A veces te pienso.
Y es extraño.
Porque no te recuerdo solamente a ti,
también recuerdo
a la persona que fui cuando te tenía.
Me pregunto
cómo habrían sido aquellas noches
si no hubiera cambiado algo real
por algo que solo duró un momento.
Cómo pude dejarme cegar
cuando eras tú
quien estaba frente a mí.
En ese tiempo
nunca acepté lo que hice.
Me costaba demasiado mirarme de frente.
Pero crecer
también significa aprender
a cargar con la verdad.
Y la mía
es que fui una basura contigo.
Todavía leo los textos que me mandaste.
A veces buscando una respuesta.
A veces buscando un castigo.
Y siempre encuentro lo mismo:
una versión de nosotros
que ya no existe.
Sé que pedir perdón ahora
no arregla nada.
Hubiera sido mejor
no darte motivos para necesitarlo.
Porque hay errores
que dejan de ser errores
cuando ya cambiaron una vida.
Y este fue uno de ellos.
He cambiado.
O al menos
quiero pensar que aprendí.
No voy a decir
que ahora soy mejor.
Sería demasiado fácil.
La tristeza,
las drogas,
las decisiones que tomé después...
todo eso vino cuando intenté escapar
de alguien
que seguía siendo yo.
Y no.
No te estoy culpando.
Nunca podría hacerlo.
Porque tú nunca me hiciste daño.
Creo que eso
es precisamente lo que más duele.
Descubrir que la herida
la abrí yo.
Siempre que miro la luna
me acuerdo de ti.
Y después,
sin querer,
también recuerdo tus lunares.
Qué ironía.
El cielo encontró la manera
de seguir pronunciando tu nombre
aunque ya no estés aquí.
Ahora solo queda avanzar.
Ya somos dos extraños.
Y creo que,
si algún día nos cruzáramos otra vez,
el silencio llegaría antes que el saludo.
Tal vez tú bajarías la mirada.
Tal vez yo no sabría dónde esconder la culpa.
Ha pasado un año.
Lo sé.
Y también sé
que probablemente nunca leas esto.
Que nunca llegará el momento
en el que respondas:
"Está bien."
Aun así...
perdón.
No porque espere volver.
No porque crea merecer otra oportunidad.
Sino porque hay palabras
que llegan demasiado tarde,
pero aun así
necesitan existir.