Tardaste setecientos ochenta minutos en nacer, y te fuiste pasados 5.782e+6; traducidos en unos pocos años…
Eso escribiste ayer en tu diario íntimo. El que ocultabas de la vista de papá o de cualquiera que no fueras vos misma. Fue un regalo de la abuela para tu cumpleaños número cuarenta. Tuviste que admitírmelo a mi al menos, por que te lo pregunte unas 200 veces; o algo así dijiste. No sabia como eras capaz de calcular la cantidad de veces que te decía algo, un superpoder de las mamás supongo.
Te observo derramando lágrimas sobre ese cuaderno, arrastrando la lapicera hasta que rompes la hoja y arrojas ambas cosas al otro lado de la habitación. Tus rasgos cambian y pones cara de enojada. De dolor. Mucho dolor. Y gritas. Hasta alcanzarías a aturdirme, si estuviera allí para poder oírte. Me buscas con la mirada enrojecida, maldices por lo bajo y vuelves el cuerpo otra vez sobre ti misma. Vas a dormir. O a intentarlo. Desde que todo pasó, no has podido dormir como antes. Apenas cierras los ojos, te abrazas fuertemente y dejas que las lágrimas se hagan cargo del resto. Pasan algunos minutos silenciosos donde las cortinas de la ventana, se agitan ligeramente para dejar entrar la brisa veraniega del anochecer. Todo el mundo se sucede al otro lado de nosotros.
Me agacho junto a la cama, a tu lado. Te veo perseguir mi recuerdo con los ojos, detrás de tus párpados inquietos. Me gustaría sonreírte, poder tocarte. Aliviar algo de la carga. Solo me queda esperarte cerca del rincón más alejado de la habitación.
Fue una mañana camino a la escuela. Me besaste la frente, te reíste de un chiste pasadísimo de moda que dijo papá entre dientes; pero que ambos conocíamos de memoria, por lo que aun así nos reímos. Te brillaron mucho los ojos y a mi también. Eso lo recuerdo bien. Me despediste desde la puerta con la mano en alto, relajada. El último negocio que lograste cerrar con éxito iba sobre ruedas, te estabas preparando para lanzar tu propia marca de ropa a fin de año. Nada podía detener tus ansias de volar.
Hasta mi accidente.
El tiempo corre de otra manera de este lado. En tu versión, pasaron tres largos días desde que me fui; aquí sólo unos minutos. El sonido atronador del choque me paralizó un instante; para el siguiente, encontrarme flotando en medio de la nada. Rodeado de un negro tan intenso, parecido al centro de un agujero negro. Recuerdo que nos gustaba hablar por horas del espacio, las estrellas. Éramos exploradores, juntos.
También nos gustaba sentarnos frente a frente en el comedor. Me mirabas comer, contabas los segundos entre bocados, esperando que tardara más de lo normal así podrías reprochármelo.
Ahora, te sientas y miras al vacío. Allí también estoy, pero no como nada, ni espero palabras tuyas. Te observo. El silencio nos pesa cada vez más, pesa mucho. De ausencia no se vive, decía la abuela. Ahora que me he ido, me gustaría preguntarte ¿Qué alimenta tu vida? ¿Qué le das de comer a tu alma?
La primera pelea entre vos y papá fue por algo absurdo. Él no quería ponerse el traje gris para el funeral. Vos no querías organizarme la despedida más larga que jamás afrontarías. Estaban en la punta opuesta del mismo puente. Heridos por la mitad, pero tan alejados que ni siquiera sus sombras se reconocían. La ceremonia pasó sin pena ni gloria. La abuela en un rincón, lloraba bajito para no distraerte mientras leías una sola línea que me dedicaste con todo lo que pudiste:
llevo la herida en el cuerpo de haberte tenido. Pero no sé dónde se ubica la herida de tu falta. ¿dónde estás ahora? ¿Por qué ya no lloras?
Me gustaría responderte con la verdad: estoy aquí, junto a ti. Mirando cómo intentas reconstruir tu vida después de mi muerte. Siguiendo cada uno de tus pasos, viéndote tropezar como nunca pude hacerlo antes. En mi memoria, eras la mejor mamá del mundo, la que me arropaba antes de dormir. La que cocinaba cada cosa que se me atojada, dejándome escoger el juguete que quisiera en el mercado. Llorando si me lastimaba y cansada de tener que verme embarrarme tras una tarde de lluvia. No eras una persona a mis ojos. Eras mucho más que eso. Mi versión del todo.
