Yo me quedo del lado de Aleicha desde el árbol, cuando le dice a José que el puesto está ocupado por su tranquilidad. En el capítulo 1 él quería tener siempre la última palabra con ella, y para el final ella la tiene en casi todo y él tan feliz. Para mí ese cambio es el romance de verdad del libro. David y Leamsi me caen bien, pero llegaron sabiendo lo que querían; los que se mueven son los otros dos.
Dos caminos y un solo destino
Pensamiento
Yo me quedo del lado de Aleicha desde el árbol, cuando le dice a José que el puesto está ocupado por su tranquilidad. En el capítulo 1 él quería tener siempre la última palabra con ella, y para el final ella la tiene en casi todo y él tan feliz. Para mí…
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PRÓLOGO
Cuando el amor toca la puerta
Hay personas que pasan toda su vida esperando encontrar el amor. Otras, en cambio, hacen todo lo posible por evitarlo.
Leamsi era una de esas chicas que todavía creían en los finales felices. Tenía dieciocho años, una sonrisa capaz de iluminar cualquier lugar y un corazón que, a pesar de las decepciones, seguía creyendo que algún día encontraría a alguien que la amara de verdad.
Para ella, el amor no era solamente decir «te amo». Era quedarse cuando las cosas se complicaban, recordar los pequeños detalles y elegir a la misma persona incluso en los días difíciles.
Aleisha, su compañera y amiga, pensaba todo lo contrario.
También tenía dieciocho años, pero detrás de su mirada seria escondía una historia que la había convertido en una chica desconfiada. Para ella, el amor era una mentira bonita que las personas contaban antes de hacerse daño.
—El amor no existe, Leamsi —repetía cada vez que su amiga hablaba de enamorarse.
—Existe. Lo que pasa es que todavía no has conocido a la persona correcta —respondía Leamsi.
Aleicha siempre se reía.
Pero ninguna de las dos sabía que, al comenzar sus estudios en la prestigiosa Universidad Harvard, sus vidas estaban a punto de cambiar.
Porque allí conocerán a David y a José.
David tenía veinte años y creía en el amor con la misma intensidad con la que Aleisha lo rechazaba. Era romántico, paciente y estaba convencido de que el amor podía sanar hasta las heridas más profundas.
José también tenía veinte años, pero había cerrado las puertas de su corazón hacía mucho tiempo. No creía en las promesas, no confiaba en las relaciones y jamás se permitía sentir algo que pudiera hacerlo vulnerable.
Y entonces ocurrió lo inesperado.
David se enamoró de la chica que no creía en el amor.
José se enamoró de la chica que todavía creía en él.
Y los cuatro descubrirán que, a veces, la persona que más necesitas es precisamente aquella de la que juraste mantenerte alejado.
CAPÍTULO 1
El primer día en harvard
El lunes por la mañana, el campus de la Universidad Harvard estaba lleno de estudiantes nuevos. Algunos caminaban apresurados buscando sus aulas; otros se despedían de sus padres, mientras muchos aprovechaban para conocer gente antes de que comenzaran las clases.
Leamsi bajó de un automóvil blanco con una mochila rosada sobre los hombros y una enorme sonrisa en el rostro.
—¡Aleicha, mira ese edificio! —exclamó, señalando la entrada principal—. ¡No puedo creer que por fin estemos aquí!
Aleicha salió del automóvil detrás de ella y acomodó su cabello.
—Es una universidad, Leamsi. No un castillo de princesas.
—Déjame disfrutar mi momento.
—Disfrútalo, pero recuerda que vinimos a estudiar, no a buscar novio.
Leamsi soltó una carcajada.
—¿Y si encuentro al amor de mi vida?
—Entonces yo me cambio de universidad.
Las dos comenzaron a reír mientras atravesaban las grandes puertas de Harvard.
No sabían que alguien había escuchado aquella conversación.
Unos metros más adelante, dos jóvenes observaban a las nuevas estudiantes.
Uno de ellos llevaba una camiseta negra, unos pantalones vaqueros y una expresión tranquila. Tenía el cabello oscuro y una mirada que parecía analizarlo todo.
Era José.
A su lado estaba David, quien sonreía mientras veía a las dos chicas alejarse.
—La de la mochila rosada es bonita —comentó David.
José levantó una ceja.
—¿Ya empezaste?
—¿Qué tiene de malo decir que una chica es bonita?
—Nada. Pero no confundas una cara bonita con una historia de amor.
David negó con la cabeza.
—Algún día te vas a enamorar y te vas a acordar de todas las tonterías que dices.
José soltó una risa seca.
—Eso nunca va a pasar.
—No digas nunca.
—Nunca.
David sonrió y le dio una palmada en el hombro.
—Ya veremos, amigo. Ya veremos.
Lo que ninguno imaginaba era que el destino acababa de escuchar aquella conversación y estaba preparando la respuesta perfecta.
La primera clase de Leamsi y Aleicha era Literatura Contemporánea. Cuando entraron en el aula, encontraron casi todos los asientos ocupados.
—Hay dos lugares al fondo —dijo Leamsi.
Las chicas caminaron hacia ellas, pero justo cuando Leamsi iba a sentarse, alguien dejó caer un cuaderno delante de sus pies.
—¡Cuidado! —exclamó una voz masculina.
Leamsi se agachó al mismo tiempo que el desconocido. Sus manos se rozaron cuando ambos intentaron recogerlo.
Ella levantó la mirada.
Y se encontró con unos ojos color miel.
—Perdón —dijo él, sonriendo—. Parece que mi cuaderno quería conocerte antes que yo.
Leamsi soltó una pequeña risa.
—Pues dile que la próxima vez se presente con más educación.
El chico rió.
—Me llamo David.
—Leamsi.
—Es un nombre bonito.
Ella sintió que sus mejillas se calentaban ligeramente.
—Gracias.
David iba a decir algo más cuando Aleicha apareció detrás de su amiga.
—¿Podemos sentarnos o necesitamos una invitación escrita?
Leamsi la miró con reproche.
David se apartó inmediatamente.
—Claro. Pueden sentarse aquí. Yo estoy en el asiento de al lado.
Aleicha lo observó de arriba abajo.
—Qué amable.
—Intento serlo.
—No te esfuerces demasiado.
David parpadeó, sorprendido.
Leamsi tuvo que morderse los labios para no reírse.
—No le hagas caso —le susurró—. Ella siempre es así.
—Ya me di cuenta —respondió David, divertido.
Aleicha tomó asiento sin prestarle más atención.
O eso quiso aparentar.
Porque, por alguna razón que no estaba dispuesta a admitir, la sonrisa de aquel chico le había resultado incómodamente agradable.
Al terminar la clase, los cuatro volvieron a encontrarse en el pasillo.
José estaba esperando a David cuando vio salir a las chicas.
—¿Son tus nuevas amigas? —preguntó.
—Espero que sí —respondió David—. Ella es Leamsi y su amiga es Aleicha.
José miró a Aleisha.
—Hola.
—Hola —contestó ella sin detenerse.
—¿Siempre eres tan simpática? —preguntó José.
Aleisha se dio la vuelta.
—¿Siempre haces preguntas innecesarias?
David abrió los ojos, sorprendido. José, en cambio, sonrió de medio lado.
—Interesante.
—¿Qué cosa? —preguntó ella.
—Que tengas tanto carácter.
—Y tú tienes demasiado tiempo libre.
Aleisha siguió caminando, llevando a Leamsi del brazo.
David observó a las chicas alejarse y luego miró a su amigo.
—Hermano, creo que acabas de conocer a tu futura novia.
José soltó una carcajada.
—¿Esa chica? Ni en un millón de años.
—Eso mismo dijiste hace un momento sobre enamorarte.
—David, te lo advierto. No empieces.
Pero David ya estaba riéndose.
Y, mientras José fingía que aquella conversación no le importaba, no pudo evitar mirar una vez más hacia el final del pasillo.
Aleisha caminaba con la cabeza en alto, como si el mundo entero le perteneciera.
José no sabía por qué, pero quería volver a escucharla discutir.
Solo para demostrarle que él siempre tenía la última palabra.
O al menos eso se decía a sí mismo.
CAPÍTULO 2
Una apuesta peligrosa
Durante las primeras semanas, los cuatro comenzaron a coincidir cada vez más en la universidad.
David siempre encontraba una excusa para sentarse cerca de Leamsi. Le preguntaba por sus clases, le guardaba un asiento en la biblioteca y, algunas mañanas, aparecía con un café para ella.
Leamsi estaba encantada.
—Te lo dije —le confesó una tarde a Aleisha mientras caminaban por los jardines de Harvard—. Los hombres románticos sí existen.
Aleicha puso los ojos en blanco.
—Te ha comprado tres cafés. No te ha pedido matrimonio.
—¡Aleicha!
—¿Qué? Estoy diciendo la verdad.
—David es diferente.
—Todos parecen diferentes al principio.
Leamsi dejó de sonreír por un momento.
Conocía lo suficiente a su amiga para saber que detrás de aquellas palabras había algo más que simple desconfianza.
—¿Todavía piensas en lo que te pasó? —preguntó suavemente.
Aleicha endureció la expresión.
—No quiero hablar de eso.
—Está bien.
—Y no necesito que nadie venga a salvarme, ¿entendido?
Leamsi le tomó la mano.
—No tienes que dejar que nadie te salve. Solo tienes que permitirte ser feliz algún día.
Aleicha no respondió.
Porque una parte de ella deseaba creerle.
Y esa era precisamente la parte que más miedo le daba.
Aquella tarde, David y José estaban sentados en la cafetería de la universidad.
—Me gusta Leamsi —confesó David.
José bebió un sorbo de su refresco.
—Eso ya lo sabemos todos.
—Hablo en serio.
—Entonces díselo.
David suspiró.
—Quiero conocerla mejor antes de hacer algo. No quiero apresurar las cosas.
José se rió.
—Tú naciste en el siglo equivocado.
—Y tú naciste sin corazón.
—Me funciona bastante bien.
David se inclinó hacia delante.
—¿Sabes qué creo?
—Me preocupa, pero habla.
—Que nunca te has enamorado porque tienes miedo.
La sonrisa de José desapareció.
—No sabes nada de mí.
—Entonces demuéstrame que estoy equivocado.
José dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Cómo?
David señaló discretamente hacia la entrada de la cafetería.
Aleicha acababa de entrar sola, buscando algo en su mochila.
—Habla con ella. Conócela. Invitala a salir.
José soltó una carcajada.
—¿A Aleicha? Esa chica me odia.
—No te odia. Simplemente no te soporta.
—Eso es peor.
David sonrió.
—Te apuesto lo que quieras a que no eres capaz de hacer que una chica se enamore de ti.
José miró a su amigo durante unos segundos.
—¿Y tú eres capaz de hacer que alguien que no cree en el amor se enamore de ti?
David miró a Aleisha y luego a Leamsi, que acababa de entrar detrás de ella.
—Yo no necesito apostar para demostrar lo que siento por Leamsi.
José se quedó pensativo.
Entonces sonrió.
Una sonrisa que David conocía demasiado bien.
—Perfecto. Hagamos esto interesante.
—¿Qué estás pensando?
—Tú intentarías conquistar a Leamsi y yo intentaré conquistar a Aleisha.
David frunció el ceño.
—No voy a participar en una apuesta con los sentimientos de Leamsi.
—Entonces yo tampoco jugaré con los de Aleisha.
José se levantó de la mesa y recogió su mochila.
—Era una broma, Romeo.
Pero mientras caminaba hacia la salida, una idea comenzó a crecer en su cabeza.
No quería enamorarse de Aleisha.
No quería enamorarme de nadie.
Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, había una chica a la que deseaba comprender.
