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La Razón Para Quedarse.

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Susana miró el reloj y supo que había llegado la hora.

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Contenido de la publicación

Susana miró el reloj y supo que había llegado la hora.

Abrió el clóset y eligió una vieja sudadera gris de la Universidad de Guanajuato. Le quedaba demasiado grande. Aun así, se la puso.

Apenas conservaba el aroma de su marido, pero si respiraba profundamente y acercaba el rostro a la tela, todavía podía encontrar algo de Ricardo allí: una fragancia tenue, casi imperceptible, que durante unos segundos conseguía devolverle la ilusión de que él seguía cerca.

Ricardo había muerto apenas unos meses atrás, entre sus brazos, mientras le susurraba palabras de amor que Susana repetía cada noche por miedo a olvidarlas.

Porque había descubierto algo terrible durante el duelo: la memoria también se desgasta.

Incluso las voces más queridas terminan deshilachándose con los años. Los gestos se vuelven borrosos. Las palabras exactas desaparecen. Un día recuerdas perfectamente una sonrisa y, algún tiempo después, solo recuerdas que alguna vez la viste.

Susana no estaba dispuesta a esperar hasta olvidar a Ricardo.

Cerró la puerta de su casa con una calma extraña.

El chasquido de la cerradura sonó como un punto final.

Permaneció unos segundos inmóvil, contemplando los jazmines del jardín, las baldosas desgastadas de la entrada y la ventana del comedor donde tantos momentos habían vivido juntos. Allí habían desayunado durante años. Allí habían discutido por cosas insignificantes. Allí habían reído hasta que les dolió el estómago.

Sintió que no estaba abandonando una casa.

Estaba despidiéndose de una vida entera.

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas, tibias e inevitables. Se las secó con el dorso de la mano y respiró hondo.

No cambió de idea.

Aquella noche había decidido morir.

No porque hubiera dejado de amar la vida, sino porque el mundo que amaba había desaparecido con Ricardo y el que había quedado después le resultaba demasiado vacío para seguir habitándolo.

La vida sin él había dejado de tener sentido.

Susana tenía sesenta y dos años. Había trabajado durante más de tres décadas en el Gobierno del Estado de Guanajuato y llevaba ya algunos años jubilada.

A Ricardo lo había conocido en la Universidad de Guanajuato, cuando ambos estudiaban y todavía creían que el futuro era una promesa interminable.

Se enamoró de él perdidamente. Tanto, que habría aceptado seguirlo hasta el fin del mundo sin hacer una sola pregunta.

Y, de algún modo, eso fue exactamente lo que hizo.

Apenas terminaron la universidad, Ricardo le pidió matrimonio.

La boda fue sencilla. Apenas un puñado de familiares y amigos, una celebración sin grandes pretensiones y la certeza de que no necesitaban nada más para comenzar.

Después construyeron su vida en Guanajuato, entre callejones coloridos, plazas llenas de historia y noches que parecían suspendidas en el tiempo.

Pasaron toda su vida profesional trabajando para distintas dependencias del Gobierno del Estado. Compartían una vocación de servicio, las mismas preocupaciones y ese silencio cómodo que solo conocen quienes han pasado tantos años juntos que ya no necesitan llenar cada espacio con palabras.

Nunca tuvieron muchos amigos.

Tampoco hijos.

La vida les negó esa posibilidad y el duelo fue largo, pero aprendieron a llenar aquel vacío de otras cosas: conversaciones interminables, libros abiertos sobre la mesa, música, poesía, baile, cenas tardías, viajes improvisados y una complicidad que volvía innecesario el resto del mundo.

Habían descubierto que dos personas podían ser, por sí solas, una familia completa.

La vida había sido hermosa y generosa con ellos.

Hasta que Ricardo enfermó.

En otro rincón de la ciudad, no muy lejos de allí, Sofía llenaba una maleta con la desesperación de quien sabe que no tiene tiempo para pensar.

Arrojaba dentro apenas lo que encontraba al alcance de la mano: algunas prendas, documentos, dinero, un teléfono y un par de fotografías. No distinguía entre lo imprescindible y lo superfluo.

