Una Reinecita, Un Cobarde Llamado Valentín y el Rescate del Mejor Amigo.
¡Día de dolor,
aquel en que vuela
para siempre el ángel
del primer amor!
Ruben Darío
Tenía solo 6 años. Una niña rubia de ojos azules estaba a mi lado; la creía mucho más linda que yo, pero era demasiado callada y seria. Yo, en cambio, era muy amiguera, risueña y algo extrovertida. De repente, unos chicos más grandes comenzaron a detallar nuestro aspecto, observándonos y describiendo nuestras cualidades físicas. Yo no sabía bien lo que pasaba, y la otra niña estaba aún más perdida que yo. Al final empezaron a felicitarme, y yo solo quería jugar con las niñas de atrás de la sala, que parecían divertirse más que yo.
Con esa fama llegué hasta tercer grado de primaria, con 8 años. Allí la maestra nos hizo celebrar nuestro primer San Valentín. Creo que la idea era festejar la amistad, pero ya te contaré lo que pasó. Ese 14 de febrero tocaba artes plásticas, nos enseñaron a hacer origamis. A la maestra se le ocurrió que, por ser el día del amor y la amistad, podíamos regalar nuestro origami a la persona que más quisiéramos en el salón y dedicarle nuestra obra de arte. Así que cada uno lo pensó bien; yo se la dediqué a mi amiguita Eliana.
Cuando llegó el momento de entregar nuestro obsequio, recibí un perrito en mi pupitre: era de Valentín. Me sonrió y corrió a su puesto. Yo quedé congelada; pero luego llegó otro origami, y luego otro y otro. No recuerdo la cantidad, eran alrededor de 8 regalitos de mis amigos, sin contar los de mis amigas. Yo solo recuerdo la pena que sentí y no sabía cómo interpretar el bonito gesto. Poco después, algunos de esos amiguitos me dijeron que estaban enamorados de mí (incluyendo el del perrito). Pero yo, con 8 años... solo podía pensar en jugar y colorear, así que me pareció normal y seguí como si nada.
Se acabó el curso y empezamos uno nuevo: cuarto grado. Este fue el año en que me aguardaban las dos grandes heridas de mi infancia. Yo que confiaba con facilidad, aprendí una lección: no todos son aptos para la confianza; y pasó lo siguiente: estábamos en una prueba y yo, (según recuerdo), entregué mi examen de primera y me quedé charlando con la maestra, quien me siguió la conversación. Me preguntó cosas; no sé cómo llegué a decirle que varios niños del salón decían que yo les gustaba. Pero ella lo tomó más serio de lo que yo pensé y me dijo que eso no estaba bien. Yo me asusté un poco, ella me preguntó quiénes y yo le nombré primero a Valentín. Así que imagínate lo que pasó...
Delante de toda la clase, la maestra (que era una de las más temidas de la escuela) paró el examen, se puso en medio y llamó a Valentín. En ese momento mi corazón se aceleró muy fuerte, pensé que iba a estallar. Le preguntó delante de todos si era cierto que yo le gustaba, a lo que él respondió entrecortadamente que no. Luego ella giró su mirada hacia mí, le contó a todos los niños lo que yo en secreto le había dicho y me preguntó que si acaso le acababa de decir una mentira. Yo miré a Valentín y le dije que no estaba mintiendo, pero él, quizá con el mismo miedo que yo, lo negó cuantas veces pudo.
«Así que eres una mentirosa», me dijo la maestra con la mirada de todos encima de mí. Yo no pude contenerme y solté mis lágrimas. Recuerdo que no fue dramático, solo eran lágrimas corriendo sin parar, sin quejidos ni grandes espavientos; no me los permití en ese momento. Ella me mandó a sentar y a todos, a que siguieran con su examen. Creo que lo que pasó después lo borré de mi mente de la vergüenza que sentí. Pasaron días, meses, y yo no quería ni ver al cobarde llamado Valentín (se retiró ese año de esa escuela; ojalá que no haya sido por eso).
Pero me esperaba otro trago amargo. Yo seguía siendo muy amiguera, no discriminaba, era amiga del alto y rudo y de la niña más pequeña y tímida; me gustaba hablar con todos, reírme y embromar. Pero había una niña en particular con la que me encantaba estar: mi mejor amiga, Ana. Ella era de otra clase social y parece que sus padres le prohibían andar con gente más sencilla y pobre; le parecía peligroso. Así que un día se me plantó y me dijo: «Si quieres seguir siendo mi amiga, debes dejar de andar con Marianela».
Yo me entristecí muchísimo y le dije que lo pensaría. Me fui a la escalera detrás de la cantina y lloré todo el rato que pude; al final se me acercó Marianela (porque siempre nos íbamos juntas al terminar el cole) y, al verme así, me preguntó qué pasaba. Yo se lo conté todo, y lo peor que hice fue decirle que ya no podíamos ser amigas...
Pasaron los meses, llegó un nuevo año escolar. Yo había cambiado, ahora era más callada, desconfiada y más tímida. Pero llegó un chico nuevo: Andrés. Nos hicimos amigos, me reía muchísimo con él, entonces se convirtió en mi mejor amigo. Éramos cómplices de bromas, solo una mirada bastaba para carcajearnos de risa. Mi vida escolar tomó un respiro a su lado, volví a ser la chica risueña de siempre.
Un día, obligado por sus amigos y yo por mis amigas, nos encontramos en el pasillo. Nunca olvidé su mirada; sus grandes ojos marrones ese día tenían un brillo especial, el día que me pidió ser su novia. Yo le miré llena de nervios, los mismos que intuía en él; no dejábamos de sonreír, pero para nuestra mala suerte, le dije que no podía porque era aún muy niña... ¡Qué decepción para nosotros y nuestra amistad! Lo cierto es que esa mirada se convirtió en una imagen hermosa que aún conservo cuando me preguntan sobre mi primer amor.