Una chica que no parecía impresionada por él.
Una chica que no tenía miedo de responderle.
Y José odiaba no poder sacármela de la cabeza.
Al día siguiente, Aleicha estaba sentada bajo un árbol del campus, leyendo unos apuntes, cuando una sombra cayó sobre su cuaderno.
—¿Está ocupado? —preguntó José, señalando el lugar a su lado.
Aleicha ni siquiera levantó la cabeza.
—Sí.
José miró el espacio vacío.
—¿Por quién?
—Por mi tranquilidad.
Él soltó una risa.
—Tienes una respuesta para todo, ¿verdad?
Aleicha cerró el cuaderno y lo miró directamente.
—¿Qué quieres?
José se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Conocerte.
Ella lo observó como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.
—Pues empieza por conocer esta información: no estoy interesada en ti.
—Qué pena. Yo venía a invitarte a tomar un café.
—Invita a otra.
—¿A quién? ¿A Leamsi?
—A quien quieras.
José guardó silencio durante un instante.
Después, por primera vez, dejó de sonreír.
—¿Siempre alejas a todo el mundo antes de darles una oportunidad?
Aleicha sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Se puso de pie inmediatamente.
—No vuelvas a hablarme como si me conocieras.
—Aleicha, yo…
—No. Escúchame bien. No necesito un novio, no necesito promesas y no necesito que un chico arrogante venga a enseñarme cómo vivir.
Tomó sus apuntes y se marchó.
José se quedó sentado bajo el árbol.
Por primera vez, no tenía una respuesta ingeniosa.
Porque había visto algo en los ojos de Aleisha.
Dolor.
Un dolor que ella intentaba esconder detrás de su carácter.
Y, aunque todavía no lo comprendía, José acababa de descubrir que aquella chica no necesitaba que alguien le prometiera el mundo.
Necesitaba a alguien que no huyera cuando ella mostrara sus heridas.
El problema era que José nunca había aprendido a quedarse.
CAPÍTULO 3
El secreto de Aleisha
El viernes por la noche, la Universidad Harvard organizó una fiesta de bienvenida para los estudiantes.
Leamsi llevaba horas preparándose. Eligió un vestido azul claro, se arregló el cabello y se puso un pequeño collar que su madre le había regalado.
Cuando Aleicha la vio salir del baño, silbó en señal de aprobación.
—Vaya, princesa. ¿Vas a una fiesta o a una boda?
Leamsi se echó a reír.
—Quiero verme bonita.
—Te ves bonita.
—¿De verdad?
Aleicha la miró con ternura.
—De verdad. Y si David no se da cuenta, es porque está ciego.
Leamsi sonrió, pero enseguida se puso seria.
—¿Vas a ir conmigo?
—Sí. Alguien tiene que impedir que te enamores, te cases y tengas cinco hijos antes de terminar la universidad.
—¡No seas exagerada!
Las dos salieron de la residencia entre risas.
Ninguna sabía que aquella noche cambiaría el rumbo de sus vidas.
La fiesta estaba llena de música, luces y estudiantes bailando.
David fue el primero en ver a Leamsi.
Durante unos segundos, olvidó lo que iba a decir.
Ella se acercó con una sonrisa tímida.
—Hola.
—Hola —respondió él—. Estás preciosa.
Leamsi bajó la mirada.
—Gracias.
David le ofreció la mano.
—¿Quieres bailar conmigo?
Ella aceptó.
Mientras bailaban, él descubrió que Leamsi no solo era romántica. También era divertida, inteligente y capaz de hablar durante horas sobre sus sueños.
—¿Cómo sería tu cita perfecta? —preguntó David.
Leamsi sonrió.
—Una cena sencilla, una conversación bonita y alguien que no tenga miedo de decirme lo que siente.
David la miró con una seriedad inesperada.
—Entonces creo que podríamos llevarnos muy bien.
Leamsi sintió que el corazón le latía más rápido.
Por primera vez, pensó que quizá aquella historia podría convertirse en algo real.
Al otro lado de la fiesta, Aleicha estaba junto a una mesa, intentando abrir una botella de agua.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó una voz familiar.
—No.
José le quitó suavemente la botella, la abrió y se la devolvió.
—De nada.
Aleicha apretó los labios.
—No te he dado las gracias.
—Lo sé. Estoy practicando la paciencia.
Ella estuvo a punto de sonreír, pero se contuvo.
—¿No tienes amigos con quienes molestar?
—Mi mejor amigo está ocupado bailando con tu mejor amiga.
Aleisha miró hacia la pista.
Leamsi estaba riéndose con David.
Aquella imagen le provocó una mezcla extraña de alegría y miedo.
—Espero que él no le haga daño —murmuró.
José siguió su mirada.
—David no es esa clase de persona.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo conozco desde hace años.
Aleicha se cruzó de brazos.
—Todo el mundo parece bueno hasta que deja de serlo.
José la miró con atención.
—¿Quién te hizo pensar así?
Ella se quedó inmóvil.
Por un instante, la música pareció desaparecer.
—Eso no es asunto tuyo.
—Tienes razón —respondió José, sorprendiéndome—. No lo es.
Aleicha esperaba que insistiera, que hiciera otra pregunta o que intentara darle un discurso sobre el amor.
Pero él simplemente se quedó a su lado.
Sin exigirle nada.
Sin intentar arreglarla.
Y aquella pequeña muestra de respeto la desarmó más que cualquier palabra bonita.
—¿Por qué eres así? —preguntó ella finalmente.
José frunció el ceño.
—¿Así cómo?
—A veces pareces un idiota, pero otras veces… no tanto.
Él soltó una carcajada.
—Creo que es el cumplido más bonito que me han hecho.
Aleicha rió antes de poder evitarlo.
José la miró.
Y en aquel instante comprendió que estaba en problemas.
Porque aquella risa le gustaba demasiado.
Cerca de la medianoche, Leamsi buscó a su amiga para regresar a la residencia.
La encontró sentada en un banco del jardín, junto a José.
—¿Interrumpo algo? —preguntó con una sonrisa traviesa.
—No —respondieron ambos al mismo tiempo.
Leamsi arqueó las cejas.
—Claro que no.
Aleisha se levantó rápidamente.
—Vamos, Leamsi.
Mientras se alejaban, Leamsi se inclinó hacia ella.
—¿Te gusta?
—¿Quién?
—¡José!
—¿Estás loca?
—Te has reído con él.
—Me río con los chistes malos de la televisión y no por eso me enamoro de ella.
Leamsi soltó una carcajada.
Pero cuando llegaron a su habitación, encontró a Aleicha sentada en la cama, mirando su teléfono sin leer realmente lo que aparecía en la pantalla.
—¿Qué pasa? —preguntó Leamsi.
Aleicha tardó en responder.
—¿Tú crees que alguien puede quererte de verdad y después dejar de hacerlo?
Leamsi se sentó a su lado.
—Sí, creo que algunas personas pueden cambiar de sentimientos. Pero eso no significa que todo el amor sea mentira.
Aleicha tragó saliva.
—Yo confié en alguien una vez.
Leamsi no dijo nada. Simplemente esperó.
—Tenía dieciséis años cuando conocí a un chico que me prometió que nunca me haría daño. Yo le creí. Le conté mis secretos, mis miedos, todo lo que nunca le había contado a nadie.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Después descubrí que se burlaba de mí con sus amigos. Les enseñaba mis mensajes, se reía de mis sentimientos y decía que yo era demasiado fácil de engañar.
Leamsi sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Aleicha…
—Desde entonces decidí que nadie volvería a tener ese poder sobre mí. Si no amo a nadie, nadie puede romperme el corazón.
Leamsi la abrazó.
—Lo siento mucho.
Aleisha cerró los ojos.
—No quiero volver a sentirme así.
—No tienes que hacerlo ahora. Y tampoco tienes que enamorarte de José ni de nadie. Pero no dejes que lo que hizo una persona decida toda tu vida.
Aleicha no respondió.
Se quedó abrazada a su amiga, intentando contener las lágrimas.
Y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que alguien viera el dolor que escondía.
CAPÍTULO 4
El chico que no creía en el amor
José estaba acostumbrado a tener el control de todo.
Controlaba sus horarios, sus estudios, sus amistades y, sobre todo, sus sentimientos.
Había aprendido desde muy joven que las personas podían prometer quedarse y marcharse al día siguiente. Por eso había decidido que nunca dependería emocionalmente de nadie.
Pero Aleicha estaba empezando a convertirse en una excepción.
La buscaba con la mirada en los pasillos.
Recordaba las cosas que decía.
Sabía que prefería sentarse cerca de las ventanas, que odiaba el café demasiado dulce y que, cuando estaba nerviosa, jugaba con el anillo que llevaba en el dedo.
Y lo peor era que ella ni siquiera intentaba gustarle.
Una mañana, David lo encontró mirando hacia el patio de la universidad.
—Estás perdido —comentó.
José apartó la mirada.
—Estoy pensando.
—¿En Aleisha?
—No.
David sonrió.
—No he dicho nada.
José le lanzó una mirada amenazante.
—Como abras la boca, te tiro por las escaleras.
David soltó una carcajada.
—Hermano, estás enamorado.
—No creo en el amor.
—Eso no responde a mi pregunta.
José se quedó callado.
David dejó de bromear.
—Escúchame. Aleisha no es un juego. Si vas a acercarte a ella, hazlo porque te importa, no porque quieras demostrar que puedes conquistar a una chica difícil.
José lo miró fijamente.
—¿Y si no sé cómo hacerlo?
David se encogió de hombros.
—Empieza por ser sincero.
José bajó la mirada.
La sinceridad era fácil cuando no había nada que perder.
Pero ¿cómo podía decirle a Aleisha que cada día pensaba más en ella, si ni siquiera entendía lo que estaba sintiendo?
Esa misma tarde, Aleicha salió de la biblioteca con varios libros entre los brazos.
Al doblar la esquina, chocó con alguien y estuvo a punto de dejar caer todo al suelo.
José la sujetó por los codos.
—Tranquila.
Aleicha lo miró, sorprendida.
—¿Qué haces aquí?
—Estudio en esta universidad. ¿Lo recuerdas?
—Qué gracioso.
José recogió los libros que habían caído.
—Déjame ayudarte.
—Puedo estar sola.
—Ya lo sé.
Él le entregó los libros sin discutir.
Aquello desconcertó a Aleisha.
—¿No vas a insistir?
—No.
—¿Ni a hacer un comentario arrogante?
—Estoy intentando mejorar como persona.
Aleisha soltó una pequeña risa.
—Pues te queda mucho trabajo.
—Lo sé. ¿Me permitirías empezar invitando a comer algo?
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Por qué quieres salir conmigo?
José abrió la boca, pero ninguna respuesta le pareció suficiente.
Podría haber dicho que era una apuesta. Podría haber inventado alguna excusa. Podría haberse burlado, como siempre hacía.
Pero, por alguna razón, no quiso mentirle.
—Porque me gusta hablar contigo —admitió—. Incluso cuando me insultas.
Aleicha lo observó durante unos segundos.
—No me gustas, José.
Él asintió lentamente.
—Está bien.
—Y no quiero una relación.
—Lo entiendo.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
José sonrió con tristeza.
—Porque me gustaría conocerte sin pedirte nada a cambio.
Aleicha no supo qué responder.
No era una declaración de amor.
No era una promesa.
Era una invitación que, por primera vez, no la hacía sentir atrapada.
Finalmente, suspiró.
—Podemos comer algo. Pero como amigos.
La sonrisa de José apareció de inmediato.
—Somos amigos.
Y aunque intentó disimularlo, aquel pequeño sí fue suficiente para alegrarle el resto del día.
