"... ¿Hacia dónde correrá mi mente en este valle de sentimientos peligrosos? ...": la carta vuelve a atormentarme. Maldita y asombrosa buena memoria. Miedo y vergüenza: la suerte de acabar con ellos nunca se atreve a estar a mi lado, pero estos dos siempre están dispuestos a jugar con mi tranquilidad.
Los días pasan y los sentimientos quedan obsoletos. Esta vez no tengo los ojos puestos en ella: ya que hoy, el día y yo tendremos que conformarnos con echar de menos su presencia. Por otro lado, insisto en recordar la forma tan entrañable en que su voz se volvía temblorosa, sin rumbo; y de cuando sus manos temblaban, inquietas. Ahora solo hay ansiedad y agonía, evidentes; sus piernas, que no paraban quietas, lo demostraban bien, y su voz se había vuelto ligeramente desprovista de su carisma habitual, antes tan jovial. En aquella mesa, ella no me decía mucho, aunque yo estuviera siempre a centímetros de ella, y yo ni siquiera me atrevía a molestarla cuando estaba concentrada (lo cual resulta irónico desde la perspectiva actual).
Aunque no era un libro abierto cuando hablaba, ya decía mucho con su mera presencia: el conjunto de su ropa, comprado en alguna tienda del bullicioso centro de la ciudad; conozco el origen, recuerdo haber visto una prenda que aún estaba disponible en el escaparate de la que probablemente era una boutique; es lógico, no parece en absoluto que viva en zonas periféricas (lo explico para no dejar nada a la imaginación); sobre todo por seguir un estilo de vestir carente de cualquier atisbo de elegancia. Además, resultaba realmente difícil convencerla de que hablara de sí misma, me refiero desde un punto de vista profundamente personal, incluso con las pocas y sofisticadas preguntas directas o indirectas que pude hacerle. Claro; por su parte, no me parecía que mostrara miedo, solo «evasión» y una reticencia a lo demasiado personal.
Detesto el teatro, siempre es agotador estar en el escenario. Ah, el día ha terminado; mañana tendré que volver a subir allí.