Solo quería salir.

La sangre le goteaba de la nariz.

Cada gota caía al suelo y dejaba detrás de ella un rastro involuntario de su huida.

Las lágrimas le corrían por el rostro sin un solo sollozo.

Antes de marcharse, tomó aquello que más amaba y dirigió una última mirada hacia Ricardo, que dormía profundamente sobre un viejo sillón.

Después cerró la puerta con cuidado y echó a correr.

Porque, para ella, la vida sí tenía sentido.

Y ese sentido era seguir con vida.

Sofía tenía veintisiete años.

Había llegado desde Morelia siguiendo a Ricardo, convencida de que el amor podía ser también una forma de comenzar de nuevo.

Había dejado atrás a su familia con una ilusión inmensa entre las manos: formar un hogar, progresar y construir una vida mejor.

Unos meses después de llegar a Guanajuato consiguió empleo como auxiliar administrativa en una dependencia del Gobierno del Estado.

Le gustaba aquel trabajo.

Le gustaba llegar temprano, ordenar documentos, atender llamadas, ayudar a sus compañeros y sentir que, por fin, estaba construyendo algo que le pertenecía.

Había comenzado desde abajo, pero tenía planes.

Quería aprender, crecer profesionalmente y algún día tener un puesto que le permitiera vivir con tranquilidad.

A veces, durante la hora de comida, llamaba a su madre para contarle cómo le estaba yendo.

—Ya verás —le decía—. Poco a poco voy a estar mejor.

Y durante un tiempo creyó que era verdad.

Pero Ricardo y los años a su lado terminaron convirtiendo aquella ilusión en una pesadilla.

El hombre dulce que le había prometido cosas maravillosas desapareció poco a poco. En su lugar quedaron los gritos, los golpes, las disculpas vacías y las promesas que se rompían apenas él abría otra botella.

Él ahogaba en alcohol las derrotas de su propia existencia.

Ella sobrevivía a la resaca de su violencia.

Lo más cruel era que, mientras en la oficina sus compañeros la conocían como una joven responsable, amable y trabajadora, nadie sabía lo que ocurría detrás de la puerta de su casa.

Cada mañana se maquillaba para ocultar una marca.

Cada tarde inventaba una explicación para otra.

Y cada noche se prometía que aquella sería la última vez.

Hasta que dejó de creerle a sus propias promesas.

Aquella noche no fue distinta a tantas otras.

Los insultos llegaron primero.

Después, los empujones.

Luego el miedo, ese viejo conocido que desde hacía años dormía a su lado.

Y, por último, los golpes.

Pero aquella vez ocurrió algo diferente.

Cuando sintió el sabor metálico de la sangre en la boca, comprendió algo que llevaba demasiado tiempo negándose a aceptar:

si permanecía allí, tarde o temprano él terminaría matándola.

Y por primera vez desde que había llegado a Guanajuato siguiendo una promesa de amor, nació en ella un impulso más fuerte que cualquier esperanza.

El de salvarse.

El de vivir.

Susana llegó a la Central de Autobuses.

Había decidido morir allí.

No quería hacerlo en su casa. Le aterraba imaginar que pasaran días antes de que alguien encontrara su cuerpo y, sobre todo, no quería dejarle aquella imagen a la única sobrina que tenía, a quien quería con toda el alma.

Había dejado una carta sobre la mesa de la entrada.

Estaba segura de que ella comprendería.

Entró al baño y eligió uno de los cubículos.

Cerró el seguro.

Se sentó sobre la tapa del inodoro y sacó del bolso el revólver que había llevado consigo.

Lo apoyó sobre las piernas.

Repasó mentalmente todo lo que debía hacer.

Años atrás, Ricardo le había enseñado a disparar.

—Por si acaso —le decía.

Estaba convencido de que una mujer debía saber defenderse.

Susana acarició el arma y sintió una punzada de culpa.

Ricardo jamás habría querido verla tomar aquella decisión.

Pero Ricardo ya no estaba.

Y ella tampoco encontraba razones para seguir viviendo sin él.