Aquella noche, José llegó a su habitación y se quedó mirando el techo durante varios minutos.
No entendía qué le estaba pasando.
Nunca había esperado un mensaje con tantas ganas.
Nunca había sonreído al recordar una conversación tan insignificante.
Nunca había sentido celos de imaginar que alguien más pudiera hacer reír a una chica.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Aleicha.
«Llegué bien. Gracias por la comida. No estuvo tan mal pasar tiempo contigo».
José sonrió como un idiota.
Escribió una respuesta, la borró y volvió a escribirla.
Finalmente envió:
«De nada. Mañana intentaré ser menos insoportable».
La respuesta de Aleisha llegó casi inmediatamente.
«No prometas milagros».
José rió en voz baja.
Después dejó el teléfono sobre la mesa y se llevó una mano al pecho.
Su corazón estaba latiendo demasiado rápido.
—No —murmuró para sí mismo—. No me voy a enamorar.
Pero, por primera vez, aquellas palabras no sonaron como una certeza.
Sonaron como una súplica.
CAPÍTULO 5
La promesa de David
Mientras José comenzaba a descubrir sentimientos que no sabía manejar, David y Leamsi estaban construyendo algo hermoso.
Pasaban las tardes estudiando juntos, compartían sus canciones favoritas y caminaban por los jardines de Harvard después de las clases.
David descubrió que Leamsi soñaba con graduarse, conseguir un buen trabajo y formar algún día una familia en la que el amor nunca fuera motivo de miedo.
Leamsi descubrió que David quería convertirse en un profesional de éxito, ayudar a su familia y demostrar que todavía existían hombres capaces de amar con sinceridad.
Una tarde, sentados en una banca, ella le hizo una pregunta que llevaba días guardándose.
—David, ¿por qué crees tanto en el amor?
Él se quedó mirando los árboles.
—Porque vi a mis padres elegir el uno al otro incluso cuando las cosas eran difíciles. No eran perfectos, pero nunca dejaron de respetarse. Me enseñaron que amar no significa que todo será fácil. Significa que dos personas pueden decidir afrontar las dificultades juntas.
Leamsi lo escuchaba sin apartar la mirada.
—¿Y nunca te han roto el corazón?
David sonrió con un poco de tristeza.
—Sí. Una vez confié en alguien que no sentía lo mismo por mí. Me dolió mucho, pero comprendí que no podía obligar a nadie a quererme. Eso no hizo que dejara de creer en el amor. Solo me enseñó que también tengo que elegir bien a quién entrego mi corazón.
Leamsi sintió una ternura inmensa.
—Ojalá algún día encuentre un amor así.
David la miró directamente.
—Yo también lo espero.
Hubo un silencio.
Leamsi bajó la mirada y comenzó a jugar nerviosamente con sus dedos.
—¿Y si ya lo encontraste? —preguntó en voz baja.
David sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Entonces sería el hombre más afortunado del mundo.
Leamsi levantó los ojos.
Por un instante, ninguno de los dos dijo nada.
David quería besarla, pero no quería apresurar.
Así que simplemente le tomó la mano.
Y Leamsi, en lugar de apartarse, entrelazó sus dedos con los de él.
Fue un gesto pequeño.
Pero para ella significó muchísimo.
Dos días después, David decidió que había llegado el momento de decirle lo que sentía.
La invitó a caminar por el jardín central de la Universidad Harvard, donde las flores comenzaban a abrirse bajo el sol de la tarde.
Leamsi llegó con una sonrisa nerviosa.
—¿Pasa algo?
David respiró profundamente.
—Sí. Hay algo que quiero decirte desde hace tiempo.
Ella se quedó quieta.
—Te escucho.
David tomó sus manos.
—Desde el primer día que te vi, me pareciste hermosa. Pero cuanto más te conozco, más me doy cuenta de que lo que siento no tiene que ver solamente con tu sonrisa. Me gusta cómo hablas de tus sueños, cómo te preocupas por Aleisha y cómo sigues creyendo en las cosas bonitas incluso cuando otras personas se burlan de ti.
Leamsi sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—David…
—No quiero prometerte que nunca cometeré errores. Soy humano y seguramente habrá días en los que no sabré qué decir o cómo actuar. Pero quiero conocerte, respetarte y demostrarte con hechos lo que siento. No quiero jugar contigo ni hacerte creer algo que no es verdad.
Él hizo una pausa.
—Leamsi, me gustas muchísimo. Y quiero saber si me permitirías ser algo más que tu amigo.
Ella lo miró con una sonrisa temblorosa.
—Sí.
David parpadeó.
—¿Sí?
Leamsi rió entre lágrimas.
—¡Sí, David! ¡Quiero estar contigo!
Él soltó una carcajada de alivio y la abrazó.
Después se separó un poco para mirarla a los ojos.
—¿Puedo besarte?
Leamsi sonrió.
—Llevo semanas esperando que me lo preguntes.
David se rió antes de acercarse lentamente.
Y cuando sus labios se encontraron, Leamsi sintió que uno de sus sueños más bonitos acababa de hacerse realidad.
No sabía cuánto duraría aquella felicidad.
No sabía qué pruebas tendrían que superar.
Pero en aquel instante no necesitaba saberlo.
Solo quería vivirlo.
Esa noche, Leamsi llamó a Aleisha por videollamada.
—¡Tengo novio! —gritó antes de que su amiga pudiera saludarla.
Aleicha se apartó el teléfono de la oreja.
—¡Por Dios, Leamsi! ¡Me vas a dejar sorda!
—¡David me pidió que fuera su novia!
Aleicha sonrió de verdad.
—Me alegro mucho por ti.
—Es tan lindo, Aleicha. Me dijo que quiere demostrarme lo que siente con hechos.
—Entonces espero que lo haga.
Leamsi se quedó mirándola.
—¿Sabes qué deseo?
—¿Qué?
—Que algún día encuentres a alguien que te haga sentir tan querida que dejes de tener miedo.
Aleicha perdió la sonrisa por un momento.
Pensó en José.
En la manera en que la escuchaba sin obligarla a hablar.
En cómo había aceptado ser su amigo sin exigirle nada más.
Y en lo mucho que le molestaba admitir que comenzaba a esperar sus mensajes.
—No empieces con eso —murmuró.
Leamsi sonrió.
—No he dicho ningún nombre.
—Buenas noches, Leamsi.
—¡Te quiero!
—Yo también te quiero, tonta.
La llamada terminó.
Aleicha dejó el teléfono sobre la cama y se quedó mirando el techo.
Tal vez el amor no era tan sencillo como Leamsi creía.
Tal vez tampoco era tan terrible como ella había aprendido a pensar.
Pero había algo que todavía no sabía.
Y era que José también estaba comenzando a enamorarse de ella.
Mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
CAPÍTULO 6
Cuando el corazón empieza a hablar
Los días siguientes fueron diferentes para Aleisha.
Aunque seguía comportándose como siempre, respondiendo con ironía a los comentarios de sus compañeros y fingiendo que nada le importaba demasiado, había algo que no podía controlar: cada vez que su teléfono vibraba, esperaba que fuera José.
Y cuando no era él, se sentía decepcionada.
Aquello la enfureció.
—¡Esto es ridículo! —murmuró una mañana mientras miraba su teléfono.
Leamsi, que estaba sentada frente al espejo arreglándose el cabello, se volvió hacia ella.
—¿Qué cosa?
—Nada.
—Aleicha, llevas diez minutos mirando el mismo mensaje.
—Estoy leyendo.
—¿Y desde cuándo leer significa sonreírle al teléfono?
Aleicha bloqueó la pantalla inmediatamente.
—No le estoy sonriendo.
Leamsi comenzó a reírse.
—¡Te gusta José!
—¡No me gusta!
—Entonces dime por qué tienes su conversación abierta.
—Porque estoy comprobando que no me haya escrito alguna tontería.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
Aleicha le lanzó una almohada.
—¡Cállate!
Las dos comenzaron a reír, pero Leamsi notó que su amiga se quedó pensativa poco después.
—¿Qué pasa de verdad? —preguntó con suavidad.
Aleicha suspiró.
—No lo sé. José es diferente cuando estamos solos. A veces me hace reír, me escucha y no intenta obligarme a hablar de cosas que no quiero contarle.
—Eso parece bueno.
—Lo sé. Ese es el problema.
Leamsi se acercó y se sentó a su lado.
—¿Por qué tiene que ser un problema?
Aleicha bajó la mirada.
—Porque no quiero volver a confiar en alguien para terminar sintiéndome una estúpida.
Leamsi le tomó la mano.
—No tienes que decidir hoy si quieres enamorarte de él. Puedes conocerlo poco a poco. Y si algún día haces algo que te lastime, tendrás derecho a alejarte.
—¿Y si me enamoro tanto que no puedo hacerlo?
—Entonces tendrás que recordar que amar a alguien nunca debe significar olvidarte de ti misma.
Aleicha se quedó en silencio.
Aquellas palabras tenían sentido, pero el miedo no desaparecía simplemente porque alguien dijera algo bonito.
En ese momento, su teléfono vibró.
Era José.
«Buenos días, mujer de mal carácter. ¿Ya desayunaste?»
Aleicha sonrió involuntariamente.
Respondió:
«Buenos días, insoportable. Sí, y no pienso compartir contigo».
La respuesta llegó enseguida.
«Perfecto. Entonces tendré que invitarte a desayunar para asegurarme de que comas bien».
Aleisha negó con la cabeza, divertida.
«Es imposible».
«Y aun así me respondes».
Ella dejó el teléfono sobre la cama.
Leamsi la observaba con una sonrisa triunfal.
—No digas nada —advirtió Aleicha.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando que quizá el amor sí existe.
Aleicha tomó otra almohada.
Y aquella mañana, por primera vez, no negó que la idea de pasar tiempo con José le hacía ilusión.
Mientras tanto, David y Leamsi disfrutaban de sus primeros días como pareja.
David la esperaba después de las clases, le tomaba la mano mientras caminaban por el campus y encontraba pequeñas maneras de recordarle que estaba pensando en ella.
Sin embargo, una tarde, mientras estudiaban en la biblioteca, Leamsi recibió una llamada de un número desconocido.
—¿Diga?
—¿Leamsi?
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Me llamo Valeria. Necesito hablar contigo sobre David.
La sonrisa de Leamsi desapareció.
—¿Qué ocurre?
—Prefiero explicártelo en persona. ¿Puedes encontrarte conmigo mañana, después de tus clases?
Leamsi sintió un nudo en el estómago.
—¿Tiene que ver con algo importante?
Hubo una pausa.
—Creo que tienes derecho a saberlo.
La llamada terminó antes de que Leamsi pudiera hacer otra pregunta.
Durante el resto de la tarde, intentó concentrarse en sus apuntes, pero las palabras de aquella desconocida se repetían en su cabeza.
¿Quién era Valeria?
¿Y qué tenía que decirle sobre David?
Cuando él regresó de comprar unas bebidas, encontró a Leamsi demasiado callada.
—Amor, ¿te pasa algo?
Ella levantó la mirada.
—¿Conoces a una chica llamada Valeria?
David se quedó inmóvil durante una fracción de segundo.
Fue apenas un instante, pero Leamsi lo notó.
—Sí —respondió él finalmente—. La conozco de antes de entrar en Harvard.
—¿Y por qué me llamaría para decirme que necesita hablar conmigo sobre ti?
David dejó la bebida sobre la mesa.
—¿Te llamó Valeria?
—Sí. Y parecía que tenía algo importante que contarme.
Él respiró profundamente.
—Leamsi, hay cosas de mi pasado que todavía no te he contado.
El corazón de Leamsi comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué cosas?
David le tomó las manos.
