A menudo me tachan de dramática,
me critican por sentir demasiado,
por desbordar de empatía.
Y resulta irónico
que conviertan el don de sentir
en una condena.
Antes el llanto era un secreto guardado,
una piedra seca en la garganta.
Hoy es tan fácil como desatar un nudo:
las lágrimas me recorren como un río,
un caudal helado de melancolía y culpa.
Culpa por ocupar demasiado espacio
y al mismo tiempo,
por no ser nada.