Comprobó una vez más que el arma estuviera cargada.

Entonces alguien golpeó la puerta del baño.

—¿Hola? —preguntó una mujer al otro lado, con la voz quebrada—. ¿Hay alguien?

Susana cerró los ojos.

Qué mala suerte.

Podía esperar unos minutos.

Pero entonces escuchó a la desconocida romper en un llanto desesperado.

Susana guardó el arma dentro del bolso.

—¿Estás bien?

—Sí... —respondió la mujer, intentando controlar la respiración—. Creo que estoy teniendo un ataque de pánico. O algo así.

Susana tomó el picaporte para salir, pero se detuvo al escuchar el sonido del cerrojo del cubículo contiguo.

La desconocida también se había encerrado.

Susana volvió a sentarse.

—¿Cómo puedo ayudarte?

Hubo un breve silencio.

Después llegó una petición inesperada.

—Cuéntame algo bonito.

Susana frunció el ceño.

—¿Qué?

—Háblame de ti.

Durante unos segundos no supo qué responder.

Hacía meses que nadie le pedía que hablara de sí misma.

Todos preguntaban por Ricardo.

Nadie preguntaba qué había quedado de Susana después de su muerte.

Finalmente comenzó a hablar.

Le habló de los jazmines que Ricardo había plantado en el jardín.

De las primeras vacaciones que hicieron juntos.

De los libros que dejaban abiertos por toda la casa.

Del piano que ella nunca aprendió a tocar bien.

Y de las galletas.

—Siempre me quedaban duras —dijo Susana, y por primera vez apareció una sonrisa en su voz.

Del otro lado llegó una pequeña risa.

—¿Y Ricardo se las comía?

—Todas.

—¿Aunque estuvieran horribles?

—Decía que eran las mejores del mundo.

Susana soltó una risa breve.

Después siguió hablando.

Le contó del horrible suéter verde que Ricardo había usado durante años con un orgullo inexplicable. De las cenas que terminaban de madrugada. De los viajes improvisados. De las discusiones absurdas que ahora daría cualquier cosa por volver a tener.

Y mientras hablaba descubrió algo que creía perdido.

Los recuerdos felices seguían allí.

No habían desaparecido con Ricardo.

Solo habían quedado enterrados bajo una montaña de dolor.

Del otro lado, Sofía escuchaba en silencio.

Escuchaba una vida llena de amor.

La clase de amor que ella siempre había soñado encontrar.

Cuando Susana le preguntó por qué lloraba, Sofía decidió contarle la verdad.

Le habló de Ricardo.

De los años de violencia.

Del miedo.

De las heridas.

Y de la decisión de huir.

—Me regreso a Morelia —dijo finalmente—. A mi casa. Porque quiero vivir.

Susana sintió un nudo en la garganta.

Aquellas palabras se quedaron suspendidas en el pequeño baño.

—¿Tienes dónde quedarte?

—Sí.

—¿Alguien sabe que vas?

—Mi familia.

Susana respiró aliviada.

Poco después, Sofía miró la hora.

—Mi autobús sale en unos minutos. Tengo que irme.

Susana se puso de pie.

Quería verla.

Quería abrazarla.

Pero justo antes de abrir la puerta, escuchó su voz.

—No abras.

Susana se detuvo.

—¿Por qué?

—No quiero que me veas así.

Susana apoyó la mano contra la puerta.

—Está bien.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Al menos vas a decirme cómo te llamas?

—Sofía.

Susana cerró los ojos.

—Sofía, escucha.

La joven guardó silencio.

—Toma ese autobús. Regresa a casa. Sana. Recoge cada uno de tus pedazos y, cuando estés lista, busca un amor bonito. Uno al que puedas comprarle el suéter más feo del mundo. Encuentra a alguien que te llene el jardín de flores y se coma tus horribles galletas como si fueran el mejor manjar de la Tierra.

Del otro lado se escuchó una pequeña risa.

—Lo intentaré.

—No. Hazlo.

Sofía volvió a reír.

Y después, con la voz mucho más serena, dijo:

—Susana... no sabes lo importante que fuiste para mí esta noche.