—Quiero explicártelo todo, pero necesito hacerlo con calma. No quiero que te enteres de mi pasado por alguien que quizá no conozca toda la historia.
Leamsi retiró lentamente una de sus manos.
—David, yo no necesito que seas perfecto. Solo necesito que seas sincero conmigo.
—Lo soy.
—Entonces no me pidas que espere sin decirme de qué se trata.
David bajó la mirada.
Y por primera vez desde que habían comenzado su relación, Leamsi sintió que había una parte de él a la que todavía no podía llegar.
CAPÍTULO 7
Una sombra del pasado
A la mañana siguiente, Leamsi llegó a la universidad con una sensación de inquietud que no conseguía quitarse de encima.
Había dormido poco y apenas había desayunado.
No quería desconfiar de David. Él siempre había sido atento, respetuoso y cariñoso con ella. Sin embargo, la reacción que había tenido al escuchar el nombre de Valeria le había dejado demasiadas preguntas.
Después de su última clase, se dirigió al pequeño café situado frente a la biblioteca.
Valeria ya estaba allí.
Era una joven de cabello castaño, ojos oscuros y una expresión seria. Cuando vio llegar a Leamsi, se puso de pie.
—Gracias por venir.
—Dijiste que tenías algo que contarme sobre David.
Valeria asintió y volvió a sentarse.
—Antes de empezar, quiero que sepas que no estoy aquí para separarlos.
Leamsi la observó con cautela.
—Entonces, ¿para qué estás aquí?
Valeria respiró profundamente.
—David y yo fuimos pareja hace un tiempo.
Leamsi sintió una pequeña punzada en el pecho.
—¿Cuándo?
—Antes de que él entrara en harvard. Nuestra relación terminó hace más de un año.
Leamsi guardó silencio.
Aquello no era extraño. David tenía un pasado, igual que cualquier otra persona.
—¿Y cuál es el problema?
Valeria bajó los ojos.
—El problema es que yo no terminé bien las cosas con él. Le hice daño y después intenté regresar cuando ya era demasiado tarde.
Leamsi no esperaba aquella respuesta.
—No entiendo. ¿Por qué necesitas contármelo?
—Porque David no te ha dicho que, cuando nuestra relación terminó, yo estaba saliendo con otra persona a escondidas.
Valeria apretó las manos sobre la mesa.
—Él lo descubrió y quedó destrozado. Durante meses intentó entender qué había hecho mal. Yo le mentí, lo hice sentir insuficiente y después tuve el descaro de pedirle otra oportunidad.
Leamsi escuchaba sin interrumpir.
—No te cuento esto para que sientas lástima por él —continuó Valeria—. Te lo cuento porque hace unos días me encontré con David y le pedí perdón. Me dijo que estaba enamorado de ti. Y me di cuenta de que necesitaba dejar de esconderme detrás de mis errores.
—¿Por qué pensaste que él tenía que contármelo?
—Porque merece estar con alguien que conozca su historia. Y porque sé que todavía tiene miedo de que vuelvan a traicionarlo.
Leamsi sintió que la tristeza reemplaza poco a poco su preocupación.
David también había sufrido.
También tenía miedo.
Y quizá su silencio no significaba que estuviera ocultando algo malo sobre su relación actual, sino que todavía le dolía recordar lo ocurrido.
—Gracias por decírmelo —respondió Leamsi.
Valeria asintió.
—Cuídalo. No porque sea débil, sino porque, a pesar de lo que le hice, sigue creyendo en el amor.
Leamsi se levantó y salió del café.
Encontró a David esperándola cerca de la entrada principal de la universidad.
Él se acercó inmediatamente.
—¿Hablaste con Valeria?
—Sí.
David bajó la cabeza.
—Leamsi, yo quería contártelo.
—Lo sé.
—No quería que pensaras que todavía siento algo por ella.
Leamsi lo miró.
—¿Todavía la quieres?
David respondió sin vacilar.
—No. Lo que sentí por ella fue real, pero terminó cuando comprendí que no podía construir una relación con alguien en quien ya no confiaba.
Leamsi sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Y tienes miedo de que yo te haga lo mismo?
David guardó silencio.
Aquella era la respuesta.
Leamsi se acercó y le tomó las manos.
—No puedo prometerte que nunca cometeré un error. Tampoco puedo prometerte que jamás tendremos problemas. Pero sí puedo decirte que no quiero jugar con tus sentimientos.
David la miró con los ojos brillantes.
—Me cuesta hablar de aquello.
—Entonces aprenderemos a hablar de las cosas difíciles juntos. Pero no me dejes fuera de tu vida por miedo a que algún día pueda lastimarte.
David la abrazó con fuerza.
—Perdóname.
—Te perdono. Pero la próxima vez, habla conmigo.
—Lo haré.
Leamsi apoyó la cabeza en su pecho.
Y aquella tarde comprendió que amar a alguien no consistía únicamente en compartir momentos bonitos.
También significaba aprender a escuchar los silencios, reconocer las heridas y construir una confianza que no dependiera de promesas vacías.
Sin embargo, mientras ellos intentaban fortalecer su relación, otra historia comenzaba a complicarse.
Porque José estaba a punto de cometer un error que podía destruir todo lo que Aleicha empezaba a sentir por él.
CAPÍTULO 8
La mentira que lo cambió todo
José estaba sentado en la cafetería cuando recibió un mensaje de David.
«¿Cómo van las cosas con Aleisha?»
José sonrió.
Habían pasado varios días desde que comenzaron a compartir más tiempo juntos. Aleicha seguía negando que sintiera algo por él, pero ahora aceptaba sus invitaciones, le enviaba mensajes por las noches y, algunas veces, era ella quien lo buscaba.
José estaba feliz.
Y eso lo asustaba.
Respondió:
«Bien. Creo que empieza a confiar en mí».
David contestó casi inmediatamente.
«Entonces no lo arruines. Esa chica ya ha sufrido bastante».
José guardó el teléfono.
Sabía que su amigo tenía razón. Aleicha no era una conquista ni un desafío. Era una persona que estaba aprendiendo a confiar de nuevo.
Pero había algo que no había tenido el valor de contarle.
La apuesta.
Aunque al principio había sido una conversación absurda entre dos amigos, la idea había existido. José había aceptado el desafío de intentar conquistar a una chica que no creía en el amor.
Y aunque nunca había llevado a cabo un plan para engañar, tampoco había sido completamente sincero sobre cómo habían comenzado las cosas.
Cada día que pasaba, la verdad se volvía más difícil de confesar.
Aquella tarde, Aleicha lo esperaba junto a los jardines de Harvard.
—Llegas tarde —dijo cuando lo vio acercarse.
José sonrió.
—Pensé que me extrañarías demasiado si no aparecía.
—Pensaste mal.
—Entonces, ¿por qué llevas diez minutos esperándome?
Aleicha se cruzó de brazos.
—Porque quería hablar contigo.
José dejó de bromear.
—¿Ocurrió algo?
Ella respiró profundamente.
—Leamsi dice que soy una cobarde.
—Tu amiga tiene una forma muy cariñosa de expresarse.
—Dice que me estoy acostumbrando a ti y que tengo miedo de admitirlo.
José sintió que el corazón comenzaba a latir más rápido.
—¿Y tú qué piensas?
Aleicha miró hacia el jardín.
—Pienso que me gusta pasar tiempo contigo. Me gusta que me escuches. Me gusta que puedas hacerme reír cuando estoy de mal humor.
José sonrió lentamente.
—Eso suena bastante bien.
—No he terminado.
Él cerró la boca.
Aleicha lo miró directamente.
—También pienso que tengo miedo. Mucho miedo. No quiero volver a confiar en alguien que después se burle de mí.
La sonrisa de José desapareció.
Aquel era el momento.
Podía decirle la verdad y arriesgarse a perderla.
O podía seguir callando y disfrutar de algo que, quizá, nunca le habría pertenecido si ella hubiera sabido cómo empezó todo.
José abrió la boca.
Pero el miedo ganó.
—No voy a burlarme de ti —dijo.
Aleicha lo observó durante varios segundos.
—¿Me lo prometes?
José sintió una presión en el pecho.
—Te lo prometo.
Ella sonrió suavemente y, por primera vez, tomó su mano por voluntad propia.
José entrelazó sus dedos con los de ella.
Pero mientras caminaban por los jardines, una parte de él sabía que acababa de cometer un error.
No porque sus sentimientos fueran falsos.
Sino porque estaba construyendo algo verdadero sobre una verdad que todavía escondía.
Dos días después, David y José estaban estudiando en una sala vacía cuando David decidió hablar.
—Tienes que contarle a Aleisha lo de aquella apuesta.
José levantó la mirada.
—No hubo ninguna apuesta de verdad.
—La idea existió. Y ella merece saberlo.
—Yo no he intentado conquistarla por una apuesta.
—Lo sé. Pero ¿y si se entera por otra persona?
José se pasó una mano por el cabello.
—Voy a decírselo.
—¿Cuándo?
—Pronto.
David suspiró.
—José, no esperes a que sea demasiado tarde.
Pero ya era demasiado tarde para seguir posponiéndolo.
Al salir de la sala, José encontró a Aleisha en el pasillo.
No estaba sola.
Junto a ella había un estudiante que él no conocía. El joven tenía una sonrisa amable y sostenía varios libros.
—¿Quién es? —preguntó José al acercarse.
Aleicha lo miró.
—Es Daniel. Estamos preparando un trabajo juntos.
Daniel extendió la mano.
—Mucho gusto.
José se la acercó, intentando disimular sus celos.
—Igualmente.
Aleicha arqueó una ceja.
—¿Algún problema?
—Ninguno.
—Perfecto. Entonces nos vemos después.
Ella se marchó con Daniel.
José se quedó observándose, sintiendo unos celos que nunca antes había experimentado con tanta intensidad.
Por primera vez comprendió que podía perder a Aleicha.
Y que el simple hecho de imaginarlo le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
CAPÍTULO 9
Los celos también duelen
Daniel era un buen compañero de estudios.
Era amable, inteligente y tenía una facilidad extraordinaria para hacer reír a Aleicha.
José comenzó a notarlo desde el primer día.
Los veía conversar en la biblioteca, compartir apuntes y caminar juntos hacia las aulas.
Y aunque sabía que Aleicha no le debía explicaciones sobre sus amistades, no podía evitar sentirse incómodo.
Una tarde, la encontró sentada en las escaleras del edificio de Literatura, riéndose de algo que Daniel acababa de decir.
José se acercó.
—Veo que te estás divirtiendo.
Aleicha levantó la mirada.
—¿Y eso es un delito?
—No he dicho eso.
Daniel cerró su cuaderno.
—Creo que voy a buscar algo de beber. Nos vemos mañana, Aleicha.
—Está bien. Gracias por ayudarme con el trabajo.
Cuando Daniel se marchó, Aleicha miró a José.
—¿Qué quieres?
Él se sentó a su lado.
—¿Te gusta ese chico?
Aleicha abrió los ojos.
Después soltó una carcajada.
—¿Perdón?
—Solo estoy preguntando.
—¿Desde cuándo tengo que explicarte con quién hablo?
José apretó la mandíbula.
—No tienes que explicarme nada.
—Entonces deja de comportarte como si tuvieras derecho a decidir quién puede acercarse a mí.
José bajó la mirada.
Sabía que ella tenía razón.
—Perdóname. No quería sonar así.
Aleicha lo observó con sorpresa. No estaba acostumbrada a que José reconociera sus errores tan rápidamente.
—¿Estás celoso?
José soltó una risa nerviosa.
—Tal vez.
—¿Y por qué?
Él la miró.
Porque te quiero.
Porque pienso en ti cuando no estás.
