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Dicen que el amor no termina de un día para otro..

Giuli
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Dicen que el amor no termina de un día para otro. Que antes de irse, se queda un tiempo haciendo las valijas. Se lleva las ganas de preguntar cómo estuvo tu día, los mensajes de madrugada, los…

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Contenido de la publicación

Dicen que el amor no termina de un día para otro. Que antes de irse, se queda un tiempo haciendo las valijas. Se lleva las ganas de preguntar cómo estuvo tu día, los mensajes de madrugada, los “llegaste bien”, las canciones que antes tenían nombre y ahora solo duelen. Se lleva, poco a poco, todas esas cosas pequeñas que parecían insignificantes hasta que desaparecen. Y quizás eso fue lo que pasó con nosotros. No hubo una fecha exacta en la que dejaste de quererme. No hubo una mañana en la que despertaste y decidiste que ya no sentías nada. Simplemente, un día empezaste a quererme menos.

Yo tardé en darme cuenta. Preferí pensar que estabas cansado, que tenías problemas, que quizás era una etapa. Me convencí de que el amor también tenía días malos, porque aceptar la verdad significaba aceptar que estaba perdiendo a la persona que más quería mientras todavía la tenía frente a mí. Empecé a notar pequeñas cosas. Tus respuestas eran más cortas. Ya no buscabas hablar conmigo durante horas. Los abrazos duraban menos. Los “te quiero” empezaron a sentirse diferentes, como si los dijeras porque yo esperaba escucharlos y no porque realmente te nacieran.

Y yo, en vez de preguntarme por qué estabas cambiando, empecé a preguntarme qué estaba haciendo mal.

Pensé que quizás no era suficiente. Que tal vez había cambiado demasiado, o demasiado poco. Pensé que tenía que ser más divertida, más comprensiva, más bonita, menos intensa, menos sensible. Intenté convertirme en la persona que creía que podía volver a hacerte sentir lo mismo. Porque cuando uno ama de verdad, a veces comete el error de pensar que si se esfuerza lo suficiente puede evitar que lo abandonen.

Hasta que una noche te pregunté lo que más miedo me daba preguntar.

“¿Todavía me querés?”

Te quedaste en silencio.

Y ese silencio fue suficiente para romperme.

Después dijiste que sí, pero no de la misma manera. Que yo no había hecho nada. Que no había otra persona. Que simplemente ya no sentías lo mismo.

Siempre pensé que si algún día me dejabas, tendría que existir una razón. Algo concreto. Algo que pudiera señalar y decir: “Fue por esto”. Pensé que sería más fácil odiarte si me traicionabas, si me mentías, si hacías algo terrible. Pero no hiciste nada. Y eso fue lo peor. Porque ¿Cómo se pelea contra un sentimiento que simplemente desaparece? ¿Cómo se arregla algo que no está roto?

Yo todavía te quería con la misma fuerza con la que te había querido desde el principio. Y vos ya no.

Lo intentamos. O al menos yo lo intenté. Me quedé esperando que volvieras a mirarme como antes. Esperando que alguna de esas viejas versiones tuyas regresara. Me aferré a nuestros recuerdos como si fueran pruebas de que todavía había algo que salvar. Miraba nuestras fotos, releía conversaciones, escuchaba canciones que me llevaban a vos y trataba de encontrar en ellas al chico que alguna vez me hizo sentir que yo era suficiente.

Pero vos ya no eras ese chico.

Y yo tampoco era la misma.

Porque mientras vos aprendías a vivir sin mí, yo aprendía a vivir con la sensación de que ya no me elegías.

Lo más doloroso no fue perderte. Fue sentir que te estaba perdiendo todos los días un poquito, mientras yo seguía intentando salvar algo que ya existía solamente en mi cabeza.

Una tarde volvimos al lugar donde nos habíamos conocido. Nos sentamos juntos, pero se sentía como si hubiera un espacio enorme entre nosotros. Te miré y recordé el primer día. Recordé cómo te miraba entonces, sin saber todo lo que iba a sentir por vos. Sonreí con tristeza y te dije que nunca había imaginado que terminaríamos así.

Vos tampoco habías imaginado que ibas a dejar de quererme.

Te pregunté si alguna vez habías pensado en quedarte solo porque yo te quería.

Me dijiste que no.

Y en ese momento entendí algo que me costó muchísimo aceptar: no importa cuánto ames a una persona, no podes hacer que se quede. No importa cuántos recuerdos tengan, cuántas promesas hayan hecho, cuántas veces hayan dicho “para siempre”. A veces el amor cambia. A veces se termina. Y no siempre significa que alguien haya tenido la culpa.

Esa noche lloré por vos, pero también lloré por mí. Por todas las veces que dudé de mi valor intentando entender por qué alguien podía dejar de amarme. Por todas las veces que pensé que tenía que cambiar para merecer que te quedaras. Por haber olvidado que mi valor nunca dependió de cuánto amor fueras capaz de darme.

Pasó el tiempo. Al principio fue horrible. Había días en los que cualquier cosa me hacía acordar a vos. Una canción, una calle, una hora del día, una palabra. Después, lentamente, empezaron a existir días en los que no pensaba en vos. Y me sentía culpable por eso. Como si olvidarte significara que todo lo nuestro había sido mentira.

Pero no lo fue.

Fue real. Te quise de verdad. Me quisiste de verdad. Solo que algunas cosas reales también terminan.

Un día entendí que sanar no significaba dejar de extrañarte. Significaba poder recordarte sin querer volver. Significaba aceptar que fuiste importante sin seguir esperando que regresaras. Significaba dejar de preguntarme qué tenía de malo para que dejaras de quererme y empezar a preguntarme por qué había dejado de quererme yo mientras intentaba convencerte de que te quedaras.

Y entonces empecé a volver a mí.

Volví a las cosas que me hacían feliz antes de vos. Volví a reírme sin pensar en si alguien estaría orgulloso de mí. Volví a hacer planes sin imaginar si vos estarías en ellos. Volví a entender que estar sola no era lo mismo que estar vacía.

Todavía hay días en los que me acuerdo de vos.

Y quizás siempre lo haga.

Pero ahora no me duele de la misma manera.

Porque ya no deseo que vuelvas.

Deseo que, donde sea que estés, seas feliz.

Y deseo lo mismo para mí.

Porque quizás esa fue la verdadera enseñanza de todo esto: que algunas personas llegan a nuestra vida para quedarse y otras llegan para enseñarnos a dejar ir. Y aunque durante mucho tiempo pensé que perderte había sido lo peor que me había pasado, hoy entiendo que lo peor habría sido perderme a mí misma intentando que alguien se quedara.

Vos dejaste de quererme.

Y durante mucho tiempo pensé que esa era la parte más triste de la historia.

Ahora sé que no.

Lo más triste habría sido que, después de que vos te fueras, yo también decidiera abandonarme.