Vas y venís como las olas,
sin saber dónde anclar,
me abandonás entre tus sombras
y regresás cuando querés naufragar.
Y yo, que conozco tus partidas,
que he aprendido a verlas venir,
todavía confundo tus regresos
con las ganas que tenés de mí.
Tuviste otros labios, otros nombres,
otros brazos donde descansar,
pero siempre volvés a mi puerta
cuando ya no te quieren abrazar.
Y qué triste es mi condena,
qué difícil de aceptar:
una parte mía te cree cuando volvés,
aunque otra sepa la verdad.
Porque quizás no es que me ames,
ni que me extrañes de verdad;
quizás volvés porque en el mundo
nadie te sabe soportar.
Quizás no extrañás mis besos,
ni mi manera de cuidar;
extrañás saber que, pese a todo,
todavía te sé esperar.
Y yo le pongo amor a tus regresos,
le invento un destino a tu ansiedad,
confundo el miedo de perderme
con tus ganas de no estar en soledad.
Porque el apego también engaña,
teje esperanzas donde no hay,
te hace llamar hogar a una puerta
que nunca terminás de cruzar.
Y lo peor no es que te vayas,
ni que vuelvas una vez más;
es que cada vez que te marchás,
una parte mía se empieza a quedar.
Me quedo atada a tus promesas,
a lo que fuimos, a lo que no será,
a esa absurda esperanza de que un día
volver no sea tu forma de escapar.
Y quizás algún día lo comprenda,
aunque hoy me cueste aceptar:
no todo el que regresa te ama,
ni todo el que te busca sabe amar.
Porque yo no quiero ser tu refugio
cuando nadie más te quiera abrigar.
No quiero ser el lugar al que volvés
cuando no tenés dónde más estar.
Quiero que alguien me elija en la calma,
sin tener miedo de verme marchar;
que no me busque porque está solo,
sino porque conmigo quiere estar.
Y si algún día dejo de esperarte,
si ya no me duele verte partir,
no será porque nunca te amé,
sino porque aprendí a no abandonarme por ti.