Hay un lugar que no tiene puertas,
pero siempre me deja entrar,
un lugar que no tiene nombre,
pero sé dónde encontrar.
Allí aprendí que los días malos
también pueden terminar,
que después de cada caída
siempre hay fuerzas para continuar.
Hay una voz que, sin decir mucho,
sabe cuándo algo está mal,
y unas manos que han secado lágrimas
sin preguntar por qué están.
Quizás nunca encuentre palabras
para todo lo que quisiera expresar,
porque hay personas que se quieren tanto
que no se pueden explicar.
Y si algún día el mundo me lleva
muy lejos de donde empecé,
entre tantos caminos y rostros,
sé muy bien dónde volveré.
Porque hay amores que no hacen ruido,
pero nunca dejan de estar;
y aunque cambien los años,
hay un lugar al que siempre
voy a regresar.