bien, estamos juntos. No pasó nada, estuvo muy linda y tierna la velada. Gracias por tus consejos certeros, los usé a todos, te lo juro. Sigo medio perdedor".

—¡Te amooo! —me puso.

—Yo más —le contesté. No quería decepcionarte ni a vos ni a Ema.

Cuando salió del baño, se puso la bata y fuimos a desayunar; se le veían un poco los pezones.

—Me encanta cómo te queda la bata.

—Gracias, me gusta estar con vos. ¿Qué te gusta de mí? —dijo. Me agarró desprevenido, pero alcancé a decir:

—Tu sencillez, tu carácter, tu perseverancia...

—Yo amo tu paciencia con las chicas, tu calma, nada te altera.

Me acerqué y la besé en la boca. Se acercó más y la acaricié; así estuve un rato y le acaricié los pechos suavemente, sin apuro. Estaba muy decidido, pero con mucho miedo. Le preguntaba qué quería que hiciera y la pasamos lindo. No podía creerlo cuando llegó la penetración; estábamos tan abrazados, sintiéndonos, que fue un momento muy lindo. Nos quedamos abrazados y nos dormimos de vuelta. Dicen los especialistas que la energía que se usa en el sexo se renueva después de una pequeña siesta.

Flor había avisado a qué hora venían, así que nos vestimos y ellas llegaron después. Pasamos una tarde linda. A la noche miramos pelis, y cuando nos fuimos a la cama nos sonreíamos; teníamos libertad para hacerlo.

El lunes me sentí tan liviano que creí que pesaba 20 kilos menos; no mi costó salir de la cama. Hasta creí que las patas de gallo se me iban. Pero una punzada de dolor me hizo pensar que era solo calentura, que estaba confundida, sola, y todo ese peso se me puso de vuelta como una capa. "Soy su sobra", me dije, "a ella le gustan los malos".

Flor me mandó un mensaje: "Quería comentarte que no solo no me decepcionaste, te superaste al máximo y mamá está loca de feliz. Te digo porque ya te veo que te vas al bar a tomar hasta quedar borracho con esos maníes del infierno, nervioso y compungido". Me río y le contesto: "No iba a salir corriendo al bar, pero sí me tranquiliza".

—Sí, seguro (ironía) —puso ella.

Ese día Helena vino a casa. Yo tenía terror, pero pensaba que había que saber sobrellevarlo. Hablamos, nos besamos, estuvimos juntos y ahí me dijo algo que me sacó el miedo:

—Vivamos todos juntos, ¿querés?

Le dije que sí.

Cuando estábamos en la cama, surgió el tema del preservativo antes de hacerlo porque no había sacado el sobre. Ahí tuve que explicarle que no podía tener hijos, que era innecesario. Me preguntó por qué y le conté.

—Y no quiero hijos, eso ya lo sabés, así que somos dos —me dijo.

Le guiñé un ojo.

Cuando te sentís completo es una sensación rara: nada te fastidia ni nada te altera, te puede bailar un mono en la cabeza que no harías movimiento alguno. Todo lo que anhelaba se cumplió. Ella no tenía un ideal de mí, sino una verdad; y yo tenía de ella todo, porque en el fondo teníamos en común a sus hijas, con sus ideas y con su crianza. Era un rico pero pobre.

Muchas veces la vida es intensa, tenemos una

mochila llena de cosas. Es lindo poder estar con alguien a quien amamos hasta las tripas, y que cuando le pasa algo nos duela como si nos estuvieran matando; porque somos uno en todos, y así crecemos unidos y, algún día, morimos.

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