Porque cada día me importa más.
Porque tengo miedo de perderte incluso antes de haberte dicho lo que siento.
Pero ninguna de aquellas palabras salió de su boca.
—Porque me gustas —respondió finalmente.
Aleicha se quedó inmóvil.
José respiró profundamente.
—Me gustas más de lo que esperaba. No sé cuándo ocurrió, pero ya no quiero fingir que eres solamente una amiga.
Ella bajó la mirada.
—José, yo…
—No tienes que responder ahora. Solo quería que lo supieras.
Aleicha guardó silencio durante unos segundos.
Después le tomó la mano.
—Tú también me gustas.
José sintió que el mundo entero se detenía.
—¿De verdad?
—No me hagas repetirlo.
Él sonrió.
Aleicha se rió suavemente.
Y, por primera vez, fue ella quien se acercó para abrazarlo.
José cerró los ojos, rodeándola con los brazos.
Durante unos segundos quiso olvidar todo lo demás.
La apuesta.
Sus miedos.
La verdad que todavía no había confesado.
Pero el destino no iba a permitirle esconderse para siempre.
Porque aquella misma noche, mientras Aleicha regresaba a su habitación, escuchó una conversación que jamás debió escuchar de aquella manera.
David y José estaban en una terraza del campus, hablando sin darse cuenta de que alguien se acercaba.
—¿Ya le dijiste lo de la apuesta? —preguntó David.
—Todavía no.
—José, tienes que hacerlo.
—Ya sé.
—¿Y qué harás cuando descubras que al principio pensabas conquistarla como parte de un desafío?
José suspiró.
—Le demostraré que mis sentimientos son reales.
Aleicha dejó de caminar.
Sintió que el cuerpo se le enfriaba.
La apuesta.
Conquistarla.
Un desafío.
De repente, todas las palabras bonitas de José comenzaron a parecerle una mentira.
Se dio la vuelta antes de que ellos pudieran verla.
Y se marchó con lágrimas en los ojos.
CAPÍTULO 10
El corazón roto de Aleisha
José notó que algo había cambiado a la mañana siguiente.
Aleicha no respondió a sus mensajes.
No lo esperó después de clase.
Y cuando finalmente la vio en la biblioteca, ella recogió sus cosas y se marchó sin mirarlo.
José salió detrás de ella.
—¡Aleicha, espera!
Ella siguió caminando.
—Aleicha, por favor.
La joven se detuvo bruscamente.
—¿Qué quieres?
José se acercó con cautela.
—¿Hice algo?
Aleicha soltó una risa amarga.
—¿De verdad tienes el descaro de preguntarme eso?
José sintió un nudo en el estómago.
—No entiendo.
—La apuesta, José. ¿Quieres explicarme la apuesta?
El rostro de José perdió todo el color.
Aleicha lo miró con lágrimas contenidas.
—¿Desde cuándo sabías que yo era un desafío para ti?
—Aleicha, déjame explicarte.
—¡Contéstame!
José tragó saliva.
—Al principio, David y yo estábamos hablando. Él me retó a intentar conquistar a una chica que no creyera en el amor. Yo le respondí que él debía intentar enamorar a alguien que no creyera en él.
—¿Y entonces decidiste utilizar?
—No. Al principio fue una tontería, una conversación absurda. Nunca llegué a hacer nada para ganar una apuesta.
Aleisha negó con la cabeza.
—Pero sí aceptaste la idea.
José bajó la mirada.
—Sí.
Ella se llevó una mano al pecho.
—¿Sabes lo que más me duele? Que yo confié en ti. Te conté cosas que no le cuento a casi nadie. Te dije que tenía miedo de que alguien volviera a burlarse de mis sentimientos.
—Lo sé.
—¡No! ¡No lo sabes! Porque si lo supieras, me habrías contado la verdad antes de dejar que me enamorara de ti.
José intentó acercarse, pero Aleicha retrocedió.
—No me toques.
Él se detuvo inmediatamente.
—Mis sentimientos son reales. Te lo juro.
—¿Y cómo quieres que te crea? ¿Con otra promesa?
José no encontró respuesta.
Aleicha se secó una lágrima.
—Yo pensé que eras diferente. Pensé que, por primera vez, podía bajar la guardia sin que alguien se aprovechara de mí.
—Aleicha, me enamoré de ti de verdad.
Ella lo miró con una profunda tristeza.
—Tal vez. Pero no tuviste el valor de ser sincero cuando más importaba.
José sintió que aquellas palabras le atravesaban el corazón.
—Perdóname.
Aleicha negó lentamente con la cabeza.
—No sé si puedo hacerlo.
Después se marchó.
José no intentó detenerla.
Porque, por primera vez, comprendió que querer a alguien no le daba derecho a pedirle que olvidara el daño que le había hecho.
Cuando Leamsi encontró a Aleisha en su habitación, la joven estaba sentada en el suelo, abrazándose las rodillas.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Leamsi, arrodillándose a su lado.
Aleicha intentó hablar, pero las lágrimas no se lo permitieron.
Leamsi la abrazó.
—Estoy aquí. No tienes que contarme nada hasta que estés preparada.
Después de varios minutos, Aleicha logró explicarle lo sucedido.
Leamsi escuchó en silencio.
Cuando terminó, sintió una mezcla de tristeza y decepción.
—José cometió un error terrible —dijo finalmente—. No debió ocultarlo.
Aleicha se limpió las lágrimas.
—Lo peor es que yo lo quería, Leamsi. De verdad lo quería.
—Lo sé.
—Y ahora me siento estúpida por haberle creído.
Leamsi le tomó el rostro entre las manos.
—No eres estúpida por haber confiado. La culpa no es tuya por haber sentido algo bonito.
Aleisha cerró los ojos.
—No quiero volver a verlo.
—Está bien.
—No quiero que me escriba. No quiero que me busque. No quiero que vuelva a acercarse a mí.
Leamsi la abrazó otra vez.
—Voy a respetar lo que decidas.
Aquella noche, Aleicha lloró hasta quedarse dormida.
Y José, en su habitación, permaneció despierto mirando el teléfono.
Escribió muchos mensajes.
Los borró todos.
Finalmente comprendió que ninguna palabra podía obligar a Aleicha a confiar de nuevo.
Si alguna vez quería recuperar su corazón, tendría que empezar por aceptar que quizá ya no tenía derecho a hacerlo.
CAPÍTULO 11
Aprender a soltar
Pasaron dos semanas.
Aleicha volvió a sonreír de vez en cuando, pero algo había cambiado en ella.
Ya no esperaba mensajes de José.
No miraba hacia los pasillos para comprobar si él estaba cerca.
Y cuando lo veía desde lejos, continuaba caminando como si fuera un desconocido.
José respetó su distancia.
No intentó interceptarla ni utilizó a Leamsi para hacerle llegar mensajes.
Sin embargo, cada día comprendía un poco mejor el daño que había causado.
David también se sentía culpable.
Una tarde, encontró a José sentado solo en los jardines.
—¿Cómo estás?
José soltó una risa sin humor.
—¿Tú qué crees?
David se sentó a su lado.
—Debí insistir más para que le contaras la verdad.
José negó con la cabeza.
—La responsabilidad fue mía. Yo fui quien decidió callarse.
—¿Y qué vas a hacer?
José miró hacia el edificio de Literatura.
—Nada.
David frunció el ceño.
—¿Nada?
—Aleicha me pidió que no la buscara. Por primera vez, voy a respetar lo que quiere, aunque me duela.
David guardó silencio.
—¿La quieres tanto?
José tardó en responder.
—Nunca había querido a nadie así. Y eso es precisamente lo que me asusta. Pero no puedo pedirle que vuelva conmigo solo porque ahora entiendo lo que siento.
David le puso una mano en el hombro.
—Eso es lo más maduro que te he escuchado decir.
José soltó una pequeña risa.
—No te acostumbres.
Los dos guardaron silencio.
Por primera vez, José dejó de pensar en cómo recuperar a Aleisha y comenzó a pensar en cómo convertirse en alguien que no volviera a lastimar a una persona de esa manera.
Mientras tanto, Leamsi también estaba aprendiendo algo importante.
Su relación con David seguía siendo bonita, pero la experiencia de Aleisha le había hecho comprender que el amor no se medía por la cantidad de promesas que una persona podía hacer.
Se medía por sus acciones.
Una tarde, mientras caminaban juntos, decidió hablar con él.
—David, quiero preguntarte algo.
—Dime, amor.
—Si algún día tenemos un problema serio, ¿me lo contarás aunque tengas miedo de mi reacción?
David la miró con atención.
—Sí. Y espero que tú también puedas hacerlo conmigo.
Leamsi sonrió.
—Quiero que nuestra relación sea así. Que podamos hablar incluso cuando sea incómodo.
David se detuvo y tomó sus manos.
—Te prometo que voy a esforzarme por hacerlo. Y si alguna vez falló, quiero que me lo digas.
Leamsi lo abrazó.
—Eso es todo lo que necesito.
David le besó la frente.
—Te amo, Leamsi.
Ella levantó la mirada.
—Yo también te amo.
Y aunque todavía eran jóvenes y les quedaban muchas cosas por aprender, estaban construyendo una relación basada en algo más fuerte que las palabras bonitas: el deseo de escucharse y crecer juntos.
CAPÍTULO 12
Una oportunidad para cambiar
El semestre avanzaba y los exámenes finales se acercaban.
Aleicha se concentró en sus estudios y pasó más tiempo con Leamsi. Poco a poco, comenzó a recuperar su tranquilidad.
Una tarde, al salir de la biblioteca, encontró una pequeña libreta sobre una banca.
En la portada había una nota con su nombre.
La reconoció inmediatamente.
Era de José.
Durante unos segundos pensó en dejarla allí, pero finalmente la tomó.
Dentro encontró varias páginas escritas a mano.
La primera decía:
«Aleicha:
No escribo esto para pedirte que vuelvas conmigo. Me pediste distancia y voy a respetarla.
Quiero reconocer que te hice daño. No importa que mis sentimientos hayan cambiado ni que al principio no supiera lo que estaba haciendo. Debí decirte la verdad antes de permitir que confiaras en mí.
No voy a justificarme con mis miedos ni con mi pasado.
Tú me enseñaste que las personas no pueden construir algo verdadero si esconden las cosas que más miedo les da contar.
No espero que me perdones. Tampoco quiero que sientas que tienes una obligación conmigo.
Solo quiero que sepas que lo que sentí por ti fue real, aunque yo no haya sabido actuar de la manera correcta.
Voy a trabajar en mí mismo, porque no quiero volver a ser la persona que fui cuando te conocí.
Gracias por las risas, por las conversaciones y por haberme permitido acercarme a ti.
Perdóname por no haber cuidado esa confianza.
José».
Aleicha leyó la carta dos veces.
Cuando terminó, sintió que las lágrimas le humedecieron las mejillas.
No porque hubiera olvidado lo sucedido.
Sino porque, por primera vez, José no le estaba pidiendo nada.
No había exigencias.
No había promesas imposibles.
Solo una disculpa.
Cerró la libreta y la guardó en su mochila.
No estaba preparada para perdonarlo.
Pero tampoco podía negar que aquellas palabras significaban algo.
Pasaron varios días antes de que Aleicha volviera a hablar con José.
Fue una tarde lluviosa.
Ella salió de la biblioteca y encontró a José bajo el techo de la entrada, esperando que disminuyera la lluvia.
Al verla, él se apartó para dejarle espacio.
—Hola —dijo con voz tranquila.
Aleicha lo miró.
—Hola.
Hubo un silencio incómodo.
Finalmente, ella habló.
—Leí tu carta.
José asintió.
—Gracias por leerla.
—No sé si puedo perdonarte todavía.
