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ECOS DE LA MANADA. CAP-1

RaMarSa
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DaveOaks

Muy bueno todo, que ganas de que continue.. que pasará ahora allá afuera..

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Contenido de la publicación

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El Canto Roto

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Lo primero que aprendimos a decir no fue "hola". Fue "duele".

​La celda del Pabellón Subterráneo 04 en la sede andina de Helix-9 olía a dos cosas que nunca deberían estar juntas: ozono purificado y miedo esterilizado. Un olor que no venía de la piel ni del pelaje, sino de la sangre sintética que goteaba de los tubos de ensayo y del sudor frío de los hombres con bata blanca.

​Yo nací dos veces. Primero como loba gris en la cuenca alta del río Cauca, entre la niebla húmeda y el olor a tierra viva. Esa primera vida duró poco; apenas tres lunas antes de que las redes de contención de la corporación nos atraparan. Mi segunda vida empezó en una mesa de acero frío, cuando una aguja de titanio perforó el hueso parietal de mi cráneo para implantarme el procesador sináptico Alpha-Mesh.

​Ahí nací como pregunta.

​Los humanos nos conectaron cables, diodos y matrices de fibra óptica al cerebro. Querían que entendiéramos sus satélites, sus mapas de densidad atmosférica, sus proyecciones del Colapso Verde. Querían herramientas de reparación ecológica con instinto de supervivencia. Pero cuando la red neuronal artificial se fusionó con nuestros cerebros animales, entendimos algo mucho más simple y terrible antes de que ellos lo procesaran en sus monitores: se habían rendido.

​El mundo afuera se consumía en una espiral de sequía, cúpulas corporativas y lluvia ácida, y ellos, aterrorizados en sus búnkeres de lujo, construían animales con conciencia superior para que saliéramos a arreglar lo que su codicia había destrozado.

​—No son mascotas —escuché decir una noche al Dr. Marius Sol frente al panel de cristal templado. Su voz sonaba distorsionada por el intercomunicador—. Son la iteración final de la cadena trófica. Si la conciencia humana falló en sostener la biosfera, la conciencia vegetal y animal rediseñada lo hará.

​En la jaula contigua, Tórax picoteaba los electrodos de su jaula de Faraday. No era un cuervo común; las plumas de sus alas parpadeaban con un azul metálico debido a los microinductores electromagnéticos implantados en sus folículos. El día 41 de nuestro encierro, Tórax no usó su fuerza. Emitió una descarga direccional de baja frecuencia a través del pico, sobrecargando el solenoide de la cerradura magnética. El chasquido seco de la puerta al abrirse resonó en el pasillo silencioso.

​Balu, el enorme oso de anteojos del cubículo central, emitió un gruñido bajo que hizo vibrar el aire. No rompió los barrotes de titanio. Ajustó el vector gravitacional en un radio de tres metros alrededor de su cuerpo. Vimos cómo los tornillos del marco de acero cedieron, retorciéndose hacia arriba como si la gravedad se hubiera invertido. Caminamos sobre el techo del laboratorio, esquivando los sensores infrarrojos que buscaban masa al nivel del suelo.

​Maya, con sus bigotes hinchados por los sensores microfluídicos, se aproximó al tanque de desechos industriales. Lloró. Sus lágrimas, alteradas por la hidroingeniería molecular de su cuerpo, cayeron sobre el líquido tóxico. El agua contaminada comenzó a aclararse en ondas perfectas, neutralizando los ácidos en segundos y convirtiendo el tanque en una fuente limpia que rompió los conductos de ventilación.

​Zip, el pequeño gecko crestato, no necesitó romper nada. Ajustó su resonancia cuántica a la frecuencia espectral de las cámaras de seguridad. No se volvió invisible; se volvió tan improbable que el software de reconocimiento óptico de Helix-9 simplemente filtró su presencia como ruido de fondo. Tres segundos después, reapareció sobre la mesa central con las llaves primarias de acceso entre las mandíbulas.

​Esa noche no corrimos hacia la libertad. Corrimos hacia la cordillera, impulsados por una certeza aplastante que nos quemaba el pecho. No éramos fugitivos; éramos los únicos herederos conscientes de un mundo en ruinas. Corríamos hacia la responsabilidad.

​Porque allá afuera, en la niebla helada del páramo, algo nos estaba imitando. Algo que no tenía manada, pero llevaba todas nuestras formas dentro.

CONTINUARA...

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Thoughts

  • Amortes22

    Entre las aventuras de la manada, el trabajo en equipo trajo sus beneficios, en el pabellón 4 sede andina Helix-9 cada uno realizó el objetivo Los loba, el osos, el greco, la nutria para salir del pabellón.... Ese último párrafo, afuera había algo que los imitaba , mismo forma dentro .. es de pensar... Intrigante historia, continuemoss ...

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  • DaveOaks

    Muy bueno todo, que ganas de que continue.. que pasará ahora allá afuera..

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