La amapola, pequeña amapola,
¿qué secreto guardas entre tus pétalos?
¿Por qué floreces donde la tierra parece cansada,
donde el viento pasa sin detenerse
y nadie parece mirar?
Qué extraño es verte tan frágil
y, aun así, permanecer de pie.
¿Qué te sostiene cuando el viento te sacude?
¿Qué te hace abrir tus pétalos
cuando sabes que algún día caerán?
Tal vez no floreces para quedarte,
tal vez floreces simplemente para ser.
Para sentir el sol sobre tus pétalos,
para dejar que la brisa te acaricie,
para regalarle un instante de belleza
a quien tenga la dicha de encontrarte.
¡Qué profunda es tu existencia, amapola!
Tan breve y, sin embargo, tan hermosa.
¿Por qué tememos tanto a lo que termina,
si hasta las flores saben marcharse
sin dejar de haber sido bellas?
Quizás la vida sea como tú:
un pequeño instante de color
en medio de un mundo que no se detiene.
Quizás no importa cuánto tiempo florecemos,
sino cuánto amor dejamos
en el lugar donde estuvimos.
Y cuando tus pétalos caigan,
cuando el viento se los lleve lejos,
¿quién dirá que has desaparecido?
Si alguna vez fuiste capaz de transformar
un campo silencioso
en un lugar lleno de esperanza.
Amapola, no escondas tu fragilidad.
No tengas miedo de abrirte al mundo.
Porque incluso lo más delicado
puede tener la fuerza suficiente
para enseñarnos
que también se puede florecer
después de haber conocido la tristeza.