—Lo entiendo.
—Y no quiero que pienses que leer una carta significa que vamos a volver a estar juntos.
—No lo pienso.
Aleicha lo observó durante unos segundos.
—¿De verdad estás dispuesto a dejarme en paz si eso es lo que necesito?
José sintió que la pregunta le dolía, pero respondió con sinceridad.
—Sí. Quiero estar en tu vida, pero no a costa de tu tranquilidad.
Aleicha bajó la mirada.
Aquella respuesta era diferente de las que había esperado.
—Gracias —murmuró.
José asintió y se preparó para marcharse.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Aleicha lo llamó.
—José.
Él volvió.
—¿Sí?
Ella respiró profundamente.
—Podemos saludarnos cuando nos veamos. No quiero que seamos enemigos.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de José.
—Me parece bien.
—Pero necesito tiempo.
—Tómate todo el tiempo que necesites.
Aleicha asintió.
José se marchó bajo la lluvia.
Y aunque no hubo abrazos ni declaraciones, ambos comprendieron que algo había comenzado a cambiar.
No estaban recuperando su relación.
Estaban aprendiendo a tratarse de una manera diferente.
Y, a veces, ese era el primer paso para sanar.
CAPÍTULO 13
La prueba del amor verdadero
Un mes después, la Universidad Harvard anunció una jornada académica en la que los estudiantes debían presentar proyectos relacionados con sus carreras.
Leamsi y David decidieron trabajar juntos.
Aleicha también participaría, y José se ofreció como voluntario para colaborar en la organización.
Al principio, Aleicha se mostró incómoda al saber que tendría que compartir varias actividades con él.
Sin embargo, recordó que había aceptado tratarlo con cordialidad y decidió cumplir su palabra.
Durante los primeros días, ambos se limitaron a hablar de los trabajos.
José no intentó acercarse más de lo necesario.
No le llevaba regalos ni buscaba excusas para quedarse a solas con ella.
Simplemente cumplía con sus responsabilidades.
Aleicha comenzó a notar aquellos cambios.
Una mañana, llegó al salón y descubrió que alguien había organizado los materiales que necesitaba para su presentación.
—¿Quién hizo esto? —preguntó.
Una compañera señaló a José.
—Él llegó temprano y dejó todo preparado.
Aleicha miró hacia el otro extremo del salón.
José estaba ayudando a otros estudiantes y no parecía esperar ningún agradecimiento.
Por primera vez, ella comprendió que quizá el cambio no consistía en hacer grandes gestos para recuperarla.
Quizá consistía en aprender a actuar correctamente incluso cuando nadie estaba mirando.
El día de la presentación llegó con nervios y mucho movimiento.
Leamsi estaba revisando sus notas cuando recibió una llamada de su madre.
La conversación duró apenas unos minutos, pero cuando colgó, su expresión había cambiado.
David se acercó inmediatamente.
—¿Qué pasó, amor?
Leamsi intentó sonreír.
—Mi madre no se encuentra bien. Está en el hospital y mi familia está tratando de averiguar qué tiene.
David le tomó las manos.
—¿Quieres que te acompañe?
—No quiero que pierdas la presentación.
—Leamsi, la presentación puede esperar. Tu familia es importante.
Ella sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—No sé qué hacer.
David la abrazó.
—Respira. Vamos a llamar a tu familia y averiguar cómo podemos ayudarte.
Durante las horas siguientes, David permaneció a su lado mientras ella hablaba con sus familiares.
No intentó decirle que todo saldría bien, porque no podía saberlo.
En lugar de eso, la escuchó, la acompañó y la ayudó a organizar el viaje para visitar a su madre.
Cuando Leamsi finalmente se tranquilizó, lo miró con gratitud.
—Gracias por no dejarme sola.
David le acarició la mejilla.
—No tienes que pasar por todo tú sola.
Aquella noche, Leamsi comprendió que el amor que siempre había soñado no consistía en tener una vida sin problemas.
Consistía en encontrar a alguien que estuviera dispuesto a caminar a su lado cuando los problemas aparecieran.
Afortunadamente, su madre recibió atención médica y, después de varios días de preocupación, su estado comenzó a mejorar.
Leamsi regresó a Harvard con el corazón más tranquilo.
Y cuando David la recibió con un abrazo, supo que su relación había madurado un poco más.
La jornada académica también permitió que Aleicha viera otra faceta de José.
Durante la presentación de uno de los grupos, un estudiante cometió un error y varios compañeros comenzaron a reírse.
José fue el primero en intervenir.
—Todos estamos aquí para aprender. Si alguien tiene una mejor idea, puede compartirla sin humillar a nadie.
La sala quedó en silencio.
El estudiante agradeció discretamente su apoyo.
Aleisha observó la escena desde el fondo del salón.
Recordó al José arrogante que había conocido al principio, siempre dispuesto a tener la última palabra.
Aquel joven seguía teniendo sentido del humor, pero ahora parecía más consciente de cómo sus palabras podían afectar a los demás.
Al terminar la actividad, Aleicha se acercó a él.
—Lo que hiciste estuvo bien.
José la miró, sorprendido.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te emociones. Puede que no vuelva a ocurrir.
Él soltó una carcajada.
—Lo guardaré como un recuerdo especial.
Aleicha sonrió.
Y aquella vez no se arrepintió de hacerlo.
CAPÍTULO 14
Volver a elegir
La recuperación de la confianza fue más lenta de lo que Aleicha había imaginado.
Hubo días en los que podía conversar con José sin sentir tristeza y otros en los que recordaba la apuesta y volvía a enfadarse.
José no le reprochaba sus cambios de ánimo.
Había aprendido que una disculpa no borraba las consecuencias de sus acciones.
Una tarde, mientras estudiaban en la biblioteca con otros compañeros, Aleicha se quedó mirando la lluvia que caía detrás de las ventanas.
José se acercó para devolverle un libro.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Él asintió y comenzó a alejarse.
—José, espera.
Se detuvo.
Aleicha cerró el libro que tenía delante.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Cuándo supiste que estabas enamorado de mí?
José se quedó pensativo.
—No lo sé exactamente. Creo que empecé a darme cuenta cuando dejé de buscar razones para acercarme a ti y simplemente quería saber cómo había sido tu día.
Aleicha bajó la mirada.
—¿Y por qué no me contaste la verdad?
José respiró profundamente.
—Porque tuve miedo. Me gustabas de verdad y pensé que, si te lo decía, perdería la oportunidad de estar contigo. Así que elegí esconderlo y terminé haciendo precisamente lo que más temía.
Aleicha lo observó con atención.
—¿Crees que el amor puede cambiar a una persona?
José tardó unos segundos en responder.
—Creo que el amor puede hacerte querer cambiar, pero eres tú quien tiene que decidir hacerlo. No puedes utilizar tus sentimientos como excusa para justificar lo que haces.
Aleicha sintió que aquellas palabras le llegaban profundamente.
Era la primera vez que José hablaba de sus errores sin intentar minimizarlos.
—He pensado mucho en nosotros —confesó ella.
José permaneció en silencio, permitiéndole continuar.
—Cuando te conocí, pensé que eras un chico arrogante que solo quería molestarme. Después empezaste a escucharme y me acostumbré a tenerte cerca. Y cuando descubrí lo de la apuesta, sentí que había vuelto a tener dieciséis años.
Los ojos de José se llenaron de tristeza.
—Lo siento.
—Lo sé. Pero necesito que entiendas algo. No quiero que me quieras solamente cuando soy divertida, cuando sonrío o cuando todo está bien. Si alguna vez volvemos a intentarlo, necesito poder decirte que tengo miedo sin sentir que estoy siendo débil.
José asintió.
—Quiero aprender a quererte de esa manera.
Aleicha respiró profundamente.
—Todavía tengo miedo.
—No voy a pedirte que dejes de tenerlo.
Ella lo miró.
—Pero quiero intentarlo.
José sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Intentar qué?
Aleisha soltó una pequeña risa nerviosa.
—Conocernos otra vez. Sin apuestas, sin mentiras y sin promesas imposibles. Despacio.
José sonrió, pero no se acercó hasta que ella extendió su mano.
Entonces la tomó con cuidado.
—Despacio —repitió.
Aleisha entrelazó sus dedos con los de él.
No era una reconciliación perfecta.
No significaba que hubiera olvidado lo ocurrido.
Era una decisión consciente de dar una nueva oportunidad, sabiendo que la confianza tendría que construirse día tras día.
José se inclinó ligeramente.
—¿Puedo abrazarte?
Aleicha sonrió con lágrimas en los ojos.
—Sí.
Él la abrazó con ternura.
Y, por primera vez desde que todo había salido mal, Aleicha sintió que podía respirar sin estar esperando el siguiente golpe.
No porque estuviera segura de que nunca volverían a sufrir.
Sino porque ahora sabía que tenía derecho a poner límites, a hacer preguntas y a elegir por sí misma.
Y eso la hacía sentirse más fuerte que antes.
CAPÍTULO 15
Un amor que no necesita esconderse
Con el paso de las semanas, Aleicha y José comenzaron a acercarse nuevamente.
No se apresuraron a ponerle un nombre a lo que estaban construyendo.
Primero volvieron las conversaciones.
Después, las bromas.
Más tarde, las caminatas por el campus y los mensajes que se prolongaron hasta entrada la noche.
José seguía siendo sarcástico, y Aleicha continuaba teniendo una respuesta para casi todo.
Pero ahora había algo diferente entre ellos.
Podían hablar de las cosas que les molestaban sin convertir cada desacuerdo en una batalla.
Una tarde, José invitó a Aleisha a caminar por los jardines de Harvard.
Cuando llegaron a una banca rodeada de flores, él se detuvo.
—Quiero preguntarte algo.
Aleicha lo miró con sospecha.
—Si vas a pedirme que haga tu tarea, la respuesta es no.
José rió.
—No es eso.
Se sentó a su lado y respiró profundamente.
—Me gustaría que fuéramos novios.
Aleicha sintió que el corazón le latía con fuerza.
José continuó antes de que ella pudiera responder.
—No quiero que aceptes por miedo a perderme. Tampoco quiero que pienses que tienes que hacerlo porque me diste otra oportunidad. Si todavía no estás preparada, lo voy a entender.
Ella lo observó durante unos segundos.
—¿Y si algún día volvemos a discutir?
—Discutiremos.
Aleicha arqueó las cejas.
—¡Qué romántico!
José se echó a reír.
—Déjame terminar. Seguramente tendremos desacuerdos. Puede que a veces nos enfademos y que necesitemos tiempo para pensar. Pero quiero aprender a resolver las cosas contigo, no a esconderlas.
Aleicha bajó la mirada.
—¿Y si vuelvo a tener miedo?
—Te escucharé. No voy a decirte que estás exagerando por sentir algo que te duele.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Y si no sé cómo confiar completamente en ti?
José le tomó la mano.
—Entonces iremos paso a paso. No tienes que entregarme toda tu confianza en un solo día.
Aleicha sonrió.
—Eres mucho más inteligente cuando dejas de hacerte el arrogante.
—Voy a intentar recordarlo.
Ella rió y después lo miró seriamente.
—Sí, José. Quiero ser tu novia.
Él parpadeó, como si necesitara asegurarse de que había escuchado bien.
—¿Sí?
—No me hagas cambiar de opinión.
José sonrió con una felicidad que no intentó esconder.
—¿Puedo besarte?
Aliocha se acercó un poco.
—Sí.
El beso fue suave y breve.
Pero para ambos significó algo más que el comienzo de una relación.
Significó que habían decidido intentarlo sin negar los errores del pasado.
Cuando Leamsi se enteró, gritó tanto que David tuvo que apartar el teléfono de su oído.
