Los hermanos corriendo, la voz del padre, la máquina de coser de la madre: todo lo que le falta a Dafne en esa casa son ruidos. Una casa se vacía primero por el oído, eso lo sé desde que vivo sola con la perra y de madrugada solo se oye la nevera. Por eso me cuadra que lo que la levanta al día siguiente también sea algo que no se ve, el olor del chocolate con maíz en la cocina. Esa máquina de coser me suena a una que existió de verdad en alguna casa tuya.
Detrás de la Primavera
Pensamiento
Los hermanos corriendo, la voz del padre, la máquina de coser de la madre: todo lo que le falta a Dafne en esa casa son ruidos. Una casa se vacía primero por el oído, eso lo sé desde que vivo sola con la perra y de madrugada solo se oye la nevera. Por eso
Contenido de la publicación
El silencio hablaba por sí solo. Ella vestía un traje gris, más que el color, era el diseño, con cremallera hasta el cuello y falda larga, zapatos cerrados de color negro, cabello recogido.
La aromática que había servido Dafne, ya casi fría, permanecía en el comedor. Todo el día había sido nublado, una pequeña lluvia caía y las calles parecían totalmente abandonadas.
Quizás era un momento para imaginar qué hubiera sido de aquellos sueños.
O de repente era un instante para sentir el viento de la noche y ese vacío que murmuraba, mientras ella se quedaba aferrada a él.
Una lágrima volvía a llegar. Parecía que el mundo había perdido su sentido y la claridad no llegaba a su puerta.
Había miles de preguntas que corrían en una maratón mental
Y ella las miraba, las escuchaba, las abrazaba, como abrazaba su propio latir.
Parecía que la historia de su vida no paraba de doler. Sentía culpa y miedo de enfermar, de no aclarar sus ideas. Siempre había sido una mujer reflexiva frente al proceso de la vida, pero sabía que nadie está en la tierra sin cumplir una misión y que ese cumplimiento implica pesares y alegrías.
Aunque era consciente de eso, en este día contaban las batallas que había enfrentado, aquellas donde había bajado la bandera y también donde había ganado un trofeo. Solo que cuando una temporada es gris o lúgubre, los seres humanos no visualizamos los trofeos.
Los días pasaban. Ella trataba de no culparse, de no sentir miedo, pero era todo y nada, no había una sola razón. Era la vida hecha trocitos de papel, era un sobre envuelto en tristezas que removían, era su casa sin ver a sus hermanos correr, sin la voz de su papá en la casa, sin el sonido de la máquina de coser de su mamá, sin los amigos de la cuadra y ahora sin el amor que ella soñó que era para vivir siempre.
Para evitar los recuerdos, decidió ir a una iglesia a escuchar la palabra de ese Dios que la había acompañado en muchas tormentas.
Y allí volvió a sentirlos.
y otra lágrima salió de sus ojos. Se la secó y se dijo, comprimiendo el pecho:
“Gracias por este momento constructivo”.
Que duele. Gracias.
Esas palabras la hicieron sentir mejor y luego se devolvió a la casa, tiritando de frío o simplemente porque su sistema estaba reclamando abrigo. Pero no solo era abrigo, era esa dulzura de sentirse cuidada y tener apoyo. Ahora ella sabía que debía sostenerse a sí misma y que no podía dejar sola a su otro yo, porque sería más complicado seguir.
Ya en casa, como era su costumbre, escribió. Encendió su computador y empezó a expresar eso que no salía sino con escritura, para ordenar ideas, para negociar con su yo, para amar su desesperante y sombrío día.
Dafne tenía una cosa clara: todo esto, era parte de la vida y siempre vendrían días mejores. Después de escribir, fue a su habitación y miró las fotos de su familia. Les ofreció un perdón por todos los instantes creados, por las miradas no recibidas y no dadas, por las palabras no dichas y mal expresadas. Lo hizo con tal sentimiento que parecía que las fotos hablaran. Una de ellas, la de su papá, le dijo:
Hija, en el cielo no hay culpables. Todos somos iguales. No tengo nada que perdonarte. Duerme tranquila, mañana mirarás el día con ojos nuevos.
Ella lo escuchó tan claramente que, que de no haber sido ella misma, no lo habría creído.
Dafne se acomodó, respiró profundamente y cerró los ojos.
Poco a poco se quedó dormida.
Al otro día, todo era diferente, la primavera empezaba a mostrarse
Venía cargada de flores rosadas y lilas, también había moradas. Ella abrió su cortina y se dijo: “También el silencio florece, también canta, también ríe”.
Dafne no ha olvidado ni un solo capítulo del ayer, pero cada lágrima le enseñaba el camino, le daba herramientas para mirarse otra vez y responsabilizarse de ella misma.
Y pensó: nadie se va a encargar de mí, así me rodeen mil príncipes azules, tenga todo el dinero de un tesoro, o todo el poder de una reina.
Mientras ella pensaba en todo esto, en su cocina había un aroma delicioso a chocolate con maíz, la bebida caliente que hacía su madre cuando, de niña, necesitaba abrigo.
En medio de tantas palabras guardadas, apareció en su ventana una paloma mensajera. Era la que siempre volvía en primavera. Se llamaba Tiamat, traía mensajes especiales y sabía cuándo acercarse. Ella la miró.
Y en su pico traía un papel dorado que decía:
Eres tú, hija. Estás aquí, en el presente. Disfrútalo
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PermalinkDafne volviendo a casa tiritando, sin saber si era frío o el cuerpo pidiendo abrigo. Eso pasa de verdad, el cuerpo avisa antes que una.
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