Susana se quedó inmóvil.

—Eres esperanza en el peor día de mi vida.

Hubo una pausa.

—Gracias.

La puerta del baño se abrió y volvió a cerrarse.

Sofía se había ido.

Susana permaneció inmóvil.

Se sentó.

Abrió el bolso.

El revólver seguía allí.

Lo contempló durante varios segundos.

Entonces escuchó un ruido.

Frunció el ceño.

Volvió a escucharlo.

Era un sonido suave, casi un gemido.

Susana salió del cubículo y miró alrededor.

Tardó unos segundos en descubrir de dónde provenía.

Un pequeño perro mestizo, de pelo largo y desordenado, la observaba con enormes ojos color miel.

Estaba atado al picaporte del cubículo contiguo.

Al verla, movió la cola con cautela.

Susana se agachó.

—Hola, pequeño...

Le acarició la cabeza.

El perro cerró los ojos y se dejó tocar.

Entonces reparó en la placa que colgaba de su collar.

La tomó entre los dedos.

Leyó el nombre.

RICHIE.

Susana dejó de respirar por un instante.

Las lágrimas volvieron a aparecer.

Pero esta vez no fueron las mismas.

Se arrodilló en el suelo y abrazó al pequeño perro mientras él le lamía las manos.

Entonces comprendió.

Sofía no había querido despedirse de él.

Había tenido que dejar atrás a lo único que había amado sin miedo.

Aquel perro era su familia.

Su refugio.

Su compañero.

Y no podía llevárselo.

Por eso lo había dejado allí.

Confiándolo, quizá sin saberlo, a la mujer que acababa de devolverle la esperanza.

Susana recordó sus propias palabras.

Eres esperanza en el peor día de mi vida.

Y entonces comprendió algo más.

Sin proponérselo, Sofía acababa de hacerle el mismo regalo que Susana le había dado a ella.

Una razón para seguir.

Una pequeña posibilidad.

Una esperanza.

Esa noche, Susana regresó a casa con Richie.

El pequeño perro se acurrucó junto a ella sobre la cama que durante tantos años había compartido con el amor de su vida.

Susana permaneció despierta durante un largo rato, acariciándole el lomo. Escuchó su respiración, el pequeño ronquido que poco después comenzó a llenar el silencio de la habitación.

Y sonrió.

Hacía mucho tiempo que no lo hacía.

Miró hacia el lugar vacío de la cama.

Por primera vez desde la muerte de Ricardo, aquel vacío no le pareció una despedida.

Solo un espacio donde alguna vez había existido algo hermoso.

Pensó en Sofía.

En aquella joven que había llegado a Guanajuato persiguiendo una promesa de amor y que esa noche había decidido regresar a casa para salvar su vida.

Pensó también en la extraña coincidencia de haberla encontrado justo cuando ella misma estaba a punto de renunciar a la suya.

Quizá todo había sido obra de Sofía.

O quizá había sido Ricardo, encontrando una manera extraña de decirle que todavía no era el momento.

También pensó que tal vez las señales no existen.

Tal vez no había ningún mensaje oculto, ningún milagro ni ninguna intervención desde otro lugar.

Quizá simplemente había ocurrido algo mucho más humano.

Una mujer que quería morir escuchó a otra que luchaba por vivir.

Y al intentar salvarla, descubrió que todavía quedaba algo de ella misma que podía salvar.

Susana abrazó a Richie.

El perro se acomodó contra su pecho y siguió dormido.

Afuera, la noche seguía su curso.

El dolor seguía allí.

Ricardo seguía muerto.

Nada de eso había cambiado.

Pero algo dentro de Susana sí.

No había dejado de extrañarlo.

No había dejado de amarlo.

Simplemente había comprendido que seguir viviendo no significaba dejarlo atrás.

Significaba llevar consigo todo lo que habían sido.

Cerró los ojos y acarició una última vez el lomo de Richie.

Por primera vez desde que Ricardo se había ido, Susana no tuvo miedo de que llegara el día siguiente.

Quiso saber qué podía traerle mañana.