—¡LO SABÍA! ¡YO SABÍA QUE TERMINARÍAN JUNTOS!
Aleicha puso los ojos en blanco.
—Leamsi, por favor. No hemos ganado un premio.
—¡Esto es mejor que un premio!
David se rió al otro lado de la llamada.
—Felicidades, hermano.
José sonrió.
—Gracias.
—Y recuerda lo que hablamos.
José asintió.
—Lo recuerdo.
David se puso serio.
—Cuídala. No porque sea frágil, sino porque te ha dado una oportunidad que no estabas obligado a recibir.
José miró a Aleisha.
Ella estaba intentando fingir que no escuchaba la conversación.
—Lo sé —respondió él—. No quiero volver a hacerle daño.
Aleicha levantó la mirada.
Por primera vez, escuchó aquellas palabras sin sentir que eran una promesa vacía.
No porque pudiera estar segura del futuro.
Sino porque, hasta ese momento, José había demostrado que estaba dispuesto a aprender.
CAPÍTULO 16
Los sueños también ponen a prueba el amor
El final del semestre llegó acompañado de exámenes, proyectos y nuevas decisiones.
Leamsi y Aleicha comenzaron a hablar de sus planes para los próximos años.
Leamsi quería continuar con sus estudios y encontrar oportunidades para desarrollar su carrera. Aleicha, por su parte, deseaba concentrarse en su formación y descubrir quién quería ser sin permitir que sus experiencias pasadas definieron todas sus decisiones.
David también tenía grandes aspiraciones.
Una mañana recibió un correo que podía cambiar su futuro: había sido seleccionado para participar en un programa académico en otra ciudad durante varios meses.
Al principio, la noticia lo llenó de emoción.
Después pensó en Leamsi.
Llevaban poco tiempo juntos y todavía estaban aprendiendo a construir una relación estable.
¿Y si la distancia los separaba?
¿Y si Leamsi pensaba que él estaba eligiendo su carrera por encima de ella?
David pasó todo el día intentando encontrar el momento adecuado para contárselo.
Finalmente, decidió no repetir los errores que había cometido en el pasado.
Esa tarde, invitó a Leamsi a caminar.
—Tengo algo que contarte —dijo cuando llegaron al jardín central.
Leamsi lo miró.
—¿Ocurrió algo malo?
—No exactamente. Me han ofrecido una oportunidad académica.
David le explicó los detalles del programa y el tiempo que tendría que pasar fuera de Jarbar.
Leamsi guardó silencio.
Él sintió que la ansiedad comenzaba a crecer.
—Quiero aceptar —confesó—, pero también quiero saber cómo te sientes. No quiero tomar una decisión que afecte nuestra relación sin hablar contigo.
Leamsi lo miró durante varios segundos.
Después sonrió suavemente.
—Estoy orgullosa de ti.
David parpadeó.
—¿De verdad?
—Claro. Has trabajado mucho para conseguir una oportunidad así. No quiero que renuncies a tus sueños por miedo a que nuestra relación cambie.
David sintió un alivio inmenso.
—¿Y nosotros?
Leamsi le tomó las manos.
—Nosotros tendremos que aprender a adaptarnos. No voy a decirte que será fácil. Te voy a extrañar y seguramente habrá días en los que me sienta triste. Pero prefiero que hablemos de esas cosas a que renuncies a algo importante sin siquiera intentarlo.
David la abrazó.
—No sabes cuánto te amo.
Leamsi apoyó la cabeza en su pecho.
—Quiero que seas feliz, David. Y quiero que podamos crecer juntos, aunque a veces tengamos que hacerlo desde lugares diferentes.
Aquella conversación les enseñó algo que ninguno había comprendido por completo hasta entonces.
Amar no significa renunciar a todos los sueños personales.
Significaba aprender a construir un futuro en el que hubiera espacio para los sueños de ambos.
Cuando José se enteró de que David se marcharía durante varios meses, buscó a Aleisha.
—¿Qué harías si yo tuviera que irme lejos por un tiempo? —preguntó.
Aleicha lo miró con seriedad.
—Dependería de por qué te fueras y de cómo habláramos de ello.
José asintió.
—¿No intentarías impedirlo?
—No quiero una relación en la que tengamos que renunciar a nuestras vidas para demostrar que nos queremos.
José sonrió.
—Estás empezando a sonar como Leamsi.
—No insultes mi inteligencia.
Él rió y la abrazó.
Pero aquella conversación también le hizo pensar en su propio futuro.
Durante mucho tiempo había vivido evitando cualquier situación que pudiera hacerlo vulnerable.
Ahora comprendía que no podía construir una relación saludable si seguía tomando decisiones desde el miedo.
Por primera vez, comenzó a imaginar un futuro en el que el amor no fuera una amenaza para su independencia.
Y en el que quedarse con alguien fuera una elección, no una obligación.
CAPÍTULO 17
La despedida y la promesa
La partida de David se acercaba.
Leamsi intentaba mostrarse tranquila, pero la idea de pasar varios meses sin verlo le producía una tristeza que no sabía cómo manejar.
Una noche, mientras preparaban sus cosas para el viaje, se quedó sentada en la cama mirando una fotografía de ambos.
David se acercó.
—¿En qué piensas?
—En que voy a extrañarte mucho.
Él se sentó a su lado.
—Yo también voy a extrañarte.
Leamsi respiró profundamente.
—Tengo miedo de que la distancia nos cambie.
David le tomó la mano.
—Es posible que cambien algunas cosas. Vamos a tener nuevas experiencias, días difíciles y momentos en los que no podremos estar juntos físicamente. Pero quiero que hablemos con sinceridad sobre lo que sintamos.
Leamsi lo miró.
—No quiero que me prometas que todo será perfecto.
David sonrió.
—No puedo prometerte eso.
—Entonces, ¿qué puedes prometerme?
Él pensó durante unos segundos.
—Puedo prometerte que no voy a utilizar la distancia como excusa para dejar de esforzarme. Quiero seguir escuchándote, compartir contigo mis días y buscar soluciones cuando tengamos problemas. Y si alguna vez algo cambia, quiero que tengamos el valor de hablarlo.
Leamsi sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—Eso es lo que quiero.
David la abrazó.
—Te amo.
—Yo también te amo.
Al día siguiente, Leamsi lo acompañó hasta el lugar donde debía tomar el transporte que lo llevaría a su nuevo destino.
Antes de despedirse, David le entregó una pequeña caja.
Dentro había una pulsera sencilla con una placa en la que se leía:
«Elegirnos, incluso en la distancia».
Leamsi se cubrió la boca con una mano.
—David…
—No es para que sientas que tienes que esperarme. Es para recordarnos que una relación necesita decisiones de los dos, no sacrificios de una sola persona.
Ella lo abrazó con fuerza.
—Voy a cuidarla.
David le besó la frente.
—Cuídate tú también.
Cuando finalmente se marchó, Leamsi permaneció allí unos minutos, intentando aceptar que comenzaba una nueva etapa de su vida.
Lloró.
Lo extrañó.
Y durante los primeros días sintió que la universidad era mucho más grande sin él.
Pero también aprendió a continuar con sus estudios, a pasar tiempo con Aleisha y a disfrutar de sus propias metas.
David la llamaba cuando podía y le enviaba fotografías de sus nuevas experiencias.
No todos los días eran fáciles.
Hubo llamadas que tuvieron que posponerse y conversaciones en las que ambos estaban demasiado cansados para hablar durante mucho tiempo.
Sin embargo, cuando aparecían los problemas, intentaban resolverlos sin convertirlos en acusaciones.
La distancia no hizo desaparecer sus dificultades.
Les enseñó a enfrentarlas de una manera diferente.
Aleicha también acompañó a su amiga durante aquella etapa.
Una noche, mientras estaban sentadas en la habitación, le preguntó:
—¿No tienes miedo de que David conozca a alguien más?
Leamsi reflexionó antes de responder.
—A veces tengo miedo. Pero no quiero vivir intentando controlar todo lo que podría pasar. Puedo elegir confiar mientras sus acciones me den razones para hacerlo.
Aleicha sonrió ligeramente.
—Antes me habrías dado un discurso de veinte minutos sobre el amor.
—Todavía puedo hacerlo.
—Por favor, no.
Las dos comenzaron a reír.
Después, Leamsi se puso seria.
—Tú también estás aprendiendo, Aleicha.
—¿A qué te refieres?
—A que ya no huyes de todo lo que sientes.
Aleisha miró la pulsera que llevaba en la muñeca.
José se la había regalado unos días antes. No tenía ninguna frase romántica, solo una pequeña estrella plateada.
—Todavía tengo miedo —admitió.
Leamsi la abrazó.
—No tienes que dejar de tener miedo para ser feliz.
Aleicha apoyó la cabeza en su hombro.
Y por primera vez comprendió que podía sentir temor y, aun así, elegir vivir.
CAPÍTULO 18
El amor después del miedo
Los meses pasaron.
David continuó con su programa académico, mientras Leamsi avanzaba en sus estudios y descubría nuevas oportunidades.
Aunque la distancia no siempre era fácil, ambos habían aprendido a comunicarse mejor.
José y Aleicha también estaban construyendo una relación más madura.
Seguían discutiendo por tonterías.
Él continuaba haciendo comentarios sarcásticos.
Ella seguía teniendo la última palabra en muchas conversaciones.
Pero ahora sabían pedir perdón sin convertirlo en una competencia.
Una tarde, Aleicha recibió una noticia que la dejó preocupada.
Había obtenido una oportunidad para participar en un programa de formación que requería pasar varias semanas fuera de la ciudad.
Le emocionaba la posibilidad, pero temía que José pensara que estaba alejándose de él.
Cuando se lo contó, él sonrió.
—Eso es fantástico.
Aleicha lo miró con sorpresa.
—¿No te molesta?
—¿Por qué tendría que molestarme?
—Porque estaremos separados durante un tiempo.
José le tomó la mano.
—Te voy a extrañar. No voy a fingir que no. Pero quiero que tengas la oportunidad de hacer algo que te importa.
Aleicha sintió que una emoción profunda le apretaba el pecho.
—¿Y si las cosas cambian?
José respiró lentamente.
—Entonces hablaremos. No quiero que te quedes conmigo porque tengas miedo de perderme. Quiero que estés conmigo porque lo deseas.
Ella lo abrazó.
Durante mucho tiempo había pensado que amar a alguien significaba darle el poder de destruirla.
Ahora comenzaba a comprender que una relación también podía ser un lugar en el que ambas personas se ayudaran a crecer.
—Te quiero, José —susurró.
Él la abrazó con más fuerza.
—Yo también te quiero.
Aleicha se separó un poco para mirarlo.
—Y quiero que sepas algo.
—¿Qué?
—Todavía recuerdo lo que pasó con la apuesta. No es algo que haya desaparecido por completo.
José asintió.
—Lo entiendo.
—Pero también veo lo que has hecho desde entonces. No quiero que pienses que tienes que ser perfecto para que yo te quiera. Solo necesito que seas sincero.
José le acarició la mejilla.
—Eso es lo que quiero aprender a ser contigo.
Aleicha sonrió y lo besó.
No fue un beso que borrara el pasado.
Fue un beso que reconocía todo lo que habían atravesado para llegar hasta allí.
Cuando llegó el momento de marcharse, Aleicha se despidió de José con un abrazo.
—No quiero que estés triste —le dijo.
—No estoy triste.
Ella lo miró con incredulidad.
—José, tienes cara de que se ha terminado el mundo.
Él soltó una carcajada.
—Está bien. Te voy a extrañar muchísimo.
Aleicha sonrió.
—Yo también.
José le tomó las manos.