La primera vez te derrumbaste sobre mi cama. Aferrada a los animales de peluche. Los oliste uno por uno, estrujaste sus cuerpitos en busca de ayuda. Susurraste promesas que no podías cumplirles. Les imploraste misericordia. En sus ojos de plástico, buscabas un reflejo de mi felicidad al jugar con ellos. Pero la inmensidad de su silencio fue aún peor.
En mi mente nunca dejaría de jugar. No habrá tardes dentro de casa construyendo laberínticos refugios con almohadas y algunas mantas. Fuegos artificiales para cada navidad, o cuentos con moralejas viejas recitados de memoria por el abuelo. Aun ahora, nunca dejaré atrás la hora de jugar.
Durante el día, te sigo a donde vayas para conocerte mejor. Aprendí cómo te gusta el café por las mañanas y cuántas cucharadas de miel van con tu té de la noche. El que te recomendó la psicóloga para relajarte. Me mostraste lo mejor y lo peor de ti. Quizás la peor parte era asomarme cada vez que podía, y mirar dentro de tu diario. Antes de empezar, tomabas una gran bocanada de aire y luego la soltabas despacito. Aguantando las lágrimas. El azul de tus ojos se volvía cristalino por el brillo. Sé que dolía. “la desesperación de no poder tocar lo que alguna vez fue mío…” recitaste en voz alta, antes de escribirlo allí. creo que te entendí mucho más después de leer esas palabras mamá.
Como se también que te dolían cosas que te hacía sin pensar. No entendía cuánto te lastimaban mis reproches en realidad. No sabía nada de vos, antes de conocerte. Quizás el momento tenía que llenarse de quejas para al final, poder acercarnos. Era como esa rayuela dibujada en medio del patio de mi escuela, a la que nunca le daba el sol. Yo no estoy ni en la tierra ni en el cielo. Estoy a tu lado, del otro lado. Quisiera recostarme, olerte también. Ya no dejas a papá hacerlo. Entiendo que los alejé. Se lastiman mucho más de lo que hablan, y es por mi culpa.
Nadie sabía que pasaría. Estaba enojado cuando desperté de este lado y lo primero que quise hacer fue llamarte y darme cuenta de que no me oías. Te empuje, te tomé de la cara y la puse a la altura de la mía, para intentar que me vieras. Nada funcionó. Solo eran dos orbes negros y vacíos los que me devolvía la mirada. Fríos. Con papá fue un caso distinto. Sus dedos rozaron los míos al llegar junto al auto y verme por última vez. Su calor aún permanece en mi mano. Quiero aferrarme lo mejor que pueda. Extraño tus besos en la frente al enfermarme por caminar descalzo en pleno invierno. El color amarillo de la caja del remedio más feo del mundo, siendo obligado a tomarlo mientras me tapabas la nariz. Papá se reía detrás de ti, apoyado en el marco de la puerta. Haciéndome caras para que me distrajera y pudieras meterme la cuchara en la boca.
No espero que vuelvan a quererse como lo hacían cuando aún estaba yo, solo quiero quedarme aquí. Verte. Por mucho mucho tiempo si puedo. No voy a hacer ruido. Conocerte es una de las cosas más divertidas que hice en toda mi otra vida.
Visitar mi propio cuarto es extraño. Ahora habito las sombras y ya no me da miedo ver que no hay nada más que silencio. Tal vez eso aterre más que nada, no lo sé. Volvería a soplar las velas de cumpleaños y que me regalen juguetes bonitos. poder ir de campamento, saltarme las clases para dormir más. Me dan ganas de volver a sentir hambre o sed.
Andando de acá para allá envuelto en la manta celeste que me compraste después de un berrinche que ahora entiendo, fue absurdo. Aferrado a ella, recorro la casa arriba y abajo, de día y cuando cae el sol. A la madrugada muevo los muebles y dejo que las cortinas jueguen con el aire de afuera. Me siento en el sillón, abrazándome las piernas, y miro la puerta de tu habitación. Del otro lado duermes, o lo intentas.
Pasaron algunos años y todo sigue suspendido en el tiempo. La casa, el rayo de sol sobre la mesa del comedor, el polvo debajo de la alfombra. El retrato de nuestra familia dentro de una caja en el fondo del placar. Los lamentos al ras de los labios.
Quería convencerme de que morir a los once años no era tan malo, excepto por que, para ti, yo era algo sin edad. O preferiblemente me quede siendo, alrededor de los tres. Quiero creer que fue a los tres porque tu foto favorita mía era una cuando tenía esa edad. Me alzabas en brazos y me mirabas a mí, no a la cámara. Me mirabas y algo veías que te gustaba lo suficiente como para nada menos que encandilar.
¿Qué era? Algún día me lo vas a contar.