—Disfruta esta oportunidad. Haz amigos, aprende todo lo que puedas y no tengas miedo de descubrir cosas nuevas.
Aleicha lo observó con ternura.
—¿Quién eres y qué has hecho con el José que conocí?
Él rió.
—Sigue aquí. Solo está intentando ser menos idiota.
Ella lo abrazó por última vez antes de marcharse.
Durante las semanas siguientes, ambos se extrañaron, pero mantuvieron sus conversaciones y aprendieron a respetar los tiempos del otro.
Aleicha regresó más segura de sí misma.
José la recibió con flores y una sonrisa nerviosa.
Ella lo abrazó y le susurró al oído:
—Gracias por dejarme crecer sin hacerme sentir culpable.
José cerró los ojos.
—Gracias por darme la oportunidad de aprender a quererte mejor.
Y en aquel instante, ambos comprendieron que el amor no los había convertido en personas perfectas.
Los había ayudado a reconocer sus errores y a tomar mejores decisiones.
CAPÍTULO 19
El día en que todo tuvo sentido
Un año después de su llegada a Harvard, los cuatro amigos se reunieron en los jardines donde habían pasado tantas tardes.
La universidad había cambiado poco, pero ellos ya no eran los mismos.
Leamsi seguía creyendo en los finales felices, aunque ahora comprendía que los finales felices no significaban vivir sin problemas.
David había regresado de su programa académico con nuevas experiencias y una visión más clara de sus objetivos.
Aleicha había descubierto que podía construir una vida plena sin permitir que el miedo decidiera por ella.
Y José había aprendido que la vulnerabilidad no era una debilidad.
Aquella tarde, David llegó con una pequeña bolsa de comida.
—He traído algo para celebrar.
Aleicha lo miró.
—¿Qué estamos celebrando?
—Que sobrevivimos a nuestro primer año en Harvard sin volvernos completamente locos.
José se rió.
—Habla por ti. Yo siempre he estado perfectamente.
Aleicha lo miró de arriba abajo.
—Tú necesitas ayuda profesional.
Los cuatro comenzaron a reír.
Después de comer, David tomó la mano de Leamsi.
—Quiero decir algo.
Leamsi sonrió.
—Eso suena peligroso.
David respiró profundamente.
—Cuando llegué a esta universidad, estaba convencido de que el amor podía cambiar la vida de una persona. Todavía lo creo, pero ahora entiendo que no basta con sentir algo muy fuerte.
Miró a José.
—También tenemos que ser responsables de lo que hacemos con esos sentimientos.
José asintió.
David continuó:
—Leamsi me enseñó que amar también significa acompañar, escuchar y respetar los sueños de la otra persona. Y tú, hermano, aprendiste que no puedes pedir confianza mientras escondes la verdad.
José bajó la mirada con una sonrisa tímida.
—Gracias por recordarme mis peores momentos.
—De nada. Para eso están los amigos.
Todos se echaron a reír.
Después, Aleicha tomó la palabra.
—Yo solía pensar que el amor era una trampa. Creía que, si no dejaba entrar a nadie, nadie podría lastimarme.
Miró a José.
—Y durante mucho tiempo pensé que la única forma de protegerme era no sentir nada.
José le apretó suavemente la mano.
Aleisha continuó:
—Pero descubrí que cerrar el corazón tampoco me hacía feliz. Solo me impedía vivir algunas cosas que podían ser bonitas.
Leamsi tenía lágrimas en los ojos.
—¡No me hagas llorar!
Aleicha sonrió.
—Todavía no he terminado.
Los cuatro rieron.
—No sé qué nos espera en el futuro. Quizá tengamos problemas, quizá cambiemos de opinión sobre algunas cosas y seguramente cometeremos errores. Pero ahora sé que no necesito tener todas las respuestas para permitirme ser feliz.
José la miró con ternura.
—Y yo sé que querer a alguien no significa tener derecho sobre esa persona.
David levantó su vaso.
—Entonces brindemos por eso.
Los cuatro levantaron sus bebidas.
—Por el amor —dijo Leamsi.
—Por la sinceridad —añadió José.
—Por las segundas oportunidades —dijo David.
Aleicha sonrió.
—Y por aprender a elegirnos sin dejar de elegirnos a nosotros mismos.
Sus vasos chocaron suavemente.
Y mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios de Harvard, comprendieron que aquel primer día de universidad había sido apenas el comienzo de una historia mucho más grande de lo que cualquiera de ellos había imaginado.
CAPÍTULO 20
Cuando el amor toca la puerta
El tiempo siguió avanzando.
Los estudios, las responsabilidades y los sueños personales comenzaron a ocupar un lugar cada vez más importante en sus vidas.
Pero había algo que los cuatro conservaban: la amistad que había nacido en aquellos pasillos universitarios y las lecciones que habían aprendido juntos.
Leamsi y David continuaron construyendo su relación.
No vivían en un cuento de hadas. Había días difíciles, desacuerdos y momentos en los que el cansancio parecía ganarles la batalla.
Sin embargo, habían aprendido a hablar antes de dejar que los problemas crecieran.
David seguía siendo romántico.
Leamsi seguía emocionando con los pequeños detalles.
Y ambos habían comprendido que el amor no se demostraba únicamente con regalos, flores o palabras bonitas.
Se demostraba al escuchar.
Al respetar.
Al reconocer un error.
Al quedarse por decisión propia, sin utilizar el miedo como una cadena.
Aleicha y José también continuaron juntos.
Él nunca volvió a utilizar una mentira para evitar una conversación difícil.
Ella aprendió a expresar sus inseguridades sin sentir vergüenza por ellas.
Y cuando los recuerdos de su pasado regresaban para hacerla dudar, José no intentaba obligarla a olvidar.
La escuchaba.
Le daba espacio.
Y le recordaba, con sus acciones, que una persona podía equivocarse y aprender de sus errores.
Una tarde, mientras caminaban por los jardines de Harvard, Aleicha se detuvo frente al árbol donde José había intentado acercarse a ella por primera vez.
—¿Te acuerdas de este lugar? —preguntó.
José miró alrededor.
—Claro. Aquí me dijiste que el espacio a tu lado estaba ocupado por tu tranquilidad.
Aleisha soltó una carcajada.
—Y tú no entendiste la indirecta.
—La entendí perfectamente. Simplemente decidí ignorarla.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Eres insoportable!
José sonrió y le tomó la mano.
—Pero me quieres.
Aleicha fingió pensarlo.
—A veces me pregunto por qué.
Él se acercó un poco.
—Puedo darte una lista de razones.
—Ni se te ocurra.
Los dos comenzaron a reír.
Después, José se puso serio.
—Aleicha, ¿sabes qué es lo que más me gusta de nuestra historia?
Ella negó con la cabeza.
—Que no me salvaste —respondió él—. Me enseñaste que tenía que hacerme responsable de mis decisiones. Y yo espero haberte demostrado que no necesitas esconder quién eres para que alguien quiera estar contigo.
Aleicha sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—No siempre ha sido fácil.
—Lo sé.
—Y todavía me da miedo el futuro.
José le acarició la mejilla.
—A mí también. Pero ya no quiero vivir huyendo de todo lo que podría salir mal.
Aleicha sonrió.
—Entonces tendremos que aprender juntos.
Él la besó suavemente.
Y mientras se abrazaban bajo el árbol, Aleicha comprendió que había dejado de esperar que alguien le garantizara que nunca volvería a sufrir.
Ahora sabía que podía cuidarse, tomar decisiones y pedir respeto sin renunciar a la posibilidad de amar.
Aquella misma tarde, Leamsi y David estaban sentados en la banca del jardín central.
David le había llevado una pequeña caja.
Leamsi lo miró con curiosidad.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Dentro había un cuaderno de tapas azules.
En la primera página, David había escrito:
«Para Leamsi.
Para que escribas todos los sueños que todavía quieres cumplir, las cosas que deseas aprender y los lugares que quieres conocer.
No quiero que nuestra historia sea el único sueño de tu vida.
Quiero acompañarte mientras construyes a todos los demás».
Leamsi leyó las palabras en silencio.
Después levantó la mirada.
—¿Por qué haces estas cosas?
David sonrió.
—Porque sé que te gustan los detalles.
Ella se echó a reír entre lágrimas.
—Es imposible.
David le tomó la mano.
—Te amo.
Leamsi apoyó la cabeza en su hombro.
—Yo también te amo.
Permanecieron allí durante un largo rato, observando cómo los estudiantes cruzaban el campus.
Leamsi pensó en la chica que había llegado a Harvard con una mochila rosada y la ilusión de encontrar el amor de su vida.
Seguía creyendo en los finales felices.
Pero ahora sabía que no siempre llegaban como en los cuentos.
A veces, un final feliz era aprender a confiar de nuevo.
Otras veces, era marcharse de una relación que no te hacía bien.
También podía ser pedir perdón, aceptar un error o tener el valor de empezar otra vez.
Y, en ocasiones, era descubrir que el amor más bonito no era el que prometía que nunca sufrirás.
Era el que te permitía ser tú misma, crecer y compartir tu vida con alguien que también estuviera dispuesto a crecer.
Leamsi miró a David.
Después pensó en Aleicha y José, que reían a unos metros de distancia.
Cuatro personas.
Cuatro historias.
Cuatro corazones que habían llegado a la universidad creyendo cosas diferentes sobre el amor.
Y una misma verdad que habían descubierto juntos.
El amor no siempre llega cuando lo buscas.
A veces aparece cuando menos lo esperas, acompañado de preguntas, dudas y desafíos que nunca imaginaste tener que enfrentar.
Pero encontrarlo no es el final de la historia.
Es apenas el comienzo.
Porque amar no consiste solamente en abrir la puerta cuando alguien llama.
También consiste en decidir qué tipo de persona quieres ser cuando esa persona entra.
Y en recordar que, por encima de cualquier promesa, el amor verdadero necesita respeto, sinceridad, libertad y valentía.
Leamsi entrelazó sus dedos con los de David.
Aleicha hizo lo mismo con José.
El sol desapareció lentamente detrás de los edificios de la Universidad Jarbart.
Y los cuatro continuaron caminando, sin saber exactamente qué les depararía el futuro, pero con una certeza que antes no tenían.
Ya no necesitaban creer que el amor era perfecto.
Solo necesitaban estar dispuestos a construirlo.
FIN
SOBRE LAS AUTORAS
Mayelin Alexandra Rodríguez
Este es su primer libro. Cuando no está leyendo, pasa el tiempo escuchando música o viendo series y películas. Su pasatiempo favorito es perderse en una biblioteca y jugar al voleibol.
Gelen Patricia Mejía
Esta es su primera colaboración. Cuando no está viendo doramas, disfruta de dormir o escribir. Su deporte favorito es el voleibol.
Fecha de escritura: 14 de octubre de 2026.
DEDICATORIA
Este libro está dedicado a mis nuevas seguidoras, con cariño y agradecimiento por su apoyo.
Thoughts
-
PermalinkEl libro abre con un cuaderno que se cae en clase y cierra con el de tapas azules que David le regala a Leamsi para sus propios sueños. Me hace pensar en que la historia entera va de dejar espacio en la página para la otra persona. Y que lo hayan escrito entre dos, con Gelen, le queda muy bien a una historia de dos parejas. Gracias por compartirlo!
-
PermalinkYo me quedo del lado de Aleicha desde el árbol, cuando le dice a José que el puesto está ocupado por su tranquilidad. En el capítulo 1 él quería tener siempre la última palabra con ella, y para el final ella la tiene en casi todo y él tan feliz. Para mí ese cambio es el romance de verdad del libro. David y Leamsi me caen bien, pero llegaron sabiendo lo que querían; los que se mueven son